25 de abril de 2011

"El segundo hombre más poderoso de México"

En agosto de 1956, Winston Scott, un americano procedente de Alabama, llegó a la Ciudad de México para trabajar como Primer Secretario de la Embajada de Estados Unidos. Su arribo no llamó la atención, salvo en ciertos círculos de la élite política mexicana, quienes sabían que Scott tenía un cargo muy distinto al que mencionaba.
Winston Scott era en realidad el Jefe de la estación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en nuestro país, y su presencia en México influyó en nuestra historia. Desde los conflictos ferrocarrileros de finales de los años 50, las sucesiones presidenciales de Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, la matanza del 2 de octubre de 1968 y el asesinato de John F. Kennedy; Winston Scott participó desde las sombras para beneficiar a su país, en una larga carrera que muchas veces le provocó grandes frustraciones.
Winston Scott nació en 1909 y era doctor en Matemáticas por la Universidad de Michigan. En 1941 se unió a la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) donde comenzó su carrera como espía. Se enroló en la Marina y en 1944 fue aceptado para trabajar en la Oficina de Servicios Estratégicos, un organismo fundado dos años antes para combatir a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.
En 1947, Scott era ya un respetado miembro de la comunidad de inteligencia norteamericana y fue uno de los fundadores de la CIA. Luego de una fructífera carrera, el entonces director de la Agencia, Allen Dulles, lo comisionó para encargarse de las actividades en nuestro país.
De forma parecida a otros diplomáticos norteamericanos (concretamente Dwight Morrow y Josephus Daniels), Scott se valió de su carácter "campechano" para ganarse a diversos miembros de la élite política mexicana. Su carisma (y su capacidad para manipular, como buen espía que era) le permitieron hacerse muy amigo del entonces presidente electo Adolfo López Mateos.
La CIA y el Departamento de Estado sabían que en México operaban varios grupos de espionaje desde la Segunda Guerra Mundial, y les preocupaba que el Servicio de Inteligencia Soviético, (la famosa KGB) se valiera de la cercanía geográfica entre nuestro país y Estados Unidos, además de nuestras centenarias rencillas, para imponer un gobierno comunista.
Por esa razón, Winston Scott desarrolló un programa llamado LITEMPO, el cual buscaba fortalecer las relaciones entre Estados Unidos y México, ganándose la amistad de los políticos más importantes de nuestro país.
A cambio de favores, información, y dinero en algunos casos, los políticos que formaban parte de LITEMPO le daban toda clase de apoyos a la CIA para moverse a su antojo por nuestro país.
Entre otros involucrados en el programa LITEMPO estuvieron los presidentes Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría; el Jefe de la Dirección Federal de Seguridad, Fernando Gutiérrez Barrios; el millonario mexicano Carlos Trouyet y otros personajes.
Cada domingo, Winston Scott desayunaba con el presidente López Mateos; llegó a ser más poderoso que los embajadores Robert Hill y Thomas Mann. Cuando el Departamento de Estado necesitaba conocer la opinión de López Mateos sobre algún tema, sólo tenía que pedirle a Scott que se lo preguntara, en lugar de usar los conductos oficiales.
Al mismo tiempo, Scott armó una gran red de espionaje, comprando varias casas que estaban alrededor de las embajadas cubana y soviética, donde instaló un enorme sistema de cámaras y grabadoras, con la intención de saber todo lo que pasaba al interior.
Scott tuvo varios triunfos mientras estuvo en la Ciudad de México. Su estación era reconocida como la más importante y mejor organizada de todo el hemisferio occidental.
Él se encargó de organizar la visita del presidente John F. Kennedy a México en 1962, recibió a Juana Castro Ruz, la hermana de Fidel Castro, cuando ella huyó de Cuba en 1964 y también se dedicó a espiar a Lázaro Cárdenas, a petición de López Mateos y Díaz Ordaz.
Sin embargo, su gran triunfo fue personal. Cuando se casó en 1962 con Janet Liddy, en una hermosa residencia de las Lomas de Chapultepec, tuvo como testigos de boda a
