28 de junio de 2010

¡Huyamos del sombrero de charro...!


...y de las calaveritas de dulce, y de los nopales, y de Frida Kahlo, y de las trajineras, y de José Alfredo, y de los "mexicanos reteingeniosos", y del pulque "al que le falta un grado para ser carne" y de los narcocorridos, los narcodecapitados y las narcobuenonas, del Indio Fernández, del Charro Avitia, de San Pedrito Infante, de los machos mexicanos, de las mexicanas que llevan una Chorreada y una Sara García en sus corazones, de las borracheras rituales y de todo aquello que nos amarra a un pasado que no nos permite tener un futuro diferente!

Tenemos que escapar del estereotipo mexicano, el cual sobrevive hasta el día de hoy y nos impide imaginar un México distinto, y quizá mejor al que hemos vivido. De todo esto habla el ensayo "Contra la idea de México", escrito por Mauricio Tenorio en la revista Nexos del mes de Junio, dentro de su serie "La construcción de México, 1810-2010".

Presentado de esta manera pueden sonar muy fuertes las propuestas de Mauricio Tenorio, hasta parecería uno de esos ataques a la cultura mexicana que fueron tan comunes en el siglo XX, cuando se pretendía desvirtuar todo aquello que el Nacionalismo Revolucionario tardó décadas en construir.

Sin embargo, vale la pena repasar con calma lo que Tenorio nos cuenta en su ensayo, porque tal vez no sea el único que está harto de vivir en un país en el que al parecer todo se repite sin posibilidad de que auténticamente se transforme.

Mauricio Tenorio comienza su ensayo recordando la ya viejísima Exposición Universal de Nueva York, (entre 1939 y 1940), una gran feria en la que, a pesar de que la Segunda Guerra Mundial estaba en marcha, varios países asistieron para presentar lo mejor de su cultura y realizar buenos negocios. Un país llamó la atención, Brasil; puesto que, en lugar de apostarle a utilizar los estereotipos que lo caracterizaban (playas, música, alegría y mujeres hermosas), intentó mostrar una cara distinta, en la que quedara plasmada una idea del futuro al que deseaban llegar.

A diferencia de Brasil, México sí usó los estereotipos en la exposición: rebozos, jícaras, Diego Rivera y familia, como señala Tenorio. 70 años más tarde, Brasil (junto con España, La India, China y Rusia) le apuestan al futuro, a la transformación y al éxito en este nuevo mundo del siglo XXI, mientras México se atrasa cada vez más, tiene pánico ante un futuro que parece absolutamente negativo, y mira hacia atrás no buscando ideas, sino aferrándose al ancla de lo que, al parecer fue mucho mejor que lo que vivimos ahora.

La "idea México" (no confundirla con la "Iniciativa México" que será totalmente distinta...espero), sigue vendiendo bastante bien en este mundo globalizado: tenemos ya una imagen violenta, como a principios del siglo XX, cuando estalló la Revolución Mexicana. Ahora no son los generalotes incultos y bestiales, sino los capos de la droga, bestiales a secas. A pesar de la globalización, seguimos viendo hacia adentro, y lo que es peor, no somos capaces de reinventarnos a nosotros mismos.

Tenemos décadas dando vueltas, nadando "de a muertito", creