23 de junio de 2011

"Todos nosotros, somos más que vos"

Con esta frase, Porfirio Muñoz Ledo contestó el informe presidencial de Ernesto Zedillo el primero de septiembre de 1997. También con estas palabras terminó una etapa fundamental en la historia de México. A partir de entonces y hasta ahora, el poder político en el país se trasladó de una "presidencia imperial" a un gobierno dividido en el que los legisladores recobraron la influencia que tuvieron desde principios del siglo XIX y hasta los años 30 del siglo XX.
También hay que decir que, a partir de 1988 (cuando Miguel de la Madrid rindió su último informe ante el Congreso de la Unión), diputados y senadores comenzaron a crearse una imagen escandalosa, altanera, arrogante, bárbara e irresponsable. Lo que al principio parecía un ejemplo de valor, al interrumpir el informe del presidente en turno, rápidamente se convirtió en una vergüenza nacional.
El caso es que el Poder Legislativo se ha vuelto muy importante en México, y por eso hay que conocer aunque sea mínimamente su historia.
El parlamentarismo es un sistema de gobierno en el que el poder se comparte entre los miembros de una institución política, la cual se asume como representante de la voluntad popular. En México, el Poder Legislativo surgió antes que la Presidencia. El primer Congreso Mexicano se reunió el 14 de septiembre de 1813 en el poblado de Chilpancingo, debido a la iniciativa del gran caudillo independentista, José María Morelos.
En este "Congreso del Anáhuac" sus integrantes firmaron la primera acta de independencia nacional y promulgaron una constitución que establecía la existencia de tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), pero la preeminencia del legislativo.
Algunos historiadores señalan que, al rendirse Morelos ante las decisiones que tomaba el Congreso del Anáhuac, se convirtió en su guardaespaldas, lo que le impidió continuar con sus acciones militares y a la larga provocó su captura por parte de las tropas españolas y su fusilamiento en 1815.
Este primer Congreso (y los que siguieron durante el siglo XIX), consideraba que, al ser los representantes del pueblo, gozaban de una condición soberana que los colocaba por encima del Ejecutivo y del Judicial; y que era su deber protegerlo ante la posibilidad de que México se convirtiera en una dictadura. En este momento nació el conflicto entre el legislativo y el ejecutivo.
El segundo Congreso Mexicano nació luego de la independencia, y en su mayoría se dedicó a vetar las iniciativas de ley que presentaba el Emperador Agustín de Iturbide. Este congreso estaba formado por distintos miembros de la élite política mexicana: desde los que consideraban que había que mantener la estructura virreinal hasta los que pensaban que había que cambiar todas las instituciones para modernizar al país. Ante la falta de acuerdos, el Emperador Iturbide tomó la decisión de desaparecer al congreso, lo que a la larga provocó la caída del Primer Imperio Mexicano.
En 1824, proclamada la República Federal, el Congreso se convirtió en la pieza más importante, ya que mantuvo el control de los impuestos y de las fuerzas armadas. Eso hizo que la presidencia de la república fuera bastante débil durante mucho tiempo, ya que además, el Poder Legislativo tuvo la capacidad de poner y quitar presidentes, como fue el caso de Vicente Guerrero en 1829 y 1831.
En 1836, mientras México perdía la provincia de Texas, los legisladores intentaron crear un nuevo poder que sirviera para mediar entre el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Este "Supremo Poder Conservador" tuvo una breve existencia, ya que sus mismos creadores se dedicaron a boicotearlo para impedir que el Legislativo perdiera su influencia.
En 1857, al promulgarse una nueva constitución, se estableció que habría una sola Cámara (la de diputados), que ésta fijaría a voluntad la convocatoria, declaración y duración de las sesiones, y que podría expedir toda clase de leyes, aunque ésto afectara a los otros poderes. Eso ocasionó que Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz tuvieran que gobernar a partir de decretos y negociando por separado con los miembros de la Cámara.
Las guerras de Reforma y contra el Segundo Imperio lograron fortalecer políticamente al Ejecutivo. Eso permitió que Juárez mandara una iniciativa de reforma constitucional en 1867, con la que proponía reestablecer al Senado y fortalecer el veto presidencial a las decisiones del Congreso. Juárez sabía que México necesitaba una presidencia fuerte luego de los enormes problemas que había vivido, pero sus iniciativas se convirtieron en ley después de su muerte en 1872.
