19 de junio de 2012

Documentos de la ejecución de Querétaro

Querétaro, junio 14 de 1867.



Vista la orden del ciudadano general en jefe del día 24 del pasado mayo para la instrucción de este proceso; la de 21 del mismo mes del ministerio de la Guerra que se cita en la anterior, en virtud de las cuales han sido juzgados Fernando Maximiliano de Habsburgo, que se tituló emperador de México, y sus generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, por delitos contra la nación, el orden y la paz pública, el derecho de gentes y las garantías individuales; visto el proceso formado contra los expresados reos con todas las diligencias y constancias que contiene, de todo lo cual ha hecho relación al Consejo de Guerra el fiscal, teniente coronel de infantería, ciudadano Manuel Azpíroz; habiendo comparecido ante el Consejo de Guerra que presidió el teniente coronel de infantería permanente ciudadano Rafael Platón Sánchez; todo bien examinado con la conclusión y dictamen de dicho fiscal y defensas, que por escrito y de palabra hicieron de dichos reos sus procuradores respectivos, el Consejo de Guerra ha juzgado, convencidos suficientemente de los delitos contra la nación, el derecho de gentes, el orden y la paz pública que especifican las fracciones primera, tercera, cuarta y quinta del artículo primero, quinta del artículo segundo y décima del artículo tercero de la ley de 25 de enero de 1862 a Fernando Maximiliano; y de los delitos contra la nación y el derecho de gentes que se expresan en las fracciones segunda, tercera, cuarta y quinta del artículo primero y quinta del artículo segundo de la citada ley, a los reos Miguel Miramón y Tomás Mejía; con la circunstancia que en los tres concurre, de haber sido cogidos in fraganti en acción de guerra el día 15 del próximo pasado mayo en esta plaza, cuyo caso es el del artículo veinte y ocho de la referida ley y, por tanto, condena con arreglo a ella a los expresados reos Fernando Maximiliano, Miguel Miramón y Tomás Mejía, a la pena capital, señalada para los delitos referidos.
Querétaro, junio 14 de 1867.
R. Platón Sánchez Juan Rueda y Auza Ignacio Jurado Lucas Villagrana Emilio Lojero José C. Verástegui José V. Ramírez  



Querétaro, en la prisión de las Capuchinas, junio 17 de 1867



(Al ministro barón de Lago)
Querido barón:
Nada tengo ya que ver en el mundo y mis últimos deseos se limitan a mis restos mortales, que pronto quedarán libres de padecimientos, y en favor de los que me sobrevivan.
Mi médico, el doctor Basch, hará transportar mi cuerpo a Veracruz.
Dos sirvientes, Gull y Tudos, serán los únicos que le acompañarán.
He dado orden de que se conduzca mi cuerpo a Veracruz sin ninguna pompa y que a bordo no se haga ninguna ceremonia extraordinaria.
He esperado la muerte con calma y quiero, igualmente, gozar de calma en el féretro.
Procurad, querido barón, que en uno de los dos buques de guerra el doctor Basch y mis dos criados sean transportados a Europa.
Quiero que se me entierre al lado de mi pobre esposa.
Si no tuviere fundamento la noticia de la muerte de mi pobre mujer, deberá depositarse mi cuerpo en un sitio cualquiera, hasta que la emperatriz se reúna conmigo por la muerte.
Tened la bondad de transmitir las órdenes necesarias al capitán de navío del Greeller.
Tened igualmente la bondad de hacer cuanto esté de vuestra parte para que la viuda de mi fiel compañero de armas Miramón, pueda ir a Europa en uno de los dos buques de guerra.
Cuento tanto más con que se cumpla este deseo, cuanto que la he encargado que se traslade a Viena cerca de mi madre.
De nuevo os doy las más cordiales gracias por todas las incomodidades que os causo y soy con la mayor benevolencia, vuestro.
Maximiliano
 