López Mateos y Díaz Ordaz, en un movimiento que estuvo a punto de descubrirlo como el jefe de la CIA en México ante el mundo entero.
Desgraciadamente, Scott siempre vivió con el dolor y la frustración de no haber podido evitar el asesinato de John F. Kennedy, en 1963.
Meses antes, Scott tuvo información de que Lee Harvey Oswald había estado en México y se comunicó con varios oficiales de la embajada cubana.
Al morir Kennedy, Scott informó a sus superiores todo lo que sabía sobre Oswald, pero en Washington prefirieron ignorar esos documentos.
Al parecer, el presidente Lyndon B. Johnson sabía de la conexión entre Oswald y los comunistas, pero prefirió alimentar la versión de que había sido un asesino solitario para evitar la Tercera Guerra Mundial.
Sin embargo, el celo con el que la CIA ocultó la estadía de Oswald en México alimentó los rumores de que lo ocurrido en Dallas el 23 de noviembre de 1963 pudo ser una operación planeada por el servicio de Inteligencia que, entre otras cosas, tenía que proteger al presidente Kennedy.
Scott obedeció a sus superiores y no investigó más sobre la posibilidad de que Oswald no hubiera actuado solo, pero siempre tuvo dudas acerca de lo que realmente ocurrió.
Mientras tanto, el tiempo pasaba. Cuando llegó 1968, Scott mantenía una buena relación con el presidente Gustavo Díaz Ordaz, pero ya no comprendía el país en el que se encontraba.
Cuando comenzaron las manifestaciones estudiantiles, pensó que al final los comunistas habían logrado inflitrarse, pero no encontró pruebas contundentes de ello. Que la matanza de Tlatelolco hubiera sido planeada por el gobierno mexicano le parecía "imposible", pero simplemente no tenía forma de comprobarlo. En lugar de recurrir a sus informantes, Scott se valió de los datos que le daba el gobierno mexicano, por lo que la CIA llegó a reportar quince versiones distintas de lo ocurrido ese dos de octubre.
En 1969, la Agencia lo condecoró por sus servicios durante casi 20 años. Pero había llegado el momento de retirarse.
Scott permaneció en México, donde formó una empresa llamada Diversified Corporate Services. La empresa servía como consultoría para hacer negocios en el país, pero algunos creen que en realidad hacían trabajos de espionaje para el gobierno mexicano, ya que entre los socios estaba otro espía legendario, Ferguson Dempster, el jefe de la inteligencia británica en nuestro país.
En 1970, Scott empezó a escribir sus memorias, en las que dedicó un gran espacio a demostrar que Kennedy fue asesinado por un agente comunista, apoyado en una gran conspiración.
Scott señalaba que no se había investigado de forma conveniente el vínculo entre Oswald, diversas organizaciones comunistas, Cuba y la Unión Soviética.
Al mismo tiempo, Scott reflexionaba en sus memorias sobre su vida como miembro de la CIA.
Para Scott, un buen espía debía asumir desde el principio que tendría que vivir dos vidas, una real y la otra como fachada, lo que a la larga puede ocasionar desgastes emocionales, especialmente cuando su labor consiste en vigilar a aquellos amigos que en realidad podrían ser enemigos.
Es fácil, dice Scott, volverse engreido y pensar que todo se sabe y todo se puede, pero tarde o temprano llega el fracaso.
Al final, señala Scott en su manuscrito, "me entregué por entero al trabajo y dediqué muy poco tiempo y atención a las actividades recreativas y a la vida familiar normal. Comprendi cabalmente que en todas esas miles de horas de trabajo y dedicación, busqué mucho y, ya lo ven, resultó muy poca cosa para mí y para mi país".
El manuscrito fue interceptado por la CIA, quienes lo vieron con desagrado por todo lo que revelaba. Pensaron en bloquear la publicación del libro, pero no tuvieron que hacerlo.
Winston Scott murió en la Ciudad de México el 26 de abril de 1971. Dos días más tarde, personal de la CIA llegó a su casa para recoger todos sus documentos. Muchos de ellos todavía están clasificados como "alto secreto".
Winston Scott, (alias Willard Curtis), está enterrado en la Panteón Americano de la Ciudad de México.
¿Quién será en este momento su sucesor? ¿Quién estará ocupando su lugar y desde las sombras está influyendo en nuestras vidas? Quizá nuestros nietos algun día lo sabrán.




18 de abril de 2011

Viernes santo, entre ambulancias y policías...


En verdad, en verdad os digo que ayer, ante millones de ojos peregrinos que buscaban consuelo y amparo del polvo enceguecedor, el Hijo del Carpintero y de María, por Pilatos llamado de los Judíos el Rey, recibió en el madero la más afrentosa de las muertes -la lenta agonía del clavo que desangra y desazona- pero aquesta vez, agobiado por el peso de su carga (99 kilos de roble) y sofocado por la tierra que le emporquecía los pulmones alveolos, desmayó, de roja anilina cubierto, en las faldas del Cerro de Iztapalapa, a las 17:23 del Viernes Santo, y hubo de ser bajado de la cruz, para caer al poco tiempo en manos de otra, la Cruz Roja, que lo condujo en ambulancia, con presteza y celeridad, al año 1979 de la Era en curso.

Abajo, en el tranquilo poblado que su nombre asemeja, (hasta el colmo de la exactitud) con el del cerro arriba no descrito, la gente se había conglomerado desde la noche anterior, para presenciar el desarrollo de la Última Cena, en la que el nefando Tomás Alvarado Cedillo, como Judas, traiciona y vende, por 30 monedas de cinco pesos de plata, la vida de Roberto González (en el papel de Jesús), quien al mediodía de ayer, en pos de los soldados del ejército romano, fue paseado por los barrios de Iztapalapa, horas antes del momento crucial en que sería juzgado por los siervos de Tiberio y condenado a fenecer, en actitud ejemplificadora, entre los ladrones Dimas y Gestas, que cara, bien cara, pagaron su bajeza.

Y fue así como las 15:11 en punto, custodiado por la intangible presencia de un ángel guardián qe tenía las etéreas alas confeccionadas con plumas de pollo y los gráciles pies bañados en lodo de los caminos, el Redentor, escoltado por una treintena de gladiadores que llevaban los penachos de sus cascos guerreros imitados con cerdas de escobas, y en compañía de María del Pilar Corona -quien actuó, simplemente, como María- empezó su penosa ascensión al monte, en medio de una barahúnda de codos y pies desesperados, que los no menos heroicos y estoicos gladiadores de la Dirección General de Policía y Tránsito -a caballo y con macana- fueron apenas capaces de contener, sin lograr, empero, evitar los empellones que habrían de mandar a más de cuatro al nosocomio.

Trescientos nazarenos -hombres y niños- de túnica morada y corona de espina, que habían pagado 200 pesos per cápita para representar su papel con la venia del Comité Organizador, escoltaron al Cristo hacia la muerte, y era una lástima ver a los pequeños de 7 años, por ejemplo, y a los obesos de 40, ascender las veredas del cerro acongojados por el esfuerzo; y era admirable el número de mercaderías que había en la oferta -fruta, cerámica, juguetes, sombreros, golosinas varias, básculas que daban el peso a cambio de otro peso-; y era enloquecedor el gentío que subía como lava que regresa al corazón del volcán, y era pasmoso advertir cómo el maquillaje de los actores, aplicado por Matías Guillén, resistía los embates del polvo innúmero.

Hubo, pues, de acontecer lo que se esperaba. Todo el pueblo de Iztapalapa relató la Pasión. Pero no estaba previsto que al fin del drama, cuando el ángel intangible subió a la cruz y soltó un pichón al cielo, un viento furioso azotó los rostros y levantó más polvos, mientras un helicóptero de la Policía batía sus aspas en suspenso para darle un toque de misterio abismal que, en verdad, en verdad, la representación no hacía menester. Era, por sí misma, demasiado. Y ya para terminar, en ausencia de la lluvia inexplicable que cada año corona el acontecimiento, los camilleros de la Cruz Roja y los Doce Apóstoles dieron en disputarse el derecho de bajar el cuerpo exangüe de Jesús, al tiempo que en la Cruz, extraída de la iglesia de San Lucas, quedaba el crucifijo de Nuestro Señor de la Cuevita para enfrentarse a las sombras promisorias de la noche.

Cuando la gente inició el descenso al viernes de vacaciones, después del Angelus luctuoso, comenzó, horrísono, el ulular de las espectrales ambulancias.

Jaime Avilés, "Iztapalapa, otra vez", Unomásuno, 14 de abril de 1979.

11 de abril de 2011

El general en el exilio...



Por abril o mayo de 1915 don Porfirio y Carmelita volvieron a París. Mejor dicho, volvió entonces a París todo el pequeño núcleo de la familia: ellos dos, los Elízaga, los Teresa, y Porfirito con su mujer y sus hijos. La explosión de la Guerra Mundial los había sorprendido mientras veraneaban en Biarritz y en San Juan de Luz, y a casi todos los había obligado a quedarse en las playas del sur de Francia el resto del año de 1914 y los cuatro primeros meses de 1915.

En París don Porfirio reanudó su vida de las primaveras anteriores. Fue a ocupar con Carmelita —y los Elízaga, como de costumbre— su departamento de la casa número 28 de la Avenida del Bosque.

Todas las mañanas, entre nueve y diez, salía a cumplir el rito de su ejercicio cotidiano, que era un paseo, largo y sin pausas, bajo los bellísimos árboles de la avenida. Generalmente lo acompañaba Porfirito; cuando no, Lila; cuando no, otro de los nietos o el hijo de Sofía. Su figura, severa en el traje y en el ademán, había acabado por ser a esa hora una de las imágenes características del paseo. Cuantos lo miraban advertían, más que el porte de distinción, el aire de dominio de aquel anciano que llevaba el bastón no para apoyarse, sino para aparecer más erguido. Porque siempre usaba su bastón de alma de hierro y puño de oro, tan pesado que los amigos solían sorprenderse de que lo llevara. “Es mi arma defensiva”, contestaba sonriente y un poco irónico.

Cada semana o cada quince días, Porfirito alquilaba caballos en la Pensión de la Faissanderie, próxima a la casa, y entonces, montados los dos, prolongaban el paseo hasta el interior del bosque. Aquellas caminatas, lo mismo que las otras, le sentaban muy bien: le vigorizaban su salud, ya bastante en declive, de hombre de ochenta y cinco años; le entonaban el cuerpo; le alegraban el espíritu.

Por las tardes, salvo que hubiera que corresponder alguna visita, se quedaba en casa. Era la hora de escuchar las noticias de los periódicos, que le leía el Chato, y de escribir o dictar cartas para los amigos que todavía no lo olvidaban. Porfirito llegaba a poco, y entonces era éste el encargado de la lectura, o, juntos los dos, o los tres —y a veces también con algún amigo—, estudiaban la marcha de la guerra y veían en unos mapas plantados de banderitas blancas y azules las posiciones de los ejércitos.

De la colosal contienda europea, a don Porfirio sólo le interesaba lo estrictamente militar, y esto en sus fases de carácter técnico. Sobre el posible resultado humano y político, ni una palabra. No tenía preferencias por unos ni por otros, o, si las tenía, las callaba, acaso por iguales sentimientos de gratitud hacia franceses, ingleses y alemanes, que lo habían recibido con análogos extremos de cordialidad. Francia lo acogió con los brazos abiertos; el Kaiser le pidió que viniera a sentarse a su lado; en el Cairo, lord Kitchener lo recibió oficialmente en nombre del gobierno inglés.

Un día a la semana su distracción eran los nietos, a quienes profesaba cariño profundo, si bien un poco reservado y estoico. Porfirito, que vivía en Neuilly llegaba con ellos desde por la mañana, para alargarles la estancia con el abuelo. Aunque Lila se mostraba siempre la más afectuosa, él prefería al primogénito, que era el tercer Porfirio.

