28 de noviembre de 2011

La Cartilla Moral y López Obrador

Andrés Manuel López Obrador volverá a ser candidato a la presidencia por una "izquierda unida" en las elecciones de 2012. Eso todo mundo lo sabe, y lo daba por hecho desde 2006. Lo interesante del caso (por ahora) es que, durante la ya famosa entrevista con Joaquín López Dóriga, el Peje le dijo que, para lograr la regeneración del país, impulsará la lectura y puesta en práctica de un viejo librito que había dormido el sueño de los justos.

Ese libro es la Cartilla Moral, un pequeñísimo texto escrito por Alfonso Reyes en 1944, a petición del entonces secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet.

La edición que yo tengo es de 1994, cuando Alianza Editorial y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes lanzaron una preciosa y mínima colección llamada Alianza Cien. Le digo mínima, porque cada ejemplar mide menos de 20 cms. Son auténticos libros de bolsillo, muy baratos, que en ese entonces se vendían en los puestos de periódicos (¡cómo ha pasado el tiempo!)

En fin, uno de los ejemplares de Alianza Cien está dedicado a la Cartilla Moral de Reyes, y ya que el Peje quiere poner de moda este libro, no está de más volver a él para revisarlo.

La Cartilla Moral fue escrita en 1944, cerca del final del sexenio de Manuel Avila Camacho. Dice Reyes que la escribió para que se usara en una campaña de alfabetización, pero al final no ocurrió así. El libro está pensado para que sea leído y comentado y así provocar la reflexión de los participantes.

La Cartilla tiene catorce lecciones, en las cuales Reyes reflexiona sobre el Bien. Todo ser humano debe educarse para mejorarse a sí mismo y mejorar a su sociedad.

El Bien es obligatorio para alcanzar la verdadera felicidad. El ser humano tiene que armonizar su parte animal con su parte espiritual, a través de un lento trabajo de perfeccionamiento que poco a poco lo lleve a evolucionar.

Cuando el Bien no es respetado, el hombre se degrada, obtiene el desprecio de sus semejantes y puede ser castigado por las leyes. La sociedad tiene que fundarse en el Bien, para que cada uno de sus miembros logre alcanzar su meta en la vida y la armonía que garantice la continuidad de la especie humana.

Para lograr todo esto, Reyes señala que el hombre tiene que acatar una serie de "respetos" que son instrucciones morales inapelables, parecidas a los mandamientos religiosos pero con un cariz humanista.

Primero; hay que respetarse a sí mismo. "El hombre -dice Reyes- debe sentirse depositario de un tesoro, en naturaleza y espíritu, que tiene el deber de conservar y aumentar en lo posible". Siempre hay que estar limpio; física, mental y espiritualmente.

Segundo; el ser humano tiene que respetar a su familia, ya que allí recibe los primeros cuidados, el amor y la educación que marcarán al individuo durante toda su vida. La familia tiene jerarquías y éstas deben ser respetadas; los menores respetarán a los mayores y viceversa para construir la armonía que fortalecerá a la sociedad.

Después sigue el respeto a nuestra comunidad. Hay que comportarnos con urbanidad, tratar cortésmente a nuestros semejantes, evitar la imprudencia y dominarse a sí mismo para no agredir a los demás. El sujeto que logra ésto obtiene una doble recompensa: evoluciona como ser humano y es apreciado por su comunidad.

Las comunidades se unen en un cuerpo mayor llamado patria. El amor hacia ella se demuestra respetando y obedeciendo la Ley. Ante ella todos somos iguales y tenemos la obligación de acatarla y defenderla, lo que redundará en provecho de todos sus habitantes.

El respeto a la Ley va acompañado de otro sentimiento: el patriotismo; el amor a nuestro país y el deseo de mejorarlo. "Este sentimiento -dice Reyes- debe impulsarnos a hacer por nuestra nación todo lo que podamos, aun en casos en que no nos lo exijan las leyes". Es en la patria donde ejercitamos todos nuestros actos morales, los cuales mejorarán o empeorarán a la que es nuestra casa común.

Por último, hay que respetar a toda la especie humana y a la naturaleza para alcanzar la armonía mayor con el universo; y especialmente, hay que ser estoico, ecuánime ante las desgracias que ocurren durante nuestra vida, para que el azar no nos arrastre sin control.

