28 de marzo de 2011

Acuerdos, presidentes y periodistas


En la imagen, Robert Capa; uno de los corresponsales de guerra más importantes del siglo XX.

Fue la nota de la semana pasada y casi dividió a la prensa nacional entre los que piensan que es un acontecimiento histórico y los que creen que es un intento de la Presidencia y las grandes cadenas televisoras para centralizar y censurar la información sobre la guerra contra las organizaciones criminales. Me refiero por supuesto a la firma del Acuerdo para la cobertura informativa de la violencia (ACIV, para abreviar).
Empecemos por el principio: ¿Qué es el ACIV? es un documento que firmaron 715 medios de todo el país para aplicar criterios editoriales comunes con la intención de que la cobertura informativa no pueda ser usada por la delincuencia para generar terror entre la población. Además, pretenden establecer mecanismos para proteger a los periodistas que trabajan esos temas.
Como señala el acuerdo, vivimos una ola de violencia sin precedentes en nuestra historia, (ésto quizá habría que matizarlo; sólo hay que recordar la década 1910-1920). Las instituciones están en riesgo debido al avance de las organizaciones criminales, lo que entre otras cosas limita la libertad de expresión.
Lo que preocupa a los firmantes del acuerdo es que el crimen organizado pueda usarlos para transmitir información a sus enemigos, al Estado y a la sociedad. Entiendo que éso les preocupe especialmente, si tomamos en cuenta que desde sus orígenes, la prensa mexicana ha servido más como canal de comunicación entre élites y grupos de poder, en lugar de enfocarse a informar a la sociedad.
La pregunta que se hacen los medios es ¿qué debemos hacer para informar sobre lo que está pasando y no convertirnos en voceros de los narcos? supongo que se refieren a las narcomantas, las grabaciones y videograbaciones, distintos tipos de declaraciones, y por supuesto la violencia cruda que se usa para lanzar mensajes a los enemigos. Tan sólo hay que recordar a esa mujer que colgaron de un puente en Monterrey, y en cuyo cuerpo habían escrito el nombre de su asesino.
Para defender la libertad de expresión, los medios asumen que necesitan unirse, aplicando diversas medidas en conjunto, como son: condenar la violencia y no justificarla de ninguna manera; no usar la terminología del narco (adiós al uso de la palabra "levantones" y otras parecidas); impedir que los criminales aparezcan como héroes (supongo que Billy Rovzar, el productor de "Salvando al Soldado Pérez" tiene una idea distinta sobre este punto); desechar la información propagandística que generen los grupos criminales; presentar la información con el contexto adecuado; manejarla según su importancia; atribuír explícitamente las responsabilidades que correspondan a cada quién (o sea, si el Estado se excede al perseguir a los criminales y atenta contra la sociedad civil, hay que denunciarlo); no prejuzgar culpables (o sea, no presentarlos sin que haya habido un juicio de por medio, aunque al Secretario de Seguridad Pública Genaro García Luna le encante montar esos espectáculos); cuidar a las víctimas y a los menores de edad; alentar la participación ciudadana; proteger a los periodistas; solidarzarse con ellos cuando sean víctimas de alguna agresión; y no difundir información que ponga en riesgo algún operativo contra los grupos criminales.
No suena mal. De hecho, es algo que todos los medios deberían hacer por sistema y no verse obligados a ello debido a que México es uno de los países más peligrosos del mundo para dedicarse al periodismo.
Sin embargo, hay voces en contra. Carmen Aristegui piensa que en lugar de la "discreción", "uniformidad", o "achatamiento" de los medios, el Estado tiene que garantizar que
habrá "información clara, precisa, amplia, diversa, plural y crítica de los sucesos que marcan la vida nacional". Miguel Angel Granados Chapa se preguntaba ayer en su columna "Plaza Pública" si Televisa y los medios firmantes usarán este acuerdo en dos casos que ocurrieron a pocas horas de la firma: el asesinato de un conductor de televisión en Monterrey y las amenazas que ha sufrido el diario "El Sur" por parte del gobernador de Guerrero, Zeferino Torreblanca. "El Sur", por cierto, también firmó el acuerdo.
¿Los medios necesitan unirse a través de un acuerdo como éste? Históricamente, la prensa mexicana ha sido más proclive a caminar cada quién por su lado. A pesar de que, desde finales del siglo XIX, los periodistas se unieron en gremios y sindicatos para defenderse, lo cierto es que éstos nunca tuvieron la capacidad para cumplir con la labor que les había sido asignada.
Además, estamos hablando de un oficio en el que la constante es competir con los colegas para conseguir esa noticia que ellos no tienen y darla a conocer antes de que otro lo haga. Todo eso dificulta que un acuerdo como éste se aplique a profundidad.
Ojalá, dejando de lado intereses corporativos y/o particulares, los periodistas mexicanos encuentren la forma de trabajar juntos no para uniformizar sus notas y sus políticas editoriales; sino para defender su oficio y la diversidad que por obligación conlleva.
Por cierto, hace unos días el presidente Felipe Calderón declaró que, en caso de no haber sido político, le hubiera gustado dedicarse al periodismo. Sus palabras fueron:
Yo alguna vez hablaba que ojalá hubiera, por ejemplo. Si yo no hubiera sido político, a lo mejor me dedicó al periodismo, qué también me gusta, es una profesión que respeto, pero hubiera hecho un periódico que se llamara Balance.