Por las mañanas, o por las tardes —o a comer con él, con Carmelita y los Elízaga—, a menudo venía también María Luisa, la otra cuñada a quien acompañaba a veces su hijo José. Lo visitaban con asiduidad Eustaquio Escandón, Sebastián Mier, Fernando González, la señora Gavito. De cuando en cuando se presentaba algún otro mexicano de los que vivían en París o que por allí pasaban.

Carmelita lo acompañaba siempre, salvo en la hora del ejercicio matinal. Se desayunaban a las ocho, comían a la una, cenaban a las nueve, se acostaban a las diez. Como el departamento no era muy grande —se componía de un recibimiento, una sala, un comedor, dos baños, cuatro alcobas— aquella vida, sosegada y uniforme, transcurría en una atmósfera de constante intimidad y de un sabor netamente mexicano. Porque a toda hora se entretejía allí con la vida diaria, en lo importante y en lo minúsculo, la imagen de México, y aun había presencias accesorias y otras, mudas, que la evocaban. El cocinero, el criado, las recamareras eran los mismos que con don Porfirio habían salido al destierro desde la calle de Cadena. Algunos de los muebles habían estado en Chapultepec.

También las conversaciones giraban alrededor de México, pero no de México como entidad actual, sino de un México convertido en sustancia del recuerdo. Era Oaxaca, era la Noria, eran matices o anécdotas de la vida, ya lejana, y tan diferente, que se había quedado atrás. Sonriendo recordaba él al viejo Zivy asomado a la puerta de “La Esmeralda” y diciéndole a sus empleados: “Pongan el cronómetro a las ocho menos tres minutos: allí viene el coche de don Porfirio.” A veces comentaba alguna frase de don Matías Romero, o de Justo Sierra, o lo que en tal ocasión había tenido que hacer Berriozábal, o Riva Palacio. De lo del día, de la lucha regeneradora o asoladora —unos se lo insinuaban de un modo, otros de otro—, no había para qué hablar. En esto su juicio era terminante: “Será buen mexicano —decía— quienquiera que logre la prosperidad y la paz de México. Pero el peligro está en el yanqui, que nos acecha.” De allí no había quien lo sacara ni quien se saliera. Sólo un suceso le merecía juicios en voz alta: el crimen de Victoriano Huerta. Lacónico, lo declaraba execrable; y concluía luego, para no dar tiempo a más amplias opiniones: “¡Pobre Félix!”


A mediados de junio empezó a sentirse mal. Le sobrevino la misma desazón de dos años antes en Biarritz, la misma fatiga, los mismos amagos de bronquitis y de resequedad en la garganta. Pero ahora lo acometían más fuertes mareos al mover súbitamente la cabeza y se le nublaba más lo que estaban viendo sus ojos. Le zumbaban los oídos al grado de ahuyentarle el sueño. Se le dormían los dedos de las manos y de los pies.

Por de pronto no hizo caso: su hábito le ordenaba no enfermarse. Luego, consciente de que su malestar se acentuaba, mandó llamar al doctor Gascheau, un médico del barrio, que ya lo había atendido de alguna otra dolencia, ésa más leve, y que le inspiraba confianza y simpatía.

A él Gascheau le dijo que aquello no era nada: el cansancio natural de los años; convenía evitar todo ejercicio, todo esfuerzo; debía descansar más. Pero a Carmelita y Porfirito el médico no les disimuló lo que ocurría: era la arteriosclerosis en forma ya bastante aguda. Como dos años antes en Biarritz, quizá el enfermo se sobrepusiera y se aliviara; pero había más probabilidades de que eso no sucediese.


Don Porfirio dejó de salir. Ahora se estaba sentado en una silla que le ponían junto a la ventana. Desde allí miraba los árboles de la avenida, que diariamente lo habían acompañado en sus paseos. Se entretenía en escribir, de su puño y letra, una que otra carta. Le contaba a Teodoro Dehesa los detalles de su mal. Cansado o absorto, volvía la vista hacia la ventana; contemplaba las puestas del sol.

