30 de agosto de 2016

Siempre en mi mente...

Creo que nunca se los he contado pero yo tuve un tío muy querido que se dedicó al espectáculo. Mi tío Chava venía de una familia muy pobre con muy pocas oportunidades para salir adelante, pero él encontró muy pronto el camino que lo llevó a tener una vida muy rica en experiencias: la danza. 
Mi tío Chava fue bailarín en el Ballet Folclórico de México de Amalia Hernández, lo que le permitió conocer muchos países y a muchas personas interesantes. Al mismo tiempo trabajó en teatros y centros nocturnos junto a Manuel "El Loco" Valdés, Silvia Pinal, Lucía Mendez y Antonio Aguilar; en esa época dorada del espectáculo mexicano que se acabó en los años ochenta por la crisis económica, el crecimiento de la delincuencia y el terremoto que destruyó esta ciudad a mediados de esa década. 
Entre las muchas personas que conoció y con las que trabajó estaba por supuesto Alberto Aguilera Valadez. Todos lo conocemos como "Juan Gabriel", pero mi tío Chava (y los más cercanos al cantante) siempre lo llamaron por su nombre real. "Alberto" fue un amigo cercano de mi tío a principios de los años 70, cuando Juan Gabriel se estaba convirtiendo en uno de los cantantes más importantes de América Latina. 
Tal vez Alberto y Chava se hicieron buenos amigos porque los dos tuvieron una infancia difícil. Alberto nació en Michoacán en los años 50 pero su vida estuvo marcada por la frontera norte, la pobreza, la ausencia del padre y el descubrimiento de la música. Vendrían después los centros nocturnos en Ciudad Juárez, el encuentro con el gran José Alfredo Jiménez, la cárcel en Lecumberri y al final su ascenso a la fama cuando en 1971 grabó una canción claramente autobiográfica: No tengo dinero
Juan Gabriel pertenece a esa generación de cantantes que contaron con la televisión para difundir sus canciones en un momento en el que en México y en América Latina el negocio de la música popular era controlado por una sola empresa: Televisa. Y sólo había un programa de televisión en todo el continente que podía asegurar el éxito (o condenar al fracaso) de quienes allí se presentaban: Siempre en Domingo. 
Fue gracias también a Raúl Velasco (un hombre a veces siniestro, muchas veces muy conservador, pero muy importante y que se merece que un historiador escriba su biografía) que Juan Gabriel, José José, Rocío Durcal, Camilo Sesto, Julio Iglesias, Luis Miguel, Pandora, Timbiriche y muchos otros se hicieron famosos en el mundo entero y que se formó un gusto musical en el público mexicano y latinoamericano que duró por lo menos hasta principios de este siglo. 
La muerte de Raúl Velasco, el declive del negocio de la música y el crecimiento de Miami como nueva "capital" de la música popular en español terminaron con esa época, pero Juan Gabriel siguió adelante porque a pesar del enorme impulso que tuvo con la televisión no era un artista que dependiera de ella; para Juan Gabriel eran más importantes los teatros, las arenas, los estadios y los palenques. Allí se encontraba con su público, el que lo adoraba en todo momento y le perdonaba que el paso de los años fuera mermando su voz. 
Por supuesto que al hablar de Juan Gabriel es imprescindible señalar la homosexualidad; algo que él nunca reconoció ("Lo que se ve no se juzga", como le dijo al periodista Fernando del Rincón) pero siempre estuvo allí. Juan Gabriel es parte de esas figuras del siglo XX como Salvador Novo, Chabela Vargas y Carlos Monsiváis a quienes les tocó vivir en un México profundamente hipócrita, "macho", misógino y que asesinaba homosexuales porque le daba pánico (como ahora) reconocer que en su cultura también es homosexual. 
Pero Juan Gabriel con sus canciones lograba que los machos se dieran la oportunidad de salir del closet aunque fuera un momento. 
Dice Pedro Palou que con la muerte de Juan Gabriel México ha entrado definitivamente a la "posmexicanidad": se acabó esa época que comenzó en los sesenta en la que convivieron por última vez el México rural que venía de la Revolución Mexicana y al que le crearon una serie de mitos con las canciones rancheras interpretadas por Pedro Infante, Javier Solís, Cuco Sánchez y José Alfredo Jímenez; y el México urbano que era el orgullo de personajes como Miguel Alemán y Adolfo López Mateos, en el que el mambo, el rock y luego la balada setentera definieron el gusto musical de millones. Vivimos nuevos tiempos en la música popular mexicana, aunque no a todos nos agraden. Tal vez por eso siempre volveremos a Juan Gabriel. 
Antes de morir, mi tío le pidió a mi mamá que si alguna vez tenía la oportunidad de hablar con Juan Gabriel le enviara sus saludos y le dijera que esperaba que se acordara de él. Mamá ya no pudo cumplir con ese encargo, pero espero que Chava y Alberto se hayan reencontrado pues tenían muchas cosas que platicar. 