Al llegar a la presidencia Porfirio Díaz, contaba con el prestigio de ser el héroe de la guerra contra Francia y uno de los líderes más jóvenes y capaces del Partido Liberal. Díaz capitalizó ese poder colocando a sus aliados en las Cámaras. Eso colaboró a que su presidencia se fortaleciera y a que pudiera enmendar la Constitución para reelegirse hasta que renunció en 1911. El Poder Legislativo seguía siendo muy fuerte, pero ahora dejó de enfrentarse al Ejecutivo para apoyarlo en sus tareas de gobierno, ya que eso le convenía a los diputados y senadores.
Cuando Díaz renunció y Francisco I. Madero se convirtió en presidente, el Poder Legislativo volvió a enfrentarse al Ejecutivo, rechazando las iniciativas que éste presentaba. La situación se mantuvo así hasta que Madero fue asesinado en 1913.
Victoriano Huerta intentó legitimar su crimen volviéndose Ministro del Interior del reemplazo de Madero (Pedro Lascuráin) y asumiendo el Poder Ejecutivo a la renuncia del anterior, 45 minutos más tarde. También intentó mantener una buena relación con el Poder Legislativo, pero se encontró con que éste se había dividido entre los que lo apoyaban y quienes estaban horrorizados por el asesinato de Madero. Fue imposible negociar con los legisladores, por lo que Huerta prefirió simplemente desaparecer al Poder Legislativo. Ante la falta de las Cámaras y con un presidente verdaderamente espurio, el Estado mexicano desapareció.
Tuvieron que llegar los revolucionarios a crear un nuevo Estado en 1914. Y buscaron reestablecer el Congreso vía la "Soberana Convención de Aguascalientes", pero el intento no fructificó y México entró en una nueva guerra civil, la cual ganó la facción constitucionalista.
En 1917 se promulgó una nueva constitución que buscaba fortalecer al Poder Ejecutivo y librarse así de todos los problemas que tuvo durante el siglo anterior. Sin embargo, no lo logró del todo. El nuevo Poder Legislativo acogió en su seno a muchos veteranos de la Revolución, quienes habían creado sus propios partidos políticos con la intención de adueñarse del poder (por los votos o por las balas).
Este nuevo Congreso también limitó a los presidentes Carranza, Obregón y Calles, quienes pudieron gobernar gracias a su poder como caudillos revolucionarios y no por haberse cruzado el pecho con la banda presidencial. Fue hasta la unión de esos partidos en uno solo (el Partido Nacional Revolucionario, en 1929) que el Legislativo comenzó a disciplinarse a las órdenes del Ejecutivo.
Sin embargo, el gran cambió ocurrió en 1933, cuando formalmente desapareció la reelección de presidentes y miembros del Congreso. Para ese entonces, el Partido Oficial se había fortalecido y los nuevos políticos sabían que para hacer carrera había que disciplinarse. Las Cámaras estaban dominadas por un solo partido, el cual era totalmente fiel a las órdenes de la Presidencia de la República.
Esta situación se mantuvo por décadas, hasta los años 60, cuando el crecimiento de los movimientos de oposición hizo que el PRI tuviera que ceder pequeños (¡muy pequeños!) espacios en las Cámaras. Sin embargo, la puerta se había abierto, y a partir de entonces se abrió cada vez más.
En 1977, la Ley Federal de Organizaciones Políticas y Procesos Electorales dio más espacios a la oposición y legalizó al Partido Comunista. Pero el gran cambio llegó en las elecciones de 1988, cuando el PRI perdió la mayoría relativa en las Cámaras. Eso le impidió hacer reformas constitucionales a su antojo. A partir de entonces tuvo que negociar con otros partidos (concretamente el PAN) para enmendar la Constitución.
Fue en este momento cuando la autoridad presidencial se resquebrajo. Miguel de la Madrid fue el primer presidente claramente interpelado por un diputado de la oposición durante la lectura de su último informe de gobierno. A partir de entonces, cada primero de septiembre se convirtió en un espectáculo lleno de morbo y vergüenza, en el que los presidentes en turno ponían cara de piedra mientras diputados y senadores aullaban, en un ánimo cada vez más revanchista y menos democrático.
Durante los años 90, perdió más escaños, hasta que en 1997 perdió la mayoría absoluta, lo que debilitó aún más a la presidencia y permitió que en el año 2000 el PRI dejara el poder.
Vicente Fox llegó a Los Pinos con una enorme aceptación popular. Pero se convirtió en el presidente de un gobierno dividido, en el que las Cámaras estaban repartidas entre los partidos mayoritarios (PRI, PAN y PRD), además de lo que despectivamente se llamó "la chiquillada", como el PT y el PVEM.
