31 de enero de 2011

Don Carlos Balmori: burlándose del México de los años 20.



El periodo 1926-1931 trajo grandes cambios a México. Mientras Plutarco Elías Calles era el jefe del Ejecutivo, Álvaro Obregón maniobraba en las sombras para volver a cruzarse el pecho con la banda presidencial. Lo habría logrado, si las notas de “El Limoncito” no hubieran sonado en el momento preciso, y la pistola de José de León Toral no lo hubiera matado.
La desaparición de Álvaro Obregón llevó a los revolucionarios sobrevivientes a establecer un pacto gracias al cual decidieron guardar las pistolas y repartirse el poder pacíficamente. No fue sencillo lograrlo: la institucionalización del sistema político todavía era un sueño, y Plutarco Elías Calles, el presidente que no buscó reelegirse (tal vez para no seguir el camino del manco de Sonora), se convirtió en el Jefe Máximo de la Revolución y su voz fue ley en este país durante varios años más.
La UNM se convirtió en UNAM, luego de que Emilio Portes Gil le otorgó la autonomía. El gobierno mexicano y la Iglesia Católica encontraron la manera de arreglarse para terminar con la sublevación católica en el centro del país. Había que reconstruir a México, pero eso no impedía que la gente, a todos niveles, quisiera divertirse.
Teatros como el Lírico y el Colón seguían presentando a cómicos y bailarinas. Algunas veces con espectáculos de comedia política, en los que criticaban a los nuevos gobernantes, que tenían muchas ganas de construir un nuevo país y de enriquecerse lo más posible mientras lo lograban.
P.T. Barnum, el empresario circense norteamericano, decía que a cada minuto nacía un tonto. La gente siempre está dispuesta a dejarse engañar si en su camino se les aparece un taimado de verbo fácil, con la capacidad de engatuzarlos ofreciéndoles el dinero y la gloria que no han podido conseguir. Fue en ese mundo revuelto que era México a finales de los años 20, que se apareció un extraño personaje: don Carlos Balmori.
La dinámica se repitió muchas veces entre 1926 y 1931: podía ser un político famoso, un general revolucionario, un funcionario del gobierno del Distrito Federal, la hija de una familia adinerada o hasta una vendedora de frutas. Todo era cuestión de que un “amigo” lo invitara a conocer a un “multimillonario español” recién llegado a México.
La reunión podía ser en alguna de las mansiones que existían en la Colonia Juárez, Roma o Condesa, en un Casino Militar, o hasta en una humilde vecindad. Eso no importaba tanto; era solamente el escenario para un extraño juego que llamó la atención de los habitantes de la Ciudad de México.
Los “invitados” a la reunión con Carlos Balmori tenían gran curiosidad por conocerlo; sus “amigos” les habían contado que Balmori era un hombre inmensamente rico y poderoso: el monopolio industrial Balmori, contaba con fábricas, ferrocarriles, bosques, minas, flotas mercantes, petróleo, café del Brasil, nitrato de Chile, carne de Argentina, pesquerías balleneras, tungsteno de Bolivia, hierro de Durango, maderas del Canadá y de Yucatán, y muchas cosas más.
Carlos Balmori había sido coronel del ejército español, participó en la campaña del norte de Africa contra Abd el-Krim; fue compadre de Porfirio Díaz, Alfonso XIII, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, y además fue un muy cercano amigo del Zar Nicolás II, quien le había regalado, como muestra de su amistad, un fistol con un enorme diamante de valor incalculable.
En su gran palacio ubicado en Coyoacán, Balmori organizaba impresionantes fiestas en las que lo mismo podían estar el presidente Calles, el general Obregón, todas las bailarinas del Teatro Lírico, el famoso comediante Roberto “El Panzón” Soto, y hasta Angelita, una espiritista que era capaz de traer al mundo de los vivos a Napoleón Bonaparte con todo y su caballo blanco.
Porque, es necesario decirlo, Balmori era muy generoso con su dinero. La gente que se le acercaba podía obtener fácilmente diez, veinte, cincuenta mil pesos oro, o más, en cheques del Banco Nacional de México, del National City Bank o del Banco de Montreal. Hacerse amigo de don Carlos Balmori podía asegurar la fortuna de cualquiera, y más si se era mujer, pues con un poco de suerte podía convertirse en su esposa a pocos minutos de haberlo conocido.
Sin embargo, el multimillonario Balmori era también muy arrogante. Hubo militares veteranos de la Revolución de quienes se burló, calificando a todos los que participaron en la lucha armada de “gallinas correlonas”; un alto funcionario del gobierno del Distrito Federal al que le encantaban los caballos pura sangre, tuvo que soportar que Balmori los calificara como “asnos”, y además que en sus narices le ofreciera matrimonio a su esposa.
Un muy celoso capitán del Ejército Mexicano tuvo que tragarse que Balmori le confesara con total desparpajo que él le había mandado un carísimo regalo a su novia; y un médico que ya se sentía en la gloria al haber aceptado un altísimo puesto en las empresas de Carlos Balmori, pasó de la euforia al horror al ser acusado de robar a algún amigo del vengativo multimillonario, quien amenazó con matarlo a palazos para luego envolverlo en un petate y enterrarlo a campo abierto.
Los invitados a conocer a don Carlos Balmori pasaban de la curiosidad a la alegría y de allí al pánico, pues en muchas ocasiones el famoso y carísimo fistol desaparecía de la corbata de Balmori, para que sus guardaespaldas lo encontraran en algún bolsillo de los convidados a la reunión.