26 de agosto de 2016

Cinco opiniones sobre la historia y el presente.

"There can be no question that generalizations about the past, defective as they may be, are possible – and that they can strengthen the capacity of statesmen to deal with the future."
Arthur Schlesinger, historiador. 

"He who lives to see two or three generations is like a man who sits some time in the conjurer's booth at a fair, and witnesses the performance twice or thrice in succession. The tricks were meant to be seen only once."
Arthur Schopenhauer, filósofo.

"What I suspect is that memory of past and anticipation of future events work together, go hand in hand as it were in a friendly way, without disputing over priority and leadership."
Carl Becker, historiador.

"The longer you can look back, the farther you can look forward."
Winston Churchill, político. 

"What is past is prologue."
William Shakespeare.

25 de agosto de 2016

Cuando la historia llega al corazón.



Esta foto me sobrecogió. Es Omran Daqneesh, un niño sirio de cinco años que sobrevivió hace unos días al bombardeo de su casa en la ciudad de Aleppo, en Siria. Omran no llora, el shock no se lo permite. Sólo parece que espera a que su mamá llegue a abrazarlo y limpiarle la cara. 
Herodoto cuenta en sus Nueve libros de la Historia el incidente de Creso, rey de Lidia, el cual luego de ser derrotado por las tropas de Ciro II de Persia en la batalla del río Halis y al ver la destrucción de su imperio y el dolor de sus seres queridos simplemente no pudo articular palabra. Las penas medianas nos hacen llorar, pero las penas máximas nos enmudecen. 
Hoy recordé a Omran en una clase sobre la Primera Guerra Mundial. Mis alumnos y yo leímos un artículo inquietante: The souls of soldiers. Civilians under fire in First World War France, escrito por Susan Grayzel
En este artículo, Grayzel narra los primeros grandes bombardeos ocurridos en Francia durante la guerra que duró de 1914 a 1918. En esa época la tecnología fascinaba al hombre y hubo varios autores que escribieron diversos relatos (entre ellos H.G. Wells) imaginándose cómo sería la experiencia de ver una ciudad destruida por un ataque aéreo. 
Pero la realidad siempre nos sobrepasa. Aunque no causaron tanto daño como la Batalla de Inglaterra, los bombardeos en el norte de Francia y especialmente en París fueron lo suficientemente severos para aterrorizar a la población. 
Grayzel también menciona cómo el gobierno francés censuraba la información sobre los bombardeos para que los alemanes no supieran en qué lugar del país habían tenido éxito sus ataques, pero al mismo tiempo hicieron una gran campaña de propaganda pensada para mantener la moral de su población lo más alta posible. 
En un mundo en el que los civiles se habían convertido por primera vez en blancos militares era necesario ensalzar a las mujeres que trabajaban en las fábricas y a los niños que sufrían por la violencia, para darle un sentido a la matanza y mantener a Francia convencida de que había que soportar la destrucción hasta vencer a los alemanes. 
Lo que más me importaba era que mis alumnos -futuros colegas- aprendieran a ver la Historia a largo plazo y que sean empáticos con ella. Que no la vean como algo muerto y lejano sino que puedan identificarse con los acontecimientos del pasado, compartan sus sentimientos y los relacionen con su presente. 
Creo que sólo así la Historia adquiere su verdadero valor. 
"Profe, ¿podemos leer textos menos dramáticos para la próxima vez? no sabes cuánto lloré con éste" me dijo una alumna al final de la clase. 
Me hubiera gustado decirle que la Historia siempre es linda, que esos niños franceses al final tuvieron una buena vida y que la mamá de Omran le lavó la cara y lo llevó a un lugar seguro. Lamentablemente no pude hacerlo. 


