29 de noviembre de 2010

Nuestro derecho a estar informados


Wikileaks lo hizo nuevamente. Luego de una breve pausa en la que esta organización filtró documentos sobre la guerra de Estados Unidos en Irak y en Afganistan, y después de que su director Julian Assange ha sido acusado en Suecia por abuso de menores, ayer estalló una bomba de información que sacudió al gobierno norteamericano: 250 mil documentos confidenciales del Departamento de Estado, que nos muestran el rostro más crudo de la diplomacia estadounidense, se encuentran a disposición de todo aquel que quiera consultarlos.
Como bien señala el diario El País, las reacciones a la publicación se han dividido en dos tipos: los que consideran que es algo "inflado e irrelevante", puesto que mucha de esa información ya era pública o por lo menos suponíamos que existía; y los que piensan que es un ataque al gobierno norteamericano comparable a la destrucción de las Torres Gemelas en 2001.
Pero vayamos por partes, para entender mejor qué fue lo que pasó ayer y por qué es importante para todo el planeta.
Wikileaks es una página especializada en dar a conocer documentos de carácter confidencial de distintos gobiernos, aunque se ha enfocado en informar sobre las oscuras acciones del gobierno norteamericano en Medio Oriente. Desde que la página nació en 2006 se ha buscado problemas con los gobiernos de China, Australia, Tailandia, Reino Unido, Alemania y otros más.
Entre la información que ha dado a conocer se encuentran las intrigas y corruptelas del gobierno Keniano, los manuales de procedimientos para interrogar a los prisioneros que están en la cárcel de Guantánamo, documentos secretos sobre distintas operaciones de la Iglesia de la Cienciología, el contenido del correo de Sarah Palin, candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos en 2008, y otros más. Wikileaks funciona a partir de los documentos que le envían informantes anónimos de todo el mundo, y se hizo famosa al dar a conocer un video en el que un helicóptero norteamericano destrozó a varios civiles iraquíes en 2007.



La publicación de documentos como ese le ha provocado numerosos problemas a Wikileaks. El gobierno sueco (donde vive Julian Assange) ha sido presionado para que lo expulse de su territorio por considerarlo "un terrorista". Assange declaró hace algunas semanas que estaba pensando mudarse a Suiza o a Cuba, para continuar con la labor que realiza en Wikileaks.
Ayer, los periódicos El País, The Guardian, The New York Times, Le Monde, y la revista Der Spiegel dieron a conocer la existencia de esos documentos que desnudan a la diplomacia norteamericana, y que les fueron entregados por Wikileaks. Entre otras cosas, los cibernautas y el público mundial hemos podido saber que el Departamento de Estado ordenó a sus diplomáticos realizar labores de espionaje, que la Organización de las Naciones Unidas se encuentra totalmente infiltrada por los espías norteamericanos, que los aliados árabes de Estados Unidos le pidieron que entrara en guerra con Irán para impedir que fabrique armas nucleares, que el líder libio Moamar Gadafi usa botox y se hace acompañar de una voluptuosa enfermera ucraniana, que al primer ministro italiano Silvio Berlusconi le encantan las fiestas salvajes, que la canciller alemana Angela Merkel "evita los riesgos y es poco creativa", que Estados Unidos convenció a varios países latinoamericanos para aislar al presidente venezolano Hugo Chávez, y que el Departamento de Estado solicitó informes a su embajada en Argentina sobre los posibles desórdenes mentales de la presidenta Cristina Kirchner.
Y todo eso es el comienzo, ya que esos diarios están sacando información nueva desde ayer. El gobierno de Estados Unidos condenó la publicación diciendo que "muchas vidas se ponían en riesgo" y amenazó con emprender acciones legales contra Wikileaks y los que lo apoyen.
Hasta el momento, sabemos que 2,625 documentos se refieren o fueron emitidos desde México, pero no conocemos su contenido. En los próximos días lo sabremos.
Personalmente, me da gusto que todo esto ocurra, por dos razones: primero, creo fervientemente que la sociedad tiene derecho a estar informada sobre todo lo que ocurre a su alrededor, y más si le afecta. A los gobiernos de todo el mundo les gusta mantener en secreto sus acciones, por lo que cualquier acción que contribuya a "sacar los esqueletos del closet" es bienvenida.
Y segunda, por la forma en que se dieron a conocer estos documentos, queda demostrado que el periodismo, ese oficio al que muchos pretenden enterrar, sigue vivo y campante. Wikileaks ha demostrado que es fundamental para brindar a todo el planeta mucha información que le concierne, pero ante esas montañas de datos sigue siendo necesario el periodista que conduzca a su público y le explique lo que está pasando. En lugar de subir la información a su página, (como hizo en otras ocasiones), Wikileaks se la entregó a varios periódicos muy importantes para que ellos la dieran a conocer, a pesar del riesgo que ello entrañaba.
Y por último, como historiador me encanta saber que tengo más documentos a mi disposición para futuras investigaciones. La información es poder, y todos tenemos derecho a estar informados. ¿Tendrá Wikileaks documentos sobre México, como la información que dio a conocer la revista Proceso sobre Juan Camilo Mouriño, quien envió a un general para pactar una tregua con el narco?

26 de noviembre de 2010

"Con leyendas tan picantes..."