Cerca de él siempre, Carmelita le conversaba para distraerlo. Procuraba que los temas, variando, lo interesaran. Esfuerzos inútiles; a poco de abordar ella cualquier asunto, el pensamiento de don Porfirio y sus palabras ya estaban en Oaxaca o en la Noria. “¡Cómo le gustaría volver!” “Allá le gustaría descansar y morir.”

El cuidado por el enfermo aumentó las visitas pero se procuraba abreviarlas para que no lo fatigase. Él pedía que le trajeran a los nietos y que los tuvieran jugando allí: eso no lo cansaba. Llegaba Lila con sus halagos; venía el segundo Porfirito a dejarse querer. Había un recién nacido; Luisa, la nuera, se acercaba a la silla, le ponía en las piernas al niño, y entonces él se quedaba mirándolo en ratos de profunda contemplación.

Para ocultar un poco la inquietud —porque todos estaban inquietos y temían revelarlo— Porfirito y Lorenzo comentaban entre sí la guerra, o con Carmelita, o con Sofía, o con María Luisa, o con José. Don Porfirio atendía unos instantes y luego tornaba a su obsesión: “¿Que noticias había de Oaxaca?” “Otros años, por esa época, la caña de la Noria ya estaba así” —aseguraba levantando la mano—. Se detenía en el recuerdo de su madre y de su hermana Nicolasa, o evocaba conversaciones y escenas de tiempos ya muy remotos: “Borges, el segundo marido de Nicolasa, le había dicho una vez esto o aquello.”


El 28 de junio tuvo que guardar cama, pero no porque algo le doliera o le quebrantara particularmente, sino porque su desazón, su fatiga eran tan grandes que apenas si le dejaban ánimos de hablar. El hormigueo de los brazos, la sensación de tener como de corcho los dedos de las manos y de los pies, le atacaban ahora más a menudo. Procuraba no mover bruscamente la cabeza para no desvanecerse.

Gascheau, que venía a mañana y tarde, le dijo que sólo eran trastornos de la circulación; que si se sentía mejor en la cama, le convenía no levantarse; acostado sentiría menos los desvanecimientos y no se le nublarían tanto los ojos. “Sí —comentaba él, con acento de quien todo lo sabe—: la circulación”, y paseaba la vista por sobre cada uno de los presentes, para quienes, en apariencia, todo seguía igual. Porque realmente sólo los accesos de tos, por la resequedad de la garganta, parecían ser algo mayores.

Cuando se iba el médico, don Porfirio decía, dirigiéndose a Carmelita, la cual no lo dejaba ya ni un instante: “Es la fatiga de ¡tantos años de trabajo!”


El día 29, hablando a solas con Porfirito, Gascheau advirtió que el final podía producirse dentro de unos cuantos días o dentro de unas cuantas horas. El abatimiento físico, no el moral, empezaba a adueñarse de don Porfirio, que ya casi no se movía en su cama. Ahora tenía mareos continuos, y la resequedad de su garganta se había convertido en molestia permanente.

Esa mañana pidió que viniera un sacerdote. Por la tarde le trajeron uno, español —de la iglesia de Saint-Honoré l’Eylau—, al cual dijo que quería confesarse. Hizo confesión y en seguida se habilitaron altar y capilla para que comulgase. Además de aquel sacramento, recibió ese día la bendición apostólica, que le trajo el padre Carmelo Blay, un sacerdote mexicano del Colegio Pío Latino de Roma, a quien él conocía. Don Porfirio manifestó extraordinaria beatitud al verlo y puso visible atención a las sagradas palabras. El padre Carmelo Blay también lo ungió con los santos óleos.


A media mañana del 2 de julio la palabra se le fue acabando y el pensamiento haciéndosele más y más incoherente. Parecía decir algo de la Noria, de Oaxaca. Hablaba de su madre: “Mi madre me espera.” El nombre de Nicolasa lo repetía una y otra vez. A las dos de la tarde ya no pudo hablar. Era una como parálisis de la lengua y de los músculos de la boca. A señas, con la intención de la mirada, procuraba hacerse entender. Se dirigía casi exclusivamente a Carmelita. “¿Cómo?” “¿Qué decía?” “¡Ah, sí: la Noria!” “¿Oaxaca?” “Sí, sí: Oaxaca; que allá quería ir a morir y a descansar.”