Y en la primera plana pondría, de un lado, todas las noticias malas, las más importantes, y del otro lado, en la primera plana, todas las noticias buenas, las más importantes; y en medio las notas, digamos, buenas o malas, sin poder clasificarlas ahí, que, como decía Carlos Castillo, a este ritmo en México son las notas de deportes, que son las únicas que asientan hechos, digamos, totalmente objetivos e indisputables. Los Pumas le ganaron uno cero al Morelia. Yo puedo decir que es mala noticia, pero el hecho es objetivo. Sí, porque le voy al Morelia, no tengo nada contra los Pumas.

Yo creo que los mexicanos, en la medida en que hagamos un esfuerzo por no sólo querer a nuestro país, que lo queremos, sino también por confiar en él, como confiar en nosotros mismos, en esa misma medida vamos a tener, incluso más, de lo que tenemos.

Esa declaración me recordó mucho las palabras de otro presidente de México:

Si yo fuera director de un periódico, éste es el credo que yo colgaría sobre mi escritorio: imprimiré todas las noticias dignas de publicarse, pero me reservo el derecho de determinar: lo que ya no es noticia, el beneficio que puede obtenerse de su publicación, su importancia relativa en comparación con otras noticias, y su posible efecto en mis lectores. No usaré títulos llamativos, adornados con detalles sórdidos, para informar un homicidio, un delito sexual o la falta de una persona. Nunca agitaré ni ofenderé la sensibilidad de los lectores que deseo tener, No fomentaré las disputas personales con frivolidad o malicia. Trataré de recordar la facilidad con que una buena campaña de prensa influye en la vida emocional de los lectores, y no olvidaré la frase de Goebbels, de que una mentira repetida con frecuencia y descaro suficientes acaba por ser creída. Trataré de ser objetivo en la enumeración de las noticias y evitaré hacer una interpretación personal de los sucesos. No aceptaré ningún anuncio que comprometa mi honradez, Este periódico jamás se someterá a nadie para actos viles o abusivos. Señalaré los sitios donde existan la infamia y el mal, y me referiré al buen ciudadano como quisiera que él se refiriera a mí...

La segunda declaración fue hecha por Gustavo Díaz Ordaz el 7 de junio de 1970. La historia nunca se repite, pero siempre se parece a sí misma...







21 de marzo de 2011

La historia nos juzgará...

Monterrey, 28 de mayo de 1864.

Respetable señor:

Usted me ha dirigido una carta confidencial fechada el 2 del presente desde la fragata Novara. La cortesía me obliga a darle una respuesta, aunque no me haya sido posible meditarla, pues como usted comprenderá, el delicado e importante cargo de presidente de la República absorbe todo mi tiempo sin descansar ni aun por las noches.

El filibusterismo francés ha puesto en peligro nuestra nacionalidad y yo, que por mis principios y mis juramentos he sido llamado a sostener la integridad de la nación, su soberanía e independencia, he tenido que multiplicar mis esfuerzos para responder al sagrado depósito que la nación, en ejercicio de sus facultades soberanas, me ha confiado. Sin embargo, me he propuesto contestar aunque sea brevemente los puntos más importantes de su misiva.

Usted me dice que "abandonando la sucesión de un trono en Europa, su familia, sus amigos y sus propiedades y, lo que es más querido para un hombre, la patria, usted y su esposa doña Carlota han venido a estas lejanas y desconocidas tierras obedeciendo solamente al llamado espontáneo de la nación, que cifra en usted la felicidad de su futuro".

Realmente admiro su generosidad, pero por otra parte me ha sorprendido grandemente encontrar en su carta la frase "llamado espontáneo", pues ya había visto antes que cuando los traidores de mi país se presentaron por su cuenta en Miramar a ofrecer a usted la corona de México, con las adhesiones de nueve o 10 pueblos de la nación, usted vio en todo esto una ridícula farsa indigna de que un hombre honesto y honrado la tomara en cuenta.

En respuesta a esta absurda petición, contestó usted pidiendo la expresión libre de la voluntad nacional por medio de un sufragio universal. Esto era imposible, pero era la respuesta de un hombre honorable.

Ahora cuán grande es mi asombro al verlo llegar al territorio mexicano sin que ninguna de las condiciones demandadas hayan sido cumplidas y aceptar la misma farsa de los traidores, adoptar su lenguaje, condecorar y tomar a su servicio a bandidos como Márquez y Herrán y rodear a su persona de esta peligrosa clase de la sociedad mexicana. Francamente hablando me siento muy decepcionado, pues creí y esperé que usted sería una de esas organizaciones puras que la ambición no puede corromper.

Usted me invita cordialmente a la ciudad de México, a donde usted se dirige, para que tengamos una conferencia junto con otros jefes mexicanos que se encuentran actualmente en armas, prometiéndonos todas las fuerzas necesarias para que nos escolten en nuestro viaje, empeñando su palabra de honor, su fe pública y su honor, como garantía de nuestra seguridad.

Me es imposible, señor, acudir a este llamado. Mis ocupaciones oficiales no me lo permitirán. Pero si, en el ejercicio de mis funciones públicas, pudiera yo aceptar semejante invitación, no sería suficiente garantía la fe pública, la palabra y el honor de un agente de Napoleón, de un hombre cuya seguridad se encuentra en las manos de los traidores y de un hombre que representa en este momento, la causa de uno de los signatarios del Tratado de la Soledad.

Aquí, en América, sabemos demasiado bien el valor que tiene esa fe pública, esa palabra y ese honor, tanto como sabe el pueblo francés lo que valen los juramentos y las promesas de Napoleón.

Me dice usted que no duda que de esta conferencia —en caso de que yo la aceptara— resultará la paz y la felicidad de la nación mexicana y que el futuro Imperio me reservará un puesto distinguido y que se contará con el auxilio de mi talento y de mi patriotismo.

Ciertamente, señor, la historia de nuestros tiempos registra el nombre de grandes traidores que han violado sus juramentos, su palabra y sus promesas; han traicionado a su propio partido, a sus principios, a sus antecedentes y a todo lo que es más sagrado para un hombre de honor y, en todos estos casos, el traidor ha sido guiado por una vil ambición de poder y por el miserable deseo de satisfacer sus propias pasiones y aun sus propios vicios, pero el encargado actual de la presidencia de la República salió de las masas oscuras del pueblo, sucumbirá, si es éste el deseo de la Providencia, cumpliendo su deber hasta el final, correspondiendo a la esperanza de la nación que preside y satisfaciendo los dictados de su propia conciencia.