Nos miran semidesnudas invitándonos a comprarlas. En sus sonrisas y sus cuerpos encontramos el placer de lo prohibido y la satisfacción de poseerlas. Nos dan su belleza a cambio de nuestro dinero y nos dejan solos pero satisfechos. ¡No lo nieguen, caballeros, ustedes también voltean la mirada para observar las portadas de las revistas de encueradas!
Son una institución en la industria periodística mundial, y uno de los mejores negocios de cualquier empresa editora. Todo mundo las rechaza, pero a todos nos encanta por lo menos echar ojo a las fotos que nos ofrecen. Siempre decimos que "esas revistas tienen grandes artículos de opinión, y las entrevistas que hacen a las personalidades de la política y el arte son muy interesantes", pero lo primero que hacemos es disfrutar contemplando a las guapas que vienen en páginas interiores.
Hoy es la Revista H, pero antes estuvo Buenissima, Caballero, Vea, Penthouse y Playboy (la cual ha pasado por altibajos en nuestro país). Son revistas de toda la vida, imprescindibles para los muchachitos de primaria, secundaria y preparatoria, antes de que su consumo fuera gratuito debido al internet.
Todas tienen una historia parecida: un empresario de la industria periodística consigue un stock de fotos con chicas semidesnudas y comienza la revista, donde publican con seudónimo sus amigos (algunos de ellos grandes periodistas), la revista se llena de publicidad "para hombres" (cartelera de teatros y cines "frívolos", bares, restaurantes, plazas de toros, frontones, productos para mejorar la virilidad, juguetes eróticos, pelucas para los calvos y cosas así), el negocio comienza a crecer, se vuelve un éxito pero tarde o temprano cierran porque la "Liga de la Decencia" o alguna asociación parecida se escandaliza ante los desnudos que venden estas revistas. Después de un tiempo el ciclo vuelve a comenzar.
De todo esto nos habla Consolación Salas, en su artículo "Las revistas masculinas a principios del siglo XX", publicado en el libro La prensa en México, 1810-1915, coordinado por Laura Navarrete Maya y Blanca Aguilar.
Pues resulta que nuestros tatarabuelo porfirianos también compraban estas revistas, ya que vivían en una sociedad donde imperaba la doble moral. Por un lado todos eran decentes y católicos, y por el otro le daban vuelo a la hilacha divirtiéndose con el sexo.
Los caballeros "con ganas de pasarla bien", acudían a diversos restaurantes, cantinas, teatros frívolos y casas de cita, donde podían reunirse con alguna damisela que quisiera "acompañarlos". En estos lugares también podían comprar postales, revistas y libros pornográficos importados de Europa, y cuando el cine llegó a México, también podían adquirir las primeras cintas "XXX" que se hicieron en esa época.
Estos caballeros leían (a escondidas, obviamente) diversas revistas, como "Frégoli", "Cómico", "El Burro", "La Bohemia", "Frivolidades", "La Risa" y "Confeti", las cuales se parecían mucho entre sí. En sus portadas traían la foto de alguna actriz de la época (en pose sensual, para atraer a más compradores), y adentro había "novelas atrevidas", ilustraciones de mujeres semidesnudas, mucha caricatura con chistes subidos de tono, y diversos artículos sobre moda, viajes, gastronomía y política.
Esa combinación "sexo-política" hizo que las revistas tuvieran mucho éxito, y le dio pretexto al gobierno porfirista para cerrarlas continuamente. Sin embargo, el Porfiriato estaba viviendo una época de crisis que relajó los controles oficiales, lo que hizo posible que se vendieran estas revistas.
El éxito de estas revistas era enorme. Tan sólo "Frivolidades",que se publicó en 1910, llegó a tirar 25 mil ejemplares, una cifra increíble para ese tiempo, a pesar de que no era barata (costaba 10 centavos, una cifra respetable para ese entonces, si pensamos que "El Imparcial", el gran periódico de la época llegó a costar dos centavos).
En "Frivolidades" escribían periodistas importantes, pero con seudónimo. Quintín Quintana y Fra Diabolo publicaban artículos muy picantes, sin que los lectores supieran que estaban leyendo a Celedonio Junco de la Vega (ancestro de los actuales dueños del Reforma) y a Irineo Paz, abuelo de Octavio Paz.
Cuando comenzó la Revolución, estas revistas criticaron (y se burlaron) de maderistas, zapatistas, villistas y todo el que se dejara. Sin embargo, la cruel guerra civil de 1915 provocó su desaparición.
A la llegada de un nuevo gobierno, las revistas regresaron; con otro nombre y diferentes dueños, con varios cambios, pero en el fondo seguían siendo iguales: chicas desnudas, chistes colorados, artículos "para el hombre conocedor" y mucha publicidad para caballeros.
Así que, estimado amigo, la próxima vez que se quede como menso viendo la nueva portada de la Revista H, o se ponga feliz al recibir como regalo de navidad el calendario de tan célebre publicación, recuerde que está colaborando a mantener viva una de las más grandes tradiciones de la industria periodística nacional.



23 de noviembre de 2010

Que dos años son nada...


La vida se pasa volando, una verdad de perogrullo que confirmo ahora, al cumplir dos años de CLIONAUTICA. En realidad el aniversario fue ayer, pero como vivimos en una era en la que las fechas (aparentemente) no importan, y pudimos celebrar el centenario de la Revolución Mexicana cinco días antes, pues yo me dí la oportunidad de festejarme un día después.
Muchas cosas han cambiado en este tiempo (otra reiteración). Recuerdo que mi primer post fue para explicar(me) por qué soy historiador y por qué amo este oficio, que podría parecer muy aburrido, muy de "ratones de biblioteca", pero que en realidad me ha dado mucha diversión, algo de dinero (no mucho...todavía) y me ha permitido conocer a gente maravillosa.
Los cumpleaños son para apapacharse, disfrutar y también para reflexionar. Este año fue de Bicentenario y Centenario. No salió como nos hubiera gustado, y eso lo dijimos desde el principio. El gobierno de Felipe Calderón patrocinó la edición de libros "cumplidores" como "Historia de México" y "Viaje por la historia de México", pero dejó muchos proyectos sin cumplir. No tenemos grandes monumentos que dejarle a la posteridad (a menos que creamos que el nuevo edificio del Congreso tendrá el impacto histórico que tiene Lecumberri o el Hemiciclo a Juárez). No hubo "Estela de luz" a pesar de que se gastaron cientos de millones de pesos en comenzarla, bien decía Carlos Hank González que "entre más obras, más sobra"; y nos queda como mantra y metonimia de este 2010 una palabra que seguramente ya borraron de su disco duro, pero les ofrezco una disculpa por tener que recordárselas (la palabra): "Shalalá".
Afortunadamente, hubo muchos otros proyectos que intentaron hacer algo diferente. El gobierno de la Ciudad de México, la Universidad Nacional, El Instituto Mora, el Colegio de México, y otras instituciones se esforzaron por dejar a las próximas generaciones un recuerdo "no tan malo" de este 2010. Revistas como BiCentenario, Relatos e Historias en México y 20/10 cumplieron muy bien con su misión y espero que sigan publicándose, pues tenemos un público ávido de historia.
Hubo programas de televisión como Gritos y Muertes de Libertad, Héroes de Carne y Hueso y Los Minondo, que más o menos lograron que la gente supiera más acerca del pasado de México. También espero que haya más series sobre historia en el futuro.
Por mi parte, ha sido un buen año. Me invitaron a tres programas de radio, publiqué en la revista CHILANGO y en el suplemento "Enfoque" del diario REFORMA. Dí tres conferencias en la Feria del Libro del Palacio de Minería y ahora sí (lo prometo ante ustedes) mi libro sobre Excélsior estará listo el próximo año para que lo adquieran en su librería de confianza.
Sólo me queda agradecer a todos los que me han apoyado para que CLIONAUTICA siga adelante, a los que reciben este blog en su correo o cayeron aquí por casualidad, a los que me leen a través de Artes e Historia México o por Emeequis digital, y muy especialmente a tí, por todos tus comentarios.
El segundo año de CLIONAUTICA fue bastante bueno, y lo mejor aún está por venir. ¡Muchas gracias a todos!
PD: Hoy por la noche estaré conversando sobre la Revolución Mexicana y la Iglesia Católica en el programa Religiones del Mundo, con Bernardo Barranco. La cita es a las 9 pm en Radio Red, 1110 AM y en su página. ¡Los espero!

21 de noviembre de 2010

¡CLIONAUTICA en el diario Reforma!



El suplemento "Enfoque" del diario Reforma me hizo el honor de publicarme un artículo sobre la Revolución Mexicana y su legado. Pueden ver el artículo siguiendo esta liga: http://xurl.es/g87c6

20 de noviembre de 2010

A cien años de la Revolución, una historia familiar.




