26 de octubre de 2011

Carlos Castaneda: vendiendo una realidad aparte

Hace unos días, encontré una noticia que llamó mi atención: resulta que Aerin Alexander, supuesta nieta de Carlos Castaneda, demandó a la organización que su abuelo fundó, Cleargreen, por impedirle enseñar las técnicas chamánicas que aquel dejó en sus libros.

Alexander dice que esos ejercicios -llamados Tensegridad- no pueden tener derechos de autor puesto que pertenecen a una cultura antiquísima, los toltecas, y por ello no hay nada que le impida difundirlos libremente; además de que ella los recibió directamente de su abuelo.

Esa noticia me regresó a mi pasado. Creo que nunca se los he contado, pero yo vengo de una familia "excéntrica", donde lo esotérico y lo alternativo eran temas comunes. Yo crecí rodeado de libros de yoga, meditación, budismo, masonería, rosacrucismo, cabalá, y temas parecidos. En la nada breve biblioteca de mi casa había espacio para todo eso y mucho más; y desde niño conocí las obras de Carlos Castaneda.

Debo haber tenido como doce años cuando leí Las enseñanzas de Don Juan, el cual comprendí a medias. Luego me seguí con Una realidad aparte y dejé a la mitad el Viaje a Ixtlán. Para ese momento, había yo perdido todo interés en Castaneda. Me llamaba más la atención el budismo zen que las intrincadas (y aburridas) experiencias chamánicas de un supuesto antropólogo peruano.


Pero millones lo leyeron y lo tomaron en serio. No está de más recordar que esos tres libros fueron editados en México por el Fondo de Cultura Económica, y el primero tiene un prólogo de Octavio Paz. Para muchos, Carlos Castaneda se convirtió en el símbolo de un movimiento que buscaba escapar del mundo en que vivimos, para acceder auténticamente a una realidad aparte.

Carlos Castaneda apareció en la vida pública en 1968, ese año marcado por la fiesta y la tragedia. Supuestamente, Castaneda estaba haciendo una tesis en la Universidad de California sobre los hongos alucinógenos y alguien lo puso en contacto con un indio yaqui llamado Juan Matus. Este señor era un brujo y lo introdujo en el conocimiento del peyote. Gracias a lo que don Juan le enseñó, Castaneda pudo expandir su conciencia y convertirse en un "hombre verdadero".

Hay que recordar que los años 60 fueron de locura total. El mundo se transformó debido a la Guerra Fría, la consolidación del Estado benefactor, los medios de comunicación, la sociedad de consumo, el rock, las drogas, y otras cosas más.

Los 60 se caracterizaron por cuestionar todas las formas e instituciones establecidas: el capitalismo era malo, el comunismo era peor, la Iglesia Católica no lograba satisfacer las necesidades de los creyentes, las generaciones anteriores sólo habían pensado en enriquecerse, la destrucción del medio ambiente era imparable, Occidente había creado un modo de vida en donde sólo importaba el individuo y su satisfacción inmediata...la lista de quejas era enorme.

La crisis espiritual era muy grande, y la generación de los 60 intentó llenar ese vacío recurriendo a las técnicas orientales y a un "reencuentro" con las raíces indígenas. Estados Unidos estaba lleno de gurúes, roshis, lamas tibetanos, chamanes, guías espirituales, y todo tipo de seres que ofrecían sanar las enfermedades espirituales de la sociedad de consumo. En esa época Shunryu Suzuki, Chögyam Trungpa y Philip Kapleau le dieron un gran impulso al budismo en Norteamérica, Osho, los Hare Krishna, la Meditación Trascendental, el Kundalini Yoga y la Dianetica se hacían famosos; y también muchos americanos vinieron a México a probar los hongos alucinógenos, no sólo para divertirse, sino para conocerse internamente.

El terreno estaba listo para Carlos Castaneda, quien se construyó un aura mágica para atraer a las multitudes. Se dejaba fotografiar poco, no daba entrevistas, no hablaba sobre su vida, se convirtió en un tipo fascinante porque se sabía poco sobre él.