Reyes propone una moral que va de lo más cercano (el individuo) a lo más lejano (el universo), y establece que todas sus partes están conectadas: Si cuidamos una, cuidaremos a todas, si rompemos una, dañaremos al resto.

Me parece bien que López Obrador quiera comportarse como lo propone Reyes en su Cartilla Moral. Sin embargo, todavía nos debe una disculpa a todos los ciudadanos que fuimos afectados cuando cerró el Paseo de la Reforma luego de las elecciones de 2006.

Para construir esa "República amorosa" de la que habla actualmente, no basta con hacerse la idea de comenzar de nuevo. Primero hay que reconocer los fallos ante los agredidos, para de esa forma conseguir el perdón que redime y permite verdaderamente iniciar un nuevo periodo.

Si López Obrador pretende usar a la Cartilla Moral como un mero recurso de campaña, y vuelve al discurso incendiario cada vez que las cosas no salgan como él las espera, los mexicanos habremos perdido una gran oportunidad para reconciliarnos (algo que nos hace mucha falta), y la hoguera volverá a encenderse. En 2006 el fuego estuvo a punto de descontrolarse. Ojalá eso no ocurra el próximo año.

Si eso, desgraciadamente, llegara a ocurrir, habría entonces que recordar otro párrafo de la Cartilla Moral:

"(...) cuando, en el seno de un país libre, los enemigos de la libertad atacan esta libertad valiéndose de las mismas leyes que les permiten expresar sus ideas aviesas, el espíritu de la libertad exige que se les castigue".

15 de noviembre de 2011

Una visita al sexenio del villano favorito


A pesar de todo lo que hagan, nuestros presidentes son recordados por pocas cosas, a veces sólo por una. Lázaro Cárdenas por la nacionalización del petróleo; Manuel Avila Camacho por la Segunda Guerra Mundial; Miguel Alemán por la modernización del país; Ruiz Cortines y López Mateos por...(¡eso lo dejaremos para otro post!) Echeverría y sus guayaberas; López Portillo y su llanto al final del sexenio; De la Madrid y el sismo; Salinas, por Colosio; Zedillo por la crisis; Fox por sus botas y Calderón por sus muertos.

En ese grupo también está Gustavo Díaz Ordaz. A él lo recordamos por una sola cosa: Tlatelolco. La balacera ocurrida en la Plaza de las Tres Culturas el dos de octubre de 1968 eclipsa cualquier otro recuerdo que tengamos de ese sexenio. Hasta la memoria que tenemos sobre la Olimpiada de ese año está marcada por el movimiento estudiantil y su trágico final.

Creo que un poco de historia no le cae mal a nadie. Deberíamos esforzarnos por conocer más nuestro pasado. Tal vez eso nos ayudaría a no caer en explicaciones facilonas que no conducen a nada y que no nos permiten entender qué estamos viviendo ahora.

En su artículo "Modernización autoritaria a la sombra de la superpotencia, 1944-1968", Soledad Loaeza nos ofrece varias pistas para saber más sobre el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz; ese momento aborrecido por muchos, pero que también despierta la nostalgia de algunos (no
necesariamente por lo ocurrido en 1968, que conste):

-El sexenio de Díaz Ordaz se caracterizó por la expansión de la economía y la consolidación de un Estado centralizado, ambas tendencias venían desde el final de la Segunda Guerra Mundial y transformaron al planeta entre 1945 y 1973.

-Sin embargo, Díaz Ordaz veía nubarrones en el horizonte de su sexenio: la Guerra Fría se había convertido en un problema muy cercano desde que triunfó la Revolucíón Cubana en 1959; el modelo económico empezó a agotarse, el papel intervencionista del Estado comenzó a ser criticado, la sociedad mexicana ya no estaba tan segura de que valiera la pena un modelo de partido hegemónico, y las relaciones con Estados Unidos empezaron a enfriarse.

-El gran protagonista de esta etapa es el Estado, o más específicamente, la Presidencia de la República, que tenía la capacidad de imponerse sobre todos los demás poderes que existían en el país.

-Gustavo Díaz Ordaz llegó al poder con el 89% de los votos, su antecesor tuvo el 90%.

-El PAN tuvo 20 diputados en la Cámara, un record histórico para el partido azul, lo cual fue posible debido a una reforma electoral hecha en 1963, la cual abría las puertas del Poder Legislativo a otros grupos políticos (convenientemente controlados por el Estado, claro está).

-El Estado mexicano había logrado controlar a sus adversarios políticos, como los cristeros, el Henriquismo y las huelgas de trabajadores en 1958. Sin embargo, no contaba con los medios para acoger la creciente diversidad política que estaba viviendo el país. No había canales de comunicación efectivos entre el gobierno y sus gobernados, lo que hacía que al final esos conflictos tuvieran que solucionarse apelando a la mano dura.

-Entre 1960 y 1968, la deuda externa aumentó de 813 millones a 2500 millones de dólares. "Una cifra totalmente manejable", diría tiempo después Antonio Ortiz Mena, uno de los arquitectos de la economía mexicana.

-Entre 1963 y 1971 la economía mexicana creció 7% anual, la inflación se mantuvo en 2.8%, aumentó el empleo y el PIB per capita se incrementó en más de 3% anualmente. El tipo de cambio se mantuvo constante en 12.50 pesos por dolar.

-El Distrito Federal y el norte del país eran los más beneficiados en este modelo económico planificado por el Estado. El PIB per cápita en el DF era de 13 mil pesos, mientras que en Tlaxcala apenas llegaba a 1300.

-La clase media formaba el 40% de la población del país y se había beneficiado de la redistribución del ingreso que venía ocurriendo desde los años 50. En 1963 gozaba del 53% del PIB.

-Había más de 11 millones de mexicanos entre los 10 y los 19 años. De éstos, 786 mil estudiaban la secundaria y 146 mil la educación media superior.

-Las clases medias y altas gozaban de las comodidades de la vida urbana: teléfono, televisor, radio y refrigeradores, entre otros. Sin embargo, había pocos coches, tan sólo dos millones de vehículos privados corrían por todo México.

-La pobreza también existía en esos años. En 1970 menos de la mitad de los hogares mexicanos tenía agua corriente, y millones de amas de casa todavía cocinaban con leña o carbón.

-Entre 1960 y 1970 se distribuyeron cerca de 375 millones de textos escolares. No obstante el esfuerzo, en 1970 el 35% de la población de más de seis anos jamás había ido a la escuela. Sólo 13% había terminado la primaria, 5% la secundaria y únicamente 1.5% habia llegado a la educacion superior. 30% de las mujeres mayores de 15 años no sabia leer ni escribir.

-Si algo realmente preocupaba a Gustavo Díaz Ordaz, era el intervencionismo norteamericano, el cual había arreciado desde que Fidel Castro llegó al poder en Cuba.

-Díaz Ordaz se reunió cinco veces con los presidentes Johnson y Nixon. Intentó mantener una relación armoniosa con Estados Unidos, pero protestó cuando los norteamericanos influyeron en el golpe militar en Brasil y cuando invadieron la República Dominicana. También se quejó por el proteccionismo comercial.

-En 1969 se promulgó una nueva Ley Federal del Trabajo, la cual entre otras cosas establecía el contrato colectivo obligatorio y el derecho a la vivienda, lo que fue la base para que en 1972 surgiera el INFONAVIT.

-Otra gran amenaza para Díaz Ordaz eran los campesinos. Él sabía que, a pesar del discurso propagandístico, la Revolución Mexicana los había abandonado al preferir la industrialización. La pobreza en el campo podía ocasionar una seria crisis política.

-Díaz Ordaz repartió 24 millones de hectáreas de tierra a los campesinos. Seis millones más que Lázaro Cárdenas. Sin embargo, mucha de esa tierra no era cultivable.

-El Ejército también fue utilizado para mantener tranquilos a los campesinos. Sin embargo, en 1964 la CIA reportó que un grupo llamado Central Campesina Independiente (apoyado por Lázaro Cárdenas) estaba organizando una gran sublevación en el norte de la república.

-Desde el principio de su gobierno, Díaz Ordaz tuvo que afrontar movimientos estudiantiles en distintos lugares del país, como Michoacan, Puebla, Nuevo Leon, Durango y la Ciudad de Mexico.