Tengo que concluir por falta de tiempo, pero agregaré una última observación. Es dado al hombre, algunas veces, atacar los derechos de los otros, apoderarse de sus bienes, amenazar la vida de los que defienden su nacionalidad, hacer que las más altas virtudes parezcan crímenes y a sus propios vicios darles el lustre de la verdadera virtud.

Pero existe una cosa que no puede alcanzar ni la falsedad ni la perfidia y que es la tremenda sentencia de la historia. Ella nos juzgará.


Soy de usted, S.S.


Benito Juárez

14 de marzo de 2011

Brevísima historia de la división territorial de México




Si vemos un mapa de México, podemos entender que desde el principio hay algo que no va bien; ¿por qué si tienen el mismo estatus, Tlaxcala sólo mide poco más de 4 mil Km2 y Chihuahua tiene 248 mil Km2? ¿A qué se debe que Jalisco esté rodeado de estados más pequeños (como Nayarit, Aguascalientes y Colima) en lugar de repartir su territorio para formar entidades con tamaño parecido? ¿y por qué la península de Yucatán es la única parte del país en donde hay una clara división entre los estados que la forman?
Edmundo O´Gorman nos dejó un precioso libro en el que nos explica esta situación y otras más. Historia de las divisiones territoriales de México fue escrito en 1937 para la Escuela Libre de Derecho y actualmente lo publica la Editorial Porrúa. Como nos cuenta O´Gorman, todo el problema surgió durante la Colonia, cuando en su afán de conquistar territorio y evangelizarlo, los españoles aplicaron dos tipos de división: la eclesiástica y la administrativa.
Los antiguos señoríos indigenas mantuvieron sus terrenos (siempre y cuando fueran leales a los españoles), pero ahora tenían que rendir cuentas a la Iglesia y a las autoridades civiles. En los casos donde no hubo población indígena, la tierra fue repartida por la Corona a los conquistadores como recompensa por sus servicios, pero siempre los vigilaron para evitar que se adueñaran de más tierra, o en una de esas planearan una independencia.
Conquistar el centro y el sur de lo que ahora es México fue relativamente fácil; es cierto que había culturas guerreras y/o accidentes naturales que dificultaban la labor, pero también es una zona más o menos templada, donde es sencillo encontrar alimentos y agua, por lo que establecerse allí no representaba más problemas. Pero al avanzar hacia el norte las cosas cambiaron: de repente los españoles entraron a un desierto con grandes carencias y poblado por tribus mucho más violentas que las del centro de México.
Eso hizo que colonizar el norte fuera mucho más difícil, y si a eso le sumanos que la población era escasa, podremos comprender que no les quedaba otra más que dejar grandes extensiones de terreno en pocas manos.
El territorio novohispano se dividía entonces en:
Reino de México (Provincias de México, Tlaxcala, Puebla de los Angeles, Oaxaca y Michoacán).
Reino de la Nueva Galicia (Provincias de Jalisco, Zacatecas y Colima).
Gobernación de la Nueva Vizcaya (Provincias de Durango y Chihuahua).
Gobernación de Yucatán (Provincias de Yucatán, Tabasco y Campeche).
Nuevo Reino de León.
Colonia del Nuevo Santander (Provincia de Tamaulipas).
Provincia de los Tejas).
Provincia de Coahuila (Nueva Extramadura).
Provincia de Sinaloa.
Provincia de Sonora.
Provincia de Nayarit.
Provincia de la Vieja California.
Provincia de la Nueva California.
Provincia de Nuevo México de Santa Fe.
Sobre esta base (que además intentaron reformar durante la mitad del siglo XVIII, creando las intendencias), México llegó a su Independencia. Durante el Congreso de Apatzingán de 1814 se propuso dividir a México en 17 provincias (basado en la antigua división novohispana), pero ese proyecto nunca se aplicó. Cuando se formó el Primer Imperio Mexicano, el territorio creció con la anexión de Centroamérica, pero eso duró hasta que Agustín de Iturbide abdicó al trono.
Con el paso del tiempo los estados sufrieron alteraciones, se convirtieron en departamentos, volvieron a ser estados y en algunos casos cambiaron de tamaño (como es el caso del estado de México, que terminaba en el Océano Pacífico) pero el diseño original no se transformó: los territorios del centro son pequeños (comparados con los del norte) y eso provocó enormes problemas económicos, políticos y sociales.
Ahora bien, si un país con esa división territorial tal deficiente tiene tantos problemas, ¿por qué no ha habido intentos por cambiarlo? De hecho sí ha habido, pero como señala O´Gorman, al crear la República en 1824, los constituyentes sabían que la división territorial que tenía el país era negativa, que había que cambiarla, pero simplemente no contaban con los recursos (ni con el poder político) para lograrlo. Las guerras civiles y las invasiones extranjeras de las décadas siguientes hicieron que esa idea se quedara arrumbada en algún cajón, y cuando el Estado Mexicano logró estabilizarse (con Don Porfirio y luego, durante los años 20 del siglo pasado), la idea simplemente parecía obsoleta.
Al único que se le ocurrió realmente transformar este país fue a nuestro Segundo Emperador. Maximiliano tenía un proyecto para dividir a México en 50 provincias cuyo tamaño fuera más o menos igual.
¿Habríamos sido un país mejor gobernado si tuviéramos estados con superficies parecidas, en lugar de ese desequilibrio con el que vivimos todavía? No lo sé, pero creo que, si hubiéramos tenido nuestra casa ordenada desde el principio, tal vez el resto del camino habría sido más sencillo.


