21 de marzo de 2012

EM ( V ) la Revolución y las elecciones.

El sistema porfirista estaba a punto de entrar en una crisis de la que no se recuperaría. Una parte de la sociedad mexicana creía que si Bernardo Reyes se convertía en el sucesor de Porfirio Díaz, México tendría un nuevo gobernante que guardaría la paz y desarrollo que había costado tantos años alcanzar.

Sin embargo, don Porfirio no opinaba igual, y prefirió deshacerse de Reyes enviándolo a Europa. Fue entonces cuando, en la escena política nacional, apareció un personaje que con el paso del tiempo se convirtió en el apostol de la democracia.

Francisco I. Madero era un hacendado de Coahuila quien por diversas razones decidió dedicarse a la política. Y para ello, escribió un libro que hasta el día de hoy sigue siendo importante: "La sucesión presidencial en 1910".

En este libro, Madero señala que para superar la crisis que México vivía era necesario creer en la fuerza del voto, crear un auténtico partido nacional y llamar a elecciones para que la ciudadanía escogiera a sus nuevos gobernantes.

Había que conquistar el poder desde abajo: primero los ayuntamientos, luego las gubernaturas y por último la presidencia. Sin embargo, todo se aceleró y Madero se encontró con que su libro lo hizo muy famoso en todo el país, y un amplio grupo de antiguos reyistas lo lanzó como candidato para las elecciones presidenciales de 1910.

Madero fue el primer político mexicano que hizo una campaña electoral: recorrió varias partes de México para convencer a la gente de que era necesario votar para impedir que la futura desaparición de Díaz provocara el surgimiento de una dictadura.

Sin embargo, los porfiristas vieron a Madero como un enemigo, por lo que pusieron obstáculos a su campaña y al final lo metieron a la cárcel. Madero huyó a Estados Unidos y lanzó el Plan de San Luis, en el que convocaba a los mexicanos a la lucha armada para desplazar a todas las autoridades.

La Revolución comenzó a principios de 1911, y trajó consigo una tradición política que había sido erradicada desde 1876: el pronunciamiento. Seguiría entre nosotros hasta el final del gobierno de Lázaro Cárdenas.

Díaz prefirió renunciar antes de que la guerra se hiciera más violenta, y a finales de 1911, luego de la realización de elecciones extraordinarias, Madero se convirtió en presidente.

A pesar de haber perdido su cabeza, el porfiriato seguía vivo, y no estaba contento con su nuevo líder. Por su parte, los maderistas se sintieron traicionados cuando Madero no los incluyó en su gabinete ni les cumplió de inmediato las promesas que les había hecho si lo seguían en su lucha.

Mientras tanto, en diciembre de 1911 se promulgó una nueva ley electoral que por primera vez permitía el voto directo (para elegir diputados y senadores) y la existencia de partidos políticos, tal y como los conocemos ahora.

Los primeros tres partidos políticos de la historia mexicana fueron: el Partido Constitucional Progresista, el Partido Nacional Liberal y el Partido Católico Nacional.

La maquinaria política porfirista no impidió el triunfo de Madero. En realidad lo ayudó a llegar a la presidencia, puesto que el nuevo caudillo había repetido (sin querer) un viejo argumento: alcanzar el poder por la fuerza y legitimarse a través de las elecciones.

En 1912 hubo elecciones para renovar a los diputados y a la mitad del Senado. Durante años se ha dicho que el poder legislativo fue responsable de la caída de Madero, al oponerse a sus iniciativas de ley, pero hay historiadores que aseguran que el Congreso, liberado de las trabas que le ponía don Porfirio, sólo se comportó como lo hubiera hecho cualquier otro Poder Legislativo en el mundo al discutir las propuestas del Ejecutivo, y que si Madero cayó fue por sus políticas y por la falta de aliados.

Madero fue asesinado en 1913 y Victoriano Huerta subió al poder, lo que ocasionó que el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, se levantara en armas. Luego de vencer a Huerta y durante la etapa carrancista (1916-1920) se realizaron cinco procesos electorales a nivel nacional: elecciones de ayuntamientos (septiembre de 1916), elecciones para diputados al congreso constituyente (octubre de 1916), elecciones para diputados de la XXVII legislatura (mayo 1917), elecciones para diputados de la XXVIII legislatura (julio 1918) y las elecciones presidenciales extraordinarias de 1920 (realizadas por Adolfo de la Huerta).

Para 1916 el constitucionalismo controlaba la mayor parte del país (luego de destruir a la División del Norte un año antes) y Carranza creía que era necesario legitimar a su movimiento a través de elecciones. Éstas se realizaron en las zonas controladas por los carrancistas y sólo pudieron votar ellos y sus aliados.

Estos procesos electorales se caracterizaron por la baja participación y la violencia en las casillas. Poco antes de la convocatoria al Congreso Constituyente de 1917, los carrancistas formaron el Partido Liberal Constitucionalista, y decidieron impulsar la candidatura de Carranza como presidente de la República.

Fue en la Constitución de 1917 donde apareció por primera vez el voto directo para elegir a todos los gobernantes. La reelección estaba prohibida para los cargos de presidente y gobernadores, pero sólo podían votar los hombres (ya que el voto femenino podía ser influido por la Iglesia).

La ley electoral de 1918 estableció que los distritos, municipios y estados controlaban la realización de las elecciones, levantando el padrón electoral, registrando a los candidatos, computando los votos y elaborando los documentos de la elección.

También señalaba que para crear un partido político era necesario tener la firma de cien ciudadanos, un programa político y una antigüedad no menor a dos meses. También permitía las candidaturas independientes, con sólo tener 50 adherentes.

En septiembre de 1920, luego del asesinato de Carranza, se realizaron las elecciones en las que Álvaro Obregón se convirtió en el nuevo presidente, otra vez para legitimar algo que ya se había decidido por las armas. Obregón ganó las elecciones con 1,079,000 votos, en un momento en el que los verdaderos electores eran los generales que lo apoyaron para llegar al poder, y quienes tenían sus propios partidos políticos para fortalecerse en sus regiones.

Si bien todos apoyaban a Obregón (por lo menos al principio), entre estos generales había fuertes y violentos enfrentamientos para quedarse con el dominio de sus estados. A través de sus "partidos particulares", y gracias al trabajo de sus "facilitadores políticos" las elecciones eran controladas por nuevos grupos regionales (quienes se deshicieron de las antiguas élites porfiristas).

Como en el caso de los clubes políticos del Porfiriato, apoyar a Obregón no significaba estar en el mismo bando. Los facilitadores con sus grupos de votantes podían enfrentarse a balazos para quedarse con el control de las casillas electorales y de ese modo garantizar el triunfo estatal de sus líderes.

En 1923, al quedar claro que Obregón pondría en la presidencia a Plutarco Elías Calles, Adolfo de la Huerta se levantó en armas (esperando repetir el viejo esquema una vez más), pero el apoyo norteamericano a Obregón se lo impidió.

Calles ganó las elecciones con 1,340,634 votos, lo que fortaleció al grupo de sonorenses que llegaron al poder con Obregón en 1920, y quienes creían que, junto a su jefe, bien podrían gobernar a este país durante muchas décadas más...

Enlace

19 de marzo de 2012

EM (IV) ¿Elecciones durante el Porfiriato?


Pues sí. A pesar de que tenemos la idea de que el Porfiriato fue una dictadura y que en el país no se movía una hoja sin que don Porfirio lo supiera y lo permitiera, la verdad es que entre 1876 y 1911 el país tuvo una intensa vida electoral.

Esto puede parecer una contradicción: ¿para qué hacer elecciones si al final don Porfirio lo decidía todo? ¿no era una pérdida de tiempo? la verdad es que las elecciones eran necesarias para legitimar al sistema político y para "medir fuerzas", como se decía en ese entonces.

Las elecciones servían para que hubiera una relación armoniosa entre los distintos grupos políticos que existían en el país, los cuales eran totalmente porfiristas, pero se enfrentaban entre ellos para controlar sus regiones.

Si bien don Porfirio influía en las decisiones políticas, él reconocía que debía otorgar un cierto margen de autonomía a las élites regionales para contar con su apoyo, y al mismo tiempo tenía que ser el árbitro supremo para evitar que los conflictos entre grupos acabaran en un baño de sangre.

Cuando Díaz llegó al poder en 1876, ese grupo que lo apoyó en la rebelión de Tuxtepec se hizo del control de sus estados. al principio eran gobernadores de facto, pero rápidamente se legitimaron a través de la realización de elecciones.

A partir de 1887 (cuando se reformó la Constitución para permitir la reelección presidencial), las legislaturas estatales también la permitieron, lo que ocasionó que se formara un grupo heterogéneo que controlaba todas las gubernaturas del país: "los porfiritos".

Estos gobernadores estatales controlaban sus legislaturas y resolvían los problemas que se presentaran en sus regiones. Si bien al principio eran militares, con el paso del tiempo se conviertieron en civiles que dependían más de sus habilidades políticas y administrativas para conservar el puesto.

