29 de octubre de 2010

La última conversación, antes de que se derramara la sangre.


Aguascalientes, octubre de 1914. La Revolución Mexicana tenía ante sí la oportunidad de acabar de una vez con la violencia que había vivido el país desde el inicio de la rebelión maderista en 1910. México veía con esperanza esa reunión de líderes revolucionarios que condujera a una refundación del Estado y a una vida mejor para la sociedad. Desgraciadamente, las ambiciones pudieron más que las palabras y el país quedó envuelto en una nueva guerra civil.
De todo esto nos habla Felipe Avila en su libro -ya clásico- El Pensamiento económico, político y social de la Convención de Aguascalientes.
El asesinato de Francisco I. Madero en 1913 y la llegada al poder del golpista Victoriano Huerta, provocó que el norte de México se levantara en armas. Comandados por el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, los norteños exigieron la renuncia de Huerta y que se restableciera el orden constitucional. A esa nueva rebelión norteña se unió un líder revolucionario que había peleado junto a Madero y que, desde el estado de Chihuahua, deseaba vengar la muerte del apostol de la democracia: Francisco Villa.
Al mismo tiempo, el sur del país seguía en llamas, debido a la rebelión campesina que dirigía Emiliano Zapata desde el estado de Morelos. Zapata, quien primero fue aliado de Madero pero luego se sintió traicionado por él, exigía que los campesinos recobraran las tierras que las haciendas les habían quitado desde la segunda mitad del siglo XIX.
La unión de las fuerzas carrancistas, villistas y zapatistas logró acabar con el gobierno golpista en julio de 1914. Sin embargo, la victoria revolucionaria despertó la ambición de los vencedores. Todos estaban conscientes de que estaban viviendo una nueva etapa en la historia de México, muy alejada del Porfiriato o del Maderismo. Era momento de crear nuevas instituciones y transformar al país, pero para lograrlo, primero había que solucionar un enorme problema: ¿quién tenía el derecho de gobernar a México?
Desde el inicio de su revuelta, Venustiano Carranza señaló que él se encargaría del Poder Ejecutivo y que, luego del triunfo contra Huerta, llamaría a elecciones (para participar en ellas y convertirse en presidente constitucional de México). Sin embargo, el creciente poder de Francisco Villa hizo que las posibilidades de Carranza se pusieran en riesgo. Villa nunca quiso ser presidente, él siempre consideró que lo peor que le podía ocurrir a México era tener un líder inculto. Empero, la ambición comenzó a crecer entre villistas y carrancistas, por lo que era necesario encontrar alguna solución antes de que volviera a brotar la sangre.
En la ciudad de Torreón se reunió un grupo de representantes de ambos caudillos con la intención de evitar el enfrentamiento. Por su parte, Venustiano Carranza llamó a sus generales y a los gobernadores de los estados que lo apoyaban a realizar una junta en la Ciudad de México, donde pudieran discutir la formación de un gobierno interino y las reformas que éste tenía que llevar a cabo. sin embargo, ninguna de estas dos reuniones tuvo éxito, por lo que un amplio grupo de revolucionarios villistas y carrancistas convocó a todos los demás a reunirse en la ciudad de Aguascalientes, para realizar una gran Convención que, de una vez por todas, solucionara el enorme problema que se acercaba.
Pero desde antes de que comenzaran las sesiones de la Convención ya había muchos inconvenientes. Uno de ellos radicaba en lo que cada grupo quería para México. Los zapatistas exigían que todo el país aceptara y aplicara el Plan de Ayala: expropiar la tercera parte de los latifundios, nacionalizar los bienes de los enemigos de la Revolución, reivindicar al Juarismo y que los campesinos tomaran las tierras por la fuerza.
Los carrancistas querían restablecer la legitimidad constitucional (con Carranza como presidente); no se planteaban reformas sociales, o por lo menos no como lo querían los zapatistas. Abogaban más bien por cambios graduales y que se dieran lentamente. No tenían una ideología revolucionaria que quisiera acabar con la gran propiedad o mejorar las condiciones de vida de los trabajadores asalariados. Todo eso vendría después.
Por su parte, los villistas deseaban un gobierno democrático, que expropiara las tierras y las repartiera a los campesinos. Parecido a lo que quería el Plan de Ayala, pero no de forma tan brusca.
Como se puede ver, la Convención nació con muchos problemas. Las sesiones comenzaron el 10 de octubre de 1914, y desde el inicio se veía que las cosas no pintaban bien: para empezar era una reunión de los vencedores de la revuelta contra Huerta, lo que dejaba fuera a muchos sectores de la sociedad mexicana. De los 155 delegados que participaron, 51 eran generales y el resto eran coroneles, capitanes y tenientes. Hay que decir que la mayoría de estos militares (o casi todos) en realidad eran civiles que se habian unido a la lucha y obtuvieron sus grados por haber atraido a muchos hombres para la causa. Casi ninguno tuvo formación militar, lo que sabían de la guerra era por lo que habian vivido desde 1910. Los generales con apenas cuatro años de campaña (o menos) abundaban, y seguramente muchos de ellos ya no tenían una tropa que los sostuviera.
La mayoría de los generales del ejército villista, (la División del Norte) acudieron a la Convención. No así la oficialidad carrancista. Los más importantes generales y gobernadores aliados de don Venustiano enviaron representantes, pero no fueron a Aguascalientes.
Además, faltaba el tercer actor de esta comedia, a quien al principio no se le había invitado: los zapatistas. La Convención estaba coja sin ellos, por lo que el general Felipe Angeles pidió a los presentes que se enviara una comisión al estado de Morelos para traer a los aliados de Emiliano Zapata.
La misión de la Convención era pacificar al país, unificarlo, y crear un gobierno provisional que cumpliera con las exigencias de la Revolución. Como un gesto simbólico, se les ocurrió que todos los participantes estamparan su firma en una Bandera Nacional, lo que casi provocó una balacera al interior del recinto, cuando uno de ellos, Antonio Díaz Soto y Gama, dijo que la Bandera era el símbolo de una mentira histórica y la insignia del triunfo de la reacción clerical que instauró el imperio de Iturbide.
Afortunadamente, nadie murió durante la Convención y esta pudo continuar con sus trabajos. Villa acudió a Aguascalientes, pero Zapata y Carranza no. El primero no quiso salir del estado de Morelos, mientras que el segundo (que estaba en la Ciudad de México) insistía con que era el unico con la legitimidad para gobernar al país. Su enojo creció cuando la Convención se declaró "Soberana" y amenazó con lanzar sus tropas contra ella si no rectificaban su decisión.
Por su parte, los zapatistas sí acudieron, pero para exigir que la Convención aceptara el Plan de Ayala para su inmediata aplicación en todo el país. La desconfianza cundía por Aguascalientes, y el problema estaba en Carranza, Villa y Zapata. Se sugirió que los tres se exiliaran para encontrar una solución, y el general Villa fue más allá, proponiéndole a Carranza que ambos se suicidaran para que otros pudieran gobernar a México.
Al final, la Convención Soberana decidió que había que nombrar a un nuevo presidente que contara con el respaldo de todos los grupos revolucionarios y se decidieron por un oscuro general maderista llamado Eulalio Gutiérrez. Eso rompió a la Convención. Carranza la desconoció y abandonó la capital para dirigirse con sus tropas al puerto de Veracruz. La nueva guerra civil estaba a punto de iniciar.
El 14 de noviembre de 1914, la Convención dio a conocer un programa "mínimo" de acciones revolucionarias, que consistía en destruir el latifundio, repartir la tierra a los campesinos, castigar a los enemigos de la Revolución confiscándoles sus bienes, darle mayor autonomía a los municipios, adoptar el régimen parlamentario, reorganizar al poder judicial e instruir a las clases trabajadoras. Sin embargo, nada de ésto era realmente aplicable si antes no acababan con los carrancistas.
En diciembre de 1914, las fuerzas de la Convención entraron a la Ciudad de México. El día 4 de ese mes, en Xochimilco, Francisco Villa y Emiliano Zapata se vieron por primera vez, y dos días más tarde entraron a Palacio Nacional, para tomarse esa famosa foto en la que Villa está sentado en la Silla Presidencial.
Todo parecía ir bien para la Convención. Pero el sueño comenzó a derrumbarse en enero de 1915. Si bien los convencionistas no hicieron tantos estropicios en la Ciudad como las tropas carrancistas, la delincuencia estaba en su apogeo. Además, el presidente Gutiérrez impidió el envio de suministros militares a los zapatistas, lo que provocó que Villa enfureciera y estuviera a punto de matarlo. Gutiérrez tuvo que huir de la Ciudad de México y la Convención nombró a su segundo presidente, Roque González Garza.
Pero el gran problema de la Convención vino de sus dos verdaderos líderes: Villa y Zapata. A pesar de sus abrazos y protestas de lealtad, el ejército zapatista no salió de Morelos para combatir a Carranza, y la División del Norte estaba agotada luego de tantas luchas, además de que sus efectivos estaban dispersos por el centro y norte de México, lo que le impedía atacar el estado de Veracruz. Mientras tanto, Carranza se fortalecía, esperando el momento para el ataque final.
Ese momento llegó en abril de 1915, en Celaya. Los dos grandes estrategas de la Revolución -Francisco Villa y Álvaro Obregón- se enfrentaron en varias batallas que dejaron cientos de miles de muertos, un brazo amputado y a la División del Norte casi destrozada.
Sin el apoyo de Villa -quien tuvo que moverse a Chihuahua buscando refugio- la Convención estaba casi muerta. Cobijados por Zapata, se dirigieron a Morelos y nombraron a un tercer presidente: Francisco Lagos Cházaro. Sin embargo, su suerte estaba echada. En la primavera de 1916 desapareció la Convención Soberana.
Carranza volvió a ocupar la Ciudad de México y comenzó una nueva etapa en nuestra historia. Durante mucho tiempo la Convención de Aguascalientes ha sido vista como un incidente menor en la Revolución Mexicana, pero si la examinamos con cuidado podemos extraer de ella valiosas enseñanzas. Quizá la mayor de ellas está en los tremendos problemas que podemos vivir nuevamente, si dejamos que la ambición pese más que el interés nacional.



