27 de septiembre de 2010

"Ya sabeis el modo de ser libres..."




En 1820, el Virreinato de la Nueva España pasaba por malos momentos. La guerra iniciada por Miguel Hidalgo diez años antes había destrozado la economía, vuelto inseguros los caminos, y acendrado los odios entre los habitantes de este país. A pesar de que desde 1815, con el fusilamiento de José María Morelos, las acciones insurgentes se habían concentrado en el sur del país, entre los novohispanos había hartazgo por una guerra que parecía no tener fin.
Si México pasaba por problemas, España no estaba mejor. Una revuelta militar había obligado a Fernando VII a reunir a las Cortes para reinstalar la Constitución que habían jurado en la ciudad de Cadiz en 1812; un documento explosivo y trascendental para la historia de España, ya que a partir de entonces la península entraba a la modernidad al permitir la libertad de prensa y limitar el papel de la iglesia Católica en la sociedad española.
El ala militar, que en España reinstauró la Constitución de Cadiz, también era fuerte en México. Luego de tantos años de lucha los militares habían conseguido grandes recursos vía la Corona, y también gracias a los negocios particulares que tenían en las regiones que controlaban. Generales como Joaquín Arredondo en Nuevo Santander y José de la Cruz en Nueva Galicia actuaban como gobernantes absolutos en sus feudos.
Al reestablecerse la Constitución de Cadiz, las autoridades de la Nueva España estaban obligadas a jurarla y aplicarla en todo el territorio virreinal. No toda la sociedad novohispana estaba de acuerdo con esa Constitución. Para un importante sector, la ley fundamental de 1812 atacaba la esencia misma del reino americano al limitar la presencia de la Iglesia, además de que la libertad de prensa sólo permitiría que aquellos interesados en destruir el orden colonial volvieran a agitar a las masas con ideas de justicia y libertad.
En la Iglesia de San Felipe Neri, mejor conocida como La Profesa, comenzó a reunirse un grupo conformado por miembros de la alta burguesía y el clero novohispano, con la intención de impedir que el Virrey Apodaca jurara la Constitución. Para lograrlo, se aliaron a un coronel criollo que gozaba de gran estima entre los miembros del ejército, al que pretendían usar para presionar al Virrey: Agustín de Iturbide.
Sin embargo, su plan no tuvo éxito, ya que Apodaca juró la Constitución, por lo que comenzó un segundo complot: separar a México de España.
La idea original consistía en unir a los ejércitos insurgentes y españoles a través de un pacto nacional. No era una idea nueva. Ya Morelos había dicho que aquel que pudiera poner de acuerdo a las fuerzas que en ese momento se enfrentaban, lograría la independencia casi sin violencia.
Y es que, tanto unos como otros estaban formados en su mayoría por el mismo grupo: los criollos. Hijos de españoles nacidos en América, con gran talento y capacidad, pero que se veían relegados a puestos de segunda mientras los peninsulares gobernaban el Virreinato.
Desde 1808, con el primer intento de Independencia llevado a cabo por el Ayuntamiento de la Ciudad de México, los criollos consideraban que ellos merecían ser los dueños del territorio en el que habían nacido. Sin embargo, la violenta campaña de Hidalgo hizo que muchos prefirieran aliarse a los realistas, antes de permitir que matanzas como la de Guanajuato se reprodujeran en todo el país.
Pero en 1820, con el país destruido, a los criollos les pareció que era momento de intentar la Independencia, ahora pacíficamente.
Agustín de Iturbide señaló, años después, que sólo a él se le ocurrió el plan que llevaría a la separación de México con respecto de España. Para lograrlo, manipuló al Virrey Apodaca para que lo nombrara comandante en la región del sur, en donde todavía peleaba (y causaba grandes daños a los realistas), el sucesor de Morelos: Vicente Guerrero.
Iturbide comenzó a negociar con distintos jefes mlitares para invitarlos a sumarse a su movimiento. Su carisma lo hizo triunfar y poco a poco creció la nueva conspiración. Al mismo tiempo, el próximo Emperador Mexicano se fortaleció al conseguir más tropa y pertrechos, enviados por el Virrey Apodaca, quien creía que Iturbide estaba peleando contra los Insurgentes. Además, Iturbide se quedó con 525 mil pesos que pertenecían a los comerciantes de Filipinas, quienes una vez al año enviaban un barco a México lleno de mercancías y que ahora regresaba con el dinero obtenido.
No hubo abrazo de Acatempan. En su lugar, Iturbide mandó a uno de sus hombres de confianza, de apellido Figueroa, para que pactara con Guerrero, quien aceptó unirse al complot. El 24 de febrero en el pueblo de Iguala, Iturbide se desenmascaró, lanzando una proclama con la que dio inicio al movimiento trigarante:

"!Americanos¡, bajo cuyo nombre comprendo no sólo los nacidos en América, sino a los europeos, africanos y asiáticos que en ella residen: tened la bondad de oírme. Las naciones que se llaman grandes en la extensión del globo, fueron dominadas por otras, y hasta que sus luces no les permitieron fijar su propia opinión, no se emanciparon. Las europeas que llegaron a la mayor ilustración y policía, fueron esclavas de la romana; y este imperio, el mayor que reconoce la Historia, asemejó al padre de familia, que en su ancianidad mira separarse de su casa a los hijos y los nietos por estar ya en edad de formar otras y fijarse por sí, conservándole todo el respeto, veneración y amor como a su primitivo origen..."


En este plan, Iturbide proponía que México se independizara de España, que se estableciera una monarquía moderada que fuera ocupada por Fernando VII o algún otro príncipe europeo, y que la religión católica fuera la única permitida, con la intención de eliminar todos males que, a su parecer, causaba en el país la Constitución de 1812. Independencia, Religión y Unión, fueron las tres garantías que Iturbide ofreció a la Nación Mexicana, y por eso su movimiento se llamó Trigarante.
El ejército del Sur que él comandaba se unió de inmediato a su causa. Le propusieron que tomara en grado de Teniente General, pero Iturbide prefirió renunciar a su antiguo grado de coronel y convertirse en el Primer Jefe del nuevo Ejército Trigarante.
El nuevo país sería llamado Imperio Mexicano. No reino, ya que este título le parecía a Iturbide muy poco para el tamaño y riqueza de México.
Al enterarse Apodaca de que Iturbide lo había engañado y usó los recursos que le habían enviado para levantarse en armas, montó en cólera y ordenó la movilización de los regimientos recién llegados de España para detener al nuevo cabecilla insugente. Sin embargo, mediante una estrategia que contemplaba las acciones armadas pero que estaba basada primordialmente en la negociación, Iturbide fue convenciendo al resto de la oficialidad realista para que se sumaran a su movimiento.
En sólo siete meses, Iturbide y el Ejército trigarante terminaron con el Virreinato. Por cierto, la entrevista entre el Primer Jefe Insurgente y Vicente Guerrero ocurrió hasta el mes de marzo de 1821. Iturbide se asqueó ante esa tropa mal vestida y casi toda enferma de vitíligo, a quienes llamaban "Los Pintos".Sin embargo, sabía que necesitaba de Guerrero para lograr la Independencia, por lo que lo recibió cortesmente.
El 3 de agosto de 1821 llegó a Veracruz Juan O´Donojú, Jefe Político Superior y Capitán General de la Nueva España. Al darse cuenta de que las fuerzas realistas no podían contener a los trigarantes, prefirió pactar con Iturbide. El 24 de agosto de ese año firmaron los Tratados de Córdoba, en donde se reconocía la independencia nacional y la formación de un Imperio Mexicano, pero se añadia también una cláusula que a la larga provocó muchos problemas: si ningún príncipe europeo aceptaba la corona mexicana, entonces las cortes nacionales podrían designar otro, aunque no tuviera sangre real.
En la mañana del 27 de septiembre de 1821 las tropas del Ejército Trigarante se reunieron a la entrada del Bosque de Chapultepec para comenzar su marcha triunfal hacia la Ciudad de México. El ayuntamiento había organizado grandes fiestas para celebrarlo, pero al no tener recursos, tuvo que pagar las fiestas el alcalde Juan José de Acha, quien destinó 20 mil pesos de su fortuna para ello.
Las tropas trigarantes estaban casi desnudas y mal alimentadas. Hubo que vestirlas con los uniformes que dejaron otros cuerpos realistas en su salida de la Ciudad de México, además de que el teatro de la ciudad organizó funciones extraordinarias durante tres días para reunir fondos con los cuales comprarles zapatos.
La columna trigarante salió de Chapultepec con Iturbide a la cabeza, quien iba vestido de civil. Entraron a México por la calle de San Francisco (hoy Francisco I. Madero), donde los esperaba un enorme arco triunfal y los miembros del ayuntamiento para entregarles las llaves de la Ciudad.De ahí se dirigieron al Palacio Real para ver desfilar a las tropas; 16 mil hombres, mal vestidos, pero que fueron recibidos con aplausos y vivas por los habitantes de la Ciudad de México. Las casas estaban adornadas con flores y colgaduras que representaban los colores trigarantes, y las mujeres también los llevaban en sus vestidos y peinados.
Luego del desfile, Iturbide y sus oficiales se dirigieron a Catedral, donde se cantó el tedeum, para luego escuchar las palabras del consumador de la Independencia:

¡Mejicanos!, ya estais en el caso de saludar a la patria independiente como os anuncie en Iguala;(...) ya me veis en la capital del imperio más opulento sin dejar atrás ni arroyos de sangre ni campos talados ni viudas desconsoladas ni desgraciados hijos que llenen de maldiciones al asesino de su padre (...) Ya sabeis el modo de ser libres, a vosotros toca señalar el de ser felices (...) y si mis trabajos, tan debidos a la patria, los suponeis dignos de recompensa, concededme sólo vuestra sumisión a las leyes, dejad que vuelva al seno de mi amada familia, y de tiempo en tiempo haced una memoria de vuestro amigo".


Arturo Arnaiz y Freg, un gran historiador mexicano, dijo alguna vez que México era un país paradójico, en el que la conquista fue hecha por los indígenas (los tlaxcaltecas y xochimilcas que apoyaron a Hernán Cortés para quitarse de encima a los mexicas) y la independencia por los españoles. Hoy hace 189 años la nación lograba su independencia gracias a un movimiento que consiguió en meses lo que no lograron Hidalgo ni Morelos. Sin embargo, el hecho de que Iturbide se coronara emperador, junto con el uso que le dieron a esta fecha los conservadores durante el siglo XIX, hizo que el 27 de septiembre se fuera olvidando en los calendarios cívicos. No pretendo ensalzar al emperador, pero si creo que nuestro consumador de la Independencia merece algo mejor que nuestro olvido.

24 de septiembre de 2010

La sucesión presidencial.

"En el estudio de la historia he podido fortificar mi alma"

Francisco I. Madero, 1908.





En 1908 el general Porfirio Díaz concedió una entrevista al periodista James Creelman, para la revista Pearson´s Magazine. En ella, el viejo dictador habló de muchas cosas: su pasado en Oaxaca, sus batallas contra los conservadores y el Segundo Imperio Mexicano, su relación con Benito Juárez, y especialmente, se refirió al futuro de México.
Díaz le dijo a Creelman que el país ya estaba listo para convertirse en una nación democrática con un sistema de partidos que se disputaran el poder entre sí y con base en la legalidad, por lo que no se reelegiría en 1910.
Para los mexicanos que llevaban más de 30 años bajo la sombra de Don Porfirio, eran inéditas las palabras del viejo general. Al fin iban a ver un cambio en el sistema político mexicano. El desconcierto cundió entre la élite; algunos tenían miedo al darse cuenta de que, en poco tiempo, don Porfirio dejaría de gobernar México. Otros veían el nuevo panorama con inquietante interés. Al fin un nuevo gobierno tomaría el control de México y ellos podrían estar en él. La agitación política empezó a crecer en una nación que vivía en el afrancesado sueño de una dictadura que parecía eterna.
En medio de la creciente pugna entre aquellos que querían suceder a Díaz en la Presidencia de la República, comenzó a circular entre los grupos políticos del norte de México un pequeño libro de apariencia inofensiva, pero que sería uno de los detonantes de lo que ahora llamamos la Revolución Mexicana.
Se llamaba "La Sucesión Presidencial en 1910", y fue escrito por un hacendado de Coahuila desconocido para la mayoría del país, un hombre de estatura menuda y mirada clara llamado Francisco I. Madero.
Hoy, a cien años del inicio de la Revolución Mexicana, es importante que regresemos a este libro, el primero (y hasta ahora el único) que ha provocado un movimiento de masas en nuestro país, y que nos recuerda que la lucha por la democracia no ha terminado y que somos responsables de labrar nuestro futuro.
El objetivo de La Sucesión Presidencial... es analizar el México de principios de siglo XX, conmocionado ante la posibilidad de que Porfirio Díaz deje pronto el poder. Madero dedica su obra a los héroes de la Patria, que como él dice "nos dejaron un código de leyes sabias" (la Constitución de 1857), a la prensa independiente de su tiempo y a los "buenos mexicanos".
Madero comienza su libro hablando de él: un hacendado de Coahuila que estudió en Francia y Estados Unidos, con muy buena posición económica y que vivía tranquilamente, interesado por sus negocios y por el espiritismo. Sin embargo, los fraudes electorales cometidos en Nuevo León en 1902 y en Coahuila en 1905 hacen que poco a poco se involucre en la política.
Ante la posibilidad de que Díaz deje la Presidencia de la República en un futuro cercano (por renuncia o muerte), México vivía en el peligro de que los sucesores del dictador no tuvieran sus cualidades morales ni su talento político, lo que a la larga provocaría gravísimos problemas al país.
Por esta razón, dice Madero, es necesario que se aplique un cambio en México. El próximo gobierno debe emanar del pueblo y no de un acuerdo cupular, pero para llegar a esta conclusión el autor hace primero una larga revisión de la historia de nuestro país.
Los años de guerras civiles, señala Madero, llevaron a México a una dictadura republicana. El gran mal de nuestro país fueron aquellos militares que abusaron de su posición para adueñarse del poder y gobernar al país como si fuera de su propiedad. Eso provocó las guerras que desangraron a México y lo mantuvieron en el atraso por décadas.
Porfirio Díaz logró terminar con todo eso. Le dio orden y rumbo al país, gracias a lo cual México pudo desarrollarse como las naciones civilizadas de ese tiempo.
Sin embargo, la estabilidad porfiriana logró que la población mexicana se interesara más por sus beneficios materiales que por su deber como ciudadanos, dejando los asuntos de gobierno en manos de Díaz y su camarilla.
"Hemos perdido el interés por la cosa pública, porque se nos ha enseñado a no mezclarnos en esos asuntos y además de que nuestras indicaciones nunca son oidas o son motivo de persecuciones"
, dice Madero.
Ante la posibilidad de un cambio de gobierno proveniente desde arriba, con un pueblo acostumbrado a no opinar sobre el manejo de la administración pública, la mesa estaba puesta para que la camarilla que supliera a Porfirio Díaz produjera nuevas guerras civiles que terminaran con la destrucción del país. Para Madero, sería funesto que el Porfiriato continuara sin la presencia de Díaz.
Era tiempo de un cambio. Pero había que hacerlo de forma ordenada y pacífica, puesto que el camino de las armas sólo dañaría a México. Y el hombre mejor preparado para llevar a cabo esa revolución era el mismo que en ese momento gobernaba el país.
Para Madero, México le debía mucho a Porfirio Díaz, y viceversa. El mejor servicio que el general podía brindarle a su patria era permitir la alternancia libre en el poder con la creación de nuevos partidos que trajeran sangre nueva al envejecido sistema político mexicano.
Madero propone en su libro un relevo generacional lento y controlado, pero imparable. Díaz seguiría siendo presidente hasta la hora de su muerte, pero la vicepresidencia, parte de las cámaras de diputados y senadores y las gubernaturas de los estados debían ser ocupadas por miembros de esos nuevos partidos políticos, para que poco a poco el sistema se renovara.
"El general Díaz puede todavía hacerle un gran servicio a México, permitiendo la alternancia libre en el poder. No importa que él se reelija o se retire. Lo fundamental es crear ya un mecanismo sucesorio que sea democrático y garantice la alternancia"
¿Era posible creer que México, esa nación atrasada y acostumbrada a vivir en una dictadura, de repente se convertiría en un país democrático y gobernado por ciudadanos? Madero creía que sí, que la nación tenía fuertes motivos para salir de su sueño y tomar el futuro en sus manos, pero sobre todo, México debía tener fé y creer en sí mismo para lograrlo.
La Sucesión Presidencial...fue muy leído. Gracias a una red de corresponsales en todo el país, el libro llegó hasta lugares insospechados. El mismo Porfirio Díaz recibió una copia, aunque no sabemos si lo leyó. Dos años después de la publicación de este texto, México entró a una nueva guerra civil, que mucho se parecía a la catástrofe que Madero había anunciado.
Sin embargo, el sueño de la democracia sigue presente. Como Madero, somos muchos los ciudadanos que creemos que nuestro país puede tener un gobierno dirigido desde la sociedad. El anhelo de transformar a nuestra patria sigue vivo, a la espera de que los hombres y mujeres de esta nación asuman su responsabilidad como constructores del nuevo futuro mexicano.




20 de septiembre de 2010

Sobreviviendo a la cruda Bicentenaria...


¡Ay, de vuelta a la normalidad! Luego de la pachanga que tuve con la Patria, tengo que regresar a la vida cotidiana, sin colosos, sin ese Quetzalcóatl conceptual que rondó la Plaza de la Constitución, sin la atractiva Lila Downs, sin el "Shalalá" que tanto taladró mi cerebro...
Apuesto a que ustedes están igual que yo. Y es que, cumplir 200 años no es cosa de todos los días. Tuvimos un megapuente (que a mi gusto debió comenzar el lunes de la semana pasada), en el que todos estuvimos rodeados del fervor patrio, nos gustara o no. La "trigarante faja", como la llamaba López Velarde, estaba en todas las esquinas, junto con los clásicos carritos de banderas, los anuncios de la "hotline del Bicentenario" y las recomendaciones para que nos uniéramos a la fiesta nacional viendo el gran desfile conmemorativo del 15 de septiembre...desde nuestras casas.
Por supuesto que yo no les hice caso, como los cientos de miles de personas que abarrotamos Paseo de la Reforma y la Plaza de la Constitución. A lo lejos escucho en este momento que en alguna escuela de mi barrio están haciendo honores a la bandera, y eso me recuerda todo lo que pasé en ese 15 de septiembre.
Por diversas razones que no viene al caso comentar, estuve en la Plaza por la mañana y en Reforma por la tarde y pude ver el desfile desde el inicio.
Como a la mayoría de la gente que estaba a mi alrededor, tuve sentimientos encontrados mientras pasaban los carros alegóricos. Algunos me gustaron, otros no los entendí sino hasta que ví la repetición del desfile por televisión. Esas figuras de bronce que tenían algo así como una gigantesca pluma en la cabeza me parecieron totalmente incomprensibles, hasta que, al verlas nuevamente y desde lejos, comprendí que formaban parte de un Quetzalcóatl bastante posmoderno.
Los carritos de banderas, de camotes y de basura me parecieron un truco bastante barato y "chambón", hasta que pensé que era una forma de dar otra visión sobre México, que no cayera en los estereotipos "heróicos" de siempre. En lugar de presentar a los héroes que nos dieron patria, los organizadores prefirieron apelar al México cotidiano pero inmensamente rico en su cultura.
Sin embargo, y por lo que yo ví ese día, lo que más emocionó a los presentes fue aquello que remitía directamente a la cultura popular. Más que los malabares a caballo, los skateboards o los nopales que surgían de las cabezas de cientos de voluntarios, el público se emocionó al ver a los charros, a los jaraneros, a los veracruzanos zapateando, a las hermosas oaxaqueñas y a las parejas que bailaban danzón.
El concierto de Alondra de la Parra me hizo llorar. Adoré a Lila Downs y su música tradicional/moderna mexicana, me encantaron los fuegos artificiales, ví la ceremonia en el Zócalo desde una pantalla instalada en el cruce de Reforma e Insurgentes, me sentí incómodo cuando los que estaban a mi lado abuchearon a Calderón (pero era obvio que eso iba a ocurrir) y me retiré temprano para ver desde mi casa a Eugenia León y a Los Tigres del Norte.
Es todavía muy pronto para hacer un balance objetivo sobre lo que nos deja este año bicentenario. Pero me parece que ya podemos señalar algunos puntos: el primero es la incapacidad del gobierno actual para congregar a todos los sectores de la sociedad en un gran festejo bicentenario que también sirviera para replantearnos nuestro pasado y proponernos un nuevo futuro. A pesar de todos los esfuerzos de la Comisión Organizadora, este año bicentenario se ha caracterizado por la falta de un discurso que uniera realmente a todos los mexicanos.
El desánimo ha estado presente en este Bicentenario. Parece que, a la luz de tanta pobreza y tanta violencia, el gobierno mexicano tendría que limitarse a organizar un breve coctel en Palacio Nacional y que Televisa retransmitiera "La Virgen que forjó a una Patria". Ya me imagino el escándalo nacional que se hubiera armado si no hubieramos tenido fiestas del Bicentenario. Yo sigo inconforme con muchas cosas que ha hecho (y que no ha hecho) el gobierno en este año, pero no comparto esa visión pesimista que nos dice que no hay nada que celebrar. Yo por lo menos tengo 200 buenas razones (mis razones) para hacerlo, y pienso que en dos siglos a este país le han ocurrido muchas cosas muy buenas, las cuales no habrían pasado sin la independencia.
Ante la falta de un proyecto gubernamental, aparecieron muchos proyectos sociales: libros (a pasto), programas de TV y radio, conferencias, obras de teatro, pinturas, artículos en la prensa, revistas, blogs...todo esto nos demuestra que sí hay un interés por lo que ocurrió hace 200 años y de qué manera influye actualmente en nosotros. Es obvio que muchos de esos proyectos tienen un interés meramente mercantil, (como las latas de frijoles con la cara de Morelos, o esa versión en píldoras de la Independencia llamada "Gritos de Muerte y Libertad"), pero en otros casos se palpa el interés por brindar al público una visión equilibrada y madura sobre la historia de México.
Un querido maestro mío dijo hace unos meses que, para el gobierno mexicano era relativamente fácil manejar un discurso oficial sobre la independencia, si reducía a ésta a ser un movimiento filocatólico. Hidalgo con la imagen de la Virgen de Guadalupe, Morelos en "Los sentimientos de la Nación" proponiendo que la religión Católica fuera la única en el país, Iturbide haciéndolo oficial al instaurar el Primer Imperio Mexicano son prueba de eso.
Lo difícil viene ahora, ya que el próximo 20 de noviembre festejaremos el primer centenario de la Revolución Mexicana. De esa Revolución que tuvo muchos objetivos políticos y sociales, pero que también permitió la creación de la "Familia Revolucionaria", mejor conocida como Partido Revolucionario Institucional.
Alonso Lujambio, secretario de Educación Pública y encargado de estas conmemoraciones, prometió hace unos días que los festejos por el inicio de la Revolución serán igual de impactantes como los que acabamos de vivir.
Queda poco tiempo, pero creo que de aquí a noviembre veremos crecer la polémica sobre qué fue la Revolución Mexicana y qué le debemos los que ahora habitamos este país.
Por lo pronto, yo iré a tomarme un Alka-Seltzer para reanimarme luego de este megapuente patrio, y para seguir navegando por nuestra maravillosa y conflictiva historia nacional.

