26 de noviembre de 2012

1824, la primera ceremonia de toma de posesión.

El proximo 1 de diciembre, Felipe Calderón entregará la banda presidencial a Enrique Peña Nieto, repitiendo un ritual que se remonta a 1824, cuando se fundaron los Estados Unidos Mexicanos.
Sin embargo, y aunque la esencia de la ceremonia se ha mantenido (el nuevo presidente jurando -o protestando- su cargo ante el Congreso), también ha cambiado con el paso del tiempo. Revisemos cómo fue la primera toma de posesión, el 10 de octubre de 1824:

El soberano congreso general constituyente de los Estados Unidos Mexicanos ha tenido a bien decretar.
1.- El presidente y vicepresidente vendrán al palacio del congreso en esta vez sin comitiva oficial, y entrarán al salon acompañados de dos secretarios del mismo congreso.
2.- En seguida, ambos se acercarán á la mesa, y presentarán, uno despues de otro, el juramento prevenido en la Constitucion. Concluido este acto, el presidente de la república subirá al sólio acompañado del congreso, á cuya izquierda tomará asiento. El vicepresidente ocupará una silla que se colocará fuera del sólio en el mismo piso.
3.- Si el presidente de la republica dirigiese la palabra al congreso, el presidente de éste le contestará en términos muy breves y generales.
4.- Una comision del congreso compuesta de diez individuos y dos de sus secretarios: los cuatro del despacho: al estado mayor general: los generales del ejército, y los gefes de las oficinas de la federacion, conducirán al presidente y vicepresidente desde el palacio del congreso á la catedral, en la que se cantará un solemne Te Deum con asistencia de todas las comunidades religiosas y demas corporaciones de esta capital, estando ántes formadas en la carrera la tropas de la guarnicion, que les harán los honores correspondientes.
5.- En el ingreso del presidente á la catedral se observará por esta vez el ceremonial y todo lo que previene la ley 10, libro 3° del título 15 de la Recopilacion de Indias.
6.- Así en la iglesia como en la carrera, el lugar que ocupen será en la forma siguiente: el presidente de la federacion en medio, á su derecha el de la comision del congreso: á su izquierda el vicepresidente, y en seguida la comision del congreso. El resto de la comitiva se mezclará indistintamente.
7.- Concluida la ceremonia religiosa, pasarán al palacio nacional en el mismo órden y con la misma comitiva.
8.- Llegando al salon del supremo poder ejecutivo, el presidente de la comision del congreso pondrá en sus manos un decreto por el cual se mande reconocer y publicar en toda la federacion al presidente y vicepresidente de los Estados Unidos Mexicanos, cesando en sus funciones el poder ejecutivo provisional, y disolviéndose en el acto la comision del congreso.
9.- El mismo poder ejecutivo provisional, ántes de cesar en sus funciones, expedirá un decreto que arregle las solemnidades con que debe celebrarse en toda la nacion la posesion del presidente de la república.
10.- El tratamiento del presidente será el de excelencia en la comunicacion oficial, y por escrito se usará con él solo del mismo tratamiento en la antefirma.

22 de noviembre de 2012

¿Estados Unidos Mexicanos?

En uno de sus últimos actos como presidente de la república, Felipe Calderón acaba de presentar una iniciativa para que otra vez el Congreso de la Unión cambie el nombre del país, de "Estados Unidos Mexicanos" a "México". 

La propuesta no es nueva, el mismo Calderón la presentó al Congreso en 2003, y diez años antes lo intentó el presidente Carlos Salinas de Gortari, como la cereza del pastel de su sexenio: el Tratado de Libre Comercio. 

En su exposición, el presidente asegura: "el nombre de un País expresa una relación simbólica con todo aquello que designa con su gente con sus orígenes, con su cultura, con sus costumbres y sobre todo con su identidad".

Y añade: "El nombre de nuestro País ya no tiene porqué seguir emulando a otras naciones como lo hizo en el siglo 19 por las razones consideradas por los constituyentes"

Durante décadas (literalmente) he escuchado de tiempo en tiempo que alguien propone cambiar el nombre del país, y lo hacen fundamentalmente porque les da horror que se parezca tanto al de "Estados Unidos de América". Alguna vez escuché a Elena Poniatowska decir que nuestro nombre nacional sólo nos esclavizaba al vecino del norte. 

ante esta clase de comentarios, yo siempre pienso: "Si les gusta tanto citar a la historia, ¿por qué no primero la estudian?" 

Los nombres tienen una razón de ser; nos dan identidad, nos recuerdan nuestro pasado y también nos ayudan a imaginar el futuro. 

Toda nación tiene dos nombres: uno común ("Francia", "España", "Alemania") y otro oficial ("República Francesa", "Reino de España" y "República Federal de Alemania"). En su nombre se identifica su pasado, su nación (que no es lo mismo que el Estado o el país) y su futuro. 