24 de agosto de 2016

“Historia aplicada”: usar al pasado para entender al presente.

El número de septiembre de 2016 de la revista norteamericana The Atlantic trae un artículo que retoma el antiguo tema sobre la validez de la historia como un conocimiento objetivo que puede servirnos para guiar nuestras acciones a la luz de las próximas elecciones presidenciales en ese país.
Con el título “Why the U.S. President Needs a Council of Historians?” sus autores Graham Allison y Niall Ferguson lanzan una propuesta muy provocativa pero interesante: el presidente de Estados Unidos debería tener un grupo de historiadores que lo asesoren con su conocimiento del pasado para establecer las estrategias que podría aplicar su gobierno para resolver los problemas que se presenten en los próximos años.
Allison y Ferguson son académicos con muchos años de experiencia. El primero tiene cerca de tres décadas analizando la seguridad nacional en Estados Unidos y es director del Centro Belfer para asuntos internacionales de la Universidad de Harvard. Por su parte, Ferguson ha construido una importante carrera como historiador con obras como Civilization, the west and the rest y una muy reciente biografía sobre el exsecretario de Estado norteamericano Henry Kissinger.
De hecho, este artículo que publican en The Atlantic es una versión condensada de un manifiesto que publican en la página del Centro Belfer, con el cual comienzan un nuevo proyecto académico: la Historia aplicada.
¿Cuál es la base de este proyecto? Ferguson y Allison consideran que la Historia es una disciplina válida que a través de una metodología rigurosa nos ofrece conocimientos certeros sobre el pasado y esos conocimientos pueden usarse para comprender mejor el presente y de esa forma construir un futuro.
Inspirados en Tucídides, quien aseguraba que la historia del futuro se parecería a la del pasado porque al final los seres humanos no son tan diferentes (siguen teniendo las mismas pasiones y los mismos miedos); Graham y Ferguson proponen crear especialistas en historia aplicada que asesoren a los políticos en su toma de decisiones.
“Hay que iluminar los retos del presente con analogías históricas”, dicen los autores, estableciendo los antecedentes de los hechos contemporáneos, sugiriendo posibles medidas a tomar también inspiradas en el pasado y evaluando las posibles consecuencias de esos actos.
Ferguson y Allison consideran que hay que consolidar un vínculo respetuoso entre los teóricos y los que toman las decisiones políticas; además de que también hay que regresarle a la Historia el lugar que tuvo hasta mediados del siglo XX como formadora y consejera de gobernantes.
            Para lograrlo, los “historiadores aplicados” deben ser capaces de hilar muy fino y no hacer comparaciones burdas entre el pasado y el presente, deben estudiar los problemas contemporáneos y hacer analogías con los vividos anteriormente y por sobre todo deben tener visión a largo plazo para comprender que las historias de los Estados ocurren en siglos y no en unos pocos años.
            Algunas de sus estrategias serían revisar el estilo de gobernar de presidentes anteriores y preguntarse qué hubieran hecho en nuestro presente, analizar la importancia histórica de las instituciones que forman al Estado y hacer mucha historia contrafactual preguntándose qué hubiera pasado si las circunstancias hubieran sido distintas.

            La Historia aplicada exige hacer un enorme ejercicio de imaginación pero también hay que tener una estricta metodología  y un profundo conocimiento de los hechos para no perderse en argumentos sin sustento. Es un tema que seguramente provocará mucha polémica en la comunidad de historiadores pero que nos sirve para regresar a la Historia al debate público y darle la importancia que merece.