25 de octubre de 2012

¿Qué hacemos con Hernán Cortés?

Desde su pequeño sepulcro en el Hospital de Jesús en la Ciudad de México, Hernán Cortés nos mira, tal vez asombrado por la forma en que ha cambiado este territorio que él conquistó hace casi cinco siglos. 

Él tampoco ha tenido una vida fácil (después de muerto, quiero decir). Regresó a México convertido en huesos 20 años después de sucumbir para que lo colocaran en una iglesia de Texcoco. Seis décadas más tarde lo trajeron a la capital, al Convento de San Francisco; y en 1794 lo pusieron donde ahora reside.

Pero tampoco allí terminaron sus aventuras. En 1823 lo movieron de donde estaba para guardarlo en un nicho abajo del altar mayor, para que la turba no los robara y jugara con ellos el primer partido de futbol no oficial de nuestra historia. Trece años más tarde lo colocaron en otro nicho y allí ha descansado desde entonces. Sólo lo molestaron una vez más, en 1946, para añadir en su tumba una sencilla placa en la que sólo aparece su nombre y sus fechas de nacimiento y muerte. 

Para la vida tan agitada que tuvo, su muerte es demasiado tranquila. Será tal vez porque es más sencillo ir cada 12 de octubre al Paseo de la Reforma a apedrear la estatua de Cristobal Colón, o quizá porque hemos ido olvidando al que destruyó Tenochtitlan. El caso es que no mucha gente acude a visitar la tumba de Hernán Cortés. 

Durante años Cortés ha sido insultado. "Maldito gachupín", "violador de nuestra raza", "asesino de miles de indígenas" y otras linduras le han dicho con el paso del tiempo. No pretendo cambiar esa imagen, pero sí creo que deberíamos conocerlo mejor. 

Cortés siempre se manejó de acuerdo a sus propias reglas: abandonó la Universidad de Salamanca porque no quiso ser abogado, dejó España para buscar fortuna en la isla de Santo Domingo, desobedeció al gobernador de Cuba, Diego Velázquez, para cruzar el mar y buscar ese "reino fantástico" del que hablaban los índigenas de la isla. 

Ya en este territorio aceptó a una mujer para que le sirviera de traductora, aunque le decían que ella traía la mala suerte; fundó el primer ayuntamiento en América para responder por sus actos sólo ante el rey de España, hundió sus barcos para que sus hombres no pudieran abandonarlo, viajó hacia Tenochtitlan a pesar de que los embajadores de Motecuhzoma le daban regalos para que se fuera y masacró a los habitantes de Cholula, para que ellos no lo mataran. 

Ya en Tenochtitlan apresó a Motecuhzoma para impedir que los mexicas lo atacaran, regresó a Veracruz para derrotar a otro conquistador español - Pánfilo de Narváez- quien llegó con la misión de apresar a Cortés y enviarlo de regreso a España. Volvió apresuradamente a la capital del imperio azteca para salvar a sus hombres (quienes habían cometido una matanza buscando oro), huyó con ellos y se salvó por un pelo de que los mexicas lo sacrificaran.

Mandó construir una decena de pequeños barcos para atacar a Tenochtitlan por el lago, logró destruirla ayudado por sus aliados indígenas (y por la viruela, una enfermedad en ese entonces desconocida en América), permitió que sus hombres torturaran a Cuauhtémoc para averiguar dónde había quedado el tesoro de Motecuhzoma y al final los convenció de que "las verdaderas riquezas estaban más adelante".

Fue muy fiero con los habitantes de lo que hoy llamamos Michoacán. Dirigió una expedición a Centroamérica que terminó en un fracaso (a pesar de que los indígenas se lo advirtieron), mandó ahorcar a Cuauhtémoc, quien lo acompañó en ese viaje, porque le dijeron que lo iba a traicionar; y en cambio tuvo que enfrentarse a varios antiguos aliados suyos que aprovecharon su ausencia en la Ciudad de México para enriquecerse a sus costillas. 

Tuvo una esposa en Cuba, a la que abandonó para venir a México, y cuando su mujer apareció en estas tierras, de repente un día amaneció muerta. 

Fue nombrado capitán general de Nueva España en 1523, pero tres años más tarde le quitaron el cargo, y en 1527 lo expulsaron de la Ciudad de México. En 1529 lo nombraron marqués del Valle de Oaxaca, pero jamás volvió a gobernar en estas tierras. Intentó realizar una expedición al sur de Asia que fracasó, construyó un astillero en Tehuantepec y estableció una empresa para vender mercancías entre Perú y Nueva España. 

Tuvo seis parejas, tres españolas y tres indígenas, las cuales le dieron once hijos, entre ellos dos que se llamaron "Martín". En 1539 el virrey le quitó el astillero, por lo que viajó a España a defender sus propiedades, pero la burocracia le hizo la vida imposible y le prohibió regresar a Mexico. Los pleitos legales lo llenaron de deudas, y murió empobrecido en 1547. 

Luego de su muerte su imagen creció, pero siempre fue criticado. Para unos era el verdadero padre de la nación mexicana, puesto que gracias a él este territorio se unió a Occidente, desarrolló su economía y pudo conocer la verdadera religión. Para otros fue un asesino y ladrón, que pasó por encima de quien fuera para lograr sus objetivos. Destruyó culturas milenarias y sumió en la esclavitud a los habitantes originales de este territorio. 

Es imposible negar lo malo que hizo Cortés, pero también creo que hay que entenderlo, a él y a su tiempo. No sé si se merece una misa por su alma cada año o un monumento en la Ciudad de México, pero condenarlo al infierno y olvidarlo tampoco es una alternativa. 

Cuando alguien dice "malditos conquistadores", bien puede estar refiriéndose, sin saberlo, a un antepasado nuestro. 

Somos producto de un mestizaje, eso quiere decir que en nuestra historia están los hombres que vinieron con Cortés, los indígenas que lo ayudaron y esos mexicas que derrotó. Las víctimas y los victimarios están dentro de nosotros y se mezclaron para formar lo que somos hoy. ¿Podemos alabar a una parte y despreciar a la otra? 

Que cada quien decida lo que le convenga. Yo, como siempre, prefiero esforzarme por comprender.









17 de octubre de 2012

Ejo Takata: ¿Cuál es el sonido de una sola mano?

Los años 60 del siglo XX fueron un momento vibrante en la historia de México y el mundo. Además de varios hechos muy conocidos, como la Guerra Fría, el auge económico y el desarrollo de la tecnología y las comunicaciones, los 60 vieron el furor de disciplinas espirituales (muchas de ellas provenientes de oriente) que se presentaban como una alternativa ante la neurosis generada por la sociedad occidental.
 
El tiempo era propicio para el “boom” de las religiones orientales en occidente: por un lado estaba el miedo constante ante la posibilidad de que en cualquier momento los norteamericanos o los soviéticos apretaran el botón rojo y el planeta estallara en mil pedazos. Por otra parte, los jóvenes se habían convertido en el centro de una revolución mundial que transformó la cultura de las siguientes generaciones.
 
El crecimiento económico del planeta luego de la Segunda Guerra Mundial también cambió el panorama. A diferencia de lo que esperaban los economistas de ese tiempo –una nueva y gravísima crisis económica, a la que seguiría otra enorme conflagración– lo que vino fue totalmente inesperado: un periodo de aproximadamente tres décadas en las que la economía mundial se disparó y esa bonanza pudo medianamente repartirse entre los habitantes del globo.
 
Obviamente, la pobreza no desapareció, pero sí surgieron muchos empleos para esos “baby boomers” que nacieron luego de la Segunda Guerra Mundial, y que se encontraban en los años 60 en una situación financiera, si no maravillosa, si mucho mejor que la que vivieron sus padres a su edad. Era más fácil conseguir trabajo y había un mercado dispuesto a satisfacer las exigencias de esos jóvenes trabajadores.
 
Por otra parte, las políticas aplicadas por los Estados benefactores permitieron que mucha gente fuera a las universidades, con la seguridad de que obtener un título les permitiría conseguir trabajos bien pagados, con lo que su nivel social se elevaría. El mundo aparentaba ser un lugar seguro en el que sólo era necesario ajustarse a las necesidades del sistema para gozar de todos sus beneficios.
 
Sin embargo, no era tan sencillo como parecía. El temor ante la posibilidad de una guerra nuclear y la insatisfacción de crecientes grupos en occidente ante una sociedad enajenada por el consumismo hizo que esa generación juvenil buscara la forma de expresar su insatisfacción. Y es que además, la forma en que se gobernaban las sociedades tampoco era del gusto de los jóvenes: no importaba que fuera el socialismo soviético, la libre empresa norteamericana, la democracia francesa o el republicanismo autoritario mexicano; en todos estos casos los jóvenes se manifestaron porque los consideraban sistemas hipócritas que sólo servían para mantener dominados a los ciudadanos.
 
Las expresiones de rechazo ante “el sistema” fueron variadas: los movimientos estudiantiles y las guerrillas estuvieron a la orden del día, pero también hubo manifestaciones de otro tipo: la música, la forma de vestir, la liberación sexual, el auge de las drogas, y las religiones orientales.
 
Éstas ya tenían algún tiempo en el panorama occidental. El colonialismo del siglo XIX permitió que el oeste conociera a las culturas orientales. El Imperio Británico llevó a occidente diversas expresiones espirituales surgidas en el otro lado del planeta: Hinduismo, Budismo, Yoga, Confucianismo y Taoismo se volvieron términos comunes en las universidades. Sin embargo, su estudio era meramente académico; servía para que los orientalistas tuvieran una mayor comprensión de los territorios que eran explotados por los imperios occidentales. No existía una práctica masiva de las disciplinas orientales, que eran más bien propiedad de aquellos grupos de inmigrantes a las metrópolis, que con ello conservaban su cultura, y de algunas personas con intereses esotéricos.
 
Es hasta el final de la Segunda Guerra Mundial cuando estas disciplinas cobran auge entre las sociedades occidentales. Escritores como Jack Kerouac y Allen Ginsberg se acercaron al Budismo y al Hinduismo buscando una respuesta ante la crisis de sentido que vivía la sociedad industrial. Beatniks y Hippies siguieron a estos dos escritores, y pronto muchas personas en occidente se convirtieron en “vagabundos del Dharma”.
 
A Estados Unidos comenzaron a llegar muchos líderes espirituales de oriente: había yoguis, sufíes, lamas tibetanos, y roshis japoneses. Shunryu Suzuki llegó en 1959 a San Francisco para instalar uno de los centros de meditación budista más importantes de ese país, el San Francisco Zen Center; y muchos americanos estaban en Asia buscando la iluminación, como Philip Kapleau y Robert Aitken.
 
Puede decirse que, en esta época, la corriente budista más importante en occidente era el Zen. Esta es una rama del budismo que se generó en China y se consolidó en Japón a partir del siglo VI. A diferencia de otras escuelas, el Zen apuesta por la experiencia directa y no sólo por la lectura y discusión de los textos sagrados del budismo. Para el Zen, más allá de los conceptos y las ideas generadas por la mente humana está la realidad, y para acceder a ella es necesario vaciarla a través del Zazen, o meditación.
 
El Zen se volvió muy atractivo en occidente por su carácter iconoclasta (“Si te encuentras al Buda, ¡córtale el cuello”, es uno de los dichos Zen más famosos que existen), y por su confianza absoluta en que todos los seres humanos podemos alcanzar la iluminación a través del duro esfuerzo personal y no por una gracia divina. El Zen congeniaba muy bien con el espíritu de libertad que propugnaban los hippies, aunque en el fondo no fueran tan parecidos como aparentaban.
 
Es en este contexto que una tarde de 1967, un monje zen japonés se paseaba por el centro de la Ciudad de México. Lo que sabemos de él fundamentalmente lo debemos a obras escritas por uno de sus discípulos, el famoso Alejandro Jodorowsky, y a testimonios de otros estudiantes, esparcidos en diversos libros y páginas de internet. Es una historia que a veces tiene muchas incoherencias, pero que en el fondo nos permite ver lo importante que fue en su momento que Ejo Takata viviera en nuestro país, y la recepción que le dio al budismo zen un segmento de la sociedad mexicana.
 
