30 de agosto de 2011

Gustavo, el malo; era muy malo...


Entre muchas otras linduras, nuestra clase política es ágrafa. No les gusta leer (aunque siempre presuman de que "están releyendo el Quijote") y mucho menos escriben sus memorias. Es una lástima, ya que, a pesar de que tenemos las biografías políticas de José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari, Jesús Silva Herzog y muchos otros, nuestro panorama biográfico está muy incompleto. Nos falta, por mencionar un sólo ejemplo, una gran biografía sobre Adolfo López Mateos, que nos explique si es verdad que era guatemalteco y que nunca se tituló como licenciado en derecho.
Por otro lado, si los políticos no escriben sus memorias, los historiadores hemos despreciado el género biográfico durante varias décadas. Los "hijos de Clío" (no es una cantina) hemos sido educados para enfocarnos en estudios de caso, y eso de investigar la vida de una persona nos parece muy "positivista", algo que, creo, es un error.
Yo les confieso que espero algún día dedicarme a escribir biografías, ¡siempre y cuando termine primero esos libros que tienen años esperándome! -perdón por el momento catártico.
Si los políticos y los historiadores han decidido alejarse de la biografía, a su rescate vienen los novelistas. Muchos han escrito obras sobre la vida de diversos personajes; allí está La noche de Angeles, de Ignacio Solares; La corte de los ilusos, de Rosa Beltrán; Juárez, el rostro de piedra, de Eduardo Antonio Parra; y mi novela biográfica favorita: El seductor de la patria; de Enrique Serna.
El novelista tiene mayor espacio que el historiador para imaginarse escenas imposibles de comprobar documentalmente. Hay que decir que los historiadores también nos imaginamos muchas cosas, puesto que no lo podemos saber todo. "Allí donde es imposible asegurar, se impone sugerir", decía Marc Bloch. La diferencia entre historiadores y novelistas estaría en cuánto pueden sugerir los primeros.
Todo esto viene a mi mente, porque acabo de leer una gran novela, aunque me deje muchas dudas en su parte histórica: Díaz Ordaz. Disparos en la oscuridad; de Fabrizio Mejía Madrid.
Si alguien comparte el infierno con Antonio López de Santa Anna, ese es Gustavo Díaz Ordaz. A pesar de que fue un presidente que mantuvo la economía y el crecimiento estables, que repartió mucha tierra a los campesinos y que libró a América Latina de armas nucleares, una sola palabra lo condena a las tinieblas: Tlatelolco.
Como muchos otros personajes, no tenemos una gran biografía de Gustavo Díaz Ordaz. Sus memorias siguen retenidas por su familia, quien sólo le prestó una parte a Enrique Krauze para que escribiera uno de los capítulos de su libro La Presidencia Imperial.
Si tuvieramos esas memorias, podríamos entender mucho más sobre Gustavo Díaz Ordaz. A falta de ellas, debemos conformarnos con las fuentes indirectas que nos ayuden a explicarnos a este personaje .
Mejía Madrid hace un relato de la vida del expresidente, tomando como base el año de 1977, cuando Díaz Ordaz fue enviado como primer embajador mexicano ante el Reino de España, luego de la muerte de Francisco Franco. Díaz Ordaz permaneció sólo unos días en Madrid, ya que "aventó" la embajada, y regresó a México, donde murió dos años después.
En su relato, Mejía Madrid nos muestra un ser profundamente torturado, que por el azar (y su empeño) logró subir hasta convertirse en presidente de la república. Díaz Ordaz nació en Puebla en 1911
(aunque, en este libro Mejía Madrid dice que eso es falso), en una familia porfirista venida a menos. La Revolución los lanzó a Oaxaca, donde la pobreza los obligó a vivir como arrimados en la casa de un pariente. Años más tarde, Díaz Ordaz regresó a Puebla a estudiar Derecho, y poco a poco se involucró con la clase política de la zona, lidereada por esa figura mítica (y tenebrosa) llamada Maximino Avila Camacho.
Díaz Ordaz tuvo diversos cargos públicos, entre ellos fue diputado, senador, Secretario de Gobernación, y en 1964 Presidente de la República.
A lo largo del texto, Mejía Madrid nos muestra a un Díaz Ordaz forjado en el horror, el complejo de inferioridad (transformado en profunda arrogancia) y el autoritarismo. Desde muy joven aprende que la inconformidad debe ser reprimida, y comienza un largo camino aplastando movimientos en contra del sistema, hasta llegar a la gran matanza del dos de octubre de 1968.
La megalomanía de Díaz Ordaz llega a niveles de locura, hasta el punto que tiene que inventarse enemigos para mantener ese nivel de tensión que lo llevó hasta la presidencia de la república, y que al final lo carcome hasta la muerte.
Si bien es una novela, y por ello no precisa notas a pie de página, me parece que a este libro le falta un apartado en donde el autor explique cómo nació esta obra, los obstáculos a los que se enfrentó, y fundamentalmente las fuentes que consultó.
Ese apartado sería muy útil para entender la manera en que construyó a este personaje, ya que el libro tiene un gran problema: nos muestra un ser tan, pero tan malo, que termina siendo una caricatura.
Cuando no hay un balance entre las caras que tiene un personaje -histórico o novelístico- éste rápidamente se convierte en una burla. El Díaz Ordaz de Mejía Madrid es muy burdo: todo en él es dolor y rabia. No hay espacio para la reflexión o para otras cosas que pudo haber vivido en la realidad este presidente.
Y es que, desde el principio, la novela está hecha con odio; tal como señala Elena Poniatowska en su comentario al libro.
Hay dos puntos más que, creo yo, merecían un mayor espacio en la obra de Mejía Madrid: primero, la nominación presidencial. Es cierto que, ante las migrañas de Adolfo López Mateos, era Díaz Ordaz quien tomaba muchas decisiones, pero ¿acaso no lo cimbró el hecho de saber que sería el próximo presidente de la república? la descripción que hace Mejía Madrid es muy somera, como si fuera algo sin importancia.
Y el segundo caso: Tlatelolco. Luego de contarnos como Díaz Ordaz "provocó" todo el conflicto -al azuzar a los estudiantes, al enviar golpeadores y al ejército; y por último al preparar con el Estado Mayor Presidencial la matanza del dos de octubre- el relato termina con el Secretario de la Defensa Nacional rompiendo unas hojas que contenían un proyecto de decreto para suspender las garantías individuales en todo el país. Eso equivale -para decirlo claramente- a un golpe de Estado planeado desde la Presidencia de la República, el cual habría sido detenido por el Ejército Mexicano. ¿No merecía una mayor explicación por parte del autor?
Díaz Ordaz. Disparos en la oscuridad, es una novela muy interesante. Ojalá en sus próximas ediciones incluya algún comentario por parte de su autor, ya que necesitamos obras que nos ayuden a comprender a estos personajes, en lugar de quedarnos sólo en el juicio fácil. Gustavo Díaz Ordaz pudo ser muy malo, eso ya lo sabemos, ¿podremos entenderlo a él y al país que le tocó vivir?