9 de marzo de 2011

Las fuerzas armadas y el México contemporáneo



Es una de las instituciones más importantes de este país, y al mismo tiempo sabemos muy poco sobre ella; la vemos en las noticias todos los días y el papel que juega en este momento de la vida nacional es profundamente polémico. La vemos como algo muy lejano, que sólo aparece en el desfile del 16 de septiembre, cuando ocurre algún desastre o en situaciones más oscuras: es el ejército mexicano.
A diferencia de Estados Unidos, donde hay una estrecha relación entre la sociedad y sus fuerzas armadas, en nuestro país estamos separados. No ocurre como allá, que hacer carrera en la milicia puede abrir las puertas del mundo empresarial y el político. En México los militares están confinados a realizar labores correspondientes con su oficio, como la seguridad pública. En esta guerra contra el narco en la que nos encontramos (y en la que han muerto más de 35 mil personas) necesitamos saber quién nos está defendiendo, cuáles son sus orígenes y a qué problemas se enfrenta.
De todo esto nos platica Roderic Ai Camp en su más reciente libro Las fuerzas armadas en el México democrático. Este trabajo es una versión corregida y aumentada de un texto que Camp publicó en 1992 y que por alguna razón desconocida jamás se tradujo al español: Generals in the Palacio.
Camp es un reconocido investigador de las redes de poder en México durante el siglo XX, sus trabajos sobre la conformación de la clase política mexicana son fundamentales para comprender un poco más nuestro país. En el caso de su más reciente obra, Camp retoma el estudio de las fuerzas armadas para explicarnos cómo son y por qué, a diferencia de otros países latinoamericanos, jamás tuvieron la tentación de adueñarse del poder.
No es fácil investigar al ejército mexicano. Las limitaciones son muchas, hay pocas obras publicadas al respecto, y el mismo ejército ha preferido mantener una barrera entre ellos y los investigadores. Eso le da un valor especial a la obra de Camp.
Cuando se estudia al ejército mexicano, hay tres aspectos que es necesario entender: primero, las fuerzas armadas de nuestro país tienen un carácter defensivo, esto quiere decir que no están diseñadas ni tienen la capacidad para agredir a otras naciones (lo cual además es casi imposible, si tomamos en cuenta el poderío del ejército norteamericano, y la experiencia del ejército guatemalteco).Segundo, al haber nacido junto con el actual Estado mexicano (luego del triunfo constitucionalista entre 1914 y 1916), el ejército rápidamente se colocó bajo las órdenes de una nueva élite política que, a pesar de haber tenido una intensa vida militar, nunca olvidó sus orígenes civiles y siempre consideró que México no podía vivir bajo un orden militar. Y tercero, aunque al interior del ejército ha habido molestias por el papel que en muchas ocasiones han tenido que jugar, su lealtad hacia las instituciones jamás ha estado en duda.
El actual ejército mexicano surgió en 1914, luego de la firma de los Tratados de Teoloyucan. Su historia no es tan larga, como en el caso de otros ejércitos latinoamericanos, lo que ha favorecido su lealtad hacia los civiles. Obviamente, los antecedentes del ejército mexicano son muy antiguos, pero en su historia encontramos una serie de rupturas que impidieron que se consolidara como institución hasta la tercera década del siglo XX.