A finales de 1915, el teniente Crispín Catzín González podía considerarse afortunado. Estaba vivo luego de pasar por uno de los años más dolorosos y sangrientos de la historia de México. Catzín era uno más de los cientos de miles de mexicanos que vieron irse al general Porfirio Díaz, para luego ser testigo del ascenso y caída de Madero y de la guerra civil de 1913-1914 para arrebatarle la presidencia al traidor Victoriano Huerta.
Catzín era, como su generación, un "puente entre siglos". Nació cuando México vivía el esplendor del Porfiriato y la parca lo alcanzó antes de que su general, Alvaro Obregón, dejara la presidencia en 1924. No fue un "revolucionario de primera hora", pero ante el inminente choque de 1915 entre los caudillos que vencieron a Huerta, Catzín, como muchos mexicanos, pensó que no podía quedarse indiferente ante lo que pasaba.
Nunca fue un gran general, pero sí fue mi bisabuelo, y hoy, a cien años del inicio de la Revolución Mexicana, quiero recordarlo.
Crispín Catzín nació en 1891 en la Ciudad de México. El general Díaz cumplía sus primeros quince años en el poder, luego de hacer un golpe de Estado contra Sebastián Lerdo de Tejada. En ese primer quinquenio, Díaz pudo pacificar a México, renegociar la deuda externa y traer las inversiones necesarias para desarrollar a la nación, que había vivido en el fracaso permanente desde la consumación de la Independencia en 1821.
Mi bisabuelo no era de familia acomodada. De hecho tengo la impresión de que, a pesar de que contaban con algunas tierritas en el poblado de Malinalco en el Estado de México, deben haber sido parte de una clase pobre que apenas empezaba a despuntar gracias a los triunfos económicos del General Díaz.
Otro detalle que me hace pensar que la familia Catzín no tenía dinero está en el origen de mi bisabuelo. Sus padres, Gregorio Catzín y Jacinta González, lo llevaron a bautizar a la Parroquia de San José, ubicada en la calle de Ayuntamiento 29. Le dijeron al cura que estaban casados y que el niño había nacido un seis de diciembre. Le recalcaron al párroco que estaban casados, por lo que mi bisabuelo quedó inscrito en el libro 63 de bautismos de hijos legítimos.
Sin embargo, siete años después, ante el juez del registro civil, mis tatarabuelos contaron otra historia. Para empezar, le señalaron que eran solteros y que vivían en la segunda casa de la Calle del Paseo Nuevo, que tuvieron al niño Crispín el 5 de diciembre de 1891, pero que, a pesar de que no habían contraído matrimonio, los dos acudían a registrar al bebé "y que eso le quedara muy claro al señor juez".
Mi bisabuelo entonces era un "hijo natural", pero de una familia que no estaba fracturada, lo que queda demostrado en el énfasis puesto por mi tatarabuelo para que constara en el ácta que él acudía a registrar a su hijo. Los "arrejuntamientos" eran muy comunes en la clase baja durante el Porfiriato, y ya que habían cumplido años antes con el señor Cura, al parecer no les causó ningún problema acercarse a la autoridad civil cuando mi bisabuelo ya tenía siete años y contarle la verdad.
Quizá también influyó la diferencia de edades de mis tatarabuelos cuando registraron a Crispín (o José Crispín Concepción, como le pidieron al Cura que lo bautizara). Gregorio tenía 58 años y Jacinta 29. No eran raros los matrimonios entre hombres maduros y mujeres jóvenes: Porfirio Díaz tenía 51 años cuando sentó cabeza con Carmen Romero Rubio, de tan sólo 17. Lo que llama la atención es la edad de mi tatarabuela, 29 años que, para las costumbres de la época, señalaban a la mujer "en camino de ser una quedada".
El siguiente dato interesante en la vida de mi bisabuelo ocurrió muchos años después, cuando conoció a una mujer hija de alemanes llamada Matilde Besserer. La familia de Matilde vivía en México desde la mitad del siglo XIX y habían tenido varios negocios. en 1850, Carlos Besserer, papá de Matilde, fundó una empresa llamada "Librería Americana", pero tiempo después se dedicó a la ganadería. Posiblemente en Malinalco, donde Crispín y Matilde se conocieron. La diferencia de edades entre los dos no importó a don Carlos Besserer, aunque en este caso ella fuera mayor que él (13 años, un margen importante para la época). En esa época era muy peligroso que una mujer tuviera hijos después de los 20 años, pero mi bisabuela corrió el riesgo y trajo al mundo a dos niños: Matilde (mi abuela), que nació en 1911 y Carlos, nacido en 1914.
La Familia Catzín Besserer vivía al sur de la Ciudad de México, en un sitio que ahora todos conocemos como la Colonia del Valle, pero que en ese entonces no era más que llanos y ranchos. Uno de ellos se llamaba "De los Amores" y era propiedad de mi bisabuelo Crispín.
No sé qué habrá pensado mi bisabuelo cuando Díaz renunció a la presidencia y llegó Madero al poder. Supongo que, la lejanía entre el "Rancho de los Amores" y la Ciudad de México hizo que fuera un sitio relativamente seguro durante la masacre de principios de 1913, la llamada "Decena Trágica", aunque su posición al sur bien podía hacerlos temer un posible ataque zapatista.
El hecho es que mi bisabuelo decidió unirse a la lucha revolucionaria hasta 1915, cuando una nueva guerra civil decidió el rumbo que tomaría la Revolución Mexicana.
Luego de que los revolucionarios vencieron a Victoriano Huerta en 1914, rápidamente comenzaron las rencillas entre ellos para ver quién se quedaba con el poder. La Convención de Aguascalientes no pudo evitar el desgajamiento de los constitucionalistas y Venustiano Carranza se dirigió al puerto de Veracruz para preparar la guerra que pronto iba a comenzar.
Francisco Villa y Emiliano Zapata entraron a la ciudad en diciembre de 1914 y sus ejércitos permanecieron hasta enero del año siguiente. el 27 de enero de 1915, Alvaro Obregón y su Cuerpo de Ejército del Noroeste entraron a la capital luego de que los convencionistas la evacuaron. Se encontraron con una ciudad aislada, sin servicios urbanos, con mucha hambre, privaciones y la delincuencia desatada. Obregón buscó la manera de resolver los problemas de la Ciudad, y se le ocurrió exigirle a los clérigos de la Catedral Metropolitana una contribución forzosa de medio millón de pesos.
Los curas dijeron que no tenían dinero, por lo que Obregón los tomó prisioneros y ordenó que los enviaran a Veracruz. Los clerigos imploraron compasión, ya que, le dijeron, estaban enfermos debido a las carencias que se vivían en la capital. El caudillo quiso asegurarse de que le estuvieran diciendo la verdad, por lo que comisionó a varios médicos para que los revisaran. Resultó que era cierto: más de la tercera parte de los curas tenían enfermedades venéreas.
Sin embargo, Obregón consideró que esos "males inconfesables" no eran motivo para no enviarlos a Veracruz, por lo que ordenó al general Benjamín Hill que los metiera a todos en una jaula destinada al transporte porcino y los enviara al Puerto. Los curas imploraron compasión, ya que la jaula era muy pequeña y no iban a caber todos. Hill entonces le ordenó a un oficial "¡Capitán, meta en la jaula a los que quepan, y los que sobren, fusílenlos!". De repente todos cupieron.
Mientras ocurría todo este sainete, Crispín Catzín acudió al Cuartel General del Cuerpo de Ejército del Noroeste (ubicado en Palacio Nacional) para solicitar que lo admitieran y así poder defender la causa constitucionalista. No debe haber sido fácil para un hombre de 24 años, con esposa e hijos pequeños, unirse a la Revolución. Pero el camino allí estaba, y Crispín decidió tomarlo. En su hoja de servicios consta que "quiso participar para combatir a los reaccionarios villistas". Hay que decir que Carranza y los suyos llamaban "reaccionario" a todo aquel que no los apoyara, y los constitucionalistas se consideraban los únicos y auténticos revolucionarios de México.
Supongo que su posición como pequeño propietario hizo que el Cuerpo de Ejército del Noroeste le otorgara de inmediato el grado de subteniente; nada para presumir, si pensamos que el primer grado militar de Alvaro Obregón fue de Teniente Coronel, luego de que reunió a 300 hombres para pelear contra Pascual Orozco en 1911, pero algo mejor que ser un simple "Juan", o soldado raso.
Catzín fue incorporado al Primer Regimiento de Ametralladoras como ayudante del "Encargado del Detalle", desconozco a qué se refiere ésto, pero creo que tiene que ver con almacenaje de víveres. El 10 de marzo de 1915, Catzín y su regimiento salieron de la Ciudad de México junto con el Cuerpo de Ejército del Noroeste para dirigirse hacia el norte, a pelear las batallas más importantes de la Revolución Mexicana.
A las afueras de la ciudad de Celaya, en el centro de México, se enfrentaron Alvaro Obregón y Francisco Villa. Ambos ejércitos sumaban casi 30 mil personas, de los cuales murió la tercera parte. La División del Norte, la gran máquina de guerra de Francisco Villa, fue destrozada por las tropas de Obregón. Catzín se distinguió en esas batallas por su valor y su conducta. Días más tarde los enfrentamientos continuaron hasta que las tropas constitucionalistas tomaron la Ciudad de León el 6 de junio de 1915. Tres días antes, una bomba estalló cerca de Obregón volándole el brazo derecho. Desde entonces se convirtió en el general revolucionario que menos robaba a la nación, pues sólo le quedaba un brazo para agarrarse del presupuesto.
El 10 de julio de 1915, Catzín y el Cuerpo de Ejército del Noroeste tomaron la Ciudad de Aguascalientes, donde un año antes se habían reunido todos los revolucionarios para hacer un último esfuerzo antes de que volviera a soltarse el tigre de la guerra civil. Por los méritos en campaña, mi bisabuelo alcanzó el grado de teniente. Según su hoja de servicios, siempre se condujo con valor, tuvo buen comportamiento civil y militar y se aplicó bastante para cumplir con las misiones que le asignaron. En 1916 fue oficial forrajista de su regimiento, y en marzo de ese año le tocó suplir al comandante de la séptima batería.
En su hoja de servicios no aparecen más datos. Quizá tenga que ver con el hecho de que en ese tercer mes de 1916 el Cuerpo de Ejército del Noroeste fue desintegrado y Obregón se convirtió en Secretario de Guerra y Marina.
No sé más sobre la experiencia militar de mi bisabuelo. Sólo sé que en 1924 ya había fallecido y no estuvo presente para levantar el acta de nacimiento de su hija Matilde ante el Registro Civil. Mi bisabuela tuvo que hacerlo sola, y 13 años después de que nació mi abuela.
¿Habrá muerto mi bisabuelo en alguna de las campañas posteriores a la derrota villista? ¿quizá en la rebelión de Agua Prieta contra Carranza de 1920? Tal vez fue uno más de los millones de personas que en todo el mundo fallecieron por la Influenza Española, que en México se llevó a 400 mil almas.
Su esposa Matilde falleció muy anciana, durante los años 60. Su hijo Carlos fue un ingeniero muy importante que estudió en Alemania y su hija trabajó como secretaria para el gobierno, además de que fue amiga de otro gran revolucionario: el general Francisco J. Múgica.
Y ahora, además tiene un bisnieto historiador, que en este día tan importante para México, quiso recordarlo como uno de los millones de mexicanos que colaboraron para construir este país, y con los que, creo, tenemos una deuda pendiente.

15 de noviembre de 2010

¿Qué hacemos con la Revolución Mexicana?

Dentro de cinco días se conmemorarán los primeros cien años del inicio de la Revolución Mexicana, si tomamos como fecha de comienzo la establecida por Francisco I. Madero en su Plan de San Luis, en donde decía que la rebelión contra el presidente Porfirio Díaz tenía que empezar el 20 de noviembre de 1910 a las 6 de la tarde en punto. Este señor no sabía nada sobre la puntualidad mexicana, pero eso es tema para otro post.
Un siglo después, henos aquí, con una nación que sufre una crisis económica, social y política desde hace más de treinta años, con un futuro incierto y un pasado problemático, al que vemos con rencor por todo aquello que nos prometieron y jamás se cumplió (aparentemente).
¿Cómo ver ahora a ese movimiento campesino, obrero y de clases medias, que buscaba el reparto de la tierra, la educación para todos, mejores condiciones de trabajo, que el voto fuera respetado y que ninguna persona o grupo político se eternizara en el poder?
Desde hace tiempo es común echarle la culpa a la Revolución Mexicana de los males que sufre el país. Parece que el movimiento de 1910 sólo sirvió para que unos se hicieran más ricos mientras los pobres sólo cambiaban en número. Las promesas de mejor educación, mejor trabajo y mejor calidad de vida sólo sirvieron para que las masas respaldaran al Partido de Estado, pero cuándo éste no pudo quedarse con la presidencia en el año 2000, todos los problemas cayeron como avalancha sobre una nueva clase política interesada únicamente en enriquecerse.
La culpa de todo, entonces la tiene nuestra historia. Es que nacimos para perder...
Ok, ya respiré profundo. Como decía don Edmundo O´Gorman: el historiador debe comprometerse a recrear el pasado para comprenderlo de la forma más objetiva posible, sin pretender enjuiciar a los muertos tan sólo para satisfacer brevemente alguna frustración provocada por el presente que le tocó vivir. Echarle la culpa al pasado de todo lo malo que nos ocurre ahora es una salida fácil, pues nos exime de responsabilizarnos por la construcción de nuestro futuro.
Pero las personas (y las naciones) sólo maduran cuando se atreven a revisar su pasado sin filias ni fobias y se comprometen a no caer nuevamente en los mismos errores. La Historia sí puede ser una maestra de la vida, pero sólo cuando el educando deveras quiere aprender correctamente sus lecciones.
Como he dicho muchas veces en este blog, lo mejor que podemos hacer con nuestro pasado mexicano es conocerlo y comprenderlo, pues resulta que es el piso sobre el cual vivimos nuestro presente.
Y ya que tenemos otro centenario encima, qué mejor que verlo de forma serena, como nos propone Javier Garciadiego en su artículo "¿Un siglo de Revolución, o la Revolución de hace un siglo?" publicado en la revista Nexos de este mes.
Garciadiego señala que es necesario entender a la Revolución como la suma de distintos movimientos: las revueltas campesinas de Villa y Zapata, los intentos democratizadores de Madero, la lucha por el poder de los restos del grupo reyista, encabezado por Venustiano Carranza, el proceso de construcción de una clase media vigorosa con Obregón y Calles, y el corporativismo que consolidó al nuevo Estado mexicano con Lázaro Cárdenas.
La Revolución pasó por cinco etapas: primero, diez años de violencia, donde los caudillos dieron las grandes batallas para acabar con el antiguo régimen y luego pelearon entre ellos para ver quién se quedaba con el pastel.
Luego vino una "etapa proteica" (entre 1920 y 1940) donde pudo crearse un nuevo Estado que formó instituciones que definieron el siglo XX mexicano. Son los años de la fundación del Partido de Estado, de la autonomía universitaria, de la creación del Banco de México, la Secretaría de Educación Pública, de la nacionalización de la industria petrolera, y de muchos aquellos mitos que legitimaron a los gobiernos posteriores.
La tercera etapa de la Revolución (1940-1970) se caracteriza por la institucionalización y el gradualismo de los gobiernos. Al estar consolidado el Estado, ya no era necesario mantener un discurso bélico contra otros sectores de la sociedad mexicana (como la iniciativa privada o la Iglesia Católica) y además, luego de la Segunda Guerra Mundial, era necesario mantener una relación armoniosa con Estados Unidos, pero no hasta el punto de que ello provocara problemas internos. El movimiento de 1910 y sus caudillos eran usados como símbolos de legitimidad por parte de los gobiernos priístas, quienes se consideraban herederos de las luchas y reclamos de todos los que pelearon durante la Revolución Mexicana.
Sin embargo, ese "Estado todopoderoso" en el que supuestamente podían remediarse todas las contradicciones que sufriera la sociedad mexicana, nunca pudo acabar con la tremenda desigualdad y creyó que sólo él tenía el derecho de gobernar a este país, eliminando cualquier otra opción política, lo que provocó un atraso democrático del cual no podemos reponernos.
Luego del conflicto estudiantil de 1968, la sociedad mexicana perdió gradualmente la confianza en los herederos de la Revolución, hasta el punto que ellos mismos olvidaron el discurso ideológico que los sostuvo durante años y se integraron a la modernidad neoliberal, lo que terminó definitivamente con el proyecto político de la Revolución Mexicana en el año 2000.
La Revolución fue entonces resultado de la articulación de proyectos políticos diferentes durante la mayor parte del siglo XX. A pesar de que los gobiernos panistas la rechacen (prueba de ello es el gran desbarajuste con el que pretenden "conmemorarla"), la leyenda de la Revolución sigue viva entre nosotros. Como bien señala Garciadiego, al triunfo de Fox en el 2000 no vino un cambio inmediato de nombres de calles ni la creación de una "nueva historia de bronce" que borrara el recuerdo de Obregón y Villa para poner en su lugar a los cristeros del Bajío, (aunque, hay que decir que lo intentaron).
Las biografías de Villa, Zapata, Carranza y los otros siguen siendo demandadas por los lectores, y me consta que hay mucha gente con ganas de saber sobre nuestra historia (este blog es prueba de ello).
Sin embargo, la Revolución nos quedó a deber. A pesar de la construcción de grandes instituciones y de la promulgación de una constitución con marcado énfasis social, todavía vivimos muchos problemas que se supone iban a desaparecer gracias a la lucha que comenzó en 1910.
No vivimos en una auténtica democracia, y la desigualdad impide que progresemos.
¿Qué hacer entonces con la Revolución Mexicana? pues comprometernos a llevarla a cabo. La sociedad tiene que darse cuenta de que debe interesarse en la política y participar en ella, porque cada vez que no conoce el nombre de sus representantes ni los cuestiona, les deja el campo libre para que se comporten de manera autoritaria.
También tiene que saber que sólo conquistará los derechos que se merece cuando esté dispuesta a pelear por ellos: la educación de calidad, el trabajo bien remunerado, la vida mejor que tanto desea, sólo llegará cuando se decida a obtenerlos y se una para lograrlo.
México necesita una nueva revolución, pacífica, transformadora, constructora de las nuevas instituciones para el siglo XXI: un movimiento que garantice el bienestar de los mexicanos y que sus vidas, bienes y derechos serán protegidos por el Estado.
Pero eso sólo ocurrirá cuando la sociedad mexicana comprenda que tiene que responsabilizarse por su destino.
Sólo entonces podremos decir, a diferencia de lo que señaló Daniel Cosío Villegas hace más de 50 años, que nuestra generación sí estuvo a la altura de las exigencias de la Revolución Mexicana, y logró construir el país que tanto anhelaba.

Escúchame mañana,16 de noviembre, hablando sobre la Revolución Mexicana a partir de las 11 AM en el noticiero "Y usted...¿qué opina?" con Nino Canún, en La 69, 690 de AM.




12 de noviembre de 2010

Tristezas y alegrías de los revolucionados.


Durante mucho tiempo, la Revolución Mexicana pareció una epopeya en la que un grupo de hombres dieron sus vidas para que la nación pudiera liberarse de las cadenas que le impuso la reacción y alcanzar el progreso y la justicia que se merecía. Sin embargo, esta imagen idílica comenzó a desvanecerse luego de la matanza de Tlatelolco y desapareció durante la década de los 80 del siglo pasado.
Actualmente, las interpretaciones más recientes sobre la Revolución Mexicana señalan que ésta fue, en su mayoría, una guerra civil entre distintos grupos y con diversas etapas, para apropiarse del país e imponer su proyecto de desarrollo. Hemos perdido a nuestros héroes y buscamos a las personas, con sus luces y sus sombras.
Al mismo tiempo, aparecen nuevos estudios que buscan observar de una forma distinta al movimiento revolucionario de 1910. Uno de estos nuevos libros es La vida y la muerte en tiempos de la Revolución, de José Luis Trueba Lara.
Este autor desea platicarnos una historia diferente: la de todos aquellos que tuvieron que vivir la Revolución, les gustara o no. Décadas atrás, los finados Luis González y Friedrich Katz hicieron los primeros estudios sobre la vida cotidiana entre 1910 y 1940, cómo vivía la gente de esos años y qué opinión tenían sobre el movimiento revolucionario.
Trueba Lara rescata esa tradición y la enriquece al analizar nuevas fuentes, aunque al final llega a la misma conclusión: para los que tuvieron que vivirla, la Revolución Mexicana (o por lo menos su etapa armada) fue un periodo horrible. El hambre, la muerte, las enfermedades y los crímenes destrozaron a este país.
En 1910, la mayoría de la población no tenía la menor idea sobre quién era Francisco I. Madero, o los problemas que vivía la élite porfirista ante una próxima muerte de Don Porfirio. A ellos lo que los atemorizaba era el paso del Cometa Halley, pues se decía que su cauda estaba formada de gases venenosos, los cuales envolverían al planeta aniquilando a la especie humana.
Si algo los divirtió en ese año fue la gran fiesta por el Centenario de la Independencia. Los desfiles, la música, las obras de teatro, los fuegos artificiales y la ceremonia del grito les hicieron más llevadera una época de por sí difícil, pues había muchos pobres y pocos ricos.
La inquietud comenzó en 1911. La Ciudad de México recibía con estupor las noticias sobre levantamientos en el norte y el sur del país. De hecho le preocupaba más el sur, pues estaba más cerca de la capital. La sublevación de Emiliano Zapata destruía pueblos y haciendas (algo que se recrudeció con el paso del tiempo). Pero el norte también le alarmaba: las guerrillas de Francisco Villa, Pascual Orozco y otros arrasaban en Sonora y Chihuahua.
Pero en mayo de 1911 la situación empeoró. A los movimientos en el norte y el sur se sumó la renuncia del general Díaz a la presidencia, luego de que su casa en la Ciudad de México estuvo a punto de ser destruida por una turba a la que sólo pudo controlar el ejército. "Madero ha soltado al tigre" dijo el anciano general antes de embarcarse hacia Europa. Ese tigre devoró a los caudillos revolucionarios y a miles de personas antes de saciar su hambre.
En 1912 la Ciudad estaba inquieta por los ataques zapatistas en lugares muy cercanos, como Tlalpan y Xochimilco, pero se esforzaba en seguir su vida de todos los días. La prensa atacaba ferozmente al presidente Madero, y en los teatros de variedad se burlaban del "loquito" que se sentaba en la silla presidencial.
La sangre se desbordó a principios de 1913, cuando una parte del ejército se levantó en armas contra el presidente Madero. Luego de un fuerte enfrentamiento en Palacio Nacional, los insurrectos se refugiaron en la Ciudadela, un edificio cercano que servía como depósito de armas, y se dedicaron a cañonear los edificios que estaban alrededor. Durante más de diez días hubo enfrentamientos en las calles de la ciudad. El Hemiciclo a Juárez, ese monumento del que Porfirio Díaz se enorgullecía tanto, tenía montañas de cadáveres, los que luego eran llevados a los llanos de Balbuena para que los quemaran. Los comercios cerraron, y la gente tenía pánico de salir de sus casas, ante la amenaza de los francotiradores que asesinaban impunemente a los capitalinos.
Madero fue asesinado y Victoriano Huerta subió al poder. La ciudad recibió con alegría al nuevo gobernante, pero eso no tranquilizó la situación. La capital que antes era relativamente pacífica, comenzó a vivir una horrible temporada de crímenes, además de que los comerciantes escondían sus productos para venderlos más caros y los extranjeros huían previendo la destrucción que estaba por venir.
Huerta fue derrotado en 1914, y a la ciudad llegaron los nuevos gobernantes: Alvaro Obregón y las tropas constitucionalistas venían con la órden de castigar a la Ciudad por no haber defendido a Madero un año antes. Obregón exigió a los ricos que quedaban en la ciudad que le dieran dinero (y una parte de éste lo usó para comprar alimentos y dárselos a los hambrientos capitalinos), pero también se apropió de las mansiones porfiristas y estuvo a punto de fusilar a los clérigos de la catedral metropolitana.
En los frentes de batalla, la situación también era muy dificil. Aunque los norteños contaban con recursos económicos para sostener a sus ejércitos, también sufrieron por el hambre. Las tropas revolucionarias iban borrachas a los combates para darse valor, y fumaban mariguana para soportar las lesiones y el estress. Aunque Francisco Villa contaba con un carro-hospital para atender a sus heridos, la mayoría de los revolucionarios no tenían esa ventaja. Los heridos normalmente perdían brazos y piernas o simplemente no sobrevivían a las bárbaras operaciones. Los cadáveres abundaban en los campos y caminos, muchas veces desnudos pues alguien había robado sus pocas pertenencias. Los pueblos y rancherías vivian con miedo y hambre, pendientes de los ataques de los revolucionarios, quienes mataban a los hombres (o los reclutaban a la fuerza), violaban a las mujeres, robaban lo que pudieran y quemaban el resto.
Pero también esta generación buscaba la forma de divertirse. Los teatros de la capital ofrecían funciones para los revolucionarios, en donde había música y chicas con poca ropa, lo que normalmente degeneraba en balaceras, pues el respetable público tenía muchas ganas de divertirse y normalmente estaban muy bebidos.
Quizá uno de los grandes negocios de esta época fue la prostitución. Reglamentada durante el Porfiriato, ahora se manejaba por la libre. Existían las grandes mansiones con preciosas chicas, las cuales cobraban muy caro por sus servicios, y además estaban las prostitutas para los revolucionarios de a pie. Aunque normalmente, los "Juanes" (así le decían a los soldados) tenían a sus "adelitas", mujeres que habían enamorado en algún lugar y las llevaban con ellos en sus correrías por el país. Las Adelitas les conseguían de comer, los curaban y los lloraban cuando morían, para luego buscarse otro Juan que las protegiera.
Y a todo esto hay que sumar las epidemias, que se esparcieron por el país luego de que el sistema sanitario porfirista fue destruido. Tifo, disentería, paludismo y la mortal influenza española acabaron con las vidas de cientos de miles de mexicanos.
En 1920, Venustiano Carranza fue asesinado y Álvaro Obregón se convirtió en el nuevo presidente de México. No terminó allí la Revolución, pero los levantamientos que ocurrieron después no consiguieron adueñarse de la Ciudad de México. Comenzó entonces otra época, en la que poco a poco se reconstruyó el país y las enfermedades, el hambre y la delicuencia se volvieron cosa del pasado.
El próximo 20 de noviembre se cumplen cien años del inicio de ese movimiento. Hay que conmemorarlo, pero recordando que cientos de miles de personas sufrieron horriblemente durante esa época, y con la intención de que muchos de esos dolores jamás se repitan.



8 de noviembre de 2010

El último mensaje del general Cárdenas.


El 20 de noviembre de 1970, el general Lázaro Cárdenas iba a dirigir un mensaje a la nación con motivo del 60 aniversario del inicio de la Revolución Mexicana. Desgraciadamente, el general falleció un mes antes de esa fecha, por lo que ese mensaje, leído por su hijo Cuauhtémoc un año después, se convirtió en el testamento político no sólo de un hombre fundamental para la vida de México durante el siglo XX, sino también de toda una generación que se dedicó a construir este país y, al final de su existencia, preveía la aparición de una serie de problemas que hemos tenido que sufrir los mexicanos que vivimos en este siglo XXI.
Creo que el General Lázaro Cárdenas es una figura trascendental en la historia de México. También creo que necesitamos examinar nuevamente su vida, bajándolo del pedestal al que lo subieron los gobiernos de la Revolución Mexicana y observándolo como lo que realmente fue: un mexicano apasionado de su patria, que intentó hacer muchas cosas buenas por ella, pero que también colaboró para que este país viviera bajo un sistema político autoritario y antidemocrático que sigue vivito y coleando, con muchas ganas de regresar a Los Pinos en el 2012.
Dentro de doce días festejaremos el centenario del inicio de la Revolución Mexicana. Una fecha que, por decir lo menos, causa incomodidad al gobierno de Felipe Calderón, ya que se nota que no sabe bien a bien qué hacer con ella. Hace tiempo una persona a la que quiero mucho dijo que México necesita imaginarse un nuevo futuro, un mañana distinto y mejor a nuestro presente, pero que sólo llegará si podemos hacer dos cosas al mismo tiempo: ver hacia adelante con esperanza y hacia atrás con ganas de comprender cómo arribamos al presente que estamos viviendo.
Si queremos un nuevo futuro y con él un nuevo mito mexicano que cohesione a esta sociedad tan golpeada y abatida, tenemos que ver hacia atrás, a la Revolución Mexicana que dio fundamento al siglo pasado. Pero tenemos que verla con la intención de comprenderla, de aprender de sus errores para no cometerlos nuevamente, necesitamos revisar conscientemente nuestro pasado para que realmente nos sirva de algo y no vivamos atrapados en un círculo vicioso de esperanzas falsas y errores dolorosos.
En esa nueva revisión del pasado, sería conveniente que volvieramos a Lázaro Cárdenas, y concretamente a ese personaje cuando estaba a punto de morir y nos dejó un texto en el que señalaba algunos de los que él consideraba los mayores problemas que vivía México a tres décadas de terminar el siglo XX. Ver hacia atrás no siempre es sencillo, pero es fundamental para ir hacia adelante sobre un terreno estable.
A continuación les dejo algunos fragmentos del testamento político o "Mensaje a los Revolucionarios de México", escrito por el general Lázaro Cárdenas:

Es necesario, a mi juicio, completar la no-reelección en los cargos de elección popular con la efectividad del sufragio, pues la ausencia relativa de este postulado mina los saludables efectos del otro; además, debilita en su base el proceso democrático, propicia continuismos de grupo, engendra privilegios, desmoraliza a la ciudadanía y anquilosa la vida de los partidos(...)

En efecto, una perenne soledad en los triunfos electorales basados en la unilateralidad obligada del sufragio o en los obstáculos que encuentran los contrarios para ejercerlo y hacerlo respetar, deja de ser saludable, más aún si aquellas victorias son resultantes de una política de partido que incorpora a sectores con intereses antagónicos bajo una falsa amplitud conceptual de los objetivos de la Revolución Mexicana, pues esa política no aglutina ni fortalece la acción de las masas partidarias, sino margina a éstas de la militancia y de su participación entusiasta en las lides electorales(...)

Quizá en el empeño de fortalecer la unidad nacional se ha permitido la presencia de elementos extraños a la Revolución en las propias filas del partido. Considero que ello ha estorbado para consolidar los logros y acelerar la marcha de la Revolución (...)

Valdría meditar y determinar si la flexibilidad que se ha tenido, hasta culminar con la aceptación de esos elementos, habrá ayudado a consolidar los logros y acelerar la marcha de la Revolución (...)

Existen nuevos grupos y ciudadanos dispersos deseosos de canalizar sus inquietudes en las luchas cívicas, los que tienen pleno derecho a acogerse a los mandatos constitucionales para organizarse, lo que enriquecería la vida política y la discusión ideológica entre los mexicanos y contribuiría a fortalecer al régimen, cuya solidez en la conciencia pública estriba en el cumplimiento estricto que se haga de la Carta Magna y en las medidas que a su amparo se dicten en favor de las capas mayoritarias del país; en la defensa de la soberanía ante cualquier acechanza extranjera; de la capacidad del gobierno para aprovechar los recursos naturales en beneficio de la nación y conducir la economía por los senderos de la independencia económica (...)

Habría que examinar objetivamente la situación en que se encuentran las finanzas y, en general, la economía del país, y disponer de las armas para reiniciar su defensa con insobornable criterio nacionalista, resistiendo las presiones externas y, asimismo, las internas que se han venido ejerciendo por aquellos sectores que tienen la mente fija en las ganancias particulares, generalmente ya ligados o permeables a la influencia de intereses extranjeros, especialmente norteamericanos. Desafortunadamente, la obsecuencia hacia éstos no tan sólo proviene de elementos de la iniciativa privada sino también del sector público, que olvidan los intereses permanentes de la nación al escoger el camino del enriquecimiento ilícito y al poner su inteligencia y su poder a disposición del capital extranjero (...)

A pesar de las advertencias nacionalistas de una opinión pública alerta, sigue presente la indiscriminada penetración de capitales norteamericanos en la industria, el comercio, las actividades relacionadas con el turismo y otros renglones de la economía y los servicios, penetración que se realiza con el respaldo de una banca también subordinada a instituciones internacionales que, a su vez, representan a los principales inversionistas norteamericanos que aqui operan, completando de esta manera el círculo vicioso que descapitaliza al país (...)

Más grave aún que la penetración de capital norteamericano, si cabe, es la inevitable consecuencia de que para consolidar su posición extiende su influencia, como la mala hierba, hasta los centros e instituciones de cultura superior, pugnando por orientar en su servicio la enseñanza y la investigación; y, asimismo, se introduce en las empresas que manejan los medios de información y comunicación, infiltrando ideas y normas de conducta tendientes a desnaturalizar la mentalidad, la idiosincrasía, los gustos y las costumbres nacionales y a convertir a los mexicanos en fáciles presas de la filosofía y las ambiciones del imperialismo norteamericano (...)

La política tendiente a obtener cuantiosos créditos y préstamos del exterior, en la confianza excesiva de nuestra capacidad de pago por el desarrollo que promueven, tendría también que considerar la pesada carga que esa política hace incidir sobre la economía del pueblo (...)

Mientras la banca privada y sus grandes socios sigan ensanchando sus actividades e influyendo decisivamente sobre las más diversas ramas de la economía, sin cortapisa alguna ni cauce legal que permita al gobierno intervenir en la forma de canalizar los recursos bancarios en la producción y los servicios de mayor importancia y beneficio popular, el desarrollo económico del país estará a expensas de los grupos financieros y su poderosa periferia (...)

Se observan claras tendencias monopolistas y aunque la cuantía de sus recursos podría deslumbrar a quienes piensan que los banqueros y sus socios se dispondrán a invertir considerables sumas para impulsar un desarrollo rural y urbano equilibrado, hasta la fecha, las exhortaciones amistosas en tal sentido sólo han encontrado de parte de los sectores financieros y, en general, de la iniciativa privada, la búsqueda de nuevos campos de inversión de altos rendimientos o mayores precios para sus manufacturas y artículos comerciales, sin atender las razones de interés nacional y social que el gobierno aduce (...)

Se podría argüir que no es responsabilidad del gobierno sino de los trabajadores, conquistar la democracia interna en los sindicatos y, en el caso de los no agrupados, que existen garantías para organizarse de acuerdo con la ley. Esto sería verdad en la medida que las condiciones de abatimiento social de los trabajadores dejaran de responder a indebidos privilegios de que disfrutan sus dirigentes para mantener en la inmovibilidad a las masas organizadas y al hecho de haber dejado en el desamparo a las que no están organizadas. Hay que considerar que la explotación patronal se ha recrudecido porque las organizaciones obreras han perdido su independencia y con ello, los demás trabajadores, todo estímulo (...)

La reforma educativa tiene que corresponder a las necesidades del desarrollo independiente y a las exigencias de una sociedad que sabe ya valorar el trabajo justamente compensado, la adquisición universal de la enseñanza y la salud en la solidaridad social como principales premisas para una fructífera convivencia (...)

¿Por qué no relacionar la preparación de la juventud con el desenvolvimiento económico y social del país, junto con la apertura de oportunidades de trabajo productivo y útil, lo mismo para los jóvenes técnicos y profesionales que para los que no tengan capacitación especializada, pues todos tienen la misma responsabilidad y los mismos derechos ante la nación, para hacer grande y justa a la patria mexicana? (...)

Los pueblos indígenas que habitan en distintos lugares de la República, a pesar de la diversidad del medio en que viven y de las características que los distinguen, tienen todos en común su estado de atraso y abandono y la explotación de que son objeto (...)

Es inútil ignorar que de tiempo atrás los intereses conservadores han adquirido señalada influencia debido a la aceptación tácita de la tesis, falsa por incompleta, de que para repartir la riqueza hay que producirla primero con la afluencia de recursos financieros, sin considerar que quienes extraen y transforman la riqueza han dado origen e incrementado con su trabajo tales recursos (...)

En México, a diferencia de los demás países de América Latina, las repercusiones de una revolución popular que reestructuró las bases de la economía y modificó las relaciones de clase, aún subsisten, y las mejorías logradas mantienen una estabilidad que, sin embargo, de no encontrar el régimen pronto solución a los ingentes problemas de las masas rurales y urbanas, tarde o temprano el país se verá arrastrado por la vorágine de una lucha entre las clases necesitadas y la que disfruta del poder económico, como viene sucediendo en el continente entero (...)

Es bien cierto que la juventud estudiosa y trabajadora requiere capacitación para integrarse a la sociedad en que viva, pero habrá que tener presente que su problema es también de conciencia y que, si llega a manifestarlo en actos de desesperación, es por su violenta inconformidad con un mundo en que conviven, impunemente, la opulencia y los privilegios de unos cuantos con la ignorancia y el desamparo de muchos. Es natural que en la juventud se acentúe, en razón de su generosa disposición, una preocupación humana por la suerte de sus semejantes (...)

Por sus antecedentes históricos y la proyección de sus ideales, México se debe a la civilización universal que se gesta en media de grandes convulsiones, abriendo a la humanidad horizontes que se expresan en la fraterna decisión de los pueblos de detener las guerras de conquista y exterminio, de terminar con la angustia del hambre, la ignorancia y las enfermedades; de conjurar el uso deshumanizado de los logros científicos y tecnológicos, y de cambiar la sociedad que han legitimado la desigualdad y la injusticia.

5 de noviembre de 2010

Los Minondo, medio historia, medio trama, medio chacota.