25 de octubre de 2010

Alí Chumacero (1918-2010)


Muerte del hombre


Si acaso el ángel desplegara
la sábana final de mi agonía
y levantara el sueño que me diste, oh vida,
un sueño como ave perdida entre la niebla,
igual al pez que no comprende
la ola en que navega
o el peligro cercano con las redes;
si acaso el ángel frente a mi dijera
la ultima palabra,
la decisión mortal de mi destino
y plegando las alas junto a mi cuerpo hablara,
como cuando el rocío desciende lento hacia la rosa
al dar el primer paso la mañana,
ya miraría en mi sangre
el negro navegar, la noche incierta,
el pájaro que sufre sin sus alas
y la más grave lentitud: la muerte.
Aun cerca de la íntima agonía
estás, oh muerte, clara como espejo;
más abierta que el mar,
más segura que el aire que entró por la ventana,
más mía y más ajena
por mi sangre y mis brazos
en esta soledad.
Estás tan fértil como niño
que, angustiado, llora antes de ser,
entre la sangre siendo
y por la piel más vivo que la piel;
te llevo como árbol, tierra y cauce,
y eres la savia pura,
la flor, la espuma y la sonrisa,
eres el ser que por mi sangre es
como la estrella ultima del cielo.

Si acaso el ángel sigiloso
abriera la ventana
te miraría salir interminablemente
como un tiempo cansado
hacia su sombra vuelto,
como quien frente al mundo se pregunta:
"¿En qué lugar está mi soledad?"

Si acaso el ángel me mirara,
abierta ya la niebla de mi carne,
sin nubes, sin estrellas,
sin tiempo en que mecer la luz de mi agonía,
encontraría tan sólo a ti, oh muerte,
llevándome a tu lado, fiel;
te encontraría tan sola a ti, sin mí,
ya sin cuerpo ni voz,
sin angustia ni sueños,
te hallara entonces pura, oh muerte mía.

22 de octubre de 2010

Los dueños de la Ciudad de México


En diciembre de 1914, la Ciudad de México vivía temerosa ante la posibilidad de ser destruida. Los que tenían recursos huían de la capital mientras que el resto intentaba juntar la poca comida que quedaba o se entregaban al fervor religioso. La causa de tanto pánico era la próxima llegada de las tropas de los generales Emiliano Zapata y Francisco Villa. Los revolucionarios habían declarado que la Ciudad de México tendría que pagar su culpa, por no haber defendido al presidente Francisco I. Madero cuando fue víctima de un golpe de Estado que acabó con su vida en 1913.
El golpista general Victoriano Huerta desató una nueva guerra civil, mucho más sangrienta que la que logró la renuncia de Porfirio Díaz en 1911. Luego de vencer a Huerta, los revolucionarios, deslumbrados ante la posibilidad de adueñarse de México, empezaron a pelearse entre sí. La Ciudad de Aguascalientes fue la sede de una convención que buscaba una salida negociada ante las presiones de los nuevos generales, pero ésto no pudo darse. Venustiano Carranza huyó hacia Veracruz para fortalecerse, mientras Villistas y Zapatistas tomaban la temerosa Ciudad de México.
Sin embargo, la capital descubrió pronto que las "hordas zapatistas" no llegaron sedientos de sangre. En su lugar, se dedicaron a pedir tortillas en las casas de la ciudad, aunque algunos aprovecharon su estancia para comer en un nuevo restaurante: Sanborns. Si bien hubo casos de violencia, en ningún modo se comparan con lo que hicieron sus rivales -los carrancistas- cuando les tocó adueñarse de la ciudad.