Ejo Takata nació en 1928 en Kobe, Japón. A los nueve años entró como novicio al monasterio de Horyuji, perteneciente a la escuela Rinzai. Tiempo después se cambió al Shofukuji, en donde conoció al que sería su maestro: Yamada Mumon. Hay versiones que aseguran que Takata, además de ser un monje zen, tenía un doctorado en filosofía, lo que lo asemejaría a otros exponentes japoneses del zen que fueron maestros de esa primera generación de norteamericanos que llegó a sus monasterios a entrenar, como Sogaku Harada Roshi y Hakuun Yasutani Roshi.
 
Sabemos poco sobre el entrenamiento de Ejo Takata en Japón. No está claro si recibió la autorización de su maestro Yamada Roshi para enseñar budismo zen. Lo que conocemos es que en 1967 se fue a Estados Unidos, en donde enseñó por muy poco tiempo en un monasterio ubicado en California.  A los pocos días de llegar se dio cuenta de que sus estudiantes californianos estaban más interesados en “aparentar” que sabían Zen y no en entrenar seriamente, por lo que Takata agarró sus pocas pertenencias y consiguió que un camión que transportaba naranjas lo llevara “a cualquier parte”. Y ese lugar fue la Ciudad de México.
 
La historia de Ejo Takata, tal como la cuentan Jodorowsky y otras personas, está llena de coincidencias, o de “buen karma”. Luego de varias horas de pasear por la Ciudad se le acercó un muy asombrado psicoanalista de nombre desconocido, quien no podía creer lo que estaba viendo: un monje zen japonés en México. Lo invitó a subir a su coche y lo llevó a conocer a su maestro, un muy famoso psicoanalista alemán que en ese tiempo vivía en Cuernavaca y trabajaba para la UNAM: Erich Fromm.
 
Para ese entonces, Fromm ya era una autoridad en el campo del psicoanálisis. Había trabajado con la Escuela de Frankfurt y le dio a sus investigaciones psicoanalíticas un carácter humanista. El Zen no le era extraño: en 1957 realizó un seminario en Cuernavaca en el que analizó las coincidencias entre su perspectiva del psicoanálisis y el Zen, junto con quien en ese entonces era la máxima figura de esa práctica japonesa: Daisetsu Teitaro Suzuki.
 
Cuando Fromm conoce a Ejo Takata, rápidamente se hacen amigos y lo ayuda a instalar un Zendo (sala de entrenamiento Zen), al que sólo asisten los discípulos mexicanos de Fromm. Jodorowsky cuenta que fue en ese momento cuando conoció a Ejo Takata.
 
El primer Zendo duró poco tiempo; si confiamos en los recuerdos de Jodorowsky, Takata se dio cuenta muy pronto de que los psicoanalistas mexicanos cojeaban del mismo pie que sus primeros estudiantes en California: no querían entrenar Zen, querían regodearse a sí mismos aparentando que lo hacían. Podían durar horas sentados meditando porque antes habían tomado pastillas para relajarse.
 
Sin embargo, otros testimonios dicen que Ejo Takata tuvo otros dos Zendo: uno en la calle de Puebla, en la Colonia Roma, y el otro en la calle de Sagredo. José Agustín menciona al primero en uno de los volúmenes de su Tragicomedia Mexicana.
 
Diversos testimonios concuerdan en señalar que Ejo Takata era un hombre muy silencioso que enseñaba con el ejemplo. Su sistema de Zazen consistía en simplemente sentarse y seguir las respiraciones, por lo que no podríamos decir propiamente que estuviera “meditando”. En el libro Zen en México, que es una antología de diversos escritos y conferencias que dio en México entre 1968 y 1970, Takata describe varios ejercicios que son comunes en el Zen y en otras disciplinas orientales, como el conteo de las respiraciones y la repetición mental de mantras para tranquilizar la mente.
 