Este año bicentenario se acerca a su fin. Ya tuvimos el momento cumbre (las fiestas del 15 y 16 de septiembre, con desfiles neoconceptuales y colosos cuya fama duró apenas unos minutos) y al parecer el próximo 20 de noviembre tendremos algo parecido, aunque, como he señalado en otros posts, todo parece indicar que a nuestro gobierno actual no le agrada la idea de celebrar a la Revolución Mexicana, y menos aún si tomamos en cuenta que todavía no hemos podido deshacernos de esa versión de la historia que sirvió como discurso legitimador para los gobiernos de la Familia Revolucionaria, hasta que llegó Vicente Fox al poder en el año 2000.
Convertir al Paseo de la Reforma en una enorme ciudad deportiva no tuvo el éxito esperado; de hecho, ya nadie se acuerda de ello, a pesar de que la Comisión Nacional del Deporte se gastó bastantes millones de pesos en armar el númerito de poner fosas de clavados, albercas instantáneas, tatamis para Judo y Taekwondo y muchas otras cosas más en la avenida más importante de la Ciudad de México.
No sé qué opinen ustedes, pero yo estoy cada vez más convencido de que el plantón de 2006 dejó secuelas terribles para esta ciudad: a partir de entonces, cualquier "político ocurrente" se siente con el derecho de cerrar el tráfico en Reforma para realizar algún acto con el cual pararse el cuello, sin importarle todos los problemas que provoca a los ciudadanos. En fin, ese es tema para otro día.
De lo que quiero hablar hoy es de una serie de televisión que pasa por Canal Once, y es una de esas producciones hechas por el Instituto Politécnico Nacional para celebrar el Bicentenario. Al mismo tiempo, intenta sumarse a esas series que desde hace poco tiempo ha producido este canal y que han tenido algún éxito, como XY, Bienes Raíces y Soy tu fan.
Los Minondo es una serie dirigida por Carlos Bolado, Emilio Maillé y Charlie Gore. Trata sobre la historia de una familia mexicana, desde finales del siglo XVIII y hasta el asesinato de Emiliano Zapata en 1919. Manuel Minondo, fundador de esta familia, tiene que huir a la Nueva España luego de enamorarse perdidamente de Cayetana, quien está en la mira de un duque español que reta a duelo a Minondo.
Ya en la Nueva España, Manuel Minondo conoce a una indígena de Xochimilco llamada Eduviges, con la que tiene un hijo. Sin embargo, Cayetana logra huir de las garras del mentado duque y llega a estas tierras para reencontrarse con su amor, quien desde ese momento tiene su casa grande y su casa chica.
Con Cayetana, Minondo formará otra familia, la cual terminará relacionándose con Eduviges y el primer hijo de Manuel Minondo, armando un borlote propio de telenovela de Televisa, con incestos, traiciones, intrigas, un poco de porno, otro poco de gore y en el fondo la historia de nuestro país, desde los Borbones hasta el triunfo del Constitucionalismo.
La idea original y el guión es de Fausto Zerón-Medina, respetado historiador que ha colaborado en otros proyectos televisivos del mismo tipo que Los Minondo, como La Antorcha Encendida y El Vuelo del Aguila.
El problema de Los Minondo está en que todo ocurre tan rápido, que el espectador se pierde en la trama.
Por una parte, está la historia de la familia, narrada por Isabel San Juan, descendiente de la "Casa chica" de Manuel Minondo, quien vaga por el estado de Morelos rumbo a Xochimilco, acompañada de su nuera y su nieto para enterrar a su hijo, quien estaba con Zapata cuando los asesinaron. Durante el viaje, la señora le cuenta a su nieto toda está historia tan enredada, pero llega un momento en que para el espectador lo más inquietante es pensar en ese cadáver que están paseando y que seguramente llegará a la tumba convertido en fiambre.
Y por otro lado, esos hechos históricos de los que platica la señora San Juan son contados a la velocidad de la luz, lo que provoca errores históricos, como el fusilamiento de Hidalgo (no estaba de pie, sino sentado) el de Morelos (no lo sacaron de su casa, como dice el narrador; lo habían apresado y fue llevado a Ecatepec, donde lo fusilaron), el de Iturbide (al que ponen uniformado como general y dirigiendo su fusilamiento, lo que no ocurrió así), la firma de los Tratados de Velasco por Santa Anna (mal contado) y la invasión norteamericana a México que, debido a la falta de extras, se ve como un mínimo portazo en lugar de ser esa guerra que tantos dolores de cabeza nos provocó.
Sin embargo, y a pesar de todos esos errores, Los Minondo es una serie muy interesante y vale la pena pasarse los jueves viéndola, siempre y cuando no tomen muy en serio sus datos históricos. Les confieso que yo siempre la veo con un grupo de amigas (vía Twitter) y nos reímos mucho comentando la serie.
Sólo espero que, la próxima vez que Canal Once quiera hacer una serie histórica, la haga con más cuidado. No sirve de nada tener grandes y bellos escenarios si el relato principal está mal contado, o si las menciones históricas no son correctas. Canal Once ha hecho buenas series en los últimos tiempos, Los Minondo se merecía estar a su altura.

1 de noviembre de 2010

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa...

Elegía interrumpida.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al primer muerto nunca lo olvidamos,
aunque muera de rayo, tan aprisa
que no alcance la cama ni los óleos.
Oigo el bastón que duda en un peldaño,
el cuerpo que se afianza en un suspiro,
la puerta que se abre, el muerto que entra.
De una puerta a morir hay poco espacio
y apenas queda tiempo de sentarse,
alzar la cara, ver la hora
y enterarse: las ocho y cuarto.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
La que murió noche tras noche
y era una larga despedida,
un tren que nunca parte, su agonía.
Codicia de la boca
al hilo de un suspiro suspendida,
ojos que no se cierran y hacen señas
y vagan de la lámpara a mis ojos,
fija mirada que se abraza a otra,
ajena, que se asfixia en el abrazo
y al fin se escapa y ve desde la orilla
cómo se hunde y pierde cuerpo el alma
y no encuentra unos ojos a que asirse...
¿Y me invitó a morir esa mirada?
Quizá morimos sólo porque nadie
quiere morirse con nosotros, nadie
quiere mirarnos a los ojos.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al que se fue por unas horas
y nadie sabe en qué silencio entró.
De sobremesa, cada noche,
la pausa sin color que da al vacío
o la frase sin fin que cuelga a medias
del hilo de la araña del silencio
abren un corredor para el que vuelve:
suenan sus pasos, sube, se detiene...
Y alguien entre nosotros se levanta
y cierra bien la puerta.
Pero él, allá del otro lado, insiste.
Acecha en cada hueco, en los repliegues,
vaga entre los bostezos, las afueras.
Aunque cerremos puertas, él insiste.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Rostros perdidos en mi frente, rostros
sin ojos, ojos fijos, vaciados,
¿busco en ellos acaso mi secreto,
el dios de sangre que mi sangre mueve,
el dios de yelo, el dios que me devora?
Su silencio es espejo de mi vida,
en mi vida su muerte se prolonga:
soy el error final de sus errores.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
El pensamiento disipado, el acto
disipado, los nombres esparcidos
(lagunas, zonas nulas, hoyos
que escarba terca la memoria),
la dispersión de los encuentros,
el yo, su guiño abstracto, compartido
siempre por otro (el mismo) yo, las iras,
el deseo y sus máscaras, la víbora
enterrada, las lentas erosiones,
la espera, el miedo, el acto
y su reverso: en mí se obstinan,
piden comer el pan, la fruta, el cuerpo,
beber el agua que les fue negada.
Pero no hay agua ya, todo está seco,
no sabe el pan, la fruta amarga,
amor domesticado, masticado,
en jaulas de barrotes invisibles
mono onanista y perra amaestrada,
lo que devoras te devora,
tu víctima también es tu verdugo.
Montón de días muertos, arrugados
periódicos, y noches descorchadas
y amaneceres, corbata, nudo corredizo:
—saluda al sol, araña, no seas rencorosa...—

Es un desierto circular el mundo,
el cielo está cerrado y el infierno vacío

Octavio Paz.