En nuestro caso hemos tenido diferentes nombres, los cuales cambiaron por razones políticas. Sin embargo, hubo uno que sobrevivió a todas esas guerras y crisis y lo usamos hasta el día de hoy: "Estados Unidos Mexicanos". 

La Constitución de Apatzingán de 1814 (la del cura Morelos), no establece un nombre preciso; sólo nos llama "América Mexicana" (perfecto para que comiencen a rasgarse las vestiduras los que dicen que sólo imitamos a Estados Unidos). 

En las Constituciones de 1836 y 1843, ya aparecemos como "República Mexicana" o "República de México". Les aviso entonces dos cosas: 
primero) no es nuevo ese nombre, 
segundo) es la peor idea que se les puede ocurrir a los que ahora quieren que cambiemos de nombre, porque la "república Mexicana, o de México" se refiere a la etapa centralista, cuando los estados desaparecieron para que en su lugar hubiera departamentos, el presidente gobernaba con un grupo de notables, el Poder Legislativo desaparecía y sólo podían votar aquellas personas que tuvieran mucho dinero. 

El nombre "república de México", se refiere entonces a una etapa oscura y antidemocrática de nuestra historia nacional. ¿Deveras quieren que nos llamemos así otra vez? 

Es cierto que también fue el nombre usado en la Constitución de 1857. ¿Pero entonces por qué reapareció nuestro primer nombre oficial? ¿Qué pasa con los "Estados Unidos Mexicanos"? 

1823. El Primer Imperio Mexicano está muerto y los estados que lo conformaban estaban a un trís de convertirse en países independientes (como lo hizo Centroamérica y-durante un tiempo- la península de Yucatán). México no iba a existir; su destino iba a ser el mismo que tuvieron Guatemala, Nicaragua, El Salvador y el resto: ser pequeñas repúblicas muy débiles y peleadas entre sí. 

Fue gracias a un arduo proceso de negociación entre el Centro y los estados que la división se impidió, pero a cambio hubo que fundar un Estado Federal, en el que cada región gozara de una enorme autonomía.

Por eso nos llamamos "Estados Unidos Mexicanos". No por copiar a los americanos, sino porque reconocemos que estamos unidos mediante un pacto federal que no puede romperse. Allí está también el origen del liberalismo mexicano, que tantas satisfacciones nos dejó en el siglo XIX. 

Repito lo que dice Calderón: "el nombre de un País expresa una relación simbólica con todo aquello que designa con su gente con sus orígenes, con su cultura, con sus costumbres y sobre todo con su identidad".

El origen de nuestro país está en la república federal de 1824. Nuestra cultura pasó por una difícil transformación hasta que las ideas de libertad, igualdad, fraternidad, justicia, equidad y otras se volvieran comunes a los mexicanos (que no se apliquen en su totalidad no es culpa de nuestro nombre oficial).

Nuestra identidad, a pesar de los esfuerzos monárquicos, es federalista. México es la unión de sus estados, de sus propias culturas y costumbres, los cuales decidieron formar parte de este país.

Aquellos hombres que impidieron que la patria se destruyera en 1824 merecen nuestro respeto. Gracias a ellos nos llamamos "Estados Unidos Mexicanos", como lo decidieron también los constituyentes de 1917 (que se sabían perfecto la historia que acabo de relatar). 

¿No sería conveniente que antes de hacer esta clase de propuestas, nuestros gobernantes supieran más de historia y entendieran el mensaje republicano y federalista que está contenido en los "Estados Unidos Mexicanos"? 

Sin una verdadera conciencia del pasado, no tendremos un futuro sólido. Y eso queda claro en algo tan simbólico (y aparentemente desdeñable) como nuestro nombre. 

PD: hoy es muy normal creer que todos somos mexicanos porque habitamos un territorio que "siempre" ha sido el mismo. Pero eso no es cierto. Nuestro territorio cambió su tamaño durante el siglo XIX, y muchos de los grupos que ahora constituyen a México no se sintieron parte de la nación durante mucho tiempo. ¿Por qué imponerles un nombre y una cultura que no necesariamente les pertenece? "Estados Unidos Mexicanos" los invita a pertenecer a una comunidad. "República de México" los obliga. 

12 de noviembre de 2012

Luz de Nueva España

No es sencillo ser mujer en México. Y menos si eres guapa y culta. Nuestra sociedad es muy machista y, a pesar de los avances, todavía no acepta totalmente que una mujer tenga vida propia, sea muy exitosa en su labor, gane mucho dinero, y que todo eso lo haga sin un hombre a su lado. Las cosas van cambiando, pero tal vez no a la velocidad que muchos quisieran. 