En un gobierno dividido, cada grupo político busca su bienestar bloqueando a sus contrarios, lo que hizo que muchas de las iniciativas foxistas fueran rechazadas. Fox no pudo negociar con el Congreso, en su lugar se dedicó a exhibirlo ante la sociedad. A esto hay que sumar el claro esfuerzo foxista para impedir que Andrés Manuel López Obrador se convirtiera en el nuevo presidente de México. Por esa razón, el 1 de septiembre de 2006, Fox no pudo entrar al Congreso de la Unión a rendir su último informe de gobierno.
Felipe Calderón si pudo hacerlo el 1 de diciembre de ese año, pero por pocos minutos en una ceremonia vergonzosa, una gritería espeluznante entre todos los diputados que presagiaba malas cosas para el país.
La relación entre Calderón y el Congreso ha sido un poco mejor que con Fox. Pero eso no ha permitido de ninguna manera que se hagan las reformas constitucionales que tanto le urgen a México. El Congreso ha monopolizado el poder, impidiendo la aparición de los legisladores independientes y su posible reelección.
Al vivir en un sistema presidencialista, los mexicanos esperamos mucho de quien ocupa el Poder Ejecutivo. Pero no estamos muy conscientes del inmenso poder que ha recuperado el Legislativo en las décadas recientes. Si el próximo presidente de México quiere hacer reformas trascendentales, forzosamente necesitará el apoyo de diputados y senadores, y eso sólo lo logrará si su partido obtiene la mayoría en las Cámaras.
El poder de la presidencia ha cautivado a los mexicanos durante mucho tiempo. Deberíamos observar más al Legislativo. El futuro de nuestro país, para bien y para mal, pasa por las Cámaras.

13 de junio de 2011

Historia rapidísima del presidencialismo mexicano.


Se ve, se siente; la ambición flota en el ambiente. Alonso Lujambio, secretario de Educación Pública, aseguró ayer que "es el mejor posicionado" para convertirse en el candidato del PAN a la presidencia de la república el próximo año. Lo mismo están diciendo Ernesto Cordero (SHCP) y Javier Lozano (ST), mientras que Josefina Vázquez Mota mueve sus piezas porque ella también se considera capaz de cruzarse el pecho con la banda presidencial el primero de diciembre de 2012.
Y a ellos tres se añaden Marcelo Ebrard y Andrés Manuel López Obrador, ambos pertenecientes a la izquierda y quienes se han pasado este sexenio haciendo boxeo de sombra, evitando (por ahora) enfrentarse entre sí, lo que según algunos podría ocasionar hasta la destrucción del PRD.
Frente a los suspirantes panistas y perredistas está el dinosaurio tricolor, quien no murió luego de perder la presidencia en 2000 y que logró sobrevivir al cisma que vivió seis años más tarde. Manlio Fabio Beltrones, experimentado político formado por Fernado Gutiérrez Barrios, dice que tiene los méritos y el conocimiento necesario para lograr que el PRI regrese a Los Pinos. Sin embargo, el líder en las encuestas es el gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, quien se ha valido de su figura, el apoyo que ha recibido por parte de Televisa y el poder de la élite priísta en su Estado para estar a un paso de convertirse en el sucesor de Felipe Calderón.
Todos están obsesionados por convertirse en el próximo presidente de México, todos sabemos que ya comenzó la gran carrera que ocupará las primeras planas de los diarios hasta diciembre del próximo año, pero en realidad es poco lo que sabemos sobre esa institución que hasta hace pocas décadas parecía todopoderosa: el presidencialismo mexicano.
Para empezar, ¿qué es el presidencialismo? pues es un sistema de gobierno en el que el poder está repartido en tres partes: una de ellas hace leyes, (legislativo), otra vigila que éstas se cumplan (judicial) y la tercera las aplica (el ejecutivo). Esta última es la más importante de las tres, ya que concentra el poder en una sola persona, a la que se le llama "presidente".
El sistema presidencialista tiene varias características: el poder se obtiene por elección, su duración temporal es fija, aquella persona elegida como presidente puede formar su equipo directo de colaboradores sin necesitar el permiso del Legislativo (al menos en teoria), existe la posibilidad de la reelección, pero por medio de fuertes controles constitucionales, las elecciones se decantan más por el "candidato" que por el partido que lo respalda, y también tiene la obligación de rendir cuentas por lo que hace.