En el Cerro de las Campanas, sito a 700 metros de la orilla occidental de la ciudad de Querétaro, a las siete y cinco minutos de la mañana del día 19 de junio de 1867, yo, el infrascrito escribano, doy fe, que en virtud de la sentencia pronunciada por el Consejo ordinario de Guerra y confirmada con el decreto asesorado del ciudadano general en jefe del cuerpo de ejército del Norte, de ser pasados por las armas los reos Fernando Maximiliano de Austria, llamado emperador de México, y sus generales Tomás Mejía y Miguel Miramón, se les condujo con segura custodia al punto citado, donde se hallaban situadas las tropas para la ejecución de la referida sentencia, mandadas por el ciudadano general Jesús Díaz de León, y habiéndose publicado por dicho señor el bando de ordenanza, fueron simultáneamente ejecutados los precitados reos a la hora y en el lugar referidos, y para constancia, el ciudadano fiscal mandó se pusiera por diligencia, que firmó conmigo el presente escribano.
González Félix
G. Dávila  


Señor general don Ramón Corona
Guadalupe Hidalgo
Mi estimado amigo:
Recibí la carta de usted de 13 del corriente con la copia de la que escribió a usted don Manuel Lozada, pidiendo la gracia de indulto en favor de Castillo, Maximiliano, Miramón y Mejía.
Desea usted que yo le dé a conocer mi opinión respecto de ese paso dado por Lozada y lo haré así manifestándole a usted que, en mi concepto, nada tiene de extraño que Lozada y otras personas hagan tal solicitud, porque como hombre y como partidario debe interesarse en la salvación de sus correligionarios y como él deseaba que usted fuera el conducto por donde me llegara su petición, hizo usted muy bien en mandármela y en contestarle del modo que aparece en la copia que me mandó usted de su contestación.
En cuanto a la resolución del gobierno respecto de la gracia que no sólo el señor Lozada sino otras personas y los defensores de Maximiliano, Miramón y Mejía han solicitado, alegando, entre otras razones, las mismas que Lozada expresa en su carta, ya se dio ayer denegándose dicha gracia, después de haberse considerado profunda y concienzudamente todos los alegatos y razones que han expresado los interesados, así como las de justicia y conveniencia nacional que el gobierno está en el deber de respetar.
Tendré presente lo que me dice usted respecto de la aduana de Guaymas que no pierdo de vista, pues tengo interés en extirpar los abusos, aunque, como usted comprenderá, no puede hacerse tan pronto como quisiéramos; pero, habiendo constancia, todo quedará remediado.
Soy de usted amigo, etc.
(Benito Juárez)

11 de junio de 2012

Luis Echeverría, sobre el 10 de junio de 1971

El 10 de junio, un grupo numeroso de personas compuesto en su mayor parte por estudiantes, iniciaba una manifestación en las calles de la ciudad de México, que fue disuelta por grupos de choque armados.
La agresión ejercida contra los manifestantes y algunos periodistas nacionales y extranjeros que se encontraban en el lugar de los acontecimientos cumpliendo con su deber de informar, tuvo como trágica consecuencia algunas decenas de heridos y varias personas muertas.
Estos hechos merecieron la condena de todos los sectores y muy especialmente de quienes debemos velar por la tranquilidad pública y la seguridad de los ciudadanos.
La ley prevé, sin excepción alguna, los instrumentos de que el Estado puede hacer uso para la preservación del orden.
Los regímenes democráticos se definen, en última instancia, por la limpieza de los procedimientos que emplean a fin de salvaguardar las instituciones.
Giramos instrucciones a la Procuraduría General de la República para que iniciara una investigación que deslindara responsabilidades y condujera al castigo de los culpables.
Le hemos ratificado que profundice y active la investigación.
En su oportunidad reprobamos, categóricamente, los sucesos del 10 de junio.
Ante la representación nacional, reiteramos hoy al pueblo de México que habremos de mantener la autoridad legal de los poderes democráticamente constituidos y la fuerza moral de su investidura.
Hemos solicitado a nuestros compatriotas que refrenden todos los días el pacto contraído por el sufragio.
Hemos hecho lo posible para fortalecer la unión entre los mexicanos.
Nos queda un largo trecho que habremos de avanzar juntos, en el común empeño de perfeccionar las instituciones y alcanzar un desarrollo equilibrado y justo.
Hoy los exhortamos para que preservemos nuestro más valioso patrimonio: la libertad.
La democracia no es un don gratuito: se conquista por la participación consciente en los asuntos públicos y por el respecto a los derechos de los demás.
Demanda valor cívico, responsabilidad social y espíritu de tolerancia.
Es el camino que hemos elegido.
A las nuevas generaciones debemos legar un sistema de convivencia pacífico, civilizado y creador.
Sólo los inconscientes pueden sentirse satisfechos del progreso alcanzado.
El porvenir del país nos preocupa a todos, pero no lo enfrentemos con incertidumbre, sino con ánimo resuelto, fruto de un optimismo reflexivo.
Luchamos porque nuestra vida social sea más equilibrada y activa.
Conocemos los obstáculos y las fuerzas que se oponen a nuestros propósitos.
Sabemos a quiénes benefician nuestras eventuales discordias.
No estamos dispuestos a permitir que intereses ajenos, fracciones irresponsables o ambiciones egoístas de poder comprometan los objetivos que el pueblo comparte y está decidido a conseguir.