-Empero, el primer gran conflicto ocurrió en 1965, cuando los médicos de los hospitales públicos se fueron a huelga porque exigían mejoras salariales y el derecho de organizarse libremente (sin tener que formar parte de la estructura laboral controlada por el Estado mexicano). El Ejército desalojó a los huelguistas de los hospitales y los médicos militares atendieron a los pacientes.

-El 30 de julio de 1968 comenzó el movimiento estudiantil, cuando una golpiza entre dos pandillas fue reprimida con excesiva dureza por parte de la policía, la cual además involucró al Ejército. La puerta de la Preparatoria Uno (ubicada en San Ildefonso) voló por los aires debido al disparo de una bazuca.

-La UNAM y el IPN comenzaron una huelga a la que pronto se sumaron otras universidades. El Consejo General de Huelga demandaba la destitución del jefe de policía, desaparecer el cuerpo de granaderos, suprimir el delito de disolución social, indemnizar a las familias de los estudiantes lesionados o muertos durante las operaciones policiacas y liberar a los presos políticos.

-Ciudad Universitaria fue ocupada por el Ejército entre el 18 y el 30 de septiembre de 1968. Se calcula que las marchas de esos días llegaron a congregar hasta 300 mil personas, una cifra inédita para ese momento en la historia de México.

-¿Cuánta gente murió en Tlatelolco ese dos de octubre de 1968? las cifras obtenidas durante el gobierno de Vicente Fox dicen que fueron 46 muertos, además de menos de cien heridos y más de mil arrestados, de los cuales 276 permanecieron en prisión hasta 1971.

-Los estudiantes regresaron a clases el 4 de diciembre, pero la relación privilegiada entre el poder y los universitarios se había roto para siempre. El último presidente que acudió a Ciudad Universitaria fue Luis Echeverría en 1975, y así le fue.

-El gobierno no pudo resolver el conflicto por vías institucionales, tenía miedo a la desestabilización general del país y a que Estados Unidos interviniera, lo que habría terminado con el régimen de la Revolución Mexicana.

-Al reprimir a los estudiantes, Díaz Ordaz creyó que el problema estaba solucionado. Jamás se dio cuenta de que con esa medida les había concedido la victoria moral.


8 de noviembre de 2011

Algo va mal


"Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy. Durante treinta años hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material: de hecho, esta búsqueda es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo" Con esas palabras comienza el último libro que escribió un gran historiador británico: Tony Judt.

Normalmente se aconseja a los historiadores no vincularse con la política y retraerse al "tranquilo" mundo del pasado, pero son legión los clionautas que no siguen esa conseja. Para muchos historiadores es imposible entender lo que ocurrió ayer si no reflexionan largamente sobre lo que está pasando hoy. Ese es el caso de "Algo va mal".

El título no deja indiferente a su lector: desde hace muchos años algo va espantosamente mal. Por una parte vivimos la era con mayor riqueza en la historia humana, pero al mismo tiempo el desequilibrio entre pobres y ricos es brutal.

Nos hemos convertido en una sociedad a la que sólo le interesa enriquecerse, sin importar cómo. Apreciamos más al que tiene mucho dinero en el bolsillo y no al que trabaja o estudia para mejorar su vida. Millones de jóvenes no estudian ni trabajan, lo que quiere decir que sus vidas adultas serán peores que las de sus padres y abuelos. No confiamos en nuestros políticos ni queremos participar en la política. El medio ambiente está destrozado, las crisis económicas que nos empobrecen ya se volvieron recurrentes, la desconfianza, el miedo y la incertidumbre ante el futuro son actitudes cotidianas y quizá lo peor de todo está en que al parecer ya nos acostumbramos a vivir en este horror.


¿Cómo llegamos a esta situación, y qué podríamos hacer para salir de ella? en "Algo va mal", Tony Judt reflexiona sobre cómo pasamos de una época marcada por el Estado benefactor (entre 1945 y 1980) para luego dejar paso a la economía de mercado, la cual ha creado muchísima riqueza, la cual está concentrada en muy pocas manos.