Pero lo que seguía era, para muchos, lo peor. Después de ilusionarse con una vida de grandes riquezas y de ser amenazados de muerte por ladrones, venía el duro choque con la realidad. Mientras Balmori se quitaba los lentes, los bigotes postizos y el sombrero, el arrogante multimillonario español desaparecía para que en su lugar estuviera una pequeña anciana que les suplicaba que la perdonaran por la broma que acababan de sufrir, mientras las carcajadas de los demás invitados los aturdían.
Carlos Balmori era en realidad Concepción Jurado, una pequeña mujer que nació en 1865 a la que le encantaba disfrazarse para hacerle bromas a sus parientes. Al parecer, nunca se dedicó profesionalmente a la actuación, pero su vida cambió cuando conoció a Eduardo Delhumeau. Él era un periodista y bohemio que se percató del talento de Jurado y la convenció para que juntos hicieran bromas a sus conocidos.
Con un traje negro “color ala de mosca”, sombrero, botines negros, abrigo pardo, guantes de cabritilla, anteojos y el enorme fistol (de vidrio), Jurado y Delhumeau crearon el personaje de Carlos Balmori y empezaron a hacer bromas a los amigos del periodista. Lo interesante fue que, en la mayoría de los casos, los “balmoreados” (víctimas de Balmori) se tomaban a bien el engaño, y en lugar de denunciarlos o vaciarles el cargador de una pistola, aceptaban unirse a la cofradía, guardar absoluto silencio sobre lo ocurrido y buscaban nuevas víctimas para continuar con la broma.
De este modo, el grupo de amigos de Balmori comenzó a crecer, así como sus herramientas para “vestir” al personaje y hacerlo más creíble ante las víctimas. Primero las bromas se efectuaban en la vecindad donde vivía Concepción Jurado, pero pronto consiguieron mansiones en distintos puntos de la Ciudad, grandes y carísimos coches, y talonarios de cheques ya caducos.
Con todo este arsenal y el talento de Jurado, lograron engañar a militares, médicos, políticos, empresarios, músicos, mujeres ricas y policías. Sin embargo, no siempre salieron bien las bromas. Algunas veces los “balmoreados” buscaron vengarse de Jurado y sus amigos.
En una ocasión, Balmori se burló de un inspector de policía, quien no pudo descubrir el secreto del multimillonario español. El policía tomo a broma lo ocurrido, pero semanas más tarde envió a dos subordinados suyos a que Balmori los engañara.
Lo que Jurado y sus amigos no sabían, es que esos dos policías estaban preparados para lo que iba a ocurrir. Mientras Balmori desaparecía y Jurado les pedía disculpas, uno de ellos se “enfureció” e insultó al “amigo” que los había llevado a la reunión, para luego matarlo de dos tiros en el pecho.
Afortunadamente las balas eran de salva y la sangre que chorreaba del cadáver era sólo pintura. Pero eso no evitó que Jurado se desmayara y que el resto de su cofradía detuviera las bromas por un tiempo.
En otra ocasión, un general revolucionario, Antonio Macedo, se acercó a Balmori pidiéndole ayuda para remodelar los edificios del cuartel del 50º Batallón de Infantería, que él comandaba.
Balmori le entregó un cheque por diez mil pesos oro del National City Bank. Momentos después se descubrió la broma, pero Jurado y sus amigos no se dieron cuenta de que Macedo se quedó con el cheque.
Días más tarde, Macedo se levantó en armas contra el gobierno de Plutarco Elías Calles, secundando a Francisco Serrano, quien fue apresado por las fuerzas federales y asesinado en Huitzilac, en 1927.
Para abastecer a sus tropas, Macedo vació una tienda ubicada en Texcoco y endosó el cheque sin fondos que le había dado Balmori. El tendero intentó cobrarlo, descubrió que no tenía valor y se fue directo a la Secretaría de Guerra a contar cómo se lo había entregado Macedo.
La Policía Militar empezó a buscar a Don Carlos Balmori por apoyar una sublevación contra el gobierno federal. Dada la gravedad del caso, Jurado y sus amigos, muy espantados, tuvieron que acudir al general Roberto Cruz, inspector de policía, para contarle la verdad.
Corrieron con suerte. Cruz había participado en una “balmoreada” meses atrás y logró que la Secretaría de Guerra “traspapelara” el caso.
En su libro Memorias de don Carlos Balmori, Luis Cervantes Morales (su “secretario particular”), narra 37 “balmoreadas” que involucraron a muy importantes personajes de la vida social mexicana entre 1926 y 1931.
La fiesta terminó el 27 de noviembre de 1931, cuando Concepción Jurado falleció. Un año después, todos sus amigos se reunieron en el Panteón de Dolores para conmemorar su muerte. Gracias a una colecta, remodelaron la tumba de Jurado, la que ahora estaba totalmente recubierta de azulejos en los que se narraba las dos vidas que había tenido.
Aquí termina el cuento con el que el hada
Entretenía a grandes y pequeños
Y aún resuena, cruel, su carcajada
Que hizo gemir la llama de los sueños
En las mil y una noches de Balmori
El solterón y rico extravagante
Que derrochó millones de millones
Y en su fistol de colosal brillante
Torció el cuello de muchas ambiciones.
De Conchita Jurado es el ingenio
Que apareció feliz en el proscenio
Y que encarna a don Carlos todavía
Al temblarle en la luz la carne inerte
Pues le ha untado en el rostro de ironía
Su cristalina máscara la muerte.
Rafael Heliodoro Valle