PD:
Mientras estaba en el desfile del 15/09, pensé: "hace 100 años, los que vieron el desfile no sabían que se estaban despidiendo del siglo XIX y que pronto la vida cambiaría dramáticamente. ¿Acaso nosotros nos estaremos despidiendo también de algo sin saberlo?" En ese momento me puse a llorar.

14 de septiembre de 2010

¡¡¡VIVA MEXICO!!!


PROEMIO

Yo que sólo canté de la exquisita
partitura del íntimo decoro,
alzo hoy la voz a la mitad del foro
a la manera del tenor que imita
la gutural modulación del bajo
para cortar a la epopeya un gajo.

Navegaré por las olas civiles
con remos que no pesan, porque van
como los brazos del correo chuan
que remaba la Mancha con fusiles.

Diré con una épica sordina:
la Patria es impecable y diamantina.

Suave Patria: permite que te envuelva
en la más honda música de selva
con que me modelaste por entero
al golpe cadencioso de las hachas,
entre risas y gritos de muchachas
y pájaros de oficio carpintero.

PRIMER ACTO

Patria: tu superficie es el maíz,
tus minas el palacio del Rey de Oros,
y tu cielo, las garzas en desliz
y el relámpago verde de los loros.

El Niño Dios te escrituró un establo
y los veneros del petróleo el diablo.

Sobre tu Capital, cada hora vuela
ojerosa y pintada, en carretela;
y en tu provincia, del reloj en vela
que rondan los palomos colipavos,
las campanadas caen como centavos.

Patria: tu mutilado territorio
se viste de percal y de abalorio.

Suave Patria: tu casa todavía
es tan grande, que el tren va por la vía
como aguinaldo de juguetería.

Y en el barullo de las estaciones,
con tu mirada de mestiza, pones
la inmensidad sobre los corazones.

¿Quién, en la noche que asusta a la rana,
no miró, antes de saber del vicio,
del brazo de su novia, la galana
pólvora de los juegos de artificio?

Suave Patria: en tu tórrido festín
luces policromías de delfín,
y con tu pelo rubio se desposa
el alma, equilibrista chuparrosa,
y a tus dos trenzas de tabaco sabe
ofrendar aguamiel toda mi briosa
raza de bailadores de jarabe.

Tu barro suena a plata, y en tu puño
su sonora miseria es alcancía;
y por las madrugadas del terruño,
en calles como espejos se vacía
el santo olor de la panadería.

Cuando nacemos, nos regalas notas,
después, un paraíso de compotas,
y luego te regalas toda entera
suave Patria, alacena y pajarera.

Al triste y al feliz dices que sí,
que en tu lengua de amor prueben de ti
la picadura del ajonjolí.

¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena
de deleites frenéticos nos llena!

Trueno de nuestras nubes, que nos baña
de locura, enloquece a la montaña,
requiebra a la mujer, sana al lunático,
incorpora a los muertos, pide el Viático,
y al fin derrumba las madererías
de Dios, sobre las tierras labrantías.

Trueno del temporal: oigo en tus quejas
crujir los esqueletos en parejas,
oigo lo que se fue, lo que aún no toco
y la hora actual con su vientre de coco.
Y oigo en el brinco de tu ida y venida,
oh trueno, la ruleta de mi vida.

INTERMEDIO

(Cuauhtémoc)

Joven abuelo: escúchame loarte,
único héroe a la altura del arte.

Anacrónicamente, absurdamente,
a tu nopal inclínase el rosal;
al idioma del blanco, tú lo imantas
y es surtidor de católica fuente
que de responsos llena el victorial
zócalo de cenizas de tus plantas.

No como a César el rubor patricio
te cubre el rostro en medio del suplicio;
tu cabeza desnuda se nos queda,
hemisféricamente de moneda.

Moneda espiritual en que se fragua
todo lo que sufriste: la piragua
prisionera , al azoro de tus crías,
el sollozar de tus mitologías,
la Malinche, los ídolos a nado,
y por encima, haberte desatado
del pecho curvo de la emperatriz
como del pecho de una codorniz.

SEGUNDO ACTO

Suave Patria: tú vales por el río
de las virtudes de tu mujerío.
Tus hijas atraviesan como hadas,
o destilando un invisible alcohol,
vestidas con las redes de tu sol,
cruzan como botellas alambradas.

Suave Patria: te amo no cual mito,
sino por tu verdad de pan bendito;
como a niña que asoma por la reja
con la blusa corrida hasta la oreja
y la falda bajada hasta el huesito.

Inaccesible al deshonor, floreces;
creeré en ti, mientras una mejicana
en su tápalo lleve los dobleces
de la tienda, a las seis de la mañana,
y al estrenar su lujo, quede lleno
el país, del aroma del estreno.

Como la sota moza, Patria mía,
en piso de metal, vives al día,
de milagros, como la lotería.

Tu imagen, el Palacio Nacional,
con tu misma grandeza y con tu igual
estatura de niño y de dedal.

Te dará, frente al hambre y al obús,
un higo San Felipe de Jesús.

Suave Patria, vendedora de chía:
quiero raptarte en la cuaresma opaca,
sobre un garañón, y con matraca,
y entre los tiros de la policía.

Tus entrañas no niegan un asilo
para el ave que el párvulo sepulta
en una caja de carretes de hilo,
y nuestra juventud, llorando, oculta
dentro de ti el cadáver hecho poma
de aves que hablan nuestro mismo idioma.

Si me ahogo en tus julios, a mí baja
desde el vergel de tu peinado denso
frescura de rebozo y de tinaja,
y si tirito, dejas que me arrope
en tu respiración azul de incienso
y en tus carnosos labios de rompope.

Por tu balcón de palmas bendecidas
el Domingo de Ramos, yo desfilo
lleno de sombra, porque tú trepidas.

Quieren morir tu ánima y tu estilo,
cual muriéndose van las cantadoras
que en las ferias, con el bravío pecho
empitonando la camisa, han hecho
la lujuria y el ritmo de las horas.

Patria, te doy de tu dicha la clave:
sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;
cincuenta veces es igual el AVE
taladrada en el hilo del rosario,
y es más feliz que tú, Patria suave.

Sé igual y fiel; pupilas de abandono;
sedienta voz, la trigarante faja
en tus pechugas al vapor; y un trono
a la intemperie, cual una sonaja:
¡la carreta alegórica de paja!

("La suave patria", Ramón López Velarde)

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No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

("Alta traición", José Emilio Pacheco)




13 de septiembre de 2010

Mis 200 razones para celebrar el Bicentenario



¡Ya! Llegamos a esa semana que hemos esperado desde hace años. El próximo miércoles la nación mexicana festejará los primeros 200 años del inicio de la Revolución de Independencia.
Sé que mucha gente no quiere celebrar el Bicentenario. Que piensa que el gobierno está gastando miles de millones de pesos en tonterías, que ese dinero habría que usarlo en cosas mejores, que no es posible que alguien piense celebrar con los problemas que vive México, que a lo más deberíamos hacer un discreto brindis en nuestras casas, que no hay nada que celebrar puesto que este país es un horror y lo mejor que podríamos hacer con él es abandonarlo.
No voy a usar este post para discutir con todos los que piensen que el Bicentenario no vale la pena. Ellos tienen sus razones para creerlo y algunas me parecen válidas. Simplemente no me da la gana debatir con ellos. Esta semana yo quiero festejar.
Este año me he descubierto mucho más nacionalista que antes. Quizá se deba a la juerga que la Patria y yo nos venimos corriendo desde hace un año, o a que he mentado madres con estelitas de luz y comerciales mamilas, o a que he tenido que ponerme a estudiar mucho más para poder platicarles sobre el pasado que compartimos, y tal vez también se deba a todas aquellas personas que he conocido gracias a CLIONAUTICA, las cuales ya considero mis amigos y que comparto con ellos el profundo amor que le tienen a México.
En esta ocasión no voy a analizar los orígenes de la nación mexicana, ni voy a descubrir por fin la esencia de la mexicanidad. Voy a enumerar aquellas cosas, personas, instituciones y momentos que existieron, existen, tienen y/o tuvieron lugar durante los primeros 200 años de esta nación (cómo adoro esa palabra: nación). Algunos son muy recientes, otros no; varios pertenecen a nuestro recuerdo colectivo mientras otros son muy personales; pero todos, absolutamente todos, serían totalmente distintos (o no habrían existido) de no haber sido porque ocurrieron en este territorio y cobijados por nuestra historia. Esa historia confusa, irritante, acomplejada, bipolar y maravillosa que tenemos todos los que vivimos en este país enloquecido llamado México.
Así que, aquí tienen "mis 200 razones para celebrar el Bicentenario":

1. Universidad Nacional Autónoma de México, 2. Guillermo Prieto, 3.El Santo, 4. "La Dulcería de Celaya", 5. Octavio Paz, 6. San Chava Flores, 7. José Joaquín Fernández de Lizardi, 8. Frida Kahlo, 9. La marcha de la lealtad de 1913, 10. La Constitución de 1857, 11. el agua de horchata, 12. el Pozole, 13. San Alvaro Carrillo, 14. Rufino Tamayo, 15. "Los Sentimientos de la Nación", 16. "Muerte sin fin", de José Gorostiza, 17. "Huapango" de Pablo Moncayo, 18. El Teatro Blanquita, 19. el "Teatro Blanquito" (o "Palacio de las Bellas Artes"), 20. El Parque México, 21. Ciudad Universitaria, 22. Edmundo O´Gorman, 23. José Fernando Ramírez, 24. María Izquierdo, 25. Rockotitlán, 26. La Academia de Letrán, 27. El Instituto Mora, 28. Los defensores de Chapultepec en 1847, 29.Los defensores de Veracruz en 1914, 30. los estudiantes de 1968, 31. el mole poblano, 32. Vicente Riva Palacio, 33. Ignacio Cumplido, 34. Mi antepasado más lejano, que vino a este país buscando un futuro mejor, 35. Mi familia, 36. Germán Dehesa, 37. Alejandro Aura, 38. Carlos María de Bustamante, 39. la Convención de Aguascalientes de 1914, 40. Francisco I. Madero, 41. El presidente Benito Juárez, 42. Gabriel Zaid, 43. la Casa del Lago, 44. el Palacio Nacional, 45. Los Caifanes (el grupo), 46. Fernando Soler, 47. Francisco Goitia, 48. "México a través de los Siglos", 49. José María Morelos y Pavón, 50. Guadalupe Victoria, 51. La Compañía Lancasteriana, 52. Daniel Cosío Villegas, 53. José Vasconcelos, 54. Alfonso Reyes, 55. la carne a la Tampiqueña, 56. Jaime Sabines, 57. las mujeres que he amado, 58. Alberto Lozano, 59. la Colonia Roma, 60. El Puerto de Veracruz, 61. el Hospicio Cabañas, 62, el Cerro de la Silla, 63. Agustín Lara, 64. Armando Manzanero, 65, José Alfredo Jiménez, 66. "Los Cangrejos", 67. Ramón López Velarde, 68. León Felipe (en México), 69. "Los Caifanes" (la película), 70. Dai Won Moon, 71. Carlos Monsiváis, 72. Manuel Payno, 73. La librería "Madero", 74. Librería Gandhi, 75. los tacos al pastor, 76. Jorge Negrete, 77. Javier Solís, 78. Justo Sierra, 79. el "Ballet Folclórico de México de Amalia Hernández", 80. el triunfo de la República en 1867, 81. Francisco Xavier Mina, 82. Lázaro Cárdenas, 83. Francisco J. Múgica, 84. Alvaro Matute, 85. Valentín Gómez Farías, 86. los jamoncillos de leche, 87. "Sones de mariachi", de Blas Galindo, 88.el Fondo de Cultura Económica, 89. El Museo Nacional de Arte, 90. el Zócalo, 91, el Ángel de la Independencia, 92, el Paseo de la Reforma, 93. la bella Querétaro, 94. Don Luis González y González, 95. Blue Demon, 96. Joaquín Capilla, 97. El Club Atlético Internacional (primera escuela de artes marciales en México, ¡en 1909!), 98. doña Matilde Catzín Besserer (mi abuela), 99. doña Alicia García de De la Rosa (mi otra abuela), 100. el Instituto Politécnico Nacional, 101. Gutierre Tibón, 102. Ikram Antaki, 103. Ricardo Garibay, 104. Jorge Ibargüengoitia, 105. el café de olla, 106. la Plaza de Coyoacán, 107. San Luis Potosí, 108. la belleza de Zacatecas, 109. la carne de Nuevo León, 110. el heróico sitio de Cuautla, 111. la cantina "La Opera", 112. las "Alegrías", 113. las "gorditas de nata" de la Villa y Periférico, 114. Salvador Novo, 115. Luis Spota, 116. "El Weso", 117. mi bandera, 118. mi himno nacional, 119. todos los que salieron a ayudar en 1985, 120. María Victoria Llamas, 121. Silvestre Revueltas, 122, José Revueltas, 123. Ejo Takata, 124. El fideo seco, 125. "La Michoacana", 126. el grito del 15 de septiembre, 127. la Constitución de 1917, 128. Tintán, 129. Gabriel Figueroa, 130. Antonio Caso, 132. Pedro Henríquez Ureña. 133. el tequila, 134. el mezcal, 135. Miguel León-Portilla, 136, Angel María Garibay, 137. Tomás Mendez, 138. Manuel Esperón, 139. los tapetes de Temoaya, 140. los baúles laqueados de Olinalá, 141. el Museo Franz Mayer, 142. la Capilla de San Felipe de Jesús, en la Catedral Metropolitana, 143. la Zona Rosa, 144. Emiliano Zapata, 145. Francisco Villa, 146. Arnaldo Orfila Reynal, 147. Javier Barros Sierra, 148. Las tlayudas, 149. las corundas, 150. el chocolate negro de Oaxaca, 151. la platería de Taxco, 152. Vicente Guerrero, 153. "El Monitor Republicano", 154. "El Siglo XIX", 155. el Jarabe Tapatío, 156. los chiles en nogada, 157. las cantinas del Centro Histórico, 158. mi bisabuelo Crispín Catzín, 159. Remedios Varo, 160. el pipián, 161. Manuel M. Ponce, 162. las palanquetas, 163. "La Gran Vía", 164. "Los Tigres del Norte", 165. Don Adolfo Sánchez Vázquez, 166. Leonora Carrington, 167. los "corridos", 168. "Historia Mexicana", 169. Leona Vicario, 170. "Los Guadalupes", 171. Andrés Quintana Roo, 172. Jean Meyer, 173. Joaquín García Icazbalceta, 174. la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México en 1821, 175. la foto de Zapata y Villa en la Silla Presidencial, 176. Carlos Pellicer, 177. Alianza Cívica, 178. "Este País", 179. las ONG que hacen un gran esfuerzo para que este país sea mejor, 180. La Escuela Nacional de Agricultura (hoy Universidad Autónoma Chapingo), 181. Guty Cárdenas, 182. Efraín Huerta, 183. Carlos Fuentes, 184. Fernando Benitez, 185. Ignacio Conde, 186. "Vuelta", 187. el arroz a la mexicana, 188. Germán Lizt Arzubide, 189. Gabriel Vargas, 190, Rius, 191. Lorenzo Meyer, 192. Jesús Reyes Heroles, 193. Luis Barragán, 194. Chucho Reyes, 195. mis amigos, 196. Cañón del Sumidero, 197. Barrancas del Cobre, 198. David Alfaro Siqueiros, 199. el barro negro de Oaxaca, 200. Miguel Hidalgo.



10 de septiembre de 2010

¿El Bicentenario en mi cocina? (III): Gritos, héroes y TV.

Con el Bicentenario cada vez más cerca, los productos relativos a esa fecha han crecido exponencialmente. En todos los medios de comunicación te puedes encontrar alguna referencia sobre los festejos de la próxima semana. Por cierto, habría sido buena idea que el gobierno federal o el de la Ciudad de México aprovecharan esos espacios para informarnos anticipadamente sobre el cierre de Paseo de la Reforma y otras calles céntricas, debido a la preparación de las fiestas del 15 y 16 de septiembre, lo que tiene a mi ciudad totalmente intransitable. ¡A ver cómo nos va la próxima semana!
En fin, por ahora quiero hablar de dos programas que está pasando Televisa con relación al Bicentenario de la Independencia Nacional. Uno de ellos ha tenido una gran acogida, mientras que el otro, me temo, ha sido totalmente ignorado. Ello se debe, entre otras cosas, a que el primer programa pasa a las 10 pm en Canal 2 (Horario Triple A, lo que significa que es muy visto y vende mucha publicidad), mientras el otro apenas ayer tuvo su primera emisión y tuvo que competir con la simpatía de Denisse Maerker, los programas de "Pare de sufrir" que pasan en los canales 4 y 9, una serie española que transmite el 7 y una entrevista más al Golden Boy Enrique Peña Nieto, ahora en canal 13.
Me refiero a "Gritos de muerte y libertad", y a "Héroes de Carne y Hueso".
"Gritos..." (para abreviar) es una serie extraña; por lo menos para lo que Televisa nos tiene acostumbrados. Para empezar es serie, no telenovela; está filmada y no grabada (o sea que tiene técnica de cine y no de video); fue producida por la Vicepresidencia de Noticieros de Televisa, no por algún productor de los que hacen programas de espectáculos, y por último cuenta con un reparto que, me parece, intenta actuar y no lucirse (esto último lo celebro).
Los historiadores normalmente escribimos artículos en los que exponemos nuestras conclusiones sobre algún tema que estemos investigando. A esos textos les llamamos monografías. En el caso de "Gritos..." bien podríamos hablar de "Haikús historiográficos". Son pequeñas cápsulas en las que nos muestran episodios fundamentales de la Revolución de Independencia.
Hasta ahora (ya que la serie acaba el próximo 16 de septiembre), en "Gritos..." hemos visto el intento de independencia que ocurrió en 1808, el encierro de Josefa Ortíz de Domínguez, el grito de Hidalgo, su negativa a entrar a la Ciudad de México luego de ganar la batalla del Monte de las Cruces, su fusilamiento, Morelos y el sitio de Cuautla, el juicio a Morelos y su muerte, y las aventuras de Leona Vicario.
Sobre la hechura de la serie hay que decir poco; visualmente es muy bella, cuidaron hasta lo posible diversos aspectos como las escenografías, las locaciones, los vestuarios, o sea, es una serie bonita, que se ve muy bien.
Sin embargo, "Gritos..." cojea de una pata muy importante.
Al final de cada episodio, aparece una leyenda que dice, palabras más palabras menos: "este episodio fue hecho tomando como base las interpretaciones de diversos historiadores, pero nos hemos tomado la libertad de alterar algunos hechos para producir un relato más interesante".
Yo creo que, por honestidad, esa leyenda debería tener una letra más grande y aparecer al principio de cada capítulo, porque el espectador tiene que saber que le están dando una interpretación libre y no el trabajo concreto de un grupo de historiadores, a los cuales por cierto no se les da crédito (por lo menos no al principio del programa).
Esto nos lleva a que "Gritos..." tenga varios errores:
-en el golpe de Estado de 1808, al que ahorcaron en su celda fue a Francisco Primo de Verdad, no a Francisco Azcárate, como mostraron en la serie.
-Los personajes están muy acartonados, parecen monografía de primaria en lugar de ser un reflejo de personas que tuvieron dudas y miedos al momento de meterse en una empresa del tamaño que fue la Guerra de Independencia.
-La negativa de Hidalgo al final está mal contada, simplemente cortan el episodio diciendo que Hidalgo prefirió no entrar a la Ciudad de México, cuando merecía otro tipo de explicación.
-Nunca hablan de Hidalgo en Guadalajara, un aspecto fundamental para conocer más al personaje y descabezar al ídolo.
-Morelos es uno de los personajes más carismáticos e inteligentes de la Independencia, ¡pero nos lo pintan sólo como un sujeto sanguinario!
-¿En serio los realistas no tenían más argumento para mantenerse en sus trece que la voluntad divina?
-¡Tienen una forma de brincar de un tema a otro que es muy confusa!
-Hasta el momento en que va la serie, el personaje más interesante de todos es uno secundario, que ha aparecido en algunos capítulos durante breve tiempo, pero que, por cómo nos lo pintan, merecería él solo una serie: el realista Miguel Bataller.
Sin embargo, es una serie interesante. Ojalá hagan más, aprovechando que en noviembre será el centenario de la Revolución Mexicana, pero por favor, ¡cuiden más los detalles!
La segunda serie, "Héroes de carne y hueso", es la más reciente producción de Enrique Krauze y su empresa, ClíoTV. Cuando apareció "Gritos..." se me hizo muy extraño que Krauze no la produjera. Supongo que fue porque él estaba planeando la otra serie.
Lo primero que recordé, al momento de esperar a que comenzara "Héroes..." fue un comentario de Sergio Zurita, un escritor de obras de teatro y crítico de televisión: "Los canales de madrugada son fascinantes porque te puedes encontrar todo tipo de programas, y al mismo tiempo son una pena, porque te das cuenta de que allí ponen todo aquello que a Televisa no le interesa divulgar, aunque haya pagado por hacerlo".
Creo que en Televisa alguien ya no quiere a Enrique Krauze. Tuve que chutarme un capítulo de La Ley y el Orden, y un discurso de Andrés Manuel López Obrador para esperar a que el programa comenzara, a eso de las 12:30 de la noche.
No es posible que le den ese horario tan infame. A menos que a Televisa simplemente no le importe, a pesar de que "Héroes..." tenía buena publicidad.
"Héroes..." es una serie en ocho capítulos sobre la vida de cuatro personajes de la Independencia: Hidalgo, Morelos, Iturbide y Guerrero. El objetivo de la serie, como dijo Enrique Krauze al comienzo del capítulo de ayer, es "bajar del pedestal al héroe, para verlo como ser humano".
Cuando terminé de ver el primer capítulo (dedicado a Hidalgo), pensé que ClíoTV, debería repensar seriamente la forma en que hacen documentales.
Durante años he visto los programas de Enrique Krauze. Desde la primera "Biografía del Poder" de los años 80, hasta los que pasaba Canal 4 antes de convertirse en ForoTV.
Me he dado cuenta de que todos tienen la misma estructura: un relato lineal, de ritmo lento, con imágenes que sólo sirven de adorno, con la aparición de especialistas que le dan peso y autoridad al programa, una mezcla de contexto, anécdotas y análisis, todo ello dirigido por una voz narradora.
En los años ochenta fue Federico Engels, un locutor ya fallecido, luego estuvo Emilio Ebergenyi y también Enrique Krauze; ahora está Gael García Bernal, y los próximos programas serán narrados por Diego Luna, Damián Alcazar y José María Yaspik.
O sea, el mismo estilo, pero con actores de moda para que atraigan a más público.
En este primer programa aparecieron tres grandes historiadores: Carlos Herrejón, Andrés Lira y Jean Meyer, pero no los aprovechan a plenitud puesto que los ponen a decir lo mismo que los lectores de Krauze hemos leído desde hace muchos años.
El argumento del programa está basado en el capítulo que sobre Miguel Hidalgo escribió Enrique Krauze para su libro "Siglo de Caudillos", allá por los años 90.
Para este Bicentenario, hubiera sido más interesante enfocarse en las interpretaciones más recientes sobre Hidalgo y la Guerra de Independencia y buscar otro modo de hacer documentales: con más agilidad, con otra estructura...algo que sea distinto a lo que ha hecho ClioTV.
Entiendo que su mayor contribución está en decir cosas sobre Hidalgo (y los demás héroes) que seguramente mucha gente no sabe: su inteligencia, su gusto por el juego, el teatro, la música y la cultura francesas, su dolor ante la muerte de sus seres queridos y otras cosas; pero también es importante destacar nuevos aspectos, o presentarlos de una manera diferente a como ClíoTV ha trabajado ya durante muchos años.
Creo que necesitan renovarse, para seguir siendo una gran casa productora de materiales historiográficos, y quizá eso evitaría también que sus programas aparezcan a horas ofensivas.
Ojalá puedan ver los dos programas, (creo que el de ClioTV lo repetirán en los canales 2 y 4 en otras horas, y los capítulos de "Gritos..." están en TVolucion) porque son buenos intentos por difundir la historia de México, y espero que sus creadores nos entreguen en el futuro próximo, otros programas que superen a éstos, para que tengamos mejores versiones sobre nuestro pasado que nos ayuden a construir nuestro futuro.

6 de septiembre de 2010

¿Qué hace mexicano a lo mexicano?


John Houston, el afamado director de cine norteamericano, decía que odiaba a los mexicanos cuando, en alguna reunión o fiesta, comenzaban a torturarse con una pregunta de antemano incontestable: "¿cuál es la esencia de lo mexicano?" Como si tuvieramos algo en nuestros genes que nos hiciera absolutamente distintos a cualquier otra cultura, pero no tuvieramos la menor idea de qué es eso que nos hace diferentes.
El historiador Edmundo O´Gorman, con la diplomacia propia de un peleador de artes marciales mixtas encerrado en la jaula y listo para aplastar a su rival, dijo de manera fulminante: "El ser humano no tiene esencia, tiene historia", en un intento de arrojar al olvido esas preguntas irresolubles, propias del positivismo del siglo XIX, que consideran que cada producto cultural tiene algo que lo diferencia de los demás, y que es fundamental encontrarlo para comprenderlo a cabalidad.
El mito de la raza, del "carácter nacional" impregnó a todo el mundo durante el siglo XIX y difundió estereotipos tan dañinos como el de la superioridad de la raza blanca, el atraso cultural de todos los demás pueblos, y el derecho de los primeros a dominar a los segundos.
En el caso mexicano, ese mito de la raza ha servido para dominar a los indígenas, quienes hasta el día de hoy son considerados por gran parte de la población como seres, para decir lo menos, "incapaces" de sobrevivir por sí mismos, y que necesitan a la gran nación mexicana para que ésta les señale su destino. Sin embargo, como no somos una "raza pura" (entre otras cosas porque las "razas puras" no existen), sino una cultura mestiza, recurrentemente nos entra la incertidumbre y la depresión, al pretender encontrar esa mentada "esencia" que nos señale el camino hacia la nueva grandeza mexicana.
Alan Knight, un gran historiador inglés, reflexiona sobre este problema en su ensayo "La identidad nacional mexicana", publicado por la revista Nexos en su edición del mes pasado.
Para empezar, Knight señala que la "identidad nacional" muchas veces es una visión aspiracional, un ideal que se quiere alcanzar y no algo que ya se tiene. O sea que, si nos apoyamos en ese estereotipo creado por el cine mexicano de los años 50, quiere decir que el "charro cantor" no era algo real, sino algo por crear. No porque todos tuvieramos que usar pistola y echar gorgoritos haciendo muecas como Pedro Infante, sino porque en esa imagen de charro se unen elementos y símbolos culturales muy convenientes para el Estado mexicano de ese entonces, como el patriotismo, la religiosidad que aglutina a la sociedad pero no confronta al Estado, la unión familiar (aunque permitiera las casas chicas) y otras.
El problema de la identidad nacional (o uno de ellos) es que se vuelve una solución facilona y muchas veces errónea, a diversas preguntas que nos hacemos sobre la época que vivimos, como por ejemplo: "¿Por qué hay tanta violencia actualmente en México? -bueno, porque los mexicanos somos muy machos y entrones", algo completamente falso.
Eso que llamamos "identidad" es una construcción cultural, normalmente impuesta por un grupo dominante a otros. El traje de charro es un buen ejemplo de ésto. ¿A quién se le ocurrió que podía ser el símbolo de la mexicanidad?, pues al Estado mexicano de los años 30 que deseaba impulsar una figura de cómo tenía que ser el habitante de estas tierras, aunque para ello tuviera que imponérselo a los yucatecos, sonorenses, chiapanecos, y otros que no tienen nada que ver con el estado de Jalisco.
Al ser una cultura mestiza, muchos de nuestros elementos nacieron en otros lugares. Eso nos puede hacer creer que, si vamos descontando todas aquellas partes que no fueron creadas en México, pues dejamos a nuestra cultura como árbol de navidad en un mes de marzo: totalmente seco y sin hojas.
Pero, como dice Knight, la identidad nacional no se forma sólo por aquellos elementos que bien pudieron surgir en otros lugares y ser adoptados por nosotros. Lo que los convierte en parte de nuestra cultura es su lugar en el espacio y el tiempo: estar en este territorio y volverse parte de nuestra historia hace a las piñatas (supuestamente de origen chino) profundamente mexicanas, aunque hoy se parezcan a John Cena.
"En esos términos (espacio más tiempo) es posible llegar a sostener que en efecto existen algunos rasgos básicos de la identidad nacional mexicana", dice Knight, y podríamos agregar que también de la identidad nacional alemana, filipina, sudafricana, japonesa y de todas las demás culturas del planeta.
Es la experiencia vivida en un territorio determinado, con un pasado determinado, lo que contribuye a crear una identidad nacional, pero cuidado, como todo constructo cultural, no es definitivo ni único; está influido por miles de experiencias externas y de ningún modo nos lleva a encontrar esa "esencia" por la que muchos murieron en el pasado (tan sólo recuerden el mito de la "raza aria" y los crímenes que se cometieron en su nombre).
La identidad nacional mexicana empezó a construirse desde antes de la independencia con el optimismo criollo; esa creencia de que los españoles no merecían gobernar este territorio puesto que sus hijos nacidos en América eran superiores a ellos en todos los aspectos. La postindependencia y sus guerras civiles hicieron difícil la creación de esa "raza mexicana", pero el Porfiriato y después la Revolución se esmeraron por crear una identidad nacional acorde con el proyecto político que ambos Estados deseaban impulsar.
Ahora que la Revolución Mexicana ya no es un proyecto estatal, ¿en dónde quedó la identidad nacional? ¿qué somos los mexicanos? ¿debemos volver a torturarnos con la pregunta que detestaba John Houston?
Yo creo que lo más sencillo es volver a O´Gorman, y darnos cuenta de que la cultura mexicana es resultado de nuestra historia, muy compleja pero también muy rica, a veces muy cerrada al mundo y en otras ocasiones dispuesta a aprehender todo aquel elemento que le agrade. No nos torturemos con esas preguntas bizantinas, las culturas más vivas y propositivas son aquellas que no se cierran ante lo que les llega del exterior, sino que se apropian de eso para mejorar.



2 de septiembre de 2010

¡Hasta siempre, Germán!


Yo no quería escribir este post. Desde que, hace algunos días, Germán Dehesa escribió en su columna que tenía cáncer y que le quedaba poco tiempo de vida, tuve la esperanza de que fuera una más de esas ocasiones en las que él tenía que entrar a un hospital por alguna emergencia, pero que volvería a pintarle cuernos a la flacuda para seguir entre nosotros, chacoteando y pensando en cómo mejorar este país. Hoy eso ya no ocurrió.
Germán se nos ha ido. Y me doy cuenta de que con él se va una etapa fundamental en mi vida. El y yo fuimos amigos aunque nos vimos muy poco, y lo considero mi maestro por todo lo que aprendí a su lado, él escribiendo y yo leyendo sus columnas; él echando relajo en alguno de sus geniales programas de radio, yo escuchando y viviendo algunos de los mejores momentos que he tenido.
Todo comenzó en 1989. En ese entonces yo tenía 16 años, y mi vida transcurría en la Colonia Condesa, entre los amigos de la prepa, el amor que más he querido (y a quién nunca se lo dije), las artes marciales, y una columna que yo devoraba, publicada en el extinto diario Novedades, firmada por un tal Germán Dehesa.
Me encantaba la forma que tenía para "enhebrar pendejadas", como él decía; podía hablar del grupo Bronco, de las series de televisión, y luego pasar a Sabines, a Maupassant, y siempre a Borges, el maravilloso ciego. Por él supe cómo era la azarosa vida de un catedrático de la UNAM/escritor de programas de televisión/actor de teatro en un pequeño foro llamado "El Unicornio/ y lo que surgiera para mantener a su familia de la que escribía a cada rato, pero usando apodos para poder hablar de ellos y reirse de lo que en ese momento le ocurría. La Tatcher, Canito, Viruta y La Pequeña Carlos, eran piezas fundamentales del mundo de Germán Dehesa, en el que también estaban sus innumerables cuates.
Años más tarde, la vida me dio la oportunidad de conocerlo: el diario REFORMA sufría un boicot de voceadores y Germán se propuso defender su nueva casa. Junto con Miguel Angel Granados Chapa, Guadalupe Loaeza, Enrique Krauze y muchos otros salió a las calles a vender ejemplares de su periódico. Esa fue una de las primeras veces en las que comprobé cuán poderosa puede ser la sociedad mexicana cuando se une para lograr algo. Por varios meses, junto a muchas otras personas, yo acudí a Insurgentes sur, donde estaba la estación Radio Mil, a vender ejemplares de REFORMA.
Estar allí era una delicia. Mientras toreábamos coches y juntábamos el dinero por la venta de los periódicos, Dehesa y Alejandro Aura (otro que extrañamos profundamente) componian frases albureras para atraer más público: "¡Nos abrocharon con la 187!", "¡cópula en la cúpula!", "¡lo hice por amor, dijo Camacho!" y muchas más que se le ocurría a ese par de irreverentes y geniales amigos.
Germán tenía un programa en Radio Mil: "La Miscelánea del Angel", (uno más de los muchos programas que tuvo) y mientras duró el boicot se propuso transmitirlo todos los días, por ahí de las 3 o 4 de la tarde. Un sábado, luego de vender los miles de ejemplares que nos llevaba el camión repartidor de REFORMA, me colé a su programa. Sigilosamente me metí tras él hasta la cabina de la estación y me senté en el piso, en una esquina. Germán me miró, me dio la mano y me llevó a uno de los asientos de la mesa, para luego hacerme el "conductor invitado" de ese día. Recuerdo que invocamos a "el monstruo de la laguna mental", y lanzamos la "ametralladora de besos" para reirnos junto con todos los que en ese momento nos escuchaban.
Ese día, Germán llevaba consigo dos tomos de las obras completas de Borges. Al verlos me prometí que con mi primer sueldo los compraría. Me sentí feliz al cumplirme esa promesa.
Un día, llegué con él llevando un ejemplar del "Ulises", de James Joyce. No era el momento de leerlo, pero le pedí que por favor me lo dedicara. "Que los dioses sean contigo en tan ardua navegación", escribió.
El boicot terminó, pero no las aventuras. El espacio en Radio Mil desapareció, pero Germán y los suyos (Fernando Llera, Adriana Landeros, Ernesto "el canalla" Anaya, "El Mozart de Tacubaya" Eligio Melendez y varios más) dejaron "El Unicornio" para inaugurar un nuevo sitio: "La Planta de Luz". Muchas veces, acompañado de mi hermana, acudí a gorronear un café mientras veíamos a Germán y su tropa loca hacer su nuevo programa: "Radio Redonda" en Radio Red.
Pasó el tiempo, Radio Red y la Planta de Luz desaparecieron, pero nos quedaba su espacio en REFORMA, llamado "la Gaceta del Angel", en donde por años se preguntó qué tal había dormido esa rata del Estado de México llamada Arturo Montiel Rojas.
Germán siempre compartió su vida con sus lectores. Así nos enteramos que se separó de la Tatcher para casarse con la Hillary (y que uno de sus padrinos de boda fue Carlos Salinas de Gortari), que Canito quiso ser veterinario y luego historiador, que Viruta compartía su amor por las letras y la Pequeña Carlos jugaba bastante bien al futbol. Pronto esa familia creció con la llegada del Tamal de Dulce.
Germán se comprometió con muchas causas ciudadanas: las primeras consultas ciudadanas, la "operación cobija" que realizaba cada año, el apoyo a los Tarahumaras, el Teletón...él siempre estuvo dispuesto a ayudar a quien lo necesitara, y a usar el humor como ariete, para burlarse de nuestra despreciable clase política.
Con Germán aprendí que las cosas más serias deben decirse con humor, que la risa es señal de inteligencia, y que la seriedad petrea sólo nos conduce a la muerte. "Dios dijo que nos amásemos y que nos amasemos" es una de sus frases que más me gustan, junto con lo que alguna vez le dijo su tía, "La Pingüica": "Mira, mijito, ¡yo soy quedada, pero no con la duda!".
Reviso ahora uno de sus libros, quizá el que más me gusta: "La vida y sus dibujos", que Germán le regaló a mi padre en alguno de esos días en que estuvimos en La Planta de Luz. "Con agradecido afecto y total complicidad" dice la dedicatoria. Así vivimos juntos tantos años los lectores de Germán: queriéndolo por todo lo que nos transmitía en sus artículos, programas y espectáculos, y sintiéndonos sus cómplices en la construcción de un México que fuera mejor al de ayer.
Recuerdo que Jaime Sabines fue otro de sus grandes amigos, y justamente, uno de sus más bellos poemas termina de esta manera:
"A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios".
Y que Dios bendiga a Germán Dehesa.