No todos terminaban su mandato. Hubo quien tuvo que renunciar por los conflictos entre las fuerzas políticas del estado o porque le habían ofrecido un cargo en el gobierno federal. También empezaron a morirse en el cargo: entre 1877 y 1891 fallecieron 6 gobernadores en funciones, pero el número se disparo a 16 entre 1892 y 1910.

Por su parte, don Porfirio también tuvo que recurrir a las alianzas para sostenerse en el poder. No era suficiente el poderío militar ni el carisma. El 12 de febrero de 1877 se realizaron elecciones extraordinarias para que Díaz se convirtiera en presidente legítimo de México.

Como ya he explicado en los anteriores artículos de esta serie, las elecciones se realizaban a través de un método indirecto, en donde los ciudadanos votaban por un elector que a su vez votaba por quien debiera ocupar el cargo político.

Desde principios del siglo XIX (cuando comenzó a usarse ese método), las élites regionales controlaron las elecciones imponiendo a los electores que luego votaban por los candidatos más convenientes. El voto de la población era manipulado: se repartía dinero, se les obligaba a asistir a las casillas y muchas veces las elecciones terminaban violentamente.

Cuando Díaz se convirtió en presidente por primera vez en 1877, no realizó ninguna campaña política: simplemente contó con el apoyo de los líderes regionales, quienes arreglaron las elecciones en sus estados para garantizar el triunfo de don Porfirio.

El mismo mecanismo se utilizó en 1880 para garantizar el triunfo de Manuel González: un año antes se realizó una reunión de gobernadores en la Ciudad de México donde, a cambio de negociar el control de las legislaturas estatales, Díaz obtuvo la victoria prematura de su candidato.

A partir de 1884 las negociaciones entre el centro y los estados permitieron el triunfo de Díaz y su reelección indefinida a partir de 1890. Para facilitar la realización de las elecciones surgieron los "clubes políticos": organizaciones de adherentes a la candidatura porfirista que se formaban cada vez que había elecciones para luego disolverse.

Los clubes políticos eran organizados por las élites de los estados, con la intención de organizar la siguiente campaña presidencial que mantuviera a don Porfirio en el poder.

Los clubes hacían la propaganda, editaban folletos, organizaban mítines y al final llevaban a los votantes a las urnas. Todos eran porfiristas, pero no todos tenían los mismos intereses.

Esos clubes en realidad servían para impulsar a los líderes estatales (los cuales buscaban el apoyo de sus grupos y el beneplácito de don Porfirio). No era raro que los clubes se enfrentaran entre sí (a veces violentamente) para conseguir el respaldo del centro e imponer a sus candidatos.

Cuando ésto ocurría, don Porfirio tenía que intervenir para mantener el orden en la zona afectada, y normalmente escogía a un candidato que no tuviera alguna relación con los grupos en pugna, con la intención de apaciguar los ánimos.

Las negociaciones entre el centro y las regiones eran muy importantes, y al final se expresaban en las elecciones. Conforme pasaron los años y los porfiritos se anclaron en el poder (impidiendo el ascenso de nuevos grupos políticos), las negociaciones se volvieron cada vez más complejas.

Los grupos políticos querían conservar sus privilegios, pero además conforme pasaba el tiempo se hacía más evidente que don Porfirio no duraría más años, lo que provocaba una gran incertidumbre y despertaba la ambición de aquellos que querían ocupar su lugar.

El grupo porfirista estaba dividido entre los que apoyaban a Bernardo Reyes y quienes estaban con José Ives Limantour. El primero representaba la continuidad del grupo político-militar que venció a los franceses en 1867; el segundo era parte de esa generación que desarrolló económicamente al país y lo llevó a vivir en una etapa de prosperidad no vista desde el virreinato.

Ambos grupos se creían con el derecho de suceder a Díaz, lo que puso en crisis al sistema. Ante la posibilidad de que la sangre llegara al rio, hubo que hacer una nueva reforma constitucional en 1904 que restableciera la vicepresidencia para que existiera un mecanismo legal que solucionara (aunque fuera de manera parcial) la falta del viejo dirigente.

Díaz se convirtió en una pieza indispensable para evitar el desmoronamiento de un sistema cuyos miembros se enfrentaban constantemente por el poder. El general logró disciplinarlos, aunque al final, en 1908, abrió la puerta para que esos grupos comenzaran a radicalizarse, mientras una nueva generación exigía la posibilidad de participar en la política.

La falta de un auténtico mecanismo institucional que permitiera la rotación en el poder exacerbó las tensiones y al final provocó el levantamiento de 1910, la destrucción del Porfiriato y el surgimiento de un nuevo sistema político. De todo eso platicaremos en la próxima entrega.