Señala Judt que la sociedad occidental, luego del horror de las dos guerras mundiales y la crisis económica de 1929, tuvo la capacidad de reorganizarse para evitar que esos males se repitieran. Con el trabajo de personalidades como Franklin D. Roosevelt, Charles de Gaulle y John Maynard Keynes, entre otros, pudo construirse un modelo político, económico y social que convirtió al Estado en la pieza fundamental de cada país.

El Estado comenzó a intervenir en la economía, la cual había pasado por una época sin restricciones desde la segunda mitad del siglo XIX. Gracias a la centralización y planificación económica (lo que entre otras cosas permitió que los Estados cobraran más impuestos a sus ciudadanos) las naciones de Europa lograron reconstruirse después de la Segunda Guerra Mundial y comenzó una era caracterizada por la bonanza y la protección del ciudadano.

Desde la cuna y hasta la tumba, las personas tenían su vida marcada, gracias a la educación gratuita, los servicios médicos, el empleo en el gobierno, los estímulos económicos, la posibilidad de ir a la universidad y de acceder a la alta cultura y una pensión asegurada para pasar tranquilamente los últimos años de vida.

Esa historia la conocimos perfectamente en México: de hecho, la llamamos "el milagro mexicano", aunque, como nos demuestra Judt, también se dio en casi todo el mundo. Hay que decir que no todo era maravilloso: el impulso estatal por controlar a sus gobernados creó una enorme y carísima burocracia, además de que era mal visto criticar a ese Estado que se preocupaba por resolver las vidas de sus ciudadanos, aunque ellos no estuvieran totalmente de acuerdo.

De diferentes formas, el Estado benefactor ejerció también un paternalismo autoritario. Esa es una de las razones de los movimientos de protesta de los años 60: los jóvenes se rebelaban ante un aparato político que les ofrecía un futuro maravilloso a cambio de contribuir a su mantenimiento, sin tomar en cuenta que podían tener opiniones totalmente contrarias a las de sus gobernantes.

El Estado benefactor se encontró entonces con el gran conflicto de la libertad, personificado por esa generación joven de los años 60, que quería cambios, y fundamentalmente el derecho de opinar distinto a lo que sus mayores pensaran.

Al crecer tanto el Estado benefactor, se volvió cada vez menos eficiente, más caro, y empezó a perder esa legitimidad con la que contó desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Fue en ese momento que comenzó a aplicarse un programa económico proveniente de la Universidad de Chicago, que consistía en reducir el tamaño de los Estados vendiendo la mayoría de las empresas que controlaba, eliminando muchas regulaciones comerciales y permitiendo que "la mano invisible del mercado" se encargara de casi todo.

La desaparición de la Unión Soviética en 1991 fue vista como la victoria de ese nuevo modelo: el neoliberalismo. Hubo hasta quien se atrevió a decir que la Historia se había terminado, pues a partir de entonces todos los países del mundo se gobernarían democraticamente y serían capitalistas.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que nos diéramos cuenta de que ese proyecto era irrealizable. La pobreza creció, la sociedad mundial comenzó a sufrir serios atrasos en educación y salud, el capital especulativo se consolidó como la fuerza más importante del planeta y las crisis económicas se volvieron recurrentes.

La sociedad cambió, asegura Judt. Dejó de creer en sus Estados, en su cultura, y dedicó todos sus esfuerzos a una sola meta: ganar dinero. Enriquecerse a costa de lo que fuera se convirtió en la única empresa válida. Si se iba a la universidad, era para ganar dinero; si se entraba a la política, era por ganar dinero, si había que dedicarse a negocios reprobables, la posesión del dinero lo justificaba.

Todo ésto ha devaluado moralmente a la sociedad contemporánea y le ha hecho creer que no hay más camino en la vida. Que "las cosas así son y no van a cambiar". Judt propone que tomemos conciencia de que tenemos una deuda tanto con los que vendrán después como con los que estuvieron antes. Que no podemos seguir viviendo como si lo que nos rodea no importara y sólo el boato fuera trascendente.

Para Judt, el camino está en la renovación de la socialdemocracia, en crear un verdadero capitalismo humano que tome en cuenta que no todo en la vida es ganar dinero. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. A pesar de que los movimientos de indignados crecen por todo el mundo, nuestra sociedad se ha vuelto muy codiciosa y ya no creemos en los que nos rodean.