24 de enero de 2011

"Fatty" Arbuckle, cuando la prensa se convirtió en juez.


Cuando pensamos en las grandes estrellas de la comedia cinematográfica, de inmediato recordamos a Charlie Chaplin, Harold Lloyd, Buster Keaton y Laurel & Hardy. A más de cien años de su filmación, esas películas todavía pueden hacernos reír por su ingenuidad y belleza. Ahí se inventó el género del pastelazo, el cual ahora vemos en todas partes y ha perdido su encanto original.
Entre todas aquellas estrellas cómicas de los orígenes del cine, hubo uno que fue el más famoso de todos. No fue Chaplin, ni Keaton, ni Lloyd. Era Roscoe "Fatty" Arbuckle, el artista mejor pagado de su tiempo, con un millón de dólares al año. Sin embargo, su recuerdo se ha perdido casi por completo. Desgraciadamente, "Fatty" Arbuckle es recordado ahora por haber sido víctima de un horrible escándalo que acabó con su carrera cinematográfica, que nos demuestra lo peligrosa que puede ser la prensa cuando se conduce buscando únicamente las ganancias económicas, y lo poco que puede valer la honra de una persona cuando organizaciones mayores buscan un chivo expiatorio para lavar sus conciencias.
Roscoe Arbuckle, "Fatty" (o como a él le gustaba llamarse, "The prince of Whales") nació en Kansas en 1887. Desde su infancia se dedicó al espectáculo. Su cara redonda, su gran peso y su habilidad para correr y brincar lo hicieron pronto una estrella del teatro de variedades, lo que le permitió conocer Europa y China. En 1909 apareció por primera vez en el cine, pero fue hasta 1913 cuando alcanzó la fama gracias a la compañía Keystone, propiedad de Mack Sennet.
Fue con Sennet cuando llegó el primer gran triunfo de Arbuckle, vía los Keystone Kops, una serie de cortometrajes cómicos sobre los atolondrados miembros de una estación de policía. De hecho, algunos investigadores aseguran que fue Arbuckle quien creó, mientras trabajaba con los Keystone Kops, el gag más famoso del cine cómico: el pastelazo en la cara.
Mientras trabajaba con Sennet, Arbuckle tuvo la oportunidad de conocer a Charlie Chaplin y de filmar algunos cortometrajes con él. Luego, en 1916, Arbuckle se separó de Sennet para formar su propia compañía: Comique, la cual se fortaleció con la llegada de otro gran cómico de la época y quien fue amigo íntimo de Arbuckle: Buster Keaton.
En diciembre de 1919, llegó otra oportunidad para Arbuckle. Adolph Zukor, fundador de la compañía Paramount le ofreció un contrato por un millón de dólares para que hiciera largometrajes cómicos. Desgraciadamente, Arbuckle perdió el control sobre su trabajo. El contrato le exigía que filmara seis películas al año, lo que hizo que éstas no tuvieran la calidad de sus cortometrajes. Además, el exceso de trabajo hizo que Arbuckle sufriera de agotamiento. Por esa razón, en septiembre de 1921 viajó con unos amigos a San Francisco para divertirse un poco, sin saber que allí comenzaría su declive.
Arbuckle se alojó en el hotel St. Francis, junto con un enorme grupo de amigos y conocidos (muchos de ellos totalmente extraños para Arbuckle, como declaró después). Entre toda esa gente estaba Virginia Rappe, una chica que estaba comenzando su carrera como actriz.
La noche del 5 de septiembre de 1921, Arbuckle y sus amigos estaban disfrutando de una gran fiesta, con mucho whisky, jazz y chicas semidesnudas por todas partes. Poco después surgieron dos versiones sobre lo que ocurrió más tarde. La primera versión dice que Arbuckle, quien estaba cansado, entró a la habitación 1219 para cambiarse de ropa e irse. Allí se encontró a Virginia Rappe tirada en el piso y con fuertes dolores en el vientre. Arbuckle la ayudó a recostarse en una cama y buscó ayuda para la joven, después de lo cual se marchó a Los Angeles. Virginia Rappe fue llevada a un hospital, donde murió cuatro días después debido a una peritonitis.
La segunda versión fue dada a conocer por los diarios sensacionalistas de la época: Arbuckle había invitado a Rappe a la fiesta con la intención de emborracharla y tener sexo con ella. Pero al estar solos no pudo penetrarla, por lo que, borracho y enloquecido, la violó con un objeto (una botella de coca cola, o de champaña, o un pedazo de hielo).
Arbuckle fue arrestado el 11 de septiembre y llevado a juicio mientras los diarios publicaban versiones más grotescas de la historia. La prensa amarillista, (especialmente la de William Randolph Hearst) se había vuelto muy poderosa desde finales del siglo XIX con sus versiones amañadas de los hechos. Los diarios de Hearst presentaron a Arbuckle como un pervertido al que le encantaba el sexo en grupo y emborracharse hasta perder el sentido, y escucharon con atención a una mujer llamada Maude Delmont, la cual era famosa en San Francisco por conseguir chicas de alterne que luego alegaban que habían sido violadas por sus acompañantes, quienes soltaban grandes cantidades de dinero para salvarse del escándalo.
Delmont llevó a Rappe a la fiesta, aunque la segunda estaba enferma de la peritonitis que al final la mató. Cuando Arbuckle dejó el hotel, Delmont buscó a Mathew Brady, fiscal de San Francisco para acusar a "Fatty" de violación e intento de asesinato. Para esa época, en la ciudad de San Francisco había un creciente enojo contra Hollywood y sus estrellas de cine, las cuales habían protagonizado varios escándalos que ofendían a las puritanas conciencias de los lugareños.
Brady consideró que podía usar el caso Arbuckle para impulsar su carrera política, aunque muy pronto se dio cuenta de que Delmont estaba mintiendo. Sin embargo, Arbuckle tuvo que enfrentar tres juicios, hasta que en abril de 1922 un jurado dictaminó que "Fatty" era totalmente inocente.
Desgraciadamente, el veredicto del jurado no pudo hacer nada contra la mala imagen que los periódicos le habían creado a Arbuckle. Preocupados por la pésima reputación de sus estrellas, los dueños de los estudios cinematográficos contrataron a un político llamado William Hays, para que hiciera "una serie de recomendaciones" que mejoraran la percepción popular hacia la industria del cine; y Hays les recomendó que todas las películas y menciones sobre Roscoe Arbuckle fueran eliminadas y que no lo contrataran durante algún tiempo.
"Fatty" se quedó sin trabajo durante diez años a pesar de que era inocente, y perdió toda su fortuna pagando a los abogados que lo habían salvado de terminar sus días en la cárcel. Buster Keaton y otros amigos le dieron trabajo como director y guionista de varias películas (para lo cual se cambió el nombre por el de William Goodrich), pero su gran pasión en la vida, la actuación, se había acabado para siempre.Una década más tarde, la compañia Warner Brothers le ofreció un contrato para volver al cine, pero el destino le jugó otra mala pasada: un infarto terminó con sus días, el 29 de junio de 1933.
Arbuckle demostró su inocencia ante la ley, pero no pudo defenderse ante la prensa, la cual puede ser temible cuando olvida su compromiso con la sociedad y se dedica a destruir reputaciones con la intención de hacerse más rica y poderosa
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17 de enero de 2011

34,612 muertos (y contando) de una guerra que no existe.


La semana pasada, esta imagen causó un gran revuelo en los periódicos y redes sociales. El caricaturista Rius tuvo la idea de convocar a otros colegas moneros, periodistas y gente interesada para manifestarse contra lo que algunos creemos que es una carnicería: la guerra (o lucha, según Felipe Calderón) contra el crimen organizado. Yo entiendo que haya quien considere que la única forma de vencer a los cárteles de la droga (y negocios colaterales) sea aplicando contra ellos toda la fuerza del ejército mexicano. Sin embargo, me impresionó la manera agresiva que muchos usaron para sostener esa opinión. Leí muchos comentarios en Twitter en los que aquellos que pusimos esta imagen en nuestro avatar fuímos calificados, por lo menos, de imbéciles y hasta de traidores a México. Se nos dijo que éramos una punta de retrasados mentales porque no estamos de acuerdo con la política aplicada por el gobierno federal y que era, por lo menos sospechosa, nuestra crítica al Estado en lugar de apoyarlo para exterminar (con esa palabra) a los criminales.
También durante esa semana se llevó a cabo uno más de los Diálogos por la Seguridad a los que de tiempo en tiempo convoca el presidente Calderón. La nota ese día fue la respuesta que el presidente dio al comentario de Miguel Treviño de Hoyos, director del Consejo Cívico e Institucional del estado de Nuevo León, quien le pidió un liderazgo más firme para controlar a las autoridades estatales y municipales en esta guerra que estamos viviendo.
Dijo el presidente Calderón: Por otra parte. Yo no he usado y sí le puedo invitar a que, incluso, revise todas mis expresiones públicas y privadas. Usted dice: Usted ya eligió el concepto de guerra. No. Yo no lo elegí.