Si hoy es difícil, imagínense en el México virreinal. Las mujeres sólo tenían dos opciones en su vida: el matrimonio o el convento; y normalmente ninguna de de esas dos alternativas era satisfactoria. 

Pero a pesar de los obstáculos, tuvimos una monja que se distinguió por su cultura, su manejo de la pluma y su carácter. Alguien que con el paso de los siglos se convirtió en un ejemplo para otras mujeres aunque ella, lo único que en realidad quería en la vida, era tener su propio espacio para dedicarse a estudiar sin que la interrumpieran. 

Sor Juana nació en San Miguel Nepantla, en lo que hoy es el Estado de México, en el año de 1648. Para ese momento, Nueva España vivía un prodigioso mestizaje. Las culturas indígenas se mezclaban con los extremeños, vascos, italianos, filipinos, judíos, negros, castellanos y otros orientales que llegaban a este territorio, y que colaboraron a crear nuestra conflictiva y maravillosa cultura. 

Dice Baltazar Gracián que en la vida sólo nos ocurren una o dos cosas realmente importantes, y todo lo demás es consecuencia de ella. En el caso de Sor Juana, uno de los acontecimientos que marcó su vida fue la falta de su padre. Durante su infancia vivió con su mamá y hermanos en el rancho de su abuelo, en Panoayán, cerca de Amecameca. Pero ser una huérfana de padre la marcó para toda su vida -ya que no tenía un apellido ilustre para conseguir un buen partido, y mucho menos podría aportar la dote necesaria para que se realizara ese matrimonio. 

El segundo gran acontecimiento fue su amor por el saber. Desde muy chica se encerraba en la biblioteca del abuelo, y para los seis años ya sabía leer y escribir, algo inusitado para ese tiempo. Le encantaba comer queso, pero dejó de hacerlo cuando le dijeron que eso atontaba el cerebro. Y alguna vez le pidió a su mamá que la vistiera de hombre para que pudiera asistir a ese lugar que estaba vedado para las mujeres: la universidad. 

La madre volvió a casarse y Juana se fue a vivir con unos parientes, quienes a su vez la llevaron al Palacio Virreinal para que sirviera como dama de compañía, lo que tal vez le permitiría conocer a alguien y casarse (aunque no fuera de alcurnia). 

Pero la chica era muy lista y bonita. Y pronto comenzó a destacar. Parecía como si Juana lo supiera todo sobre historia, filosofía, literatura, matemáticas, derecho, botánica y otras disciplinas. Eso hizo que la Virreina, Leonor Carreto, marquesa de Mancera, la tomara bajo su protección. 

Durante un tiempo, Juana vivió tranquilamente en la corte virreinal. Pero eso no podía durar, ya que no había forma de que se casara con alguien perteneciente a la nobleza (además de que, como ella misma lo confesó tiempo después, no le agradaba la posibilidad de casarse). 

Fue entonces cuando apareció en su vida Antonio Núñez de Miranda, jesuita y confesor en el Palacio. Él la convenció de que debería hacerse monja. Por ese entonces (y quizá también ahora), la gente ingresaba a la vida monacal por distintas razones, no sólo por tener vocación religiosa. La Iglesia protegía de ese modo a muchas personas que simplemente no tenían camino en la vida secular. El clero les ofrecía protección y una vida más o menos digna a cambio de que "renunciaran al siglo".

Juana lo pensó un tiempo, y aceptó. Tampoco le gustaba la idea de volverse monja, como también lo confesó años más tarde, pero sabía que no podría permanecer en el Palacio para siempre, por lo que necesitaba asegurar su futuro. 

Primero estuvo con las Carmelitas, pero no soportó los rigores que le impusieron, por lo que regresó a Palacio. Sin embargo, Núñez de Miranda la ayudó para ingresar a otro convento, mucho más relajado y que le permitió convertirse en la gran escritora que fue: la orden de San Jerónimo. 

Ubicado en lo que hoy es la Universidad del Claustro de Sor Juana, el convento de San Jerónimo era en realidad una pequeña ciudad, donde las monjas vivían en celdas que nosotros llamaríamos departamentos. Las Jerónimas eran muy ricas y su regla monacal no era tan estricta. Nunca salían a la calle, pero recibían muchas visitas, podían tener sus propios negocios (y vestir hábitos muy lujosos) y la mayor parte del tiempo lo pasaban en sus enormes celdas, donde normalmente vivían con su propia servidumbre y algunos parientes.

Sor Juana ingresó con las Jerónimas en 1699, a los 21 años. Allí trabajó como contadora y archivista. Pero en realidad se distinguió porque escribía mucho, muy bonito, y por encargo. Sor Juana hacía sonetos morales, obras de teatro, villancicos y otros textos, que circulaban entre la élite de la sociedad novohispana. 

