26 de abril de 2012

EM (IX) Miguel Henríquez Guzmán, una ruptura en la Familia Revolucionaria.


Érase una vez un político mexicano que quería ser presidente. A pesar de que tenía en su contra a todo el sistema decidió que él merecía la silla presidencial, por lo que reunió a su alrededor a un amplio espectro de la sociedad mexicana que estaba descontenta por la forma en que el país era gobernado.

Recorrió todo México en una extenuante campaña presidencial y se sentía el ganador, pero el sistema conspiró en su contra para robarle el triunfo. Sus partidarios lo consideraron el presidente legítimo y estuvieron a punto de levantarse en armas para sostener a su candidato, pero al final él decidió plegarse ante el sistema y el sueño de su presidencia desapareció.

Es lugar común pensar que la historia se repite aunque cambien los personajes y los escenarios. Yo más bien creo que ésta siempre se parece a sí misma aunque jamás de manera completa. Entre Andrés Manuel López Obrador y Miguel Henríquez Guzmán hay casi seis décadas de distancia y muchas diferencias, pero también podemos detectar algunas coincidencias entre estos dos personajes que buscaron la presidencia de la República.

Miguel Henríquez Guzmán dirigió uno de los movimientos más importantes de la segunda mitad del siglo XX en contra de eso que ahora llamamos “La Familia Revolucionaria”. A través de una alianza que involucró a militares revolucionarios, campesinos, obreros y miembros de la clase media, Guzmán logró construir un aparato político con el que buscaba transformar al país y terminar con el giro a la derecha que había tomado México desde el gobierno de Manuel Ávila Camacho.

Henríquez Guzmán nació en Coahuila a finales del siglo XIX. En 1913 ingresó al Colegio Militar con la intención de convertirse en ingeniero. Fue uno de los cadetes que acompañó al presidente Francisco I. Madero en su marcha del Castillo de Chapultepec a Palacio Nacional durante la Decena Trágica. Dejó inconclusos sus estudios militares para unirse a las tropas carrancistas, donde se distinguió como uno de los revolucionarios más importantes. Al mismo tiempo empezó una larga y estrecha amistad con Lázaro Cárdenas, lo que lo llevó años después a colaborar con él durante su gobierno.

Al llegar Manuel Ávila Camacho a la presidencia de México, el giro a la izquierda que Cárdenas fue dejado de lado. La necesidad de industrializar al país, acercarse a Estados Unidos y acabar con las rencillas entre distintos grupos políticos llevó al nuevo presidente a aplicar una política de “Unidad Nacional” en la que los planes cardenistas perdieron importancia mientras la iniciativa privada mexicana crecía cada vez más.

Al mismo tiempo, Ávila Camacho empezó un proceso de modernización estatal en el que era fundamental retirar a los militares revolucionarios de los puestos de decisión y colocar en su lugar a una nueva generación que se hubiera formado en la Universidad Nacional y no en los campos de batalla. El turno al bat llegaba para los civiles y su principal representante, el secretario de Gobernación Miguel Alemán.

No todos los militares vieron con gusto que el presidente Ávila Camacho los relegara a los cuarteles, y mucho menos que conquistas como el ejido se dejaran de lado para impulsar la industria agraria mexicana. A fines de 1945, Miguel Henríquez Guzmán y otros militares cercanos a Lázaro Cárdenas empezaron un movimiento para que Alemán no se convirtiera en el siguiente presidente, pero no tuvieron el apoyo necesario para lograrlo.

Seis años más tarde, cuando Miguel Alemán intentó reelegirse, el Henriquismo volvió para cumplir el sueño que les negó Manuel Ávila Camacho. Aprovechando el descontento popular ante las políticas agrarias y obreras del presidente Alemán, (aunado a que muchos militares pasaron a retiro para ser sustituidos por las nuevas generaciones de egresados del Colegio Militar y la Escuela Superior de Guerra), Henríquez Guzmán y sus partidarios formaron grupos antialemanistas en casi todo el país.

Con un programa cercano al Cardenismo, Henríquez Guzmán y sus aliados crearon una sólida estructura, la Federación de Partidos del Pueblo Mexicano (FPPM), que llegó a tener representantes en casi toda la república, a pesar de los intentos del gobierno alemanista para detener su crecimiento.