En los libros de Jodorowsky, sin embargo, hay páginas y páginas de pláticas con Takata, quien le cuenta sobre sutras (textos sagrados del budismo), lo pone a prueba con los koans (acertijos usados en el Zen para despertar la mente del practicante), y en algunas ocasiones le platica sobre su vida.
 
Entre 1968 y 1970, Ejo Takata dio varias conferencias sobre Zen. Participó en una “Jornada Ecuménica por la Paz” el 10 de octubre de 1968 y dio una plática a periodistas sobre “la verdad de la comunicación humana” en 1969. Zen en México es quizá el único testimonio escrito que dejó. Es un conjunto de diversos textos en los que explica cómo hacer Zazen, de qué manera esta disciplina ayuda a tranquilizar la mente y atrae la salud, también habla sobre la importancia que tiene para el Zen la experiencia directa y comenta a varios autores occidentales que conocieron esta práctica, como el famoso Eugen Herrigel. En este libro está su frase más famosa: “México no necesita del Zen, pero el Zen necesita de México”.
 
Junto con sus alumnos fundó “ZEN, A.C.”, con la intención de fortalecer la difusión del budismo Zen en México. Al parecer, también en esta etapa comenzó a ayudar a varias comunidades indígenas. Una versión lo sitúa en 1969 con los indígenas Mixes, enseñándoles el cultivo y uso de la Soya.
 
En 1970, Takata regresó a Japón, con lo que parecía que su misión en México había terminado. Según Jodorowsky, durante su ausencia el grupo pervirtió sus enseñanzas –ya que creían que jamás iba a volver– pero cuando Takata reapareció meses más tarde, acompañado de su esposa, su furia lo llevó a cerrar el Zendo y dedicarse exclusivamente a trabajar con los indígenas.
 
Al parecer, esta decisión estuvo acompañada de otra decepción: Jodorowsky y José Agustín en sus libros narran el caso de un estudiante mexicano de Takata (su mejor estudiante, en realidad), quien antes había sido actor y al que su maestro envió a Japón, al monasterio de Shofukuji, donde Takata había entrenado. Luego de varios meses, el estudiante mexicano fue expulsado luego de que le encontraron drogas entre sus pertenencias, las cuales tomaba para soportar las largas sesiones de meditación.
 
Sin embargo, otras versiones dicen que el Zendo perduró 15 años más, hasta 1985, cuando las rencillas entre los miembros del grupo obligaron a Takata a terminar con esa etapa de su vida. Para ese entonces, ya era también acupunturista de la escuela Ryodoraku, y hasta se dio tiempo de aparecer en los escenarios con su amigo Jodorowsky.
 
Cuando éste montó en teatro una versión libre de Así hablaba Zaratustra, de Friedrich Nietzsche, se le ocurrió que sería una buena idea hacerlo en un teatro completamente libre de escenografías y con los actores desnudos. Mientras Isela Vega, Héctor Bonilla y Carlos Ancira interpretaban la obra, Ejo Takata se sentaba al fondo del desnudo escenario en posición de flor de loto, y permanecía sin moverse durante toda la función.
 
Luego de su experiencia con ZEN, A.C, Takata dio clases en varios sitios. Algunas veces fue en casas particulares, pero hay testimonios de que estuvo también en el gimnasio de artes marciales japonesas de la UNAM (que está abajo del Estadio Olímpico), y al parecer también estuvo en El Colegio de México.
 
Takata fue integrante del Consejo Interreligioso de México y fue miembro fundador de la Comunidad Budista de México. Siguió trabajando con las comunidades indígenas y dio consultas de acupuntura Ryodoraku hasta su muerte, en 1997.
 
Ejo Takata Roshi fue el pionero del budismo en nuestro país. Sin su labor durante tantos años, no habría sido posible el florecimiento que ha tenido esta religión en nuestro país. Grupos como el Centro Zen de México, Casa Zen, Instituto Loseling, el Centro Budista de la Ciudad de México, Casa Tibet y la Casa de Meditación Vipassana, entre muchos otros, bien pueden considerar a Ejo Takata como su antecesor, el que llegó a México en los años 60, por coincidencia, o por su karma, traído por un camión lleno de naranjas.

12 de octubre de 2012

Ideas al vuelo sobre el 12 de octubre

12 de octubre es una fecha muy difícil, porque nos enfrenta con el principio de nuestra historia, y nos demuestra que hemos heredado filias y fobias. Muchas veces por nuestra falta de conocimiento, y también por no poner las cosas en perspectiva. 
Durante gran parte del siglo XIX y XX, este día tuvo grandes festejos, pues se consideraba que gracias al descubrimiento y la conquista, el continente americano se había integrado al mundo, adoptando su lengua y su cultura. 
A pesar de que, a poco de haber terminado este acontecimiento, hubo muchas condenas al modo tan violento en que se dio la conquista, imperó la idea de que en el fondo había sido para bien. 
Pero durante el siglo XX esa idea cambió. El antihispanismo (otra tradición en la cultura mexicana) cobró una enorme fuerza. Entonces el "respeto a las culturas indígenas" se volvió una política de Estado (y una fachada para que esta sociedad mantuviera un racismo velado) y los españoles fueron vistos como los culpables de todo lo malo que nos ha pasado en la historia; desde la pedrada que mató (¿?) a Moctezuma, hasta el regreso del PRI a la presidencia. 
Llevarle flores a Hernán Cortés (que está en el Hospital de Jesús, en el centro histórico) parece un insulto a la conciencia nacional, y arrojarle basura a la estatua de Cristóbal Colón que está en Paseo de la Reforma es, por decir lo menos, tolerado. 
Es innegable que la conquista costó mucha sangre, y está marcada por miles de asesinatos, violaciones, robos y destrucciones de culturas. 
Pero también es cierto que sobre ese horror se construyó una de las culturas más ricas del mundo -la mexicana-. Esa mezcla de elementos españoles, indígenas, judíos, árabes, negros y asiáticos nos otorga una personalidad inconfundible, y nos convierte en legítimos herederos de esas grandes culturas, y de otras más, como la romana y la griega. 
Los españoles hicieron mucho mal, pero también hicieron muchas cosas muy buenas. 
Los indígenas sufrieron muchísimo, pero también colaboraron a que se produjera la conquista (recuerden a los tlaxcaltecas que se aliaron con Cortés para destruir a Tenochtitlan) y son una parte fundamental de nuestra cultura. 
¿Vale la pena que nosotros, que somos el producto de ese choque tan violento, despreciemos a unos y alabemos a otros? 
Porque no está de más recordar que los españoles se fueron en 1821, y si los indígenas siguen sufriendo por la pobreza, las enfermedades, la ignorancia y el desprecio, todo eso ha ocurrido porque así lo ha querido la sociedad mexicana. 
Yo tengo un primer nombre franco-italiano pero con raíces germánicas, mi segundo nombre es español pero de origen latino, mi primer apellido es una americanización de un nombre alemán, y el segundo es español, pero sospecho que tiene raíces judías. Entre mis antepasados hubo alemanes, suizos, norteamericanos, canadienses, franceses, españoles, algún hebreo y también matlatzincas.
En mí convergen “ríos secretos e inmemoriales”, como decía Borges. Nada me impide señalar sus aciertos y virtudes, pero no olvido que cuando alguien dice “los malditos conquistadores”, bien se puede estar refiriendo a un antepasado mío.
Decía Hannah Arendt: “el pasado se supera al narrar lo que sucedió”. Algún error hemos cometido al narrarlo, porque seguimos condenándolo sin entender que de allí venimos.

8 de octubre de 2012

El otro rostro de Motecuhzoma Xocoyotzin.


La tradición nos ha acostumbrado a pensar que Motecuhzoma Xocoyotzin (mejor conocido como Moctezuma II) fue un gobernante supersticioso, que a pesar de que era el amo del imperio más grande de este territorio vivía angustiado ante la posibilidad de que pronto se cumpliera una antigua profecía y regresara del otro lado del mar un dios que destruiría a su imperio.