Primer informe de gobierno, 1 de septiembre de 1971

Los años del presidente Juárez.


Quienes vivieron esta etapa la llamaron “la Segunda Guerra de Independencia”. Nosotros bien podríamos llamarla “la verdadera Revolución Mexicana”. Entre 1854 y 1876, México se jugó su futuro y vivió una serie de transformaciones que nos afectan hasta el día de hoy. El Estado mexicano logró al final consolidarse y enfilarse hacia la modernización y la democracia, aunque los retos fueron muy grandes y los resultados no siempre fueron los esperados.
            A pesar de los problemas podemos sentirnos orgullosos de ese periodo de la historia nacional. Sin embargo, ¿cuáles fueron los acontecimientos más importantes de esta época? ¿A qué problemas se enfrentó México y cómo pudo resolverlos? ¿Cuál es la herencia que nos dejó la generación liberal y de qué forma siguen influyendo en nuestro presente? 

5 de junio de 2012

La izquierda mexicana y su historia oscura

Me parece necesario comenzar este post con una pequeña nota autobiográfica: cursé mi secundaria y preparatoria en un colegio privado donde el marxismo dialéctico era, literalmente, una fe en la que los estudiantes éramos adoctrinados. 

Todavía recuerdo como, además de escuchar en todas nuestras clases las virtudes del marxismo, tuvimos que ¿leer? una complicadísima antología sobre autores marxistas, elaborada por uno de nuestros maestros, quien nos decía que pronto llegaría ese mundo soñado en el que el Estado y el dinero desaparecerían. Los supermercados se convertirían en almacenes llenos de mercancías a donde la gente llegaría a abastecerse sin necesidad de pagar por lo que se llevaran, y el mundo viviría en paz y sin hambre.


En esa época el mundo sufría cambios radicales: Polonia y "Solidaridad", Rumania y la muerte de los Ceaucescu, Gorbachov y la Perestroika; todo indicaba que vendrían enormes transformaciones; y todavía nos faltaba ver la destrucción del muro de Berlín, la reunificación de Alemania y la desintegración de la Unión Soviética. 


Pero nada de eso se comentaba en mis clases de Marxismo; y cuando alguno de mis compañeros se atrevía a sugerir que quizá las cosas no eran tan "claras e irrefutables" como nos decía mi maestro, él montaba en cólera para decirnos que éramos víctimas de la propaganda capitalista, y se lamentaba de que no siguiéramos el ejemplo de una chica que estuvo en la misma escuela años antes y que decidió que iba colaborar en la construcción del socialismo latinoamericano uniéndose a la guerrilla salvadoreña. Nunca supe qué pasó con ella. 

De todo eso me acordé mientras leía el nuevo libro de Julio Patán, "El libro negro de la izquierda mexicana" que es más bien un recuento de aquellos momentos claros (y oscuros) en la historia de la izquierda contemporánea mexicana: para ser precisos desde la crisis al interior del PRI en 1987 hasta el presente, con breves referencias a otros momentos importantes en ese movimiento, como la huelga de 1958, el 68, el CEU y el CGH.


Patán comienza su libro con una declaración demoledora: con honrosas excepciones, la izquierda mexicana no practica la autocrítica y mucho menos se disculpa por los errores cometidos durante su historia; y dedica el resto de su obra a demostrarlo analizando diversos casos, como la fundación del PRD, la segunda candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas, el levantamiento zapatista, la huelga universitaria de 1999 y el caudillismo de Andrés Manuel López Obrador. 


Julio no pretende convencer de que la izquierda mexicana es uno de los males de este país. Al contrario, reconoce que gracias a la izquierda este país ha avanzado política y socialmente: ha fundado uno de los partidos más importantes de México (y con eso apoyó la institucionalización del país, en lugar de recurrir a la vía armada); ha hecho importantísimas contribuciones al desarrollo del papel de la mujer y de los grupos no heterosexuales en la sociedad; también ha contribuído de formas muy pequeñas pero no menos importantes como traer el pelo largo, vestirse como se quiera, y terminar con la cultura autoritaria tan común en México (o por lo menos, intentarlo). 

En el caso de la ciudad de México, la izquierda ha tenido muchos triunfos: los conciertos en el Zócalo, la difusión de la cultura, las becas escolares, los apoyos a ancianos, la despenalización del aborto; es imposible negar que también han hecho muchas cosas buenas.


Sin embargo, la izquierda mexicana tiene dos enormes vicios, que han obstaculizado su desarrollo, y por ende el del país: el atavismo ideológico y la corrupción. 


Como señala Patán, la izquierda no sabe criticarse a sí misma y prefiere reverenciar a sus símbolos en lugar de producir discursos coherentes que contribuyan al desarrollo de políticas que sean provechosas para la sociedad mexicana. 

Eso los lleva a seguir considerando que Fidel Castro es un gran hombre (a pesar de las documentadísimas violaciones a los derechos humanos en Cuba desde 1959), a publicar esquelas lamentando la muerte de otro dictador como Kim Jong Il, y a nunca criticar aquellos movimientos que se valen de la violencia para imponer sus ideas de izquierda a la sociedad, ya sean los muchos movimientos que cierran calles o la guerrilla que todavía subsiste. 

La izquierda mexicana -dice Patán- nació denunciando la corrupción en el PRI, pero pronto se acostumbró a utilizarla en su propia convenciencia: son conocidos sus propios fraudes en sus elecciones internas, han tenido contactos con el narcotráfico, y también han creado figuras grotescas como Juanito, René Bejarano, y yo añadiría a su esposa, Dolores Padierna. 

A excepción de muy pocos autores abiertamente de izquierda, (como Luis González de Alba) Andrés Manuel López Obrador sólo es criticado por intelectuales más reconocidos con "la derecha". Para el resto, (incluidos algunos de los intelectuales más importantes del momento, como Lorenzo Meyer, Sergio Aguayo y Denise Dresser), AMLO debe ser apoyado porque representa la oportunidad de verdaderamente transformar este país, pero ¿es correcto hacerlo hasta el punto tal de dejar de lado el pensamiento crítico, que es el fundamento del intelectual? 


Si algo hay que criticarle al libro de Patán es la falta de fuentes bibliográficas (muy pocas, para un trabajo de esta envergadura) y que se refiera sólo a la etapa contemporánea. Quizá si hubiera visto más atrás, al periodo cuando se fundó el Partido Comunista Mexicano y los enfrentamientos entre distintas facciones, hubiera tenido más elementos para comprender mejor esa historia tan compleja, pero también muy marcada por su pasado. 


Pero yo creo que es un libro necesario. No porque no haya nada que criticarle al PRI y al PAN (para eso ya existen otros libros, muchos); sino porque es necesario ver a nuestra izquierda más allá de las consignas y concentrarnos en los hechos, reconocer todo lo bueno que ha hecho, pero también condenar sus errores y sus corruptelas. Eso también le servirá a ella.