25 de agosto de 2011

Sol de Monterrey...


No cabe duda: de niño
a mí me seguía el sol.
Andaba detrás de mí
como perrito faldero;
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

Saltaba de patio en patio,
se revolcaba en mi alcoba.
Aun creo que algunas veces
lo espantaban con la escoba.
Y a la mañana siguiente,
ya estaba otra vez conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

(El fuego de mayo
me armó caballero:
yo era el Niño Andante
y el sol, mi escudero.)

Todo el cielo era de añil;
toda la casa, de oro.
¡Cuánto sol se me metía
por los ojos!
Más adentro de la frente,
a donde quiera que voy,
aunque haya nubes cerradas,
¡oh, cuánto me pesa el sol!
¡Oh, cuándo me duele, adentro,
esa cisterna de sol
que viaja conmigo!

Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana-
Cada ventana era sol,
cada cuarto eran ventanas.

Los corredores tendían
arcos de luz por la casa.
En los árboles ardían
las ascuas de naranjas,
y la huerta en lumbre viva
se doraba.
Los pavos reales eran
parientes del sol. La garza
empezaba a llamear
a cada paso que daba.

Y a mí el sol me desvestía
para pegarse conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

Cuando salí de mi casa
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón:
-¡ya llevas sol para rato!-
Es tesoro -y no se acaba:
no se me acaba -y lo gasto,
traigo tanto sol adentro
que ya tanto sol me cansa.-
Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.

Alfonso Reyes.

16 de agosto de 2011

Hidalgo y su primera proclama


La semana pasada fue presentado el libro Hidalgo, maestro, párroco e insurgente. Este libro, escrito por el historiador Carlos Herrejón, promete ser la mejor biografía jamás realizada sobre el cura de dolores. Herrejón, miembro de El Colegio de Michoacán, es uno de los mayores conocedores de la Independencia de México, y seguramente su nuevo libro nos permitirá entender mejor a uno de los personajes más interesantes (y complejos) de nuestra historia.
Queda la promesa de reseñar próximamente el libro en este blog. Por lo pronto (y para calentar ánimos), los dejó con un documento del padre Hidalgo: es una de las primeras proclamas que lanzó el ejército independentista, semanas después de haber salido del pueblo de Dolores.

El día 16 de septiembre de 1810, verificamos los criollos en el pueblo de Dolores y villa de San Miguel el Grande, la memorable y gloriosa acción de dar principio a nuestra santa libertad poniendo presos a los gachupines, quienes para mantener su dominio y que siguiéramos en la ignominiosa esclavitud que hemos sufrido por trescientos años, habían determinado entregar este Reino Cristiano, al hereje Rey de Inglaterra, con [lo] que perdíamos nuestra Santa Fe Católica, perdíamos a nuestro Legítimo Rey Don Fernando Séptimo, y que estábamos en peor y más dura esclavitud.

Por tan sagrados motivos, nos resolvimos los criollos a dar principio a nuestra sagrada redención, pero bajo los términos más humanos y equitativos, poniendo el mayor cuidado para que no se derramara una sola gota de sangre, ni que el Dios de los Ejércitos fuera ofendido.

Se hizo, pues, la prisión, conforme a los sentimientos de la humanidad que nos habíamos propuesto; sin embargo, de que el vulgo ciego saqueó una tienda, sin poder[se] contener ese hecho tan feo y que estábamos sumamente adoloridos.

Se prendieron a todos, menos a los señores sacerdotes gachupines; se pusieron en una casa cómoda y decente todos los presos, y se les está atendiendo en los caminos en donde andan con nuestro Ejército, en cuanto es posible, para su descanso y comodidad.

Este ha sido el suceso; y nuestros enemigos quieren pintarlo con negros colores en horror e inequidad, con el fin de atraer a su partido a nuestros propios hermanos criollos, con el detestable pensamiento de que nos destruyamos y matemos criollos con criollos, oprimiéndonos con su dominio y quitándonos nuestra sustancia y libertad.

Pero, ¿qué criollo por malo que sea, ha de querer exponer su vida contra sus hermanos, sin esperanza alguna más, de seguir al cautiverio, quizá peor del que hasta aquí hemos tenido?

Nuestra causa es santísima, y por eso estamos todos prontos a dar nuestras vidas.

¡Viva nuestra Santa Fe Católica!

¡Viva nuestro amado Soberano el Señor Don Fernando Séptimo, y vivan nuestros derechos, que Dios [y] la naturaleza nos han dado!

Pidamos a su Majestad Divina la victoria de nuestras armas, y cooperemos a la buena causa con nuestras personas, con nuestros arbitrios, y con nuestros influjos, para que el Dios Omnipotente sea alabado en estos dominios, y que ¡viva la Fe Cristiana y muera el mal Gobierno!


9 de agosto de 2011

Entre los individuos, como entre las naciones...


El 15 de julio de 1867, el presidente Benito Juárez regresó a la Ciudad de México, luego de haberla dejado durante cuatro años, en los que la nación tuvo que pelear su segunda guerra de independencia.
En su mensaje de victoria a los mexicanos, el presidente Juárez señala que fue gracias al sacrificio del pueblo que la República logró sobrevivir a la agresión francesa, que el gobierno se mantuvo firme y no pidió ninguna ayuda a otros países, y al haberse alcanzado la paz llegaba el momento de llamar a elecciones para que otra persona se encargara de la Presidencia de la República.
Como nosotros sabemos, Juárez no dejó el cargo en 1867, y la República no habría sobrevivido sin el respaldo de Estados Unidos (quienes no deseaban un gobierno europeo en el continente). Sin embargo, el discurso de Juárez llama la atención por su confianza en la gente y en las leyes para sostener al país y levantarlo del hoyo en que se encontraba.
Vivimos un momento muy complicado; eso todos lo sabemos. Cuando el presente es oscuro hay que ver hacia atrás, tanto para recordar que hemos pasado por épocas peores, como para renovar nuestra esperanza de que, sin importar el tamaño de los conflictos, siempre podremos salir adelante.

Mexicanos: el gobierno nacional vuelve hoy a establecer su residencia en la Ciudad de México, de la que salió hace cuatro años. Llevó entonces la resolución de no abandonar jamás el cumplimiento de sus deberes, tanto más sagrados, cuanto mayor era el conflicto de la nación. Fue con la segura confianza de que el pueblo mexicano lucharía sin cesar contra la inicua invasión extranjera, en defensa de sus derechos y de su libertad. Salió el gobierno para seguir sosteniendo la bandera de la patria por todo el tiempo que fuera necesario, hasta obtener el triunfo de la causa justa de la independencia y de las instituciones de la República.
Lo han alcanzado los buenos hijos de México, combatiendo solos, sin auxilio de nadie, sin recursos, sin los elementos necesarios para la guerra. Han derramado su sangre con sublime patrotismo, arrostrando todos los sacrificios, antes que consentir en la pérdida de la República y de la libertad.

En nombre de la patria agradecida, tributo el más alto reconocimiento a los buenos mexicanos que la han defendido, y a sus dignos caudillos. El triunfo de la patria, que ha sido el objeto de sus nobles aspiraciones, será siempre su mayor título de gloria y el mejor premio de sus heroicos esfuerzos.

Lleno de confianza en ellos, procuró el Gobierno cumplir sus deberes, sin concebir jamás un solo pensamiento de que le fuera lícito menoscabar ninguno de los derechos de la nación. Ha cumplido el Gobierno el primero de sus deberes, no contrayendo ningún compromiso en el exterior ni en el interior, que pudiera perjudicar en nada la independencia y soberanía de la República, la integridad de su territorio o el respeto debido a la Constitución y a las leyes. Sus enemigos pretendieron establecer otro gobierno y otras leyes, sin haber podido consumar su intento criminal. Después de cuatro años, vuelve al gobierno a la Ciudad de México con la bandera de la Constitución y con las mismas leyes, sin haber dejado de existir un solo instante dentro del territorio nacional.
No ha querido, ni ha debido antes el Gobierno, y menos debiera en la hora del triunfo completo de la República, dejarse inspirar por ningún sentimiento de pasión contra los que lo han combatido. Su deber ha sido, y es, pesar las exigencias de justicia con todas las consideraciones de la benignidad. La templanza de su conducta en todos los lugares donde ha residido, ha demostrado su deseo de moderar en lo posible el rigor de la justicia, conciliando la indulgencia con el estrecho deber de que se apliquen las leyes, en lo que sea indispensable para afianzar la paz y el porvenir de la nación.

Mexicanos: encaminemos ahora todos nuestros esfuerzos a obtener y consolidar los beneficios de la paz. Bajo sus auspicios, será eficaz la protección de las leyes y de las autoridades para los derechos de todos los habitantes de la República.

Que el pueblo y el Gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.

Confiemos en que todos los mexicanos, aleccionados por la prolongada y dolorosa experiencia de las calamidades de la guerra, cooperaremos en lo de adelante al bienestar y a la prosperidad de la nación, que sólo pueden conseguirse con un inviolable respeto a las leyes, y con la obediencia a las autoridades elegidas por el pueblo.

En nuestras libres instituciones, el pueblo mexicano es el árbitro de su suerte. Con el único fin de sostener la causa del pueblo durante la guerra, mientras no podía elegir a sus mandatarios, he debido, conforme al espiritu de la Constitución, conservar el poder que me había conferido. Terminada ya la lucha, mi deber es convocar desde luego al pueblo para que sin ninguna presión de la fuerza y sin ninguna influencia ilegítima, elija con absoluta libertad a quien quiera confiar sus destinos.
Mexicanos: hemos alcanzado el mayor bien que podíamos desear, viendo consumada por segunda vez la independencia de nuestra patria. Cooperemos todos para poder legarla a nuestros hijos en camino de prosperidad, amando y sosteniendo siempre nuestra independencia y nuestra libertad.

Benito Juárez.