¿Cómo protegernos de ese monstruo en que se ha convertido el sistema económico? A pesar de la ola de indignación que recorre el planeta, necesitamos algo más, algo más fuerte y grande que pueda enfrentarse al capital especulativo. Ese algo es el Estado.

Sin embargo, mientras no nos convirtamos en ciudadanos que luchan por defender sus derechos, será imposible transformar al Estado para que deje de favorecer al gran capital y se dedique a proteger a sus habitantes.

Decía Kant que todo hombre tenía el derecho de ser un fin en sí mismo y no el medio para que otros lograran sus fines particulares. Durante gran parte del siglo XX el conflicto se concentró entre el Estado totalitario y el Estado liberal-democrático. Al parecer, el siglo XXI presenciará el enfrentamiento entre el mercado salvaje y el Estado que luchará por su sobrevivencia.

¿Qué pasará con nosotros, los que estamos en medio de ese conflicto? Sólo el tiempo lo dirá, pero no esperemos nada bueno de nuestro futuro si permanecemos indiferentes ante lo que ocurre a nuestro alrededor.









1 de noviembre de 2011

Memento Mori (con los tenis pa´delante)


Para Papá.

Todos moriremos. No hay forma de evitarlo. Es lo único seguro que tenemos en la vida (por lo menos, los mexicanos. Ya que en otras culturas también creen en la inevitabilidad de pagar impuestos).

Ante la certeza de que tarde o temprano saldremos de ese mundo, los seres humanos hemos creado una serie de rituales para lidiar con la muerte, ya sea que al fin doña Catrina decidió venir por nosotros, o que sólo la veamos pasar a nuestro lado, por ahora.

Todas las culturas tienen rituales funerarios. Algunos muy simples, otros muy complejos. Todos tenemos la necesidad de encontrar un sentido cuando perdemos a alguien que quisimos mucho. En el caso mexicano, nuestras tradiciones están empapadas por el catolicismo y también por las tendencias de cada época. Recuerdo el asombro que sentí al saber que hay funerarias que cuentan con "Business center" y conexión a internet. Eso de hacer negocios mientras cafeteas a tu mamá puede parecer repulsivo, pero no creo que sea raro.

¿Cómo lidiaron las generaciones anteriores con la muerte? la respuesta nos la da Verónica Zárate en su libro Los nobles ante la muerte en México,
el cual es una investigación sobre las prácticas funerarias de la nobleza mexicana entre 1750 y 1850.

Hay que decirlo de entrada: a pesar de los múltiples estudios sobre los pobres, y el gran interés por la "historia desde abajo", los ricos son más sencillos de investigar. Eso es porque dejan más testimonios de su paso por la tierra.

Verónica Zárate investigó cómo se manifestó durante cien años la "socialización de la muerte", la relación entre vivos y muertos a través de la devoción religiosa, las prácticas sociales y los lazos familiares.

A los nobles novohispanos les preocupaba enormemente la muerte (como a todos, lo aceptemos o no). En su caso, formaban parte de un mundo formado por la religión católica, y donde además era fundamental mantener a su familia en la posición social que tenían.

Por esa razón, lo primero que tenían que hacer los nobles novohispanos era redactar su testamento. Este documento servía como un instrumento legal que intentaba garantizar el cumplimiento de la última voluntad del fallecido y al mismo tiempo quería ser una guía para las futuras acciones de los herederos.

Los testamentos no sólo servían para repartir fortunas, también se usaban para ayudar al alma del fallecido a llegar lo más pronto posible al paraíso. En los testamentos quedaba asentado que el muerto había nacido cristiano y con la sangre limpia (sin antepasados judíos), que siempre se había comportado con la honra y dignidad que le conferían sus títulos nobiliarios, y que al estar cerca el momento de morir, deseaba poner en paz su alma arreglando sus asuntos materiales.

No todo mundo hacía testamentos en esa época, fundamentalmente por dos razones: primero, el costo. Un testamento podía costar hasta 30 pesos, y aún más, en una sociedad donde un profesor del Colegio de Minas ganaba 4 pesos diarios y un labrador sólo 3 mensualmente.