Eso provocó que Sor Juana fuera famosa y la visitaban personajes muy importantes, como el rector de la Universidad de México, el Obispo de Puebla, el Arzobispo de México, y otros. 

Entre 1680 y 1688, Sor Juana vivió su etapa más brillante, ya que pudo ponerse bajo la protección de los Virreyes de la Laguna,  especialmente de María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, la virreina. 

Durante mucho tiempo se ha dicho que las dos se enamoraron. No podemos comprobarlo. Pero es cierto que Sor Juana le escribió muchos poemas muy hermosos, los cuales normalmente eran recompensados con lujosos obsequios. 

Cuando los marqueses de La Laguna dejaron México en 1688, Sor Juana perdió a sus principales protectores (quienes se encargaron de publicar sus obras completas en Madrid, a partir de 1689). Pocos años más tarde, Sor Juana tuvo que defender sus convicciones ante un poderoso adversario, lo que al final marcó su destino. 

Manuel Fernández de Santa Cruz, obispo de Puebla y en ese momento amigo de Sor Juana, le encargó que escribiera una crítica a un sermón pronunciado cuarenta años antes por un jesuita llamado Antonio de Vieyra. 

¿Cuál era el objetivo del obispo, al pedir una crítica de un sermón tan antiguo? pues afectar en realidad a uno de los grandes admiradores del padre Vieyra: a Francisco Aguiar y Seijas, en ese momento arzobispo de México, el religioso más importante de Nueva España. 

Fernández estaba enemistado con Aguiar, porque él quería ser el arzobispo, y se le ocurrió que podía usar la crítica escrita por Sor Juana para desquitarse. Sólo que, como introducción a la crítica, Fernández escribió un texto firmado con el seudónimo de "Sor Filotea de la Cruz". 

En esta introducción, Sor Filotea -Fernández- criticaba a Sor Juana, diciéndole que una monja tan talentosa para escribir, debería dedicarse a la teología y no a redactar sonetos morales y obras de teatro. 

Cuando Sor Juana leyó el texto, montó en cólera, y rápidamente escribió una "Respuesta a Sor Filotea de la Cruz", sabiendo por supuesto quién se escondía detrás de ese nombre. En la "Respuesta..." Sor Juana le dice que no escribe de Teología porque no sabe lo suficiente ni ha madurado espiritualmente para hacerlo, que otras mujeres se han dedicado a escribir sin que nadie las hubiera criticado por ello, y que al final se convirtió en monja para poder estudiar sin que nadie se lo impidiera. 

Al publicarse la "Respuesta...", el obispo Fernández decidió que Sor Juana estaba muerta para él. Nunca más volvió a dirigirle la palabra. El confesor Núñez de Miranda también se alejó de Sor Juana, quien al no tener más la protección de los virreyes, se había quedado sola. 

A ésto se sumó que el arzobispo Aguiar y Seijas de repente se volvió mucho más poderoso, al haber evitado un motín en la Ciudad de México por falta de alimentos. Aguiar era un hombre muy serio, cruel, que despreciaba a las mujeres y por supuesto no quería a Sor Juana. 

A la monja le dio terror que en cualquier momento Aguiar la acusara de hereje y la entregara al Santo Oficio, por lo que buscó a Núñez de Miranda para pedirle su protección. El confesor aceptó, pero después de negarse por varios meses, y a cambio de ayudarla, le exigió que se retractara de todos sus "errores". 

Sor Juana regaló todos sus libros e instrumentos de música, y pasó el último año de su vida dedicada sólo a rezar. El 17 de abril de 1695, sor Juana Inés de la Cruz falleció víctima de una peste que asoló el convento de las Jerónimas. 

Tiempo después fue olvidada. Tuvo que llegar el siglo XX para que su obra reapareciera y recuperara el lugar que tuvo durante sus años de gloria. En la "Respuesta a Sor Filotea..." Sor Juana dijo que tuvo que escribir muchas veces por encargo. Pero, de toda su obra, sólo se sentía orgullosa de un "papelillo" (como lo llamó ella), llamado "Primero Sueño", un maravilloso poema sobre el viaje de un alma por el universo para conocer a Dios:



 Consiguió, al fin, la vista del Ocaso
el fugitivo paso,                            
y --en su mismo despeño recobrada
esforzando el aliento en la rüina--,
en la mitad del globo que ha dejado
el Sol desamparada,
segunda vez rebelde determina                
mirarse coronada,
mientras nuestro Hemisferio la dorada
ilustraba del Sol madeja hermosa,
que con luz judiciosa
de orden distributivo, repartiendo           
a las cosas visibles sus colores
iba, y restituyendo
entera a los sentidos exteriores
su operación, quedando a luz más cierta
el mundo iluminado y yo despierta.