El primer presidente de México fue Guadalupe Victoria, en 1824. Sin embargo, durante el siglo XIX hubo tres personas que modelaron la institución presidencial y le confirieron características que duran hasta el día de hoy. El primero es Antonio López de Santa Anna, quien ocupó el cargo de forma intermitente entre 1833 y 1854. Santa Anna basó su poder político en el prestigio que le daba haber peleado la Revolución de Independencia, su grado de general y su inmensa fortuna; pero no pudo crear una presidencia fuerte, entre otras cosas porque no le interesaba. Los presidentes de su tiempo eran figuras muy débiles, acotadas por el legislativo y por los gobernadores de los estados, quienes sí tenían poder económico y militar.
La presidencia comenzó a tener poder hasta que se promulgó la Constitución de 1857, y su gran ejemplo (el único, en realidad) es Benito Juárez. Él y su generación sabían que era necesario para el país un poder unificador, que acabara con la anarquía e impidiera la desaparición de México, y para lograrlo fortalecieron a la presidencia.
El tercer hombre que transformó a la presidencia fue Porfirio Díaz, ya que en él se congregan la capacidad de negociación de Santa Anna (basada en su carisma) y el poder legal que comenzaba a tener la presidencia gracias a Benito Juárez. Díaz pudo sostenerse en el poder durante treinta años gracias a que era al mismo tiempo un caudillo carismático y un presidente constitucional, características que de una forma u otra sobrevivieron con el paso del tiempo.
Luego de la renuncia y posterior exilio de Porfirio Díaz, tuvieron que pasar más de 20 años para que la presidencia se convirtiera en la pieza fundamental del sistema político mexicano. La Revolución la debilitó profundamente. Madero no pudo controlar al país, y sus sucesores (Carranza, Obregón y Calles) tuvieron poder por sus méritos en campaña y no por ser presidentes.
Lázaro Cárdenas logró fortalecer a la presidencia al acabar con el poder del Jefe Máximo Calles, al liderar la nacionalización de la industria petrolera en 1938, y al terminar su sexenio en 1940 sin intentar otra reelección. A partir de entonces el poder del presidente crecería hasta convertirse en el más importante de México. A sus capacidades legales se le sumaba el ser jefe de su partido, que éste tuviera la mayoría absoluta en las cámaras, que el sistema electoral estuviera controlado por el gobierno, y además la existencia de un "pacto histórico" con los obreros y campesinos. La presidencia se convirtió en un poder benefactor y autoritario, capaz de dialogar con otros grupos y tambien de atraerlos a su causa. A todo lo anterior hay que sumar el hecho de que el presidente en turno podía escoger a su sucesor, a veces sin necesidad de negociarlo con el resto de la élite política mexicana, como sucedió en el caso del "destape" de Adolfo López Mateos en 1958.
La presidencia estaba limitada por su duración sexenal, por la imposibilidad de la reelección, y por la presión que pudieran ejercer los otros grupos que formaban la "Familia Revolucionaria", pero fuera de eso su poder era casi absoluto.
La época dorada de la presidencia duró aproximadamente de 1940 a 1968. A partir de ese año ocurrieron varias crisis que debilitaron a la institución. Primero, el movimiento estudiantil que comenzó a "desacralizar" al presidente. A esto se suma el estupor de la clase media ante las medidas que tomó el gobierno para terminar con la huelga de 1968.
Segundo, la crisis económica de 1976 causada fundamentalmente por el férreo control que ejerció el presidente Echeverría sobre la Secretaría de Hacienda. cuando la economía comenzó a controlarse desde Los Pinos, a lo que se añade el hecho de que para ese año sólo hubo un candidato presidencial: José López Portillo, lo que lastimó la imagen presidencial y terminó de destruir cualquier idea de que el sistema priísta era democrático.
La crisis de 1982 también golpeó a la presidencia, pero tal vez no tanto como la rebelión al interior del PRI liderada por Cuauhtémoc Cárdenas en 1987 y el conflicto electoral un año más tarde. Hasta el día de hoy no sabemos con certeza si Carlos Salinas de Gortari ganó por un mísero margen la presidencia, o si hubo un fraude. Pero (y esto es más importante, aunque se nota poco), el PRI perdió la mayoría en las cámaras, lo que a partir de entonces le impidió hacer enmiendas a la Constitución, a menos que contara con el apoyo de otro partido, en este caso el PAN.