El día 16, los generales Francisco Villa y Emiliano Zapata, junto con los miembros de la Convención de Aguascalientes, entraron a la Ciudad de México. La película nos muestra que pudo más la curiosidad y las ganas de ver a los vencedores de Victoriano Huerta que el miedo ante el pillaje. Cientos de miles de personas se congregaron en el Zócalo para recibir a los comandantes del Ejército Libertador del Sur y de la División del Norte. Esa gran plaza que vio llegar a Iturbide, al ejército norteamericano, a las tropas francesas que trajeron a Maximiliano, al ejército repúblicano que regresó a Juárez al poder, y que fue testigo de los grandes festejos por el centenario de 1910, ahora contemplaba un nuevo momento de nuestra historia.

18 de octubre de 2010

Friedrich Katz y la guerra secreta en México.


El sábado anterior, los historiadores mexicanos y todos aquellos que gustan de nuestra historia, recibimos una muy triste noticia: falleció el Dr. Friedrich Katz. Gran conocedor de la historia de México, especialmente de los siglos XIX y XX, el Dr. Katz formó a muchos historiadores mexicanos que comparten con él su pasión por el estudio de nuestro pasado.
El Dr. Katz hizo estudios sobre diversos aspectos de la historia mexicana, como los campesinos, el Porfiriato, las luchas rurales, y quizá su gran obra fue la biografía de Pancho Villa, un material imprescindible para conocer al Centauro del Norte, y que durante muchos años será un referente para las investigaciones que se hagan sobre el Villismo.
En los próximos meses habrá muchos homenajes (muy merecidos) en su memoria. Yo quiero recordarlo comentando uno de sus mejores libros, un texto que nos muestra cómo la historia de nuestro país ha estado influida por acontecimientos ocurridos mucho más allá de nuestras fronteras.
La Guerra Secreta en México fue escrita en los años 80, con base en un estudio anterior hecho por el Dr. Katz sobre la influencia alemana en México durante la Revolución y el Porfiriato. Hasta antes de la publicación de este libro sabíamos muy poco sobre la participación de gobiernos extranjeros en la historia de México durante el siglo XX. Los historiadores mexicanos tenemos la mala costumbre de quedarnos en nuestra parcela y nos cuesta trabajo ver hacia afuera, donde podríamos encontrar aquellas claves que nos faltan para comprender mejor la historia de nuestro país.
La Revolución Mexicana no fue un hecho aislado en la historia mundial. A su alrededor ocurrió otro hecho mucho más importante, que transformo totalmente al planeta: la Primera Guerra Mundial.
Los participantes en este conflicto también se enfrentaron en México, el cual desde entonces se convirtió en un sitio en el que el espionaje mundial tenía gran actividad, aunque para la población mexicana esto pasara inadvertido.
La historia comienza en el Porfiriato, cuando la estabilidad política atrajó inversiones extranjeras. Norteamericanos, ingleses, alemanes y franceses trajeron sus capitales, confiando en que el gobierno de Porfirio Díaz los ayudaría a incrementarlos.
Cuando Díaz se fue y llegó Madero, los gobiernos extranjeros tuvieron miedo de que esas inversiones desaparecieran, por lo que presionaron al nuevo presidente, hasta perderle la confianza. Fue entonces cuando apoyaron el golpe de Estado de 1913, instigado por el embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson.
Al morir Madero y conforme la guerra en México se recrudeció, estos gobiernos se vieron con el problema de tener que negociar a cada rato con los caudillos triunfadores, en lo que la guerra terminaba y reconstruían al país. Los distintos gobiernos extranjeros apoyaron a un caudillo o a otro para que sus intereses estuvieran seguros.
Sn embargo, al mismo tiempo que hacían ésto en México, las potencias estaban enfrentadas entre sí por la guerra mundial. Eso hizo que México se convirtiera en uno más de los campos de batalla por el control del globo. Un campo en el que las luchas se dieron a través de las presiones diplomáticas y económicas, del chantaje y el soborno a los caudillos, y fundamentalmente a través del espionaje.
Al comenzar la guerra mundial, las potencias aprovecharon los conflictos que tenían sus enemigos en los países que ocupaban para causarles más problemas e impedir que las tropas avanzaran. Alemania apoyó los movimientos nacionalistas que ocurrieron en esa época en Irlanda y en La India para obstaculizar a los británicos, y permitió que Lenin regresara a Rusia, otro enemigo de los alemanes.
Los ingleses, por su parte, fomentaron una rebelión árabe contra los turcos, (que eran aliados de los alemanes), y apoyaron al movimiento nacionalista checo contra el imperio austrohúngaro.
Lo interesante de la guerra secreta que ocurrió en México, es cómo las potencias usaron los conflictos nacionales en su provecho, y al mismo tiempo de qué manera esos caudillos se valieron de la guerra mundial para sostenerse.
Cuando los alemanes intentaron apoyar a Victoriano Huerta con armas (lo que provocó el ataque norteamericano al Puerto de Veracruz en 1914), Carranza protestó alegando que era una afrenta a la soberania nacional, con lo que fortaleció su posición en medio de la guerra civil que México vivía.
Inglaterra tuvo malas relaciones con los carrancistas, por lo que intentó acendrar las divisiones entre México y Estados Unidos, pero ésto sólo logró que la influencia británica en el país descendiera cada vez más.
Estados Unidos salió de la Primera Guerra Mundial convertido en la potencia más importante del planeta, y su influencia también se dejó sentir en México, aunque en los años que siguieron tendría problemas para construir una nueva relación que conviniera a ambos gobiernos.
Inglaterra perdió la influencia que tenía en México, principalmente porque menospreció a los ganadores de la Revolución y creyó que todo se solucionaría con una intervención armada.
El caso más interesante es el de los alemanes. Desde el Porfiriato tuvieron inversiones en México, aunque no del tamaño de los ingleses y norteamericanos. Cuando estalló la guerra en el país, buscó el apoyo de Venustiano Carranza, proponiéndole, entre otras cosas, una alianza militar germano-mexicana, para impedir que Estados Unidos entrara a la guerra en Europa.
Carranza aprovechó el ofrecimiento alemán para presionar a Estados Unidos y de ese modo lograr su reconocimiento. Si bien admiraba a los alemanes, nunca pensó en concretar esa alianza militar, ya que sabía que hubiera sido su fin (y tal vez también el de México). En su lugar utilizó esa propuesta para conseguir lo que realmente quería: el apoyo norteamericano.
El mejor modo de homenajear a un historiador es leyéndolo. De ese modo no podrá irse del todo de nuestras vidas. Lo tendremos presente a través de su lectura y de las nuevas discusiones que pueda propiciar. Por todo lo que nos enseño sobre la historia de nuestro país, muchas gracias, Dr. Katz.

15 de octubre de 2010

La entrevista de Chapultepec.


En diversos posts he mencionado la famosa entrevista entre el general Porfirio Díaz y el periodista James Creelman, pero no me he referido directamente a ella. Es un documento muy importante porque en él podemos escuchar directamente a Díaz en lugar de que un tercero nos explique sus ideas. La entrevista se realizó en enero de 1908 en el Castillo de Chapultepec y fue publicada en la revista Pearson´s Magazine. Hay que decir que era una entrevista pensada para el público norteamericano y no para que se publicara en México, aunque el diario El Imparcial (el más importante de México en esa época) la tradujo poco después de su aparición en Estados Unidos.
En México nos hemos quedado con apenas una declaración de Díaz a Creelman: esa en la que dice que el país ya está listo para la democracia y por eso no se reelegirá en 1910. Sin embargo, en la entrevista habla sobre muchas otras cosas, como su visión de la historia mexicana, su opinión sobre el carácter de sus compatriotas, el problema indígena, las inversiones, la relación con Estados Unidos y otras cosas más.
Les dejo algunas de las declaraciones de Díaz con respecto a su país. A casi 103 años de esta conversación, muchas de lo que declara el viejo general sigue vigente. Es un recuerdo de que a pesar de los cambios vividos, no hemos resuelto los problemas más urgentes que tiene nuestro país.

"Es un error suponer que el futuro de la democracia en México ha sido puesto en peligro por la prolongada permanencia en el poder de un solo presidente -dijo en voz baja-. Puedo con toda sinceridad decir que el servicio no ha corrompido mis ideales políticos y que creo que la democracia es el único justo principio del gobierno, aun cuado llevarla al terreno de la práctica sea posible sólo en pueblos altamente desarrollados".

"Puedo dejar la presidencia de México sin ningún remordimiento, pero lo que no puedo hacer, es dejar de servir a este país mientras viva"

"Existe la certeza absoluta de que cuando un hombre ha ocupado por mucho tiempo un puesto destacado, empieza a verlo como suyo, y está bien que los pueblos libres se guarden de las tendencias perniciosas de la ambición individual. Sin embargo, las teorías abstractas de la democracia y la efectiva aplicación práctica son a veces, por su propia naturaleza, diferentes. Esto es, cuando se busca más la substancia que la mera forma".

"Recibí este gobierno de manos de un ejército victorioso, en un momento en que el país estaba dividido y el pueblo impreparado para ejercer los supremos principios del gobierno democrática. Arrojar de repente a las masas la responsabilidad total del gobierno, habría producido resultados que podían haber desacreditado totalmente la causa del gobierno libre".

"Sin embargo, a pesar de que yo obtuve el poder principalmente por el ejército, tuvo lugar una elección tan pronto que fue posible y ya entonces mi autoridad emanó del pueblo. He tratado de dejar la presidencia en muchas y muy diversas ocasiones, pero pesa demasiado y he tenido que permanecer en ella por la propia salud del pueblo que ha confiado en mí. El hecho de que los valores mexicanos bajaran bruscamente once puntos durante los días que la enfermedad me obligó a recluirme en Cuernavaca, indica la clase de evidencia que me indujo a sobreponerme a mi inclinación personal de retirarme a la vida privada".

"Hemos preservado la forma republicana y democrática de gobierno. Hemos defendido y guardado intacta la teoría. Sin embargo, hemos también adoptado una política patriarcal en la actual administración de los asuntos de la nación, guiando y restringiendo las tendencias populares, con fe ciega en la idea de que una paz forzosa permitiría la educación, que la industria y el comercio se desarrollarían y fueran todos los elementos de estabilización y unidad entre gente de natural inteligente, afectuoso y dócil".

"He esperado pacientemente porque llegue el día en que el pueblo de la República Mexicana esté preparado para escoger y cambiar sus gobernantes en cada elección, sin peligro de revoluciones armadas, sin lesionar el crédito nacional y sin interferir con el progreso del país. Creo que, finalmente, ese día ha llegado".

"Los ricos están demasiado preocupados por sus mismas riquezas y dignidades para que puedan ser de alguna utilidad inmediata en el progreso y en el bienestar general. Sus hijos, en honor a la verdad, no tratan de mejorar su educación o su carácter. Pero por otra parte, los pobres son a su vez tan ignorantes que no tienen poder alguno".

"Es por esto que en la clase media, emergida en gran parte de la pobre, pero asimismo en alguna forma de la rica; clase media que es activa, trabajadora, que a cada paso se mejora y en la que una democracia debe confiar y descansar para su progreso, a la que principalmente atañe la política y el mejoramiento general".

"Antiguamente, no teníamos una verdadera clase media en México, porque las conciencias y las energías del pueblo estaban completamente absorbidas por la política y la guerra. La tiranía española y el mal gobierno habían desorganizado la sociedad. Las actividades productivas de la nación habían sido abandonadas en las luchas sucesivas. Existía una confusión general. No había garantías para la vida o la propiedad y es lógico que una clase media no podía aparecer en estas circunstancias."

"El futuro de México está asegurado -dijo con voz clara y firme-. Mucho me temo que los principios de la democracia no han sido plantados profundamente en nuestro pueblo. Pero la nación ha crecido y ama la libertad. Nuestra mayor dificultad la ha constituido el hecho de que el pueblo no se preocupa lo bastante acerca de los asuntos públicos, como para formar una democracia. El mexicano, por regla general, piensa mucho en sus propios derechos y está siempre dispuesto a asegurarlos. Pero no piensa mucho en los derechos de los demás. Piensa en sus propios privilegios, pero no en sus deberes. La base de un gobierno democrático la constituye el poder de controlarse y hacerlo le es dado solamente a aquellos quienes conocen los derechos de sus vecinos".

"Los indios, que son más de la mitad de nuestra población, se ocupan poco de la política. Están acostumbrados a guiarse por aquellos que poseen autoridad, en vez de pensar por sí mismos. Es esta una tendencia que heredaron de los españoles, quienes les enseñaron a abstenerse de intervenir en los asuntos públicos y a confiar ciegamente en que el gobierno los guíe. Sin embargo, yo creo firmemente que los principios de la democracia han crecido y seguirán creciendo en México."

"Es verdad que no hay partido oposicionista. Tengo tantos amigos en la República que mis enemigos no parecen estar muy dispuestos a identificarse con una tan insignificante minoría. Aprecio en lo que vale la bondad de mis amigos y la confianza que en mí deposita mi patria; pero esta absoluta confianza impone responsabilidades y deberes que me fatigan cada día más".

"El país ha confiado en mí, como ya dije, y ha sido generoso conmigo. Mis amigos han alabado mis méritos y pasado por alto mis defectos. Pero pudiera ser que no trataran tan generosamente a mi sucesor y que éste llegara a necesitar mi consejo y mi apoyo; es por esto que deseo estar todavía vivo cuando él asuma el cargo y poder así ayudarlo."

"Doy la bienvenida a cualquier partido oposicionista en la República Mexicana -dijo. Si aparece, lo consideraré como una bendición, no como un mal. Y si llegara a hacerse fuerte, no para explotar sino para gobernar, lo sostendré y aconsejaré, y me olvidaré de mí mismo en la victoriosa inauguración de un gobierno completamente democrático en mi país".

"Es para mí bastante recompensa ver a México elevarse y sobresalir entre las naciones pacíficas y útiles. No tengo deseos de continuar en la presidencia, si ya esta nación está lista para una vida de libertad definitiva. A los 77 años, estoy satisfecho con mi buena salud y esto es algo que no pueden crear ni la ley ni la fuerza. Yo, personalmente, no me cambiaría por el rey americano del petróleo y sus millones."

"Empezamos castigando el robo con pena de muerte y apresurando la ejecución de los culpables en las horas siguientes de haber sido aprehendidos y condenados. Ordenamos que donde quiera que los cables telegráficos fueran cortados y el jefe del distrito no lograra capturar al criminal, él debería sufrir el castigo; y en el caso de que el corte ocurriera en una plantación, el propietario, por no haber tomarlo medidas preventivas, debería ser colgado en el poste de telégrafo más cercano. No olvide usted que éstas eran órdenes militares".

"Éramos duros. Algunas veces, hasta la crueldad. Pero todo esto era necesario para la vida y el progreso de la nación. Si hubo crueldad, los resultados la han justificado con creces."

"Fue mejor derramar un poco de sangre, para que mucha sangre se salvara. La que se derramó era sangre mala, la que se salvó, buena".

"La paz era necesaria, aun cuando fuese una paz forzada, para que la nación tuviera tiempo de pensar y actuar. La educación y la industria han llevado adelante la tarea emprendida por el ejército."

"Quiero ver la educación difundida por todo el país, llevada por el gobierno nacional. Espero verlo antes de morir. Es importante para los ciudadanos de una república el recibir todos la misma instrucción, de modo que sus ideales y sus métodos puedan armonizar y se intensifique así la unidad nacional. Cuando los hombres leen las mismas cosas y piensan lo mismo, están más dispuestos a actuar de común acuerdo."

"Los indios son amables y agradecidos. Todos, menos los yaquis y algunas tribus mayas. Tienen tradiciones de una antigua civilización propia. Se les encuentra a menudo entre los abogados, ingenieros, doctores, oficiales del ejército y otros profesionales."

"Los hombres son más o menos iguales en todo el mundo. Las naciones son como los hombres. Deben ser estudiadas y sus movimientos comprendidos. Un gobierno justo es simplemente el conjunto de las ambiciones colectivas de un pueblo, expresadas prácticamente."

"Todo se reduce a un estudio de lo individual. Es lo mismo en todos los países. El individuo que apoya a su gobierno en paz o en guerra tiene algún motivo personal. La ambición puede ser buena o mala, pero no es, en el fondo, más que una ambición personal. El principio de un gobierno verdadero es descubrir cuál es ese motivo y el gobernante nato debe buscar, no para extinguir, sino para regular, la ambición individual. Yo he tratado de seguir esta regla en mis relaciones con mis compatriotas, quienes son por naturaleza amables y afectuosos y que siguen con más frecuencia los dictados de su corazón que los de su cabeza. He tratado de descubrir qué es lo que el individuo quiere. Aun de su adoración a Dios un hombre espera algo a cambio y ¿cómo un gobierno humano espera obtener algo más grande de su organización?"

"La experiencia me ha convencido de que un gobierno progresista debe buscar premiar la ambición individual tanto como sea posible, pero debe poseer un extinguidor, para usarlo firme y sabiamente cuando la ambición individual arde demasiado para que siga conviniendo al bien común."

11 de octubre de 2010

Las lecciones que nos dejó la Revolución Mexicana


Una de las cosas que más me fascina de la Revolución Mexicana fue su capacidad de crear un nuevo sistema político que combinara el pasado nacional con las necesidades de su presente y los anhelos del futuro. El grupo sonorense que llegó al poder en 1920 luego del asesinato de Venustiano Carranza, y luego sus herederos, pudieron construir un nuevo modelo que permitió que México gozara de una estabilidad que superó a lo que hizo Porfirio Díaz mientras gobernó este país. Ahora bien, ¿en qué consistía esa estabilidad?, ¿cuáles fueron las lecciones que aplicó la Familia Revolucionaria para que el país no volviera a bañarse en sangre? las respuestas nos las da María Amparo Casar en su artículo "Supervivencia política mexicana", publicado en la serie "La Construcción de México, 1810-2010" de la revista Nexos del mes de septiembre:

Lección uno: la democracia como tal siempre nos ha costado un enorme trabajo. Son más las ocasiones en que los experimentos democráticos en México han fracasado que las veces que ha triunfado. Pero al mismo tiempo tenemos una tradición política que aspira a la democracia. Las dictaduras como tal tampoco funcionaron ni nos gustan. ¿Qué hacer entonces? pues construir un modelo que sea medio democrático y medio dictatorial.
La base está en nuestra Constitución. Ésta siempre ha sido el sostén de nuestro sistema político y ha permitido la transferencia pacífica, regulada y legitimada del poder. El problema está en que, como bien sabemos, en muchas ocasiones simplemente no se aplica. Esto se debe a que el sistema otorga al presidente en turno una serie de facultades "discrecionales" (como las llama Casar) con las que puede meter en cintura a cualquier trastorno interior que surja, (como la toma de las instalaciones de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro hace un año, o el intento de desalojo de la Plaza de las Tres Culturas por parte del Ejército el 2 de octubre de 1968, por mencionar sólo dos ejemplos).
Estas facultades discrecionales facilitaban el trabajo del Ejecutivo, pero no le permitían utilizarlas a su conveniencia, para evitar el surgimiento de un nuevo caudillo que se quedara en el poder hasta que la muerte o una nueva Revolución lo levantaran de la Silla Presidencial.
Para el sistema político estaba claro que no gobernaban un país democrático, aunque éste quisiera serlo. Ante el peligro de las fragmentaciones había que gobernar autoritariamente, pero con un anhelo democrático para de ese modo satisfacer las diversas necesidades de los miembros de la Familia Revolucionaria.

Lección dos: Había que encontrar un mecanismo que permitiera solucionar el problema de la sucesión en el poder. Algo que por lo menos desde el final de la Independencia (1821) y el inicio del Porfiriato (1876) fue casi imposible de lograr.
Y también había que encontrar la forma para que los miembros de la élite política compartieran entre sí el poder sin tener que desenfundar las pistolas a cada rato. La solución estuvo en la creación de un Partido Oficial que pudo congregar a todos los sobrevivientes de las matanzas revolucionarias, y que logró asegurar algo muy importante: la disciplina política. Los vencidos tenían que aceptar su destino y permitir que los vencedores gobernaran, pero sabiendo que su futuro no estaba cancelado para siempre. Si se comportaban de forma leal y disciplinada, el sistema los recompensaría y más adelante ellos podrían ser los vencedores. Esta regla no funcionó en todos los casos, (el Henriquismo es prueba de ello), pero sí en la mayoría de las ocasiones, permitiendo que México gozara de una estabilidad envidiada por el resto del continente.

Lección tres: Había que sacar a los militares del juego político, y transformar al Ejército para que dejara de ser una facción armada para convertirse en un instituto defensor de la legalidad y la estabilidad nacional. Desde el nacimiento de México a principios del siglo XIX el ejército fue usado por los caudillos para hacerse del poder, (uno de los males de ese tiempo, como bien señaló Francisco I. Madero). Durante la Revolución, el prestigio entre la tropa fue una de las razones por las que Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles se volvieron presidentes, y no por un juego político regulado. Enviar al Ejército a los cuarteles, como hizo Manuel Avila Camacho, permitió que éste se institucionalizara y dejara de ser usado por los caudillos en turno.

Lección cuatro: El nuevo Estado mexicano surgido de la Revolución tendría que enfrentarse a otros poderes, y uno de ellos era muy antiguo y muy fuerte: la Iglesia Católica. Luego del golpe que sufrió con la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma, la Iglesia fue recuperando parte de su poder durante el Porfiriato, para luego encontrarse con los Revolucionarios, quienes fluctuaban entre el laicismo y el anticlericalismo. La Guerra Cristera fue un juego de pulso en el que no hubo claramente vencedores ni vencidos, pero sí se construyó una nueva relación en donde la Iglesia reconocía la autoridad del Estado a cambio de que éste le otorgara un amplio margen de maniobra al interior de la sociedad mexicana.

Lección cinco: Centralizar el poder. México vivió gran parte del siglo XIX con el pánico de que en cualquier momento sus componentes podrían separarse como le ocurrió a Centroamérica. La autoridad central no tenía el suficiente poder para negociar con los poderes regionales. Eso se construyó con el tiempo y a partir del control del ejército y de los recursos financieros. La Constitución de 1857 no le dio tanto poder al Ejecutivo, por lo que Juárez y Díaz tuvieron que echar mano de un complejo mecanismo de dialogo y coerción para conseguir el apoyo de los líderes de los Estados y afianzar su poder. El Estado surgido en 1917 poco a poco otorgó al Ejecutivo cada vez más prerrogativas con las cuales se convirtió en el eje del sistema político durante gran parte del siglo XX para garantizar, una vez más la estabilidad añorada por décadas.

Lección seis: Controlar a las masas populares y usarlas a favor del régimen. En lugar de negociar directamente con los afectados (lo que hubiera sido imposible), el Estado mexicano prefirió agrupar a los campesinos, obreros y miembros de la clase media, fomentando el corporativismo. Con ésto logró fortalecerse, ya que éstos grupos votaban por él dándole legitimidad, y a cambio recibían mejores condiciones de trabajo, prestaciones sociales, y para los líderes corporativistas, el derecho a recibir una tajada del pastel político.


Lección siete: entre la fortaleza y la debilidad, ya no podía estar el desierto. Si Dios estaba lejos, ya no servía el simplemente lamentarse por la cercanía de Estados Unidos. Había que construir una nueva relación con el vecino del norte, basada en garantizarle que su frontera estaría en paz y con un gobierno de tipo capitalista. A cambio, México pidió respeto a su soberanía y el reconocimiento de que nuestro gobierno podría disentir en muchas de las políticas aplicadas en Latinoamérica por parte del gobierno norteamericano.


Lección ocho: había que establecer los mecanismos necesarios para darle el mayor margen de maniobra posible al presidente en turno, con la condición de que no se valiera de esas facultades discrecionales para perpetuarse en el poder. Los políticos locales lo obedecerían en todo momento, el Ejército le sería absolutamente fiel, los poderes legislativo y judicial no cuestionarían sus acciones y tendría en control de la política económica del país, pero sólo si utilizaba ese enorme poder para fortalecer al sistema político y nunca a sí mismo.



8 de octubre de 2010

La voz de Don Porfirio.

El 15 de agosto de 1909, el general Porfirio Díaz mandó una carta de agradecimiento al inventor Thomas Alva Edison porque el segundo le envió uno de los primeros fonógrafos que habían salido de su laboratorio. La carta no estaba en papel, sino en un cilindro de cera, donde quedó grabada la voz del viejo presidente. Es quizá la grabación más antigua de la historia de México (si no es que la primera) y un testimonio invaluable que nos muestra a un Díaz ya envejecido pero aún fuerte y muy interesado por los adelantos científicos que maravillaban a su mundo. Si nunca lo han escuchado, o si ya lo hicieron alguna vez, espero que lo disfruten.


4 de octubre de 2010

Bienvenidos al futuro mexicano.


Como bien saben mis lectores, este blog navega por la historia; se mueve en el pasado viendo hacia el futuro porque lo que más me interesa es detectar el cambio en el tiempo y porque estoy convencido de que mirar únicamente hacia atrás no sirve para nada. Lo que busco con este blog es compartir con ustedes la idea de que tenemos que ser capaces de usar nuestra historia para inventarnos un nuevo futuro, como individuos y como nación.

Es por eso que hoy quiero platicarles de un nuevo libro que, si bien se basa en la historia de México, recurre también a la información obtenida usando otras disciplinas para establecer en qué situación nos encontramos y hacia dónde tenemos que ir.

El libro se llama México 2010: Hipotecando el futuro, y es editado por Erika Ruiz Sandoval.

Lo primero que sentí al ojearlo es una gran emoción. Es la primera vez que encuentro un texto escrito por miembros de mi generación, en el que se analiza el pasado y el futuro de México. Por primera vez desde hace tiempo, encuentro un texto en el que veo plasmadas mis inquietudes, ansiedades y enojos ante la forma como este país ha sido manejado en los últimos veinte años.

Aquellos que nacimos en la década de los setenta, la "generación X", como nos llamaban antes, nos encontramos con que aquellas esperanzas democráticas que cobijaron nuestros años preparatorianos o de licenciatura se han desvanecido y en su lugar vivimos una etapa en la que impera la incertidumbre, la frustración y el enojo ante una clase política que, como dijo Cosío Villegas hace varias décadas, no ha estado a la altura de las exigencias de su tiempo.

Este libro es demoledor desde su introducción, en la que Jorge Alberto Lozoya señala categóricamente: "El principal problema de México es su élite, que no cabalga ni desmonta". Vivimos años oscuros, entre otras cosas, porque nuestros políticos encontraron la manera de arreglarse entre ellos luego de las transformaciones de los años 90 del siglo XX, para crear un nuevo modelo basado en la falta de alternativas, la indecisión, la desidia, la escasez de talento y el florecimiento de la corrupción en todos los actores políticos. Aquellos que hace menos de 20 años se presentaban como la alternativa honesta ante las trapacerías priístas, terminaron siendo exactamente iguales a los descendientes de la "Familia Revolucionaria".

Hace más de 200 años, Alexander Von Humboldt se impresionó al darse cuenta de que la Nueva España era un reino inmensamente rico habitado en su mayoría por gente profundamente pobre, la cual era gobernada por una élite interesada únicamente en enriquecerse más e impedir cualquier transformación que destruyera su vida paradisiaca.

José María Morelos, en sus "Sentimientos de la Nación" fue el primer insurgente que señaló claramente que había que construir una alternativa diferente, en la cual no existiera esa brutal concentración de la riqueza. 200 años más tarde no hemos podido cumplir con ese anhelo. Las élites se han transformado, pero en esencia son las mismas.

Jesús Silva-Herzog Márquez inicia este libro preguntándose sobre el futuro de nuestro país. Ante un gobierno que, al parecer, tuvo que encargarse de celebrar el Bicentenario por la simple razón de que “no le quedaba otra”, y que ha preferido mantener un bajo perfil y no crear una nueva visión del pasado, el autor se encuentra con que el Estado mexicano, tal y como lo conocimos los que nacimos en los años 70, simplemente ha desaparecido. La alternancia democrática de los años 90 nos condujo a un callejón sin salida porque no fue capaz de ver más allá de “sacar al PRI de Los Pinos”, razón por la cual ahora nos encontramos sin una idea clara de quiénes fuimos y quiénes queremos ser.

Ante una sociedad profundamente desequilibrada, hay que volver a fundar el Estado, ya que es la única institución capaz de enfrentarse a otros poderes para lograr ese equilibrio del que hemos carecido durante décadas. Desgraciadamente, nuestra clase política vive fascinada por la posibilidad de ensayar con otros modelos (como el parlamentarismo) sin tener una idea clara de nuestra historia y cómo utilizar esas otras alternativas. En eso se parecen mucho a sus antecesores de principios del siglo XIX, quienes se encontraron frente a un nuevo país sin tener claro cómo gobernarlo.

Gerardo Esquivel y Fausto Tenorio Trillo se hacen dos preguntas ya muy antiguas sobre la economía mexicana: ¿cómo hacerle para volver a crecer de manera sostenida?, y aún más importante, ¿cómo podremos acabar con la pobreza? Si bien ésta se ha reducido en México en los últimos años, ello no se debe a que la riqueza se reparta equitativamente, sino a que más de diez millones de paisanos han tenido que irse del país por la falta de oportunidades y ahora se dedican a mantenernos desde Estados Unidos, vía las remesas que nos mandan. México necesita muchos cambios, dicen los autores, pero hay por lo menos dos que ya no pueden esperar: transformar radicalmente las instituciones de justicia, y promover la competencia económica integral; o sea, garantizar que la ley sea realmente justa para todos y evitar que la riqueza siga concentrándose. Dos exigencias muy antiguas que seguimos sin resolver.

Alejandro Moreno nos presenta un ensayo muy interesante sobre los valores de los mexicanos a principios del siglo XXI. Lo que resalta es, por un lado, la vuelta a las tradiciones: creencias religiosas, nacionalismo, deferencia ante la autoridad y centralidad de la familia. Por otra parte, la sociedad mexicana es cada vez más proclive a la libertad individual, a la tolerancia ante lo extraño o ajeno y pone más énfasis en otro tipo de necesidades, más allá de lo meramente material. Al parecer ambos aspectos pueden parecer contrarios. Es de esperarse que logren conciliarse en lugar de terminar en un enfrentamiento que sería catastrófico para todos.

Pedro Salazar Ugarte reflexiona sobre la necesidad de construir un proyecto de país en el que la justicia sea refugio para todos y no sólo derecho de unos cuantos, mientras que Erika Ruiz reflexiona sobre el incierto papel mexicano en la comunidad internacional contemporánea. Al no tener claro quién quiere ser, menos puede saber hacia dónde dirigirse. Ya no es un “puente entre culturas”, ni tiene peso en los organismos internacionales, y ni siquiera ha aceptado (a pesar de los años que han pasado desde que lo demostró Andrés Molina Enríquez) que es un pueblo mestizo y que necesita estrechar aún más sus relaciones con Estados Unidos.

Silvia Giorguli nos dice que la migración se ha convertido en la válvula de escape y la mina de reservas a la que el país recurre cada vez más ante el declive de la industria petrolera nacional. Sin embargo, sigue sin decidirse a aceptar la situación de los migrantes y a protegerlos para de esa forma beneficiarse. México también le debe una disculpa a todos aquellos que han tenido que irse porque su casa común no les dio las alternativas a las que tenían derecho, según nuestra Constitución.

El libro cierra con un interesante ensayo de Nicolás Alvarado, en donde reflexiona sobre el papel de la cultura mexicana en los próximos 25 años. Somos muy pocos los que nos interesamos por la cultura en este país, alrededor de 500 mil personas leemos regularmente libros y periódicos, nos gustan los museos, el teatro, la danza y demás bellas artes, y estamos rodeados por una élite financiera que cada vez más se ufana de su analfabetismo funcional y su desdén por la cultura, además de que nuestro gobierno, (también analfabeta) se dedica a cortarle cada vez más recursos a esas instituciones encargadas de promover la cultura. Parece como si las actividades culturales fueran un pasatiempo caro, en lugar de ser cada vez más un elemento de auténtica seguridad nacional.

El panorama no es halagador, pero México 2010: Hipotecando el futuro nos muestra que, a pesar de todo México tiene posibilidades, siempre y cuando esa sociedad tan golpeada y con pánico ante lo que sucederá se atreva a encarar sus miedos y asuma la responsabilidad por su presente. Sólo si nos adueñamos del hoy podremos aspirar a un mejor mañana.




1 de octubre de 2010

Camino a Tlatelolco.




Mañana se cumplen 42 años de aquella matanza que marcó la vida de México, y todavía no tenemos claras muchas cosas sobre el movimiento estudiantil de 1968. Se han hecho muchas investigaciones, libros, películas, conferencias, programas, páginas, blogs y otras cosas sobre ese momento, pero aún no tenemos la gran obra que nos explique por qué ocurrió esa balacera, sus causas y consecuencias.
Casi desde el primer momento surgieron diversas explicaciones a lo ocurrido. La primera decía que un grupo comunista se había infiltrado en la Universidad, coptó a los estudiantes y los obligó a salir a las calles para comenzar una revolución como la cubana, con el fin de acabar con el sistema político mexicano y crear un gobierno afín a los intereses de la URSS en América Latina. El gobierno entonces habría tenido que enfrentarse a esos comunistas, lo que provocó la matanza de Tlatelolco.
Sin embargo, rápidamente se vino abajo esa explicación, pues había cosas que no quedaban claras. ¿Por qué el ejército le disparó a los estudiantes? ¿Quién estaba arriba del edificio Chihuahua con pistolas en mano? ¿Qué más había atrás del intento oficial de explicar esa balacera?
La publicación de los documentos de Marcelino García Barragán en 1998, y de un fragmento de las memorias de Gustavo Díaz Ordaz un año antes, nos permiten darnos cuenta de que el conflicto de 1968 fue más complejo de lo que parece. No podemos quedarnos con la mera explicación de que los estudiantes se enfrentaron al gobierno y éste los reprimió. Es necesario ampliar el panorama y ver la participación de otros actores en un escenario temporal que va más allá de 1968.
En su artículo "Gustavo Díaz Ordaz: el colapso del milagro mexicano", la investigadora Soledad Loaeza nos da pistas muy interesantes para comprender mejor lo ocurrido en ese año olímpico. La crisis de 1968 y su respuesta violenta, dice la autora, es una muestra de la debilidad estructural del gobierno mexicano, quien vivía constreñido entre las presiones que recibía por parte de la clase política mexicana, el gobierno de Estados Unidos, y las nuevas clases medias que exigían soluciones distintas para los problemas que estaban viviendo.
Ante la posibilidad de una transformación radical del sistema político, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz prefirió usar la fuerza, en lugar de buscar otro tipo de soluciones, ante el temor de lo que éstas pudieran ocasionarle al país.
Para 1968, México vivía ya diez años inmerso en una crisis ante los problemas que pasaba y la imposibilidad de la clase política para resolverlos adecuadamente. Por una parte estaba la economía. A pesar de los progresos obtenidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, como el crecimiento de la industria y la expansión de las clases medias, el llamado "Milagro Mexicano" no había podido acabar con la pobreza, un mal con varios siglos en el país. De hecho, los índices de desempleo estaban creciendo, además de que faltaba capital para reimpulsar la industrialización del país.
Por otro lado, estaba la Guerra Fría. Al triunfo de la Revolución Cubana en 1959, Estados Unidos vio con terror la posibilidad de que el comunismo se extendiera por América Latina, por lo que endureció sus políticas en el subcontinente. Fueron los años de las dictaduras latinoamericanas, las cuales asesinaban a sus gobernados pero eran vistas por Estados Unidos como un mal menor ante la posibilidad de que el ejemplo cubano se aplicara en otras naciones.
Gustavo Díaz Ordaz no estaba tan preocupado por el comunismo como sí lo estaba por los problemas económicos de México. Él reconocía que la pobreza y la desigualdad eran excelentes caldos de cultivo para los movimientos de izquierda en México. Pero también se daba cuenta de que era muy peligroso permitir a Estados Unidos una intrusión mayor en la política interna mexicana con el pretexto de acabar con los comunistas.
Todo lo que pasaba afuera, se reflejaba adentro. Y quizá el mayor problema de todos era el creciente descontento dentro de la clase política mexicana por la forma en que se manejaba al país. Cincuenta años después de la Revolución Mexicana, la familia revolucionaria estaba anquilosada y dividida, entre un grupo de derecha que se había hecho fuerte desde 1940 y le apostaba a la alianza total con Estados Unidos, y un grupo de izquierda que creía más en el corporativismo y la pervivencia de las tradiciones políticas mexicanas.
Gustavo Díaz Ordaz también tenía que conciliar entre ambos grupos. La aplicación de políticas públicas dependía mucho de los acuerdos que se establecieran entre la derecha y la izquierda al interior del Partido Revolucionario Institucional. Para los años 60, la corriente de izquierda, (encabezada por Lázaro Cárdenas) impulsó a distintos movimientos con la intención de transformar al sistema político. Esto puso en riesgo la estabilidad que costó tantos años construir, y el resto de la Familia Revolucionaria veía con temor la posibilidad de que a su interior volviera a producirse una lucha por el poder, como las que casi la desgajaron durante las elecciones de 1940 y 1952.
Y por último, estaba la sociedad. Gustavo Díaz Ordaz era un ortodoxo que creía que el Estado debía estar por encima de todos los demás poderes que forman la nación para poder guiarlos y protegerlos. Sin embargo, también creía en que era necesario abrir espacios para la oposición con la intención de fortalecer al sistema. La reforma electoral de 1963 que permitió la creación de los diputados plurinominales y aumentó la presencia de la oposición en la Cámara es prueba de ello.
Empero, y al estar formado en la tradición política mexicana, la existencia de movimientos sociales que estuvieran fuera de la influencia del Estado, y peor aún, que no quisieran contar con sus apoyos y favores, le era inconcebible.
México estaba entrando en una época violenta, aunque a primera vista no nos parezca así, (o no lo recordemos). Al final violento de las huelgas de 1958 siguió el asalto guerrillero al cuartel militar de Ciudad Madera en Chihuahua y el conflicto médico de 1965; luego vino la toma de la Universidad Nicolaíta un año más tarde y los conflictos poselectorales en Guerrero y Yucatán.
De todos estos movimientos, el que más recordamos es la huelga de doctores. Iniciada para mejorar los salarios de los médicos, rápidamente se convirtió en un movimiento que exigía respeto a las garantías constitucionales y que el gobierno vio como una amenaza, al negarse los doctores a unirse a las organizaciones de trabajadores que controlaba el PRI.
Era un movimiento de clase media que no quería formar parte de la estructura estatal, algo incomprensible para el gobierno mexicano. La única solución que vio para ello fue la violencia.
Revisar los antecedentes del movimiento estudiantil de 1968 nos permite darnos cuenta de varias cosas. Primero, la debilidad de la presidencia de la república, a la que siempre hemos recordado como una institución todopoderosa, pero que en realidad estaba constreñida por la maquinaria estatal y la élite política mexicana, además de que tenía que negociar constantemente con Estados Unidos y reprimía a los movimientos de oposición al no poder incluirlos en el sistema político mexicano.
Segundo, no sólo en 1968, sino desde décadas antes, México ha vivido crisis políticas que fueron ocultadas por el sistema, al cual le convenía simular que "no pasaba nada" para impedir que sus enemigos se aprovecharan de su debilidad. El PRI aparece como una arena en donde se dirimían los conflictos de la élite política de manera pacífica y disciplinada, pero no siempre pudo ser así. En ocasiones las divergencias sobrepasaban al sistema y llegaban a la sociedad.
Y por último el crecimiento de la clase media y los cambios nacionales e internacionales permitieron que esa generación de los años 60 tuviera una actitud distinta a la que tenían sus padres, por lo que exigió soluciones a sus problemas que ya no pasaran por los mecanismos corporativistas del Estado Mexicano.
Visto desde esta óptica, el 68 y su década aparecen como un momento de grandes oportunidades para el país, las cuales fueron desaprovechadas por un sistema que buscaba mantener la estabilidad que habían construido desde los años 40 y que no vio en las exigencias juveniles la oportunidad de cambiar para mejorar.
La respuesta violenta del sistema tuvo éxito a corto plazo, pero con el correr de los años, los problemas que no pudo o no quiso resolver el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, se volvieron más grandes y marcaron a toda la sociedad mexicana posterior a 1968.