El primer ejército mexicano surgió de la unión de una parte del ejército realista con las guerrillas insurgentes en 1821. Se caracterizaba por absorber gran parte del escaso presupuesto federal, por su conservadurismo y porque gran parte de sus altos oficiales eran también caciques en sus regiones. Muchas veces traicionaron al naciente Estado mexicano y cuando tuvieron su gran prueba histórica (en la guerra con Estados Unidos en 1847), fueron destrozados por un ejército moderno y funcional, además de que sus viejas armas y su proclividad a la corrupción también los empujaron al desastre.
Este primer ejército desapareció formalmente en 1867, luego del triunfo de la República, pero ya para ese entonces su poder estaba minado y funcionaba más como un agregado de las tropas francesas que ocupaban nuestro país.
Al vencer Juárez y sus aliados, hubo que reconstituir al ejército, pero ésto no fue fácil, entre otras cosas porque los nuevos líderes militares también deseaban el poder político, una pugna que estalló en 1876 cuando Porfirio Díaz logró adueñarse de la presidencia tras un golpe de Estado.
Díaz modernizó al ejército, pero también lo controló duramente, para evitar que otro general lo quitara del poder. Al mismo tiempo favoreció la creación de una alta burocracia civil que le sirviera de contrapeso. Las luchas entre los "Científicos" y los viejos generales porfiristas fueron una constante a principios del siglo XX, poco antes de que estallara la Revolución Mexicana.
El triunfo de Madero fue una gran humillación para ese ejército porfirista acostumbrado a usar vistosos uniformes y a destrozar pequeñas insurrecciones campesinas. No pudieron vencer a los guerrilleros del norte y del sur que contaban con armas modernas y conocían perfectamente sus territorios. Sin embargo, al llegar al poder, Madero no desapareció al ejército, lo que permitió que en 1913 lo asesinaran.
El gobierno de Victoriano Huerta ha sido la única dictadura propiamente militar que ha vivido México. Aunque tuvimos muchos gobernantes que también fueron soldados, éstos favorecieron el surgimiento de una estructura civil que gobernara (como Díaz), o simplemente no tuvieron la capacidad para erigir al ejército en el máximo poder en el país (como Santa Anna). Huerta militarizó la vida nacional, otorgó a los miembros de su gabinete el grado de general de división (aunque fueran civiles), dio instrucción militar a los jóvenes de la Escuela Nacional Preparatoria y a otros grupos dentro de la sociedad mexicana.
El proyecto militarista de Huerta se vino abajo luego del triunfo constitucionalista en 1914 y la firma de los Tratados de Teoloyucan, en donde se estipulaba que el viejo ejército porfirista desaparecería, y en su lugar las fuerzas de Carranza se convertirían en el nuevo ejército mexicano. Tanto Carranza como Villa, Zapata, Obregón, Calles y otros nuevos caudillos venían de la vida civil y tuvieron que convertirse en militares, pero jamás les gustó la idea de "militarizar" a México. Especialmente Plutarco Elías Calles, llevó a cabo una enorme tarea de modernización del ejército, para lo cual contó con uno de los militares más importantes de nuestra historia: Joaquín Amaro. Él se encargó de cambiar los planes de estudio del Heróico Colegio Militar para formar una nueva generación que se distanciara de los viejos generales revolucionarios y contara con mayores conocimientos.