Fue con el paso del tiempo que el mito de Castaneda comenzó a derrumbarse. Para empezar, los libros que seguía escribiendo eran cada vez más aburridos y sin sentido. Se había convertido en una mera repetición de sí mismo. Luego, el relato sobre Juan Matus alcanzó cimas enloquecedoras: de ser un indio yaqui se convirtió en actor de teatro que además había viajado por todo el mundo. Y para acabarla de amolar, el gobierno de Richard Nixon empezó una agresiva campaña contra las drogas (cuyas consecuencias sufrimos hasta el día de hoy), razón por la cual era muy mal visto que se ensalzara a los alucinógenos, así fuera para expandir la conciencia de sus consumidores.

Todo esto llevó a que el relato de Castaneda se transformara, y al final saliera con la novedad de que ya no era necesario consumir peyote para alcanzar el "conocimiento verdadero". Todo lo que había que hacer era practicar la Tensegridad, o "pases mágicos", una serie de ejercicios físicos (remedo de Yoga con Tai Chi Chuan), supuestamente creados por los toltecas para acallar el barullo mental y aprehender la realidad "tal como es".

Cualquier colega arqueólogo u antropólogo, de inmediato se dará cuenta que ese relato de la "Tensegridad tolteca" es una farsa. Que los pueblos mesoamericanos hayan usado los hongos alucinógenos y otras plantas para rituales chamánicos es una cosa, pero que eso haya perdurado en una danza supuestamente mística es algo muy diferente.

Carlos Castaneda falleció en 1998, pero antes de morir creó una empresa, Cleargreen, que se encarga de dar cursos de Tensegridad y sabiduría tolteca. Por su parte, hay otras personas que tomaron ese relato de la "Toltequidad" para crear sus propios negocios, como Antonio Velasco Piña y Miguel Ruiz.

Ahora resulta que la nieta de Castaneda demanda a la empresa de su abuelo, porque quiere enseñar libremente la Tensegridad, luego de que Cleargreen se lo prohibió al despedirla por razones desconocidas.

Como les cuento, esta historia me regresó a mi infancia, me recordó a mi abuela y mi tío, quienes se dedicaron seriamente durante décadas a practicar estas técnicas esotéricas con el único fin de conocerse mejor. Pero no puedo ignorar que este relato de Castaneda, su nieta, los toltecas, Cleargreen, el peyote y cosas parecidas, se comprende instantaneamente si seguimos una vieja regla del periodismo norteamericano: "follow the money".













18 de octubre de 2011

Miguel Angel Granados Chapa y sus recuerdos de Excélsior.

En octubre de 2006, yo corría de un lado para otro intentando terminar mi tesis doctoral, la cual trata sobre la historia del periódico Excélsior. Mi interés estaba en contar la historia de la empresa más que la del diario en sí, por lo que necesitaba conocer lo más posible el funcionamiento de esa compañía. Para lograrlo, tuve que entrevistar a diversas personas que trabajaron en Excélsior, y uno de ellos fue Miguel Angel Granados Chapa.
No fue fácil encontrarlo. El maestro Granados era una persona muy ocupada. Luego de varios intentos, pude al fin "cazarlo" en el Club de Periodistas de México, a dónde él había acudido para presentar la nueva edición de Los Periodistas, la novela-reportaje con la que Vicente Leñero estableció la "versión canónica" de lo ocurrido en Excélsior durante la dirección de Julio Scherer.
Recuerdo que el maestro hizo carcajear al público presente, al decirle que el edificio de Excélsior de Reforma 12 se estaba ladeando hacia la derecha, lo cual era totalmente congruente con la línea editorial del diario desde su fundación en 1917.
Al terminar la presentación me acerqué a saludarlo. Me dijo que me conocía y que sabía el trabajo que yo estaba realizando. Se llevó el dedo índice derecho a los labios, miró hacia arriba, y luego me dijo "lo espero en mi oficina a las diez de la mañana".
Allí estuve, en una cerrada que está paralela a Avenida Universidad. Me ofreció un café, platicamos sobre conocidos comunes, y fue muy amable conmigo al contarme un pedazo de su vida: su etapa en Excélsior entre 1966 y 1976.
El maestro Granados llegó a Excélsior por recomendación de un amigo suyo, quien le contó que había una vacante en la mesa de redacción. Fue recibido por una de las leyendas de ese diario: Víctor Velarde, uno de los jefes de información más importantes en la historia de Excélsior. Luego de un examen, Granados se convirtió en miembro del periódico. Durante dos años fue asalariado, hasta que en 1968 se convirtió en cooperativista. Eso hizo que su condición económica mejorara, y pasara de cobrar 4 mil pesos al mes a más del doble en 1970.
Para ese entonces, Excélsior había vivido una de sus mayores crisis, luego de la muerte de quienes lo sostuvieron por décadas: Rodrigo de Llano y Gilberto Figueroa. Gracias a ellos Excélsior se convirtió en una cooperativa, una empresa en la que todos los trabajadores son dueños, y como tal comparten los riesgos y las ganancias. Todos los cooperativistas tienen derecho de opinar sobre la marcha de su empresa. Sin embargo, en el caso de Excélsior, las opiniones al final no contaban: eran las decisiones de De Llano y Figueroa las que se materializaban.
Al morir estos dos personajes, la cooperativa tuvo que aprender a gobernarse a sí misma, pero no fue sencillo. En 1965 hubo un violento enfrentamiento entre dos grupos que querían mandar en el periódico. El grupo perdedor fue "expulsado" de Excélsior, pero siguieron presionando hasta la salida de Julio Scherer en 1976.
Muchos periodistas querían trabajar en Excélsior porque allí les pagaban bien, en comparación con otros medios. Además, siempre había la posibilidad de tener "trabajos extra", los cuales eran asignados arbitrariamente. La cooperativa había envejecido y no aceptaba fácilmente a nuevos miembros, como Granados.
Al principio, Julio Scherer se burlaba de él diciendole "el licenciado". Y es que hay que recordar que Granados estudió Derecho y Periodismo (y luego hizo estudios de doctorado en historia), en una época en la que la norma en las redacciones era, a lo más, haber terminado uno o dos semestres en la Universidad Nacional.
Cuando Scherer se convirtió en director de Excélsior, Granados se unió a él, a pesar de que había votado en su contra en las elecciones de 1968. Granados esperaba que Víctor Velarde fuera el director, pero a pesar del prestigio que tenía dentro del diario, perdió.
Con Scherer llegó una nueva generación a dirigir Excélsior: más críticos del Estado, pero también con vicios. Scherer sabía que contaba con la planta de reporteros más importante de México, pero también que muchos de ellos aceptaban sobornos y habían acumulado fortunas gracias a sus contactos políticos.
Un reportero promedio de Excélsior ganaba ocho mil pesos mensuales. Pero gracias a sus contactos, comisiones y negocios extra, esa cantidad podía fácilmente dispararse hasta los 75 mil.
Despedir a todos los reporteros por corruptos hubiera destruido a Excélsior. El único camino posible estaba en apartarlos gradualmente del periódico. Fue así como Carlos Denegri, el gran reportero de los años 40-60 comenzó a desaparecer, mientras que otros, muy jóvenes, encontraban su primera oportunidad en el diario comandado por Scherer.
Junto a Scherer había un "Estado mayor" que lo ayudaba a gobernar Excélsior. Vicente Leñero, Hero Rodríguez Toro, Alberto Ramírez de Aguilar, Manuel Becerra Acosta hijo, Regino Díaz Redondo y por supuesto el maestro Granados. Este grupo decidía sobre la integración de los consejos y comisiones de la cooperativa, pero tuvo que enfrentarse a otros enemigos, dentro y fuera de la empresa, lo que a la larga los desgastó.
Scherer se proponía "democratizar" a la cooperativa Excélsior, pero para ello primero debía transformar al periódico abriéndolo a las posturas políticas de la época. Sin embargo, ello provocó que sus relaciones con la iniciativa privada y la presidencia de la república se volvieran cada vez más tirantes.
Y eso que, el cambio en la línea editorial no provocó ninguna queja por parte de los lectores de Excélsior. A pesar de la posterior fama de la página editorial del diario (donde escribían -entre otros- Daniel Cosío Villegas, Jorge Ibargüengoitia, Ricardo Garibay, Marcos Moshinsky y Heberto Castillo) esa sección no era tan leída. Al público de Excélsior le interesan más los reportajes de color y las entrevistas.
Entre 1974 y 1975, quedó claro que Scherer no buscaría reelegirse como director de Excélsior, por lo que empezaron a formarse dos grupos: uno a favor de Regino Díaz Redondo y otro apoyando a Granados Chapa.
Siempre fue un misterio para el maestro Granados cómo pudo crecer Regino Díaz Redondo dentro de Excélsior. Le parecía un hombre sin capacidades sobresalientes, mal redactor, prepotente y entregado a distintas adicciones. Pero alguna vez, Scherer le explicó que para él, sobre todas esas fallas, estaba la lealtad que Díaz Redondo le había mostrado durante la crisis de 1965 y en la elección de 1968.
Scherer "empujó" a Díaz Redondo para que éste se convirtiera en presidente del Consejo de Administración de Excélsior, pero éste aprovechó la ola de rumores al interior de la empresa para hacerse de partidarios, con la intención de convertirse en el nuevo director general.
Granados (y otras personas) alertaron a Scherer sobre la inminente traición de Díaz Redondo, pero él no los escuchó.
El ocho de julio de 1976, el maestro Granados defendió a Julio Scherer cuando él tuvo que salir del edificio de Reforma 18, luego de que fue imposible exponer su postura ante la asamblea general de la cooperativa, y también al darse cuenta de que el presidente Luis Echeverría no lo apoyaría como sí hizo anteriormente. La imagen de Granados con el puño en alto y gritando "¡Scherer, Scherer"! mientras salían de Excélsior es reflejo de la tensión que se vivía en ese momento y también de las convicciones del maestro. Meses después de su salida, fundaron la revista política más importante del último cuarto del siglo XX mexicano: Proceso.
Granados colaboró un tiempo en esa primera etapa, pero pronto se retiró para seguir otros caminos. Regresaría a Proceso en los últimos años de su vida.
La última vez que platiqué con el maestro Granados fue en aeropuerto de Monterrey, donde yo estaba haciendo una estancia posdoctoral en el ITESM, y él había asistido a un coloquio organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Quedamos en volver a platicar (ahora sobre un proyecto distinto), pero desgraciadamente ya no pudo concretarse.
Por cierto, una de las pasiones del maestro Granados era la historia del periodismo. En 1994, el naciente periódico Reforma estuvo a punto de desaparecer porque la Unión de Voceadores decidió no vender más ejemplares del diario. En una reunión de alto nivel, los directores de Reforma conocieron una viejísima historia:
En 1932, luego de convertirse en cooperativa, el diario Excélsior también sufrió un boicot por parte de los voceadores. Lo único que se les ocurrió a los trabajadores del diario fue agarrar las pacas con los ejemplares y salir ellos a las calles a venderlos. Reporteros, columnistas, redactores y trabajadores de Excélsior se encargaron durante varias semanas de vender su periódico, para demostrarle a los voceadores y al público que eran capaces de todo por defender su trabajo.
Los directores de Reforma decidieron hacer lo mismo, y entre noviembre de 1994 y marzo de 1995, las calles más importantes de la Ciudad de México se llenaron de "neovoceadores". Muchos de ellos sólo eran lectores de Reforma, no tenían ninguna otra relación con el diario; pero no estaban dispuestos a permitir que su diario favorito desapareciera.
Siempre hay que tener presente al pasado: la persona que les contó esa historia a los dueños de Reforma fue Miguel Ángel Granados Chapa.

4 de octubre de 2011

El ejército norteamericano en México.


Tiempo es ya, mi querido lector, de darte a conocer la vida y costumbres de los invasores, mas para ello es preciso considerar a éstos en dos grupos: el de los jefes, oficiales y soldados del ejército regular, y el de los oficiales y soldados voluntarios. En primer grupo encontrábanse individuos que por su comportamiento en la guerra y el que observaron durante su estancia en la Capital demostraron su buena instrucción militar y, sobre todo, educación, contándose entre ellos jefes de alta graduación y muchos subalternos que, por sus méritos, obtuvieron más tarde en su nación, grandes honores y las más altas dignidades...

Notáronse como bien organizados los cuerpos de rifleros y los de artillería, dignos propiamente del ejército de una nación civilizada, por lo que hago de ellos, como de los oficiales a que me he referido, la mención que en mis apreciaciones creo justa. A estas cualidades se contraponían las de los oficiales voluntarios, pues muchos fueron los que se confundieron por sus desórdenes con la hez de sus subordinados, autorizando con su ejemplo actos inmorales, como los que tenían lugar en los salones de baile del callejón de Betlemitas, de la calle del Coliseo, frente al Teatro Principal, y del Hotel de la Bella Unión, no faltando quienes cometieran actos criminales, como el asalto de la casa de don Manuel Fernández, en la calle de la Palma, en defensa de la cual perdió la vida don Manuel Zorrilla; ya convirtiendo en cloacas inmundas las casas que ocupaban por haberse ausentado de ellas sus duerños, ya concurrido a las casas de juego toleradas por sus mismas autoridades.

Esa tolerancia fue en gran parte la causa de las expoliaciones y robos que pusieron a la población en un estado intranquilo, particularmente en las noches.

Los voluntarios constituían una soldadesca en la que estaban representadas todas las razas, desde la caucásica hasta la etíope y por consiguiente, eran también variables las inclinaciones y costumbres de los individuos. Hasta en los trajes existía diferencia con los soldados de los cuerpos regulares, pues éstos vestían, uniformemente, pantalón y chaqueta de paño azul y cachucha de hule, y los voluntarios usaban trajes variados y ridículos que consistían en pantalón bombacho o ajustado y bota fuerte, chaqueta, blusa o levita, verde, roja o indefinible color, y ceñida la cintura con una correa que sostenía a la vez, un pistolón de seis tiros y un gran cuchillo de monte; sombrero de fieltro, de palma o de petate, o bien a manera de chambergo o jarano; unos usaban barbas y otros no, por todo lo cual los tipos variaban hasta el infinito.

Existía en todos un rasgo extraño, un candor especial, mas no el que procede de la resultante de nobles sentimientos connaturales, sino de la ceguedad y de la confianza inherentes al bonachón, o como en nuestra tierra se llama, con más propiedad, a cada individuo de esa especie, un "Juan Lanas".

Común era en ellos el hábito de la embriaguez, y de este rasgo supieron aprovecharse nuestros léperos para cometer sus iniquidades, y las meretrices de la última ralea para explotarlos; mas como tales accidentes no les servían de enseñanza para precaverse del daño, mi calificación tiene en esa inocentada su primera prueba.

¡Cuán grande fue la amistad de los soldados con la hez del pueblo, y cuán cara les costó! pues a las borracheras que adquirían en tiendas, tabernas y pulquerías, seguían las pendencias y a éstas los asesinatos, lo que obligó a las autoridades yankees a reprimirlos por medio de severos castigos.

De un orden diverso aunque igualmente perjudicial para los soldados fue su amistad con las meretrices de ínfima clase y a las que ellos mismos dieron el nombre impropio de "Margaritas". En las reuniones con ellas dábase lugar a la comisión de escenas soeces e inmorales que, a veces, tenían por escenario los balcones del hotel La Bella Unión y por espectadora a la gentualla que, con burla las aplaudía...

En los bailes eran los voluntarios la imagen viva de la caricatura, tratando de imitar los bailes del pueblo. Cada cual tenía por compañera una Margarita y al ejemplo de ésta ejecutaba el jarabe, con el cuerpo descoyuntado y las piernas muy dobladas, y en fuerza del movimiento producido por el obligado zapateado, adquirían fuertes sacudidas las faldas del sombrero y el gran saco de provisiones que por medio de correas pendía de uno de sus hombros, aconteciendo con frecuencia que a sí mismo se diese zancadilla al pretender trenzar las piernas, toscamente aprisionadas en las botas fuertes.

En tanto que unos bailaban, otros mantenían plática con sus amores, y no digo sabrosa, porque era imposible que lo fuese, con aquellas meretrices a quienes el pueblo bajo daba el nombre de ciertos insectos de ocho pies, ni podía ser sabrosa una plática, sostenida en medio de ademanes y contorsiones, por monosílabos, o por algunas frases u oraciones en las que, como sujeto, aparecía un caso oblicuo del pronombre personal yo, verbo en infinitivo y por complemento un barbarismo, ejemplo: "mi querer osté".

No debe causar extrañeza que los soldados hablasen así, cuando los mismos oficiales, con su educación y todo, y como prueba del desdén con que todo norteamericano mira cualquier idioma que no sea el suyo, decía cada despropósito que cantaba el credo, y allá va uno de tantos. Ponderando un oficial la propensión al lujo que distinguía a las americanas y particularmente a las neoyorquinas, cándidamente decía que eran muy lujuriosas.

Como he manifestado, diversos eran los lugares establecidos para semejantes tertulias, pero el más concurrido era el de la Bella Unión, al que todo hijo de vecino podía concurrir, mediante la exhibición de dos pesos. Para tales bailes, las Margaritas abandonaban el zagalejo y el rebozo por los vestidos escotados, ahuecadores, cofias, moños y cintas, de todo lo que se proveía en las casas de empeño por cuenta de los empresarios, sin faltar los collares y pendientes de similor, efectos de tercera y cuarta mano, tan averiados como la inocencia y virtud de las que los usaban.

La plaza del mercado y puestos de verduras, los tendajones y los cafés improvisados en alguna puerta de no pocas tiendas de ultramarinos, eran los lugares a que asiduamente asistían los soldados y voluntarios, como que aquel mercado y aquellos puestos les proporcionaban, a bajo precio, coles, cebollas, nabos, tomates, zanahorias y cuantos frutos producían nuestras chinampas y campos de hortaliza, los que saboreaban crudos, con fruición tal, cual si gustasen de los manjares más delicados. Faltábales muchas veces el dinero o las ganas de satisfacer el precio del efecto comprado, y entonces se alzaban con este diciendo con el mayor cinismo "éste por mí".

He aquí, querido lector, otro rasgo de sublime candidez. Los cafés improvisados los proveían del desayuno, consistente en una taza de agua caliente por una cuartilla de real, pero lo raro del caso era, que muchos despreciaban el pan, y acompañaban cada sorbo del café aguado con un mordisco de cebolla, de nabo, de tomate o de zanahoria, y si algún azorado les mostraba admiración, ellos, como la cosa más natural del mundo, decían, mostrando el encendido tomate y meneando la cabeza: "¡Oh!, esto estar mocho bueno". Hay que advertir que eran tan dados en sus alocuciones a los infinitivos como a las interjecciones. De sus comidas, nada puedo decir porque no los ví a las horas del rancho, pero supongo, haciéndoles mucho favor, que aquellas eran mejores que los desayunos, atendiendo a las abundantes y suculentas raciones que les daban; sin embargo, se decía como cosa cierta que condimentaban las viandas y manjares con ruibarbo y muchas drogas, y hasta las mismas frutas, como el zapote, mamey y melón, no se escapaban del condimento de la mostaza. Con razón un amigo mío me decía, hace poco, que la comida yankee le sabía a tlapalería.

Andaban por las calles constantemente con la pipa en la boca o mascando tabaco de Virginia, que secretaba una sanguaza que escurriendo por las extremidades de aquella marcaba unos surcos a manera de pinceladas de barniz o belladona.

Otra práctica que llamaba mucho la atención era la observada en sus funerales. En donde quiera enterraban a sus muertos, en la Alameda, en los atrios de los templos, en el paseo, en el campo del Ejido, en San Lázaro y en los potreros, pues poco o nada les importaba que el lugar fuese o no sagrado. Para conducción de un cadáver al campo mortuorio, la comitiva guardaba el siguiente orden: por delante iban unos cuantos músicos tocando una marcha desentonada y desabrida, que más tenía de fúnebre por su desbarajuste que por su ritmo; a los músicos seguía un pelotón de soldados con las armas terciadas, luego un carro grande de transporte con su toldo de lona armado en aros de madera y en ese carro iba el cajón con el cadáver; a continuación el caballo del difunto conducido de la brida por un soldado, y a lo último los asistentes al entierro, militares pero sin armas. Según el rito de la religión que en vida había profesado el difunto, era la ceremonia con sacerdote o sin él. en este caso un oficial era el que rezaba o leía en vez del dicho sacerdote una oración, concluida la cual echaba una palada de tierra en la fosa, y a su ejemplo hacían lo mismo los asistentes, quienes durante toda la ceremonia habían permanecido con la cachucha en la mano. Los soldados hacían tres descargas seguidas y todos se retiraban. Los cadáveres de los que en vida no habían pertenecido a religión alguna eran enterrados sin ceremonia.

Cuando andaban en formación por las calles para renovar sus guardias o por cualquier otro motivo, veíaseles siempre acompañados de música que ejecutaba la canción favorita del "Yankee Doodle"

Memorias de la guerra de 1847 de Antonio García Cubas, en "El libro de mis recuerdos"