La segunda razón por la que había pocos testamentos radica en el miedo. Parecía que arreglar los asuntos terrenales antes de morir sólo servía para invocar a la muerte. A pesar de los siglos, esos dos motivos siguen presentes en la sociedad mexicana, señal de que algunas cosas no cambian, pese a todo.

Para asegurarse un buen destino luego de la muerte, el noble novohispano disponía en su testamento que una cierta cantidad de su fortuna debía usarse para pagar obras piadosas: comida para los pobres, hospitales, capillas, misas en su nombre y otros. Todo con el fin de que los beneficiados con sus obras rezaran por la salvación de su alma, lo que le permitiría abandonar el purgatorio lo más rápido posible y entrar al paraíso.

La mejor forma de morir era en su casa; rodeado de sus familiares, amigos, servidores, un médico que aliviara sus dolores y un sacerdote que lo confesara, le diera la comunión y la extremaunción. Morir era un acto social, en el que se vinculaba lo espiritual y lo material. Normalmente allí se escribía el testamento, para que luego el fallecido fuera colocado con los pies hacia el oriente, donde está Jerusalén.

En ese momento comenzaban los ritos funerarios. El cadáver era preparado y se le vestía normalmente con un hábito de alguna orden religiosa o militar. El velorio se realizaba en su casa, a donde llegaban más amigos y familiares a dar el pésame a los familiares.

El tamaño del funeral dependía de la riqueza e importancia del difunto (igual que hoy). El cadáver era expuesto con los brazos en cruz, mientras se celebraba un responso o una misa de requiem por su alma. Después, el muerto (metido en un carísimo ataúd) era llevado en hombros de sus familiares y amigos a la parroquía donde había sido feligrés.

La procesión que acompañaba al muerto y a sus familiares podía ser enorme (si contaba con el dinero para pagarlo, claro), y a veces pasaba por la Catedral Metropolitana para recibir una última bendición. Todos los participantes llevaban cirios encendidos y una persona tocaba una campana para representar la trompeta que, según los cristianos, llamará a las almas al Juicio Final.

Mientras tanto, y como había estipulado en su testamento el difunto, se celebraban muchas misas por su alma, tantas como fuera posible. ¡La Condesa de Selva Nevada pagó 4 mil misas de a peso cada una! Esto era porque se creía que el alma del muerto estaba vulnerable mientras no se sepultara el cuerpo, por lo que había que rezar por él lo más que se pudiera.

A pesar de las grandes procesiones, normalmente el entierro era muy sencillo: podía ser en el cementerio de la parroquía a la que asistía el difunto o en una capilla familiar que también estuviera allí. El carísimo ataúd era sustituído por una sencilla caja, o se enterraba al muerto envuelto en una sábana. A diferencia de la procesión, donde asistía la mayor cantidad posible de personas, al entierro sólo concurrían los familiares.

Luego de enterrar al difunto, los familiares y sus servidores seguían de luto hasta por un máximo de seis meses (más tiempo era mal visto). Luego del entierro seguían las misas por su alma y las honras fúnebres, las cuales podían realizarse días, meses, e inclusive años después de su muerte. Estas honras eran presididas por enormes piras funerarias, recubiertas de velas, que representaban al difunto. Tenían tantas velas que era necesario contar con varios cubos llenos de agua, para evitar un incendio.

Los muertos nobles dejaban rastro de su vida a través de sus obras pías y también gracias a los epitafios de sus tumbas, los cuales hacían mención de los hechos más importantes durante su existencia y a veces pedían más oraciones por la persona que allí descansaba.

Verónica Zárate dice que estudiar las costumbres funerarias de los nobles también es importante porque éstas se propagan por el resto de la sociedad, quien las adopta a su manera y posibilidad. En este proceso de adaptación la risa juega un papel muy importante. Los mexicanos le tememos a la muerte, como todos los pueblos del mundo, pero también hemos sabido burlarnos de ella.

Un día moriremos, pero tal vez no sea el final de todo. O quizá sí, pero en ese final encontraremos un nuevo principio. Mientras tanto, pensemos cómo se transformaron las costumbres mortuorias de la aristocracia mexicana escuchando una de mis canciones preferidas, que retrata fielmente cómo se hacía un verdadero funeral "a la mexicana"