Cuando se enteró de que en las costas de lo que hoy llamamos Veracruz, aparecieron unos enormes "cerros que flotan en el agua", de donde bajaron unos hombres blancos y con la barba cerrada, Motecuhzoma entró en pánico, hizo sacrificios a los dioses y decidió encerrarse en la cueva de Cincalco para huir de su trágico destino. 


Sin embargo, sus mismos dioses se lo impidieron. Por eso tuvo que enviarle preciosos obsequios a los recién llegados con la súplica de que se fueran. Pero los blancos no lo escucharon. Querían conocerlo. Y llegaron a la ciudad blanca que estaba sobre un lago para apresarlo, destruir los antiguos ídolos y asesinar a los indígenas buscando lo único que les interesaba: el oro.

Motecuhzoma, preso en su palacio, no pudo evitar la destrucción de su pueblo. Y luego que los españoles cometieron una gran matanza en el Templo Mayor y quisieron usarlo para tranquilizar a los tenochcas, una piedra lo mató, salvándolo al mismo tiempo de tener que contemplar la destrucción del Imperio Mexica. 

La historia nos cuenta una versión muy diferente. Para empezar, no tenemos ningún documento escrito por Motecuhzoma donde nos cuente lo que él pensaba sobre lo que estaba ocurriendo. Tenemos en cambio muchos testimonios escritos tiempo después de ocurrida la conquista, donde queda patente el interés de cada autor de estos textos por imponer su versión de lo que realmente había pasado. 

Como nos señala Isabel Bueno, a pesar de que se han impuesto una serie de textos en donde Motecuhzoma es retratado como un personaje débil, hay otros en los que aparece como un gran gobernante que intentó defender a su pueblo de tres grandes amenazas que se le juntaron en ese año aciago de 1519: los españoles, los pueblos que habían sido vasallos de los mexicas y se estaban aliando con los recién llegados, y una parte de la élite tenochca que deseaba quitarle el mando del imperio. 

Motecuhzoma entonces tuvo que planear diversas estrategias para deshacerse de esos tres enemigos, pero eran demasiados y el tiempo se le acabó.

Se supone que Motecuhzoma nació en 1467. La fecha es importante. Si fuera cierta, entonces al momento de morir habría tenido 52 años, justo lo que dura un siglo mexica. Su muerte habría sido entonces un símbolo del final de esa cultura. Pero bien puede ser que el dato sea falso y lo hayan creado otros autores para darle ese significado. 

Motecuhzoma fue hijo de Axayácatl, otro gran gobernante, y sus primeros años los pasó rodeado de los más grandes personajes del Imperio Mexica. Seguramente estudió en el Tepochcalli y en el Calmecac, donde se formaban los altos guerreros y sacerdotes, ya que con el paso del tiempo se distinguió en esas dos profesiones. 

En 1502 fue elegido como Huey Tlatoani. Reformó el comercio, las leyes y el protocolo de la corte. Incluso reformó el calendario religioso para que su inicio no coincidiera con la fecha 1 tochtli, la cual era recordada porque hubo una espantosa hambruna en Tenochtitlan. 

Tuvo problemas con la ciudad de Texcoco, una de las que formaban la Triple Alianza. A la muerte de su gobernante, Nezahualpilli, Motecuhzoma logró imponer a su candidato, Cacama. Pero eso le costó perder el apoyo de gran parte de la aristocracia texcocana. 

Al mismo tiempo, Motecuhzoma elevó los impuestos que cobraba a sus pueblos vasallos, lo que también los enfureció. Aunque Tenochtitlan era una ciudad riquísima, muchos de los miembros de su élite no estaban conformes con las rígidas medidas que tomaba su emperador. Algunos conspiraban en su contra. 

Desde 1509, Motecuhzoma sabía de esos "objetos flotantes no identificados" que se veían en las costas de Yucatán y Veracruz. Sus comerciantes, que también eran espías, lo mantenían informado de todo lo que pasaba en su imperio. El relato de los "presagios" fue creado mucho después de la muerte de Motecuhzoma, con la intención de magnificar el ya de por sí importantísimo acontecimiento. 