Se complació oyendo hablar de México: hizo que le dijeran que pronto se arreglarían allá todas las cosas, que todo iría bien. Poco a poco, hundiéndose en sí mismo, se iba quedando inmóvil. Todavía pudo, a señas, dar a entender que se le entumecía el cuerpo, que le dolía la cabeza. Estuvo un rato con los ojos entreabiertos e inexpresivos conforme la vida se le apagaba.

Perdió el conocimiento a las seis. Por la ventana entraba el sol, cuyos tonos crepusculares doraban afuera las copas de los castaños: los rayos, oblicuos, encendían los brazos y el asiento de la silla y casi atravesaban la estancia. Era el sol cálido de julio; pero él, vivo aún, tenía ya toda la frialdad de la muerte. Carmelita le acariciaba la cabeza y las manos; se le sentían heladas.

A las seis y media expiró, mientras a su lado el sol lo inundaba todo en luz. No había muerto en Oaxaca, pero sí entre los suyos. Rodeaban su cama Carmelita, Porfirito, Lorenzo, Luisa, Sofía, María Luisa, Pepe, Fernando González y los nietos mayores.


Se llenó la casa con funcionarios de la República Francesa y con delegados de la ciudad de París. Vino el jefe del cuarto militar del presidente Poincaré; se presentó el general Niox, que había recibido a don Porfirio a su llegada a Francia y le había puesto en las manos la espada de Napoleón; desfilaron comisiones de los ex combatientes. Acababa de morir algo más que una persona ilustre: el pueblo de Francia rendía homenaje al hombre que por treinta años había gobernado a otro pueblo; el ejército francés traía un saludo para el soldado que medio siglo antes había sabido combatirlo. Pero eso era el valor oficial: el duelo íntimo quedaba reservado para el país remoto y presente. Porque lo más de la colonia mexicana de París acudió en el acto trayendo su reverencia, y otros hijos de México, al conocer la noticia, llegaron desde Londres, desde España, desde Italia.


Quiso Carmelita que se hicieran honras fúnebres. El servicio religioso, a la vez solemne y modesto, se celebró en Saint-Honoré l'Eylau, y allí quedó depositado el cadáver en espera de su tumba definitiva. Año y medio después se sacaron los despojos para llevarlos al cementerio de Montparnasse. El sepulcro es una capilla pequeña, en cuyo interior, sobre una losa a modo de ara, se ve una urna de cristal que contiene un puño de tierra de Oaxaca. Por fuera, en lo alto, hay inscrita un águila mexicana, y debajo del águila un nombre compuesto de dos palabras.


Rugía en México la lucha entre Venustiano Carranza y Francisco Villa. El 2 de julio Carranza recibió en Veracruz un telegrama que lo apartó un momento de las preocupaciones de la contienda. El mensaje venía de Nueva York y, conciso, decía así:

“Señor Venustiano Carranza, Veracruz: Prensa anuncia estos momentos hoy siete de la mañana murió en Biarritz el general Porfirio Díaz. —Salúdolo afectuosamente.— Juan T. Burns.”

Martín Luis Guzmán, "Tránsito sereno de Porfirio Díaz", 1958.



4 de abril de 2011

Julio Scherer García: El periodismo, mi segunda piel


Canal 22 transmitirá a partir de este lunes, una serie de cinco programas sobre la vida de Julio Scherer García. La realizadora de esta serie es la periodista Elvira García, quien entrevistó a Miguel Angel Granados Chapa, Fausto Zapata y Eduardo Deschamps. También yo fuí entrevistado, por lo que los invito a que vean la serie Julio Scherer García: el periodismo, mi segunda piel, todos los lunes a partir de este 4 de abril, a las 10:30 de la noche.