La verdad es que sí lo ha usado. El periódico REFORMA lo comprobó al día siguiente, como hicieron otros medios.
Aunque no lo hubiera dicho, es inconcebible a estas alturas del conflicto creer que casi 35 mil muertos son producto de la delincuencia común. Y un ejército no sale a las calles a detener carteristas.
Le guste o no a Felipe Calderón, México vive una guerra. El año pasado fallecieron en hechos violentos 15,273 personas. Según Alejandro Poiré, secretario técnico del Consejo de Seguridad Nacional, 2010 fue el año más violento en la historia nacional. Si creemos en su apreciación, quiere decir entonces que ni el levantamiento de 1913 contra Victoriano Huerta, ni la gran guerra civil de 1915-1916 fueron tan sangrientas como el año que terminó hace apenas unos días.
Dice Poiré que la mitad de esas muertes se concentraron en tres estados: Chihuahua, Tamaulipas y Sinaloa; y que los cinco municipios más peligrosos de México son Ciudad Juárez, Culiacán, Tijuana, Chihuahua y Acapulco. Sin embargo, como dice José Antonio Ortega, presidente del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, estos datos podrían ser erróneos y otros municipios deberían ocupar esos lugares, pero en varios estados del país la información se falsifica o se oculta.
"Acepto voces discordantes, pero diganme entonces cómo", dice el presidente Calderón cada vez que su estrategia es cuestionada. Y es que el problema no está en querer aplicar la justicia para terminar con los actuales grupos criminales que cada día se hacen más violentos. Es obvio que los malhechores son los hijos de puta, como los llama Héctor Aguilar Camín.
El problema es más profundo, y todo parece indicar que la solución violenta a la que ha recurrido el gobierno mexicano no es el remedio. Tan sólo hoy escuchaba a Carmen Aristegui, quien asegura que el índice de ocupación de habitaciones de hoteles en la ciudad de Morelia ha descendido un 70%.
7 de cada 10 habitaciones de hotel están vacías en Morelia debido a la inseguridad. Decía Sun Tzu que cuando un ejército emprende largas campañas, no bastan los recursos del Estado. La economía es la primera en sufrir cuando una guerra se alarga, y si recordamos los documentos del Departamento de Estado que Wikileaks ha filtrado desde el año pasado, en ellos se dice que el gobierno mexicano le apuesta a una guerra larga para acabar con los cárteles. Un craso error.
¿Qué está en juego en esta guerra? (puesto que así hay que llamarla, en vista de los muertos que se amontonan día con día, de las regiones tomadas por el enemigo, de las carreteras que ya no son circulables y de los problemas económicos que está generando en muchos lugares). Fernando Escalante Gonzalbo publicó en el número más reciente de la revista Nexos un interesante artículo sobre la violencia en México en los últimos años. Luego de cotejar las actas de defunción que tiene catalogadas el INEGI, se encontró fundamentalmente con dos sorpresas:
uno, la tasa de homicidios en el país se disparó en 100% en los últimos dos años (tomando en cuenta que el análisis de Escalante sólo cubre hasta 2009).
y dos: las muertes crecieron en aquellos lugares donde hay grandes operativos militares y policiacos.
Si bien hay zonas del país que tradicionalmente han sido muy peligrosas (como el norte y los estados de Michoacán y Guerrero), la violencia de años anteriores no se compara con lo que ahora viven esas regiones. Y hay zonas del país que en relativamente poco tiempo pasaron de ser pacíficas a convertirse en infiernos. Ciudad Juárez es el mejor ejemplo.
Escalante se dio cuenta también que el índice delictivo sube dramáticamente en aquellas zonas que son ocupadas por el Ejército y la Policía Federal con la intención de pacificarlas. Es obvio pensar que la violencia sube precisamente porque los cárteles están defendiendo sus plazas ante el avance de las fuerzas federales, pero el autor duda que así sea. Fundamentalmente porque, y creo que ésto es muy importante, Escalante considera que tenemos una percepción errónea de este problema, en el que dividimos tajantemente entre "los buenos" y "los malos", en este caso las fuerzas federales y los cárteles.
Para Escalante, hay muchos más personajes que participan en este juego macabro, como algunos políticos, algunos empresarios, otros grupos dentro del crimen organizado y varios más, que durante años se habían repartido el pastel en sus regiones, hasta que llegaron los cárteles de la droga con la intención de imponer su ley.
Al principio, habrían intentado negociar con ellos, pero cuando Felipe Calderón lanzó alEejército a perseguirlos, la frágil estructura se rompió puesto que el ataque a los cárteles también afecta a otros negocios dentro de las regiones.
Al querer imponer el Estado de Derecho desde el centro, "a la mala" como dice Escalante, las fuerzas federales pasaron por encima de las policías municipales, quienes, a pesar de su falta de preparación, servían como puente para que los distintos grupos criminales de cada región negociaran entre sí y mantuvieran sus cotos de poder.
Hay que recordar que, al término de la Revolución, el nuevo Estado prefirió negociar con otros poderes para mantenerlos sometidos, aunque nunca se planteó seriamente acabar con ellos. Era más conveniente tenerlos de su lado y darles cierta libertad para hacer sus negocios, a cambio de que el orden no se rompiera. Cualquier alteración grave era exterminada violentamente.
Si hacemos caso a Escalante, entonces podríamos pensar que Calderón se está jugando la vida al atacar no sólo a los cárteles, sino también a las estructuras regionales de poder quienes se ven amenazadas por las matanzas que ocurren en sus zonas, esas estructuras que viven fundamentalmente de una de las mayores enfermedades morales de este país: la corrupción.
Sin embargo, también podemos notar que atacar directamente a estas estructuras, creyendo que sólo es necesario lanzar a las fuerzas federales sobre ellas, no va a pacificar al país. Al contrario, la violencia crecerá cada vez más.
Dice Calderón que él está dispuesto a escuchar otras propuestas para acabar con este problema. Ojalá en serio lo haga, porque es obvio que una campaña muy larga y muy violenta, como la que ha llevado a cabo hasta ahora, no terminará con este problema. Pacificar al país necesita de más inteligencia y menos violencia, de más estrategia y menos balas, de más control sobre las fuentes económicas de los cárteles en lugar de esos grandes operativos para cazar capos que rápidamente son reemplazados.
Ojalá Calderón pueda ver que cuando exigimos que termine la violencia, de ningún modo estamos pidiendo que pacte con el crimen organizado. Lo que exigimos es aplicar otras soluciones (algunas de muy largo plazo) que permitan a este país salir del atolladero en el que estamos metidos. Porque al presidente le queda menos tiempo en el cargo, mientras que para el resto del país, la noche sangrienta puede alargarse mucho, mucho más.



10 de enero de 2011

La (incompleta) transición mexicana


Ya que los festejos del 2010 terminaron, ahora sí podemos empezar el análisis de aquellos acontecimientos que ocurrieron hace un siglo o dos y que transformaron la historia de México. Como yo me dedico a investigar la historia política y social del siglo XX, puedo al fin olvidarme de esas fiestas cuchas y enfocarme en aquellos hechos que este año cumplen sus primeros cien de haber ocurrido, como los primeros ataques de la guerrilla villista, la toma de Ciudad Juárez, la renuncia y exilio de Porfirio Díaz, el Plan de Ayala y la toma de posesión como presidente de Francisco I. Madero.
Ya revisaremos todo eso y mucho más, puesto que la historia siempre influye en nuestro presente. No podemos vivir como si la historia no existiera (parafraseando a Octavio Paz).
Y para comenzar formalmente 2011 (puesto que hoy, al fin, regresaron los niños a la escuela), quiero platicarles sobre un libro que es fundamental para todos los que investigamos el siglo pasado, sin importar si somos historiadores, politólogos, periodistas o meros interesados en la "historia inmediata": La transición en México. Una historia documental 1910-2010, de Sergio Aguayo.
Entre los historiadores (por lo menos los de México) existió durante mucho tiempo un cierto "desdén" hacia los hechos que nos son cronológicamente más cercanos. De hecho, una vieja conseja decía que a partir de 1940 ya no había historia en México, sino "periodismo" o "sociología".
Creo que esto se debe a varias razones: primero, es obvio que tenemos un pasado muy interesante (y conflictivo) en el cual podemos sumergirnos. Tan sólo el estudio sobre los aztecas, el guadalupanismo, los virreyes, la Independencia y la Reforma puede absorber toda nuestra vida.
Por otro lado, los estudios sobre lo "contemporáneo" no eran bien vistos por los historiadores. Como que esos temas debían ser investigados por otras disciplinas. Y además, no es sencillo encontrar fuentes para trabajar problemas menores a 30 años de antigüedad (o por lo menos, eso parecía).
Lo cierto es que estas ideas han cambiado con el paso del tiempo. Ya no creemos que la Historia sea "el estudio del pasado", más bien pensamos que a los historiadores nos corresponde analizar las transformaciones humanas (de muy distinto tipo) que han ocurrido con el paso del tiempo.
Eso hace que no podamos determinar tajantemente cuándo comienza el pasado, lo que a su vez nos permite plantearnos la posibilidad de estudiar temas muy recientes, como el sexenio foxista, la labor desempeñada por Juan Camilo Mouriño durante su breve paso por la Secretaría de Gobernación, la toma del Paseo de la Reforma por Andrés Manuel López Obrador y sus seguidores, entre muchos otros.
Como dije más arriba, uno de los grandes problemas para hacer Historia contemporánea está en la asequibilidad de las fuentes. Hay muchos documentos sobre el siglo XX que ya deberían estar en el Archivo General de la Nación o en otras instituciones similares, pero por diversas razones no ocurre así. Y desgraciadamente son mayoría los personajes históricos aún vivos que no escriben sus biografías, no comparten sus archivos personales ni están dispuestos a que los entrevisten (claro está que no son todos, afortunadamente).
En este sentido, me da mucho gusto que Sergio Aguayo publique La transición en México. Por si alguien no lo sabe, Aguayo es investigador en El Colegio de México, internacionalista de origen, activista y académico que se ha convertido con el paso del tiempo en historiador de lo contemporáneo.
La Transición en México surgió con la finalidad de hacer una historia de las transformaciones políticas que ha sufrido este país durante cien años, y al mismo tiempo es una compilación de muchos documentos que estaban dispersos y cuya consulta era difícil.
El eje temático de este libro, la base sobre la cual escogió Aguayo los documentos que contiene La Transición...es, "la lucha por las urnas", como él la llama. La forma en que se ha competido por el poder político en este país, ya sea de manera pacífica o violenta. Para armar esta compilación, Aguayo se enfocó en tres variables: la forma como el grupo gobernante fue perdiendo la legitimidad y el poder a lo largo del siglo XX (y de qué manera se ha reconstituido en lo que llevamos del siglo XXI), la emergencia de otros grupos y personas en el panorama político, y cómo el factor externo (fundamentalmente Estados Unidos) ha influido en nosotros.