Acorralado por otros grupos al interior de la familia revolucionaria que tampoco querían su reelección, Alemán escogió a Adolfo Ruiz Cortines como su sucesor. El 6 de julio de 1952 se celebraron las elecciones y Ruiz Cortines ganó con casi tres millones de votos. Sin embargo, los henriquistas no reconocieron el triunfo y convocaron a sus seguidores a hacer una gran manifestación el día siguiente en la Alameda de la Ciudad de México.

La tarde del día 7, la Alameda estaba llena con los henriquistas que esperaban la aparición de su líder, a pesar de las advertencias de la policía para que no se efectuara el mitin. Soldados y policías rodearon la Alameda, un balazo a un oficial comenzó la represión que se extendió por Avenida Juárez, Hidalgo, Reforma y Bucareli. Cientos de policías golpearon a la multitud y el gas lacrimógeno inundó el centro de la ciudad. Los henriquistas corrieron hacia el Zócalo y lograron entrar a la Catedral Metropolitana, desde donde disparaban a los soldados en un intento por adueñarse de Palacio Nacional.

Hasta la madrugada del día 8, los disparos no cesaron en el centro de la ciudad de México. A la mañana siguiente toda la ciudad estaba acuartelada, así como otras del país. Los henriquistas empezaron a planear un levantamiento armado que impidiera que Adolfo Ruiz Cortines llegara al poder y los servicios de seguridad del Estado se pusieron en alerta máxima.

Sin embargo, su líder no pensaba como ellos. A pesar de que los henriquistas estaban convencidos de que la única forma de transformar al país era con una revolución, Miguel Henríquez Guzmán decidió que no era conveniente provocar un nuevo baño de sangre en México. Luego de reunirse con el presidente Adolfo Ruiz Cortines, se comunicó con sus partidarios y les dijo que no estaba dispuesto a seguir con la lucha.

El 24 de febrero de 1954, la secretaría de Gobernación canceló el registro de la Federación de Partidos del Pueblo Mexicano. Terminaba así un movimiento que puso en jaque al sistema político mexicano y cuyas exigencias fueron después retomadas por otros grupos, como los ferrocarrileros de finales de los años 50 y los médicos de 1965.

A pesar de la apariencia “imperturbable” del sistema político mexicano, en su interior hubo muchas rencillas entre 1929 (el año de la fundación del PNR) y por lo menos el 2000, con la pérdida de la presidencia. La “Familia Revolucionaria” no siempre pudo resolver sus problemas de una manera consensuada, por lo que las viejas herramientas de la represión siempre estuvieron a mano para encargarse de aquellos que, adentro o afuera del sistema, quisieran transformarlo a su conveniencia.

El fantasma del “México bronco” siempre estuvo presente en el esplendor del sistema político mexicano posrevolucionario. Cuando los problemas y la insatisfacción crecía, para los políticos era sencillo invocarlo para atemorizar a la sociedad y de ese modo mantenerla controlada. En los años 50 el “México bronco” estuvo a punto de volverse realidad.

Ruiz Cortines satisfizo algunas de las demandas henriquistas para impedir que la violencia se desatara y con eso obtuvo más décadas de vida para el presidencialismo. Al paso de los años los problemas volvieron y cada vez fue más difícil contenerlos, pero en los años 50, la Familia Revolucionaria logró acabar con uno de sus más grandes adversarios, uno como ellos, que había surgido de las luchas contra Huerta, Villa y Zapata y que ahora les demostraba que el diálogo no siempre era suficiente para solucionar el difícil y arduo problema de repartirse el poder.


Elisa Servín. Ruptura y oposición. El movimiento henriquista, 1945-1954, Cal y Arena.

17 de abril de 2012

EM (VIII), Ávila Camacho y las presiones dentro del Partido Oficial.


Uno de los grandes mitos del sistema político mexicano durante el siglo XX dice que el presidente en turno escogía a su sucesor sin tener que rendirle cuentas a nadie. Él sólo decidía por la vida y destino de millones de personas al elegir a la persona que gobernaría a México durante los seis años siguientes.

Con el paso del tiempo, esta opinión ha variado. Reconocemos la importancia de los presidentes al momento de escoger a su sucesor y tenemos claro que hubo una "época de oro del tapadismo" (un periodo que va desde la elección de Adolfo López Mateos en 1958, hasta Miguel de la Madrid en 1982), donde casi no hubo otro poder que el del Ejecutivo en este país.

Sin embargo, los historiadores y politólogos también nos hemos dado cuenta de que los presidentes no siempre tuvieron la capacidad de imponer a sus sucesores. De hecho, fue más común que tuviera que realizarse una gran campaña de negociación al interior del partido oficial, para que el candidato del presidente tuviera todos los apoyos necesarios y su gobierno no se viniera abajo.

Además, con el tiempo hemos comprendido que los "poderes fácticos" tuvieron más peso del que habíamos creído antes. Elementos ajenos al partido oficial pudieron "cargar la balanza" hacia el lado que más les convenía.

Todos estos elementos están presentes en la elección presidencial de 1940, cuando Manuel Ávila Camacho se convirtió en el nuevo jefe del Estado Mexicano.

1940 fue un año difícil. El Cardenismo estaba agotado luego de los distintos conflictos que tuvo que sortear para establecer a la presidencia de la república como la máxima institución en el país.

Entre el destierro de Plutarco Elías Calles en 1936, el proyecto de educación socialista, la fundación de las dos grandes centrales de trabajadores (CTM y CNC), el enfrentamiento con la iniciativa privada, el surgimiento del Sinarquismo, el descontento de la clase media y la nacionalización del petróleo, el gobierno de Lázaro Cárdenas llegó muy golpeado a su final.

En la política mexicana nos hemos acostumbrado a la "futurología". Aquellos que quieren ocupar algún cargo importante hacen campaña mucho antes de los periodos oficiales.

En el caso que te platico hoy, también hubo futurología. Luego del destierro de Plutarco Elías Calles, comenzaron los rumores y las agitaciones para construir la siguiente candidatura a la presidencia dentro del partido oficial.

En la Cámara de diputados comenzaron a enfrentarse dos facciones del en ese entonces llamado Partido de la Revolución Mexicana: un grupo empezó a impulsar la candidatura del general Francisco J. Múgica, afamado revolucionario, constituyente en 1917, muy inclinado hacia la izquierda, y quien parecía ser el heredero natural del presidente Lázaro Cárdenas.

El otro grupo (comandado, entre otros, por Miguel Alemán Valdés y Gonzalo N. Santos), encontró a su candidato ideal en la Secretaría de la Defensa Nacional.

Manuel Ávila Camacho, originario de Puebla, se había unido a la Revolución en 1914, siguiendo el ejemplo de sus hermanos Maximino y Emilio, quienes fueron gobernadores de su estado.

En 1924 alcanzó el grado de general de división y en 1936 se convirtió en secretario de la defensa nacional.

Ávila Camacho era un aliado del presidente Cárdenas. Sin embargo, no compartía sus ideas sobre la colectivización, el ejido, el apoyo a los movimientos obreros y la educación socialista. "Soy creyente", dijo tiempo después, cuando se convirtió en el candidato oficial del PRM.

El ala de derecha del Partido Oficial vio en Ávila Camacho la posibilidad de darle un giro a la Revolución sin tener que llegar a un rompimiento con el presidente Cárdenas.

Por su parte, el presidente consideró que, luego de los años de guerra y las presiones internacionales por la expropiación petrolera, imponer a su candidato podría tener serías repercusiones para el país. La CTM y la CNC siguieron las instrucciones del presidente, y la campaña de Múgica se vino abajo.

Hubo otro elemento que influyó en la candidatura presidencial de Ávila Camacho: la iniciativa privada. Los empresarios tuvieron fuertes problemas con Cárdenas, quien defendió al movimiento obrero y permitió la realización de muchas huelgas durante su mandato.

Desde finales del siglo XIX, se formó en el norte un conglomerado empresarial caracterizado por su pujanza, su desconfianza al Estado y su catolicismo: el Grupo Monterrey.

Aprovechando el desarrollo ferrocarrilero, el Grupo Monterrey tuvo la capacidad de vender sus mercancías (fundamentalmente acero, vidrio y cerveza) en México y Estados Unidos, lo que lo hizo muy poderoso.

La política obrera de Cárdenas lo enfrentó con el Grupo Monterrey. En 1936 el candidato a gobernador de Nuevo León no era del agrado de los empresarios, y por su parte la CTM intentó infiltrarse en varias empresas del grupo.

El presidente Cárdenas le dijo a los empresarios que si no les gustaban las huelgas, con que le vendieran sus empresas al Estado se quitarían de cualquier problema. Eso sólo provocó una mayor distancia entre ambas partes.

Con las elecciones presidenciales cada vez más cerca, el Grupo Monterrey buscó un candidato que, a cambio de llegar al poder, protegiera a los empresarios. Y lo encontraron en un general revolucionario llamado Juan Andreu Almazán, quien era jefe de la guarnición en Monterrey y también era empresario.

Sin embargo, Ávila Camacho y el ala de derecha del PRM se acercaron al Grupo Monterrey para obtener su apoyo. Después de arduas negociaciones lo consiguieron, por lo que Almazán se quedó solo.

En ésto también se involucró el gobierno de Estados Unidos. Con la Segunda Guerra Mundial a la vuelta de la esquina, Norteamérica consideraba que necesitaba un vecino estable y aliado suyo.

Almazán tenía la mala reputación de ser proclive al fascismo, por lo que Estados Unidos prefirió también apoyar a Manuel Avila Camacho.

Ésto no impidió que el movimiento almazanista creciera por todo el país. Apoyado por políticos que perdieron su influencia luego de la partida de Calles (como Joaquín Amaro, Luis N. Morones y Antonio Díaz Soto y Gama), Almazán obtuvo también el respaldo de buena parte de la clase media urbana, campesinos y obreros (que no necesariamente estaban a gusto con las medidas tomadas por el presidente Cárdenas).

El 7 de julio de 1940 se enfrentaron en las mesas electorales el Partido de la Revolución Mexicana (con Ávila Camacho) y el Partido Revolucionario de unificación Nacional (Almazán). De acuerdo a la ley electoral vigente (la de 1918), las casillas se formaban con los ciudadanos que estuvieran presentes al momento de abrirse (no como ahora, que se eligen por sorteo y luego son capacitados para realizar su labor).

Conscientes de ésto, los almazanistas enviaron a sus aliados desde muy temprano a adueñarse de las mesas, para así controlar la elección. Cuando Cárdenas quiso votar en su casilla (ubicada en la calle de Juan Escutia 35), se encontró que estaba llena de almazanistas, por lo que tuvo que retirarse.

Lo mismo le pasó a Ávila Camacho en su casilla de Monte Himalaya 37. Por su parte, Almazán votó en la calle de Monrovia y después se fue a su mansión en Coyoacán para estar informado sobre lo que ocurría en el país.

La oficina de campaña de Ávila Camacho estaba en el edificio del PRM en Paseo de la Reforma. Tal vez allí se decidió que acciones tomar para impedir el triunfo de Almazán.

Lázaro Cárdenas había prometido elecciones limpias, pero ante esta maniobra de los almazanistas, quizá pensó que no podría cumplir su promesa.

Poco después del incidente en la calle de Juan Escutia, llegaron varios coches a esa casilla. En su interior venían pistoleros dirigidos por Gonzalo N. Santos, quien traía una ametralladora y comenzó a disparar contra los almazanistas.

Cuando la casilla estuvo "limpia", fue tomada por los miembros de PRM. Entonces Cárdenas regresó a votar. Lo mismo pasó en Monte Himalaya y muchas otras casillas en la Ciudad de México y otras regiones del país.

Años más tarde, Gonzalo N. Santos declaró que el verdadero ganador de las elecciones de 1940 fue Juan Andreu Almazán, pero Cárdenas fabricó los resultados para que la Revolución no perdiera el poder.

Semanas más tarde, la Comisión Electoral dio a conocer los resultados: Ávila Camacho ganó con 2, 476, 641 votos. Almazán sólo obtuvo 151, 101. Almazán consideró levantarse en armas, pero se dio cuenta de que no tendría ninguna oportunidad, por lo que realizó un mitín en el que "renunciaba al cargo de presidente de la república que el pueblo le había conferido" y se retiró a seguir con sus negocios.

Las elecciones de 1940 fueron muy conflictivas y provocaron una crisis al interior del partido oficial, pero no fue la única ocasión en la que ésto ocurrió. de eso hablaremos en la próxima ocasión.

11 de abril de 2012

EM (VII), Revisión rapidísima de las leyes electorales del siglo XX.

Los mexicanos estamos acostumbrados a pensar que las elecciones siempre están amañadas y que por ello las leyes electorales sólo sirven para legitimar los fraudes. No le falta razón a esa idea, pero tampoco es totalmente cierta. Nuestra compleja historia electoral ha fluctuado entre los intentos por convertirnos en una auténtica democracia, y aquellas medidas aplicadas por distintos grupos políticos para proteger sus intereses.

Parte fundamental de esta historia son las leyes electorales. Concebidas para regular la competencia por el poder, muchas veces utilizadas a convenciencia de quienes gobiernan o quieren hacerlo. Veamos brevemente algunos puntos de las leyes electorales que existieron en nuestro país durante el siglo XX:

1. Ley electoral de 1911.
Promulgada en diciembre de ese año, durante el gobierno maderista. Fue la primera en establecer el voto directo, para elegir a diputados y senadores. Estableció también el voto secreto y permitió que los partidos políticos participaran en la mesas de casilla.

2. Ley electoral de 1918.
Establecida por Venustiano Carranza. Señala que queda bajo la responsabilidad de los distritos electorales, los municipios y los estados la organización de las elecciones. Concretamente les encarga que elaboren los padrones electorales, el registro de candidatos, las votaciones y su cómputo. Establecía diversas sanciones para aquellas autoridades que apoyaran a un candidato en específico, y a los ciudadanos que se comportaran violentamente en las casillas.
También señala que para formar un partido político sólo es necesario tener cien miembros, un programa político y una publicación con una antigüedad mayor a dos meses. Si alguien quería ser candidato independiente entonces sólo necesitaba el programa y 50 personas que lo apoyaran.

3. Ley electoral de 1946.
A diferencia de la de 1918, esta ley electoral concentra en el Estado la realización de las elecciones. El Ejecutivo debía organizarlas, el Legisltivo las calificaba y el Judicial revisaba que se cumplieran las leyes.
Desaparecen las candidaturas independientes, y ahora cada partido político debía demostrar que tenía por lo menos 3000 miembros.

4. Ley electoral de 1951.
Nace la Comisión Federal Electoral para organizar las elecciones, y está presidida por el Secretario de Gobernación. También se crea el Registro Nacional de Electores (para crear un padrón electoral supuestamente confiable).
Los partidos políticos no pueden elegir a sus candidatos a través de elecciones primarias. Deben hacerlo por asambleas, para fortalecer la disciplina y el control de la jerarquía partidista.

5. Ley electoral de 1954.
Las mujeres obtienen el derecho al voto (algo que exigían desde principios del siglo XX). Ahora los partidos deben tener como mínimo 2500 miembros, repartidos en las dos terceras partes de los estados del país, y deben comprobar cada año su membresía.

6. Ley electoral de 1963.
El sistema se da cuenta de que tiene que abrirle espacios a la oposición, aunque sea de forma artificial. Por eso surgen los "diputados de partido". Por tener el 2.5% de la votación válida, cada partido tenía derecho a cinco curules. Por cada 0.5% más podían obtener una curul extra, hasta llegar a 20.

7. Reforma electoral de 1970.
Como resultado del conflicto estudiantil de 1968, la ciudadanía se obtiene a los 18 años (y no a los 21, como era antes). Ahora los senadores pueden tener una edad mínima de 30 años y los diputados 21.

8. Ley electoral de 1977.
Mejor conocida como la Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales (LFOPPE), promulgada durante el gobierno de José López Portillo para canalizar la inconformidad ante el sistema que provocó el surgimiento de movimientos guerrilleros desde los años 60.
La LFOPPE establece que los partidos políticos son instituciones de interés público, las cuales pueden obtener un registro condicionado con sólo alcanzar el 1.5% de la votación. Especialmente tienen derecho a acceder a los medios de comunicación (con programas de radio y televisión que se transmitían en los peores horarios, hay que decirlo).
La Cámara de Diputados ahora tiene 400 miembros, 300 por mayoría y 100 proporcionales. A diferencia de la ley de 1963, ahora los partidos minoritarios pueden tener hasta 25 curules.


¿Cómo influyeron estas leyes electorales en los procesos llevados a cabo durante el siglo XX? eso lo veremos próximamente.

10 de abril de 2012

La opinión de Díaz Ordaz sobre el 68.

Aprovechando innoblemente, con fines de propaganda, la proximidad de los Juegos Olímpicos que situaban a nuestro país en el primer plano del escenario mundial, se promovieron los trastornos del segundo semestre del año pasado.

A la gestión de los hechos y su concatenación, me referí en el Informe anterior.

Sin bandera programática y con gran pobreza ideológica, por medio del desorden, la violencia, el rencor, el uso de símbolos alarmantes y la prédica de un voluntarismo aventurero, se trató de desquiciar a nuestra sociedad. Incitando al rechazo absoluto e irracional de todas las fórmulas de posible arreglo, a la negación sectaria y a la irritación subjetiva, se quiso crear la confusión para escindir al pueblo.

Utilizando todos los medios de comunicación y recursos para envenenar corrientes de opinión generalmente sensatas, se intentó empujar a la nación a la anarquía.

Son fenómenos viejos la oposición al margen de la legalidad, la conspiración y la sedición; lo que se antoja nuevo -se ha hecho evidente desde hace poco más de una década- es el extraño contubernio de fuerzas en el que grupos e intereses de los más contradictorio, cada una con su objetivo particular, usando en conjunto de las libertades cuya existencia niegan, se unen con el propósito de romper el orden constitucional.

Unos buscaban que los acontecimientos exaltaran la resistencia a los cambios y se provocara un retroceso nacional, con miras a ganar posiciones o recuperar caducos privilegios.

Otros, habitualmente inactivos, de súbito obsedidos por la acción, pensaron hacer realidad inmediata sus anhelos ideológicos, nutridos en la ensoñación y en lecturas mal digeridas.

Y, por supuesto, hubo quienes actuaron por la paga y los vulgares pescadores de río revuelto.

Las disímiles fuerzas del exterior e internas, disputándose entre sí la dirección, confluyeron para agravar y extender el conflicto, y alentaron a la comisión de excesos y delitos graves, haciéndoles concebir la idea de que podían lograr impunidad con el solo hecho de rodearse de periodistas.

Algunos de estos, que anticipadamente habían llegado a nuestra capital, rebasando la misión de información deportiva que los había traído a México, de espectadores se convirtieron en actores, tomando parte en hechos de política interna que sólo incumben a los mexicanos, e inclusive, lo que es más grave aún, en actos francamente delictuosos.

Habíamos anticipado que ninguna presión obligaría al Gobierno a aceptar lo ilegal o inconveniente y, menos a mediatizar la soberanía de la nación en aras de un compromiso internacional.

También habíamos expresado oportunamente que, en la alternativa de escoger entre el respeto a los principios esenciales de nuestra nacionalidad y todo lo que de ellos depende, y la conveniencia de 'quedar bien', en lo personal no abrigábamos duda alguna.

En efecto, los intereses generales de la mayoría de los mexicanos están por encima de la obstinación de un reducido sector engañado, por respetable que sea, más aún cuando olvida deliberadamente que existen los medios legales para promover una demanda, manifestar descontento o inconformidad y solicitar la satisfacción de un agravio.

Lejos de ceder a las presiones, cumplimos la decisión que públicamente habíamos anunciado, de seguir en todo momento el camino institucional señalado por nuestras leyes.

La inmensa mayoría de la nación se manifestó decididamente a favor del orden y en contra de la anarquía.

La táctica de ir planteando situaciones ilegales cada vez de mayor gravedad, hasta la subversión públicamente confesada; así como las acciones deliberadamente tramadas para ser al mismo tiempo provocación y emboscada para la fuerza pública, y una serie de actos de terrorismo, determinaron indispensable la intervención del Ejército.

El Ejército Mexicano tiene la grave responsabilidad de mantener la paz, la tranquilidad y el orden internos, bajo el imperio de la Constitución, a fin de que funcionen nuestras instituciones, los mexicanos puedan disfrutar de la libertad que la ley garantiza y el país continúe su progreso.

La forma en que cumplió su cometido es prueba clara de que podemos confiar en su patriotismo, su convicción civilista e institucional: restablece el orden y vuelve de inmediato a sus actividades normales.

Reitero, a nombre del pueblo y del Gobierno, la gratitud nacional para el guardián de nuestras instituciones, y exalto, una vez más, la inquebrantable lealtad, la estricta disciplina y el acendrado patriotismo de sus miembros.

Por mi parte, asumo íntegramente la responsabilidad: personal, ética, social, jurídica, política histórica, por las decisiones del Gobierno en relación con los sucesos del año pasado.

Los obreros y los campesinos se mantuvieron inmunes ante aquellos que, creyendo arrastrarlos a la violencia, sólo provocaron su rechazo.

Desoyeron las incitaciones sediciosas y, confiando plenamente en el Gobierno, que así se los pidió, se abstuvieron de recurrir a la contraviolencia.

La sociedad, en su conjunto, reaccionó con serena entereza.

Gracias, otra vez, a los obreros, a los campesinos y a la sociedad en general, por su confianza.

Podemos considerar que, en lo esencial, destruimos las asechanzas; pero sabemos que estos fenómenos tienden a ser recurrentes.

Así, pues, nos mantendremos permanentemente alertas.

V informe de gobierno, 1 de septiembre de 1969.

2 de abril de 2012

EM (VI) Vasconcelos y Ortiz Rubio.

El 17 de noviembre de 1929 se celebraron elecciones extraordinarias para escoger al nuevo presidente de la república, luego del asesinato de Álvaro Obregón y el periodo provisional de Emilio Portes Gil.

De un lado estaba un afamado intelectual, rector de la Universidad Nacional y primer secretario de Educación Pública: José Vasconcelos.

Del otro, un oscuro diplomático que vivió fuera de México varios años y era casi desconocido en el país. Pero esa cualidad lo convertía en el candidato idóneo para fortalecer al naciente sistema político mexicano: Pascual Ortiz Rubio.

El asesinato de Obregón marcó a la clase política de su tiempo. Agotados luego de años de batallas, asesinatos e intrigas, los sobrevivientes se consumían en su búsqueda de más poder.

Junto con Obregón iba a regresar a la presidencia ese grupo que lo apoyó en la crisis política de 1920, cuando el entonces jefe del Ejecutivo, Venustiano Carranza, fue asesinado al querer impedir que el manco alcanzara el poder.

El regreso de Obregón parecía una consecuencia lógica de las políticas aplicadas por el grupo que gobernaba México desde 1920: constitucionalistas que derrotaron a Huerta, Villa y Zapata, que se deshicieron de Carranza y De la Huerta, y consideraban que tenían el derecho de gobernar el país como mejor les pareciera.

Sin embargo, al morir Obregón esa confianza se vino abajo. El sistema se estaba construyendo sobre una base personalista, y el hombre "destinado" a gobernar al país durante otro periodo presidencial (y tal vez muchos más) acababa de ser asesinado por un fanático católico.

Los obregonistas le echaron la culpa al entonces presidente, Plutarco Elías Calles, y amenazaron con iniciar una nueva guerra civil. Calles tuvo que negociar cuidadosamente para evitar otra etapa de destrucción, pero también se dio cuenta de que el país no podía subsistir con el viejo modelo caudillista.

En una reunión con los generales más importantes del ejército mexicano, Calles les pidió que mantuvieran la disciplina y apoyaran a un candidato de unidad, un civil que contara con el respaldo de todos los grupos revolucionarios para tranquilizar al país en lo que se realizaban nuevas elecciones.

Los generales aceptaron, y el secretario de Gobernación de Calles, Emilio Portes Gil, se convirtió en el nuevo presidente. Calles se había anotado un triunfo, pero sabía que no era suficiente. Si quería asegurar la estabilidad de México, era necesario encontrar un mecanismo pacifico para compartir el poder entre los sobrevivientes de la Revolución.

La solución estaba en los partidos totalitarios que estaban surgiendo en Europa en ese momento. Grandes concentraciones políticas que pretendían integrar a todas las corrientes de opinión en un sólo organismo, dentro del cual se compitiera por el poder sin derramar sangre.

Con esta idea en mente, Plutarco Elías Calles declaró en su último informe de gobierno en 1928 que no extendería su mandato, que la época de los caudillos había terminado y comenzaba la era de las instituciones.

En marzo de 1929, luego de meses de negociaciones, surgió el Partido Nacional Revolucionario (PNR). Era en realidad una enorme federación de partidos estatales, los cuales funcionaban como "propiedad privada" de cada caudillo revolucionario.

Estos "sobrevivientes de la matanza" se dieron cuenta de que les convenía obedecer a Calles y apoyarlo en su idea de construir un partido único, para de ese modo mantener el poderío en sus regiones gracias al apoyo del centro. Los que no estuvieron de acuerdo con la idea de Calles se lanzaron a una nueva lucha, la rebelión escobarista, que fue destruida varios meses después.

Con el Partido en marcha, era necesario encontrar un candidato a las próximas elecciones presidenciales. Rápidamente destacó un general revolucionario aliado de Obregón y Calles, quien además estaba construyendo una gran fortuna: Aarón Sáenz.

Sin embargo, Calles opinaba diferente. Para él era necesario un candidato de unidad, alguien que no contara con poder ni prestigio personal y tuviera que apoyarse en el partido para llevar a cabo sus políticas (y que, de preferencia, no fuera militar).

Es así como aparece Pascual Ortiz Rubio, un ingeniero topógrafo de Michoacán, que fue maderista y luego constitucionalista. En 1917 gobernó en su estado natal, tres años después apoyó a Alvaro Obregón y obtuvo a cambio la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas.

Ortiz Rubio dejó rápidamente los puentes y caminos por la vida diplomática. Pasó varios años en Alemania y Brasil como embajador, hasta que en 1929 fue llamado con urgencia a la Ciudad de México. El presidente Portes Gil lo nombró Secretario de Gobernación, y poco después el Partido lo nominó como su primer candidato a la presidencia de la república.

Para el mismo Ortiz Rubio fue una sorpresa su nominación. Tenía varios años fuera de México y no contaba con capital político. Pero eso lo hacía conveniente, ya que el resto de los generales revolucionarios necesitaban un candidato de unidad, mientras que Calles creía que un presidente sostenido por el PNR y no por sus pistolas (literalmente) le daría estabilidad al país.

No todos los revolucionarios apoyaron a Ortiz Rubio (ni ingresaron al PNR). Además de los escobaristas hubo otros que no estuvieron de acuerdo con el plan de Calles y buscaron el poder creyendo en el voto democrático.

Entre ellos estuvo Vito Alessio Robles, quien dirigía un viejo y muy renombrado grupo político: el Partido Nacional Antirreeleccionista (PNA). Fundado en 1909 y que llevó a la presidencia a Francisco I. Madero en 1911, el PNA logró sobrevivir a la guerra civil y al periodo de Obregón y Calles. Alessio Robles consideraba que podían ganarle la presidencia al PNR, pero para ello necesitaban un candidato fuerte.

Su primera opción era Antonio I. Villarreal, otro general revolucionario; pero cuando éste se unió a la fracasada rebelión escobarista, hubo que buscar a otro candidato, y lo encontraron en José Vasconcelos.

Para 1929, Vasconcelos era una figura renombrada en México. Miembro de la Generación del Ateneo, Maderista, Villista, filosofo, rector de la universidad Nacional, primer secretario de educación pública, pedagogo, escritor, conferencista... parecía el candidato idóneo para sustituir a los militares revolucionarios.

Vasconcelos no tomó con agrado la oferta del PNA de ser su candidato, pero no tenía más opciones, por lo que en julio de 1929 comenzó su campaña presidencial. Era un muy brillante orador, que prometía a sus votantes la no reelección, el voto femenino, moralizar la administración pública, impulsar la educación, establecer impuestos directos y convertir a México en un régimen parlamentario.

Rápidamente se ganó el apoyo de la clase media, especialmente de los universitarios y las mujeres. Pero su lenguaje lo hacía incomprensible para los campesinos, que formaban la mayoría en México.

Por su parte, el PNR rápido puso a caminar su maquinaria electoral. Con una fuerte organización federal, estatal y municipal, 31 partidos regionales, 280 centros distritales y 5 mil unidades municipales, el partido enseñó su músculo por primera vez en la historia de México.

Ortiz Rubio recorrió 14 estados y contó con recursos gracias a diversas artimañanas; entre ellas el gobierno de la república descontó siete días de salario anual a los trabajadores del Estado para sostener al candidato oficial.

Vasconcelos tenía de su lado a gran parte de la clase media, pero su campaña estaba desorganizada y tenía poco dinero. Ortiz Rubio era un desconocido, pero tenía atrás el dinero y el poder del PNR. Al final eso decidió la elección.

Ortiz Rubio ganó por 1, 948, 848 votos. Vasconcelos obtuvo 1, 110, 979. Ante lo que consideró un fraude electoral, Vasconcelos lanzó el Plan de Guaymas, para convocar a un gran movimiento armado que quitara a Ortiz Rubio y el PNR del poder. Muy pocos lo siguieron, y la mayoría de ellos fueron asesinados.

En 1929, el Partido de la Revolución logró su primer gran triunfo. Se mantuvo en el poder (con distintos nombres) hasta el año 2000. Pero desde el primer momento quedó claro que no bastaba con tener un candidato carismático y talentoso para ganar la presidencia, y también que la Familia Revolucionaria se consideraba la única con derecho de gobernar este país, aunque a su interior hubiera fracturas, como veremos en otra ocasión.