A partir del sexenio de Salinas el poder presidencial comenzó a desvanecerse, ya que tuvo que soltar varias amarras que lo habían sostenido durante décadas: perdió el control de las elecciones entre 1990 y 1996, con el nacimiento del Instituto Federal Electoral; dejó de ser la "suprema autoridad" en asuntos agrarios, luego de la desaparición del ejido en 1992; perdió el control de la Ciudad de México al surgir la figura de Jefe de Gobierno en 1996; el Banco de México se volvió autónomo en 1993, con lo que Los Pinos ya no pudo controlar la economía del país; a partir de 1995 los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (elegidos por el presidente) tuvieron que ser ratificados por el Senado, y lo mismo ocurrió con el cargo de Procurador General de la República un año más tarde.
Durante el sexenio de Ernesto Zedillo, la presidencia se "desbarrancó". Los líderes estatales del PRI vieron con asombro como su "jefe máximo" se alejaba del partido y los dejaba solos mientras la oposición barría con ellos. El candidato priísta para las elecciones del año 2000, Francisco Labastida, no contó con el apoyo presidencial y tuvo que reconocer su derrota ante el panista Vicente Fox.
El nuevo presidente llegó con un enorme poder moral; su elección es un ejemplo inédito de legalidad en la historia de este país. Sin embargo, Fox no se dio cuenta de que heredaba una presidencia lastimada y que frente a él estaría un Poder Legislativo fortalecido, en el que su composición (dividido casi en tres partes iguales, una para cada partido mayoritario, además de la "chiquillada") le haría imposible gobernar durante su sexenio. Fox se pasó seis años peleándose con las cámaras y acusándolas ante la sociedad de ser las responsables de la inmovilidad gubernamental.
Pero el caos llegó cuando Fox intentó bloquear la carrera a la presidencia de Andrés Manuel López Obrador. Entonces ocurrió lo inconcebible: si, desde el sexenio de Miguel de la Madrid, cada presidente tenía que permanecer impasible mientras los diputados lo increpaban cada vez que acudía al Palacio Legislativo a rendir su informe de gobierno; en el último año de Fox simplemente no le permitieron entrar.
La toma de posesión de Felipe Calderón el 1 de diciembre de 2006 fue, por decir lo menos, vergonzosa. La presidencia que había sido una institución tan poderosa, se convirtió en un guiñapo débil al que además se le pedía que solucionara inmediatamente todos los problemas del país. Y a Calderón no se le ocurrió nada mejor para legitimarse que unir a todos los mexicanos para acabar con un enemigo común: el narcotráfico.
Seis años después tenemos una montaña formada por 40 mil cadáveres, un enorme malestar y una gran incertidumbre sobre lo que ocurrirá el próximo año, cuando vayamos a las urnas a votar por nuestro candidato preferido. ¿Volverá a fortalecerse la presidencia? Sólo el tiempo lo dirá. Pero, como ciudadanos, mientras mayor información tengamos, mayor será nuestra capacidad de decisión.


2 de junio de 2011

México 2011; ¿de dónde venimos y hacia dónde vamos?


A diez años del inicio de este siglo, México vive un momento difícil: padecemos una seria crisis política que se manifiesta en el auge del crimen organizado, en la parálisis del Poder Legislativo para establecer acuerdos, en el debilitamiento del Poder Ejecutivo y en el fortalecimiento de los medios de comunicación, el Ejército y la Iglesia Católica como actores en la escena pública mexicana.
La economía se ha mantenido estable durante esta década, pero ello no ha logrado acabar con el enorme problema de la desigualdad. La Educación y el Medio Ambiente, dos temas que marcarán nuestro futuro, también se encuentran en crisis.
Estamos en una época que no tiene mitos nacionales, puesto que ya no creemos en la Revolución
Mexicana, ese proyecto político que definió al siglo pasado.
El próximo año elegiremos
un nuevo presidente, lo que reaviva el miedo de vivir una situación igual o peor que la de 2006.
Ante la incertidumbre que vivimos, es necesario ver hacia atrás para descubrir cómo
surgieron los problemas que tenemos ahora. Necesitamos historia para comprender de dónde venimos y para decidir hacia dónde queremos ir.
Para discutir éstos y otros problemas, los invito a que se inscriban a mi nuevo diplomado "Actores políticos y problemas contemporáneos de México", en cual impartiré en el Centro de Cultura Casa Lamm, a partir del próximo jueves 9 de junio, de 11 a 13 horas. ¡Ahí los espero!