El libro está armado de una forma interesante: a lo largo de siete capítulos, Aguayo nos cuenta la historia moderna de México mientras nos presenta documentos completos o fragmentos. Por citar sólo un ejemplo, hay un breve comentario sobre el final del Porfiriato seguido por una parte de la entrevista Díaz-Creelman. Un historiador purista podría decir que está mal lo que hace Aguayo, que es un "método de tijeras y pegamento" o de "copy/paste", como diriamos ahora. Sin embargo, en este caso yo creo que es correcto, ya que además de contarnos una Historia, Aguayo intercala los documentos; muchos de ellos ignorados por décadas.
El libro incluye un DVD donde vienen 6,208 documentos completos. Entre muchos (¡muchos!) otros están: la
entrevista Díaz-Creelman, el ensayo "La crisis de México" de Daniel Cosío Villegas, de 1947; el pliego petitorio de médicos y residentes en 1964; Declaraciones a la prensa de Marcelino García Barragán el 3 de octubre de 1968; una carta privada de Gustavo Díaz Ordaz a Daniel Cosío Villegas, en 1968; el discurso de toma de protesta de José López Portillo como candidato a la presidencia en 1975; crónicas sobre el sismo de 1985 escritas por Carlos Monsiváis; testimonios sobre la desaparición de la Dirección Federal de Seguridad en 1985; documentos sobre la elección presidencial de 1988; la primera declaración de la Selva Lacandona (EZLN), en 1994; la designación de Ernesto Zedillo como candidato en 1994; la declaración de Vicente Fox festejando su triunfo en 2000; el Proyecto de Comisión de la Verdad de 2001; Renuncia de Adolfo Aguilar Zinser a la embajada mexicana en la ONU en 2003 y Luis Carlos Ugalde declarando ganador a Felipe Calderón en 2006.
A pesar de su contenido, creo que el DVD es la parte más floja de toda la obra, puesto que su accesibilidad no es tan amable. Cuesta trabajo orientarse para encontrar los documentos si uno no tiene a la mano el libro. Espero que en próximas ediciones pueda mejorarse.
Para iniciar este año, en el que la Historia nos acompañará a todo lo largo del camino, analizar la Transición mexicana nos ayudará a entender lo que viene más adelante: la elección para gobernador en varios estados de la república, (entre ellos el Estado de México), y la elección presidencial de 2012, en la que, supuestamente, el PRI regresará a Los Pinos y la etapa "democrática" habrá llegado a su fin.
Necesitamos Historia para entender el pasado, para vivir el presente y para planear el futuro. Y es maravilloso cuando obtenemos nuevas pistas para investigarla.

5 de enero de 2011

¡Desde el frente de batalla!


Era un gran barco totalmente pintado de gris, sin ninguna señal que pudiera identificarlo. A bordo iban varios millares de soldados, un capitán que jamás fue visto por la tripulación y cientos de civiles que regresaban por diversos motivos a esa Europa que se había cubierto de sangre desde 1939. Zarparon de improviso una madrugada desde Nueva York con destino a algún puerto desconocido en Inglaterra. A veces los aviones aliados custodiaban la travesía, pero en muchas ocasiones estuvieron solos sobre el Atlántico Norte, sin más guía que las órdenes que el anónimo capitán había recibido antes de zarpar, y con el miedo constante de ser hundidos por un submarino alemán.
Entre los pasajeros de ese barco estaba un grupo de periodistas mexicanos, quienes viajaban a Inglaterra con la misión de informar a los lectores de sus periódicos sobre lo que estaba ocurriendo en esa isla. Con su trabajo, esos reporteros colaboraron a reestablecer las relaciones que se habían roto años antes, cuando el Estado mexicano tuvo que escoger entre afirmar su soberanía o mantener una situación desventajosa con el Reino Unido. El año de ese viaje fue 1943, cuando varios corresponsales de prensa mexicanos visitaron Inglaterra, como parte de una campaña de propaganda que cambió para siempre la relación entre los dos países. Esta es su historia (...)