Al parecer, Motecuhzoma no se asustó por la llegada de los españoles, pero tampoco fue indiferente a ellos. Envió embajadores para darles regalos y también para averiguar más sobre los recién llegados. Rápidamente le quedó claro que a pesar de las diferencias, eran hombres y no dioses; y que sólo querían enriquecerse. 

Exterminarlos era una primera posibilidad, por lo que Motecuhzoma ordenó a sus vasallos que atacaran a los españoles. Pero pronto quedó claro que los blancos tenían armas desconocidas por los indígenas. Además su líder, un extremeño llamado Hernán Cortés, pronto hizo alianzas con los súbditos de los mexicas. 

A Motecuhzoma no le quedó otra más que permitir que los españoles viajaran a Tenochtitlan, y más después de que éstos se aliaron con los tlaxcaltecas (grandes enemigos de los mexicas) e hicieron una espantosa matanza en la ciudad de Cholula. 

El 8 de noviembre de 1519, Cortés y Motecuhzoma se encontraron por primera vez. El gobernante de los mexicas necesitaba tiempo para decidir qué hacer con estos invasores. Por lo pronto los alojó en el palacio de su padre, Axayacatl, y envió tropas a Veracruz dirigidas por el guerrero Cuauhpopoca, para destruir a las fuerzas que Cortés había dejado. 

Mientras tanto, los españoles conocían Tenochtitlan, quitaban a los viejos ídolos y ponían en su lugar cruces e imágenes de la Virgen María. Intentaron que Motecuhzoma fuera bautizado y aceptara al rey Carlos I de España y V de Alemania como su señor, pero él se negó. 

Cuando Cortés se enteró del ataque de Cuauhpopoca en Veracruz (el cual fracasó), montó en cólera. Apresó a Motecuhzoma, torturó a Cuauhpopoca (quien regresó encadenado a Tenochtitlan) y lo quemó vivo en la plaza mayor de la ciudad. 

A principios de mayo de 1520, Cortés salió de la ciudad para combatir en Veracruz a Pánfilo de Narváez, un capitán español que había sido mandado para apresar al extremeño y adueñarse de la expedición. Cortés dejó en su lugar a Pedro de Alvarado, quien el día 20 de ese mes asesinó a miles de mexicas en el Templo Mayor, los cuales celebraban una fiesta religiosa. Los españoles se encerraron en el palacio de Axayacatl y avisaron a Cortes de lo que ocurría. 

Estos acontecimientos llevaron a la muerte de Motecuhzoma, pero no tenemos claro cómo ocurrió. La primera versión dice que Cortés le pidió al Tlatoani que subiera a la azotea del palacio y calmara a los mexicas (quienes rodearon el palacio con la intención de destruirlo). Motecuhzoma se negó y los españoles lo mataron, subieron su cadáver y lo movieron como si estuviera vivo. 

La segunda versión dice que Motecuhzoma aceptó ayudar a los españoles, salió a hablar con los mexicas pero ellos lo mataron a pedradas, o a flechazos, luego de que un guerrero y pariente suyo llamado Cuauhtemoczin empezó a gritarle que era un marica por no haber destruido a los españoles cuando pudo hacerlo.

Los españoles tuvieron que huir de Tenochtitlan ante la furia de los mexicas, pero regresaron en 1521 para conquistar la ciudad. El cadáver de Motecuhzoma fue incinerado y se le enterró en algún sitio de la antigua ciudad que nuestros arqueólogos esperan descubrir pronto. 

Si tenemos esta otra versión sobre el gobernante mexica, ¿por qué sigue imperando la primera? Todo parece indicar que nació por así convenir a los que ganaron la conquista (los españoles y los indígenas que pelearon a su lado); y también para mantener esta idea que todos los indígenas eran iguales, lucharon unidos contra los invasores y fueron derrotados, lo cual no es cierto. 

Lo que queda claro es que Tenochtitlan compartía los problemas de otros grandes imperios del mundo: una burocracia en expansión, crecientes necesidades económicas, y una élite que peleaba consigo misma por el poder. Ese fue el mundo de Motecuhzoma. Y aunque no haya podido vencer a los españoles, es un personaje fascinante que de ninguna manera merece nuestro olvido.