Lázaro Cárdenas creó la Secretaría de la Defensa Nacional e incluyó a las fuerzas armadas dentro del partido oficial, lo que inquietó a muchos colaboradores suyos, quienes veían en esa medida la posibilidad de que el ejército se fortaleciera. Por esa razón, al llegar al poder, el presidente Manuel Avila Camacho retiró al ejército del partido y luego le entregó el poder a un civil: Miguel Alemán.
El nuevo presidente creó el Cuerpo de Guardias Presidenciales y la Dirección Federal de Seguridad, un organismo de inteligencia que ya existía con otro nombre pero era necesario modernizarlo. Para todo ésto contó con el apoyo del ejército, el cual vivió una pequeña crisis en 1952, cuando un grupo de generales decidió apoyar la candidatura de Miguel Henríquez Guzmán a la presidencia de la República.
El ejército mexicano siempre fue usado para reprimir manifestaciones sociales. Estuvo presente en la masacre de León en 1946 y en la huelga de ferrocarrileros de 1958. Sin embargo, la matanza de Tlatelolco en 1968 los desbordó. Al principio del movimiento tenían la orden de usar la menor cantidad de violencia posible, pero al crecer el conflicto tuvieron que endurecerse. Hasta el día de hoy el ejército mexicano carga con la culpa de lo ocurrido ese 2 de octubre, aunque nuevas investigaciones apuntan a que las fuerzas armadas fueron usadas por la élite política, la cual no encontró otra forma de resolver ese enorme problema. A partir de 1968 los militares tuvieron una mayor participación en la vida nacional: combatieron a los grupos guerrilleros en los años 70, custodiaron instalaciones petroleras y poco a poco se involucraron en la lucha contra el narcotráfico.
1994 fue otro año caótico para el ejército, quien fue usado para acabar con la insurrección zapatista (a pesar de que, como señala Camp, los generales aconsejaban buscar una salida pacífica al conflicto). La "guerra mediática" que les declaró el Subcomandante Marcos los obligó a aprender a usar las armas de la información, aunque crearon grupos paramilitares para que fueran ellos los encargados de terminar con los zapatistas.
El crecimiento del narcotráfico obligó al gobierno mexicano a usar al ejército para llevar a cabo actividades policiales (algo que viola la constitución). El número de civiles muertos en operativos militares (muchas veces confundidos con narcotráficantes) aumenta cada día. Al mismo tiempo, el gobierno de Estados Unidos desconfía de nuestro ejército, al que considera débil e incapaz de enfrentarse con éxito a las poderosas organizaciones del crimen organizado.
En este sentido, el ejército mexicano ha buscado mejorar su imagen ante la sociedad, pero ello no ha sido sencillo, en buena parte porque las fuerzas armadas prefieren mantenerse en la sombra y no ser cuestionadas.
Camp señala otros temas en su libro, como la formación de los nuevos oficiales del ejército, sus oportunidades de socialización, la enorme importancia que tiene el contar con un "padrino" o "mentor" dentro del ejército para subir en el escalafón, los cambios generacionales y qué opinan sobre su creciente papel en la vida pública mexicana. Las fuerzas armadas en el México democrático es un gran libro que nos permite conocer a una de las instituciones más secretas de nuestro país, algo que en este momento es fundamental.