Fragmento de mi artículo "Desde el frente de batalla. Corresponsales Mexicanos en la Segunda Guerra Mundial", publicado en la revista Relatos e Historias en México. ¡Búscalo en Sanborns y en puestos de revistas!

3 de enero de 2011

¿Y ahora, qué hacemos con la Historia?


Clio, musa de la historia.


Desaparecieron los comerciales sobre el Bicentenario, la hotline que me mandaba recaditos sms acerca de eventos, inauguraciones y fechas que celebrar ha enmudecido, los cientos de miles de ejemplares del libro que el gobierno Federal regaló para celebrar los 200 años de ya saben qué están en la basura, o fueron usados para el boiler. Pocos sobreviven en algunas casas, y de esos quién sabe cuántos serán leídos. "Shalalá" ha sido sepultado por nuestro olvido, y sólo falta que los huesos de nuestros héroes nacionales regresen a la Columna de la Independencia para que oficialmente terminemos con las fiestas por el nacimiento de la patria.
Ese conjunto de celebraciones, homenajes, desfiles, publicaciones, programas, canciones, pifias, enojos, vergüenzas y demás, ha sido cuidadosamente empaquetado y arrojado al closet del olvido nacional. No más historia, no más recuerdo, no más héroes nacionales convertidos en personajes de caricatura japonesa, al fin podemos dedicarnos a vivir en paz.
Afortunadamente, aquellos que decían que México evoluciona gracias a una ley cíclica centenaria y violenta se equivocaron. El país no se llenó de muertos debido a ningún levantamiento que buscara derrocar al gobierno actual para imponer uno distinto. Fueron otras las razones que provocaron el baño de sangre en el que vivimos: el crimen organizado ha crecido sin freno, los cárteles luchan entre sí para controlar distintas zonas del país, el narcotráfico está desatado, los poderes fácticos se han fortalecido, los partidos políticos están totalmente desacreditados, los organismos encargados de proteger al país viven cubiertos por la corrupción, la ineficacia y las luchas intestinas, y el Estado se encuentra totalmente debilitado.
Ya no nos asombra ver en los periódicos planas y planas con noticias sobre decapitados, descuartizados, secuestrados, atentados, coches bomba, y acusaciones de corrupción. Ya todos sabemos que no podemos recorrer nuestro país por carretera, ya que nos exponemos a que nos extorsione la policía o a que nos asalten los salteadores de caminos. Vía Twitter podemos enterarnos rápidamente sobre cuáles avenidas tenemos que evitar porque hay bloqueos, balaceras o están levantando cadáveres. Los niños y adolescentes se han convertido en los mejores soldados de las organizaciones criminales, y todos sabemos que nuestro sistema jurídico es totalmente ineficiente, ya que no castiga a los criminales y sí a muchos inocentes.
El peor de los infiernos es aquel en el que sus víctimas ya se acostumbraron a vivir en el horror. ¿México se ha convertido en ese infierno? prefiero que tú me respondas esa pregunta.
Lo que todos sabemos es que México está mal. Es cierto que, afortunadamente, hay cosas muy buenas en este país, y que mucha gente sale todos los días a hacer cosas que nos benefician a todos. Pero tampoco podemos negar que somos una generación a la que le ha tocado vivir en el desastre político, económico y social.
¿Qué hacer entonces? ¿Por dónde empezar para componer este desastre? ¿Hacia dónde debe dirigirse esta sociedad huérfana, que ya tiene décadas viviendo en la frustración?
México necesita un nuevo proyecto de futuro. El país tiene que imaginarse un mañana diferente al presente que vivimos. Y para lograrlo necesita revisar su historia para deshacerse de muchos mitos, prejuicios y errores que lo tienen inmovilizado. México tiene que cambiar, eso es innegable. Sólo si vemos hacia atrás buscando las causas de tantos errores (a pesar de lo doloroso que pueda ser) podremos encontrar las soluciones que necesitamos.
Aunque haya quien quiera convencernos de lo contrario, ahora más que nunca necesitamos a la Historia. Como dijo Anatole France: "No perdamos nada del pasado. Sólo con el pasado se forma el porvenir".
Sigamos navegando por la Historia, ya que además de considerarlo una obligación, también es un enorme placer compartir con ustedes la búsqueda del pasado. Que 2011 sea, (pese a todo) un gran año para todos, y en caso de que no pueda ser así, que por lo menos le saquemos provecho a la antigua maldición china, esa que nos prometía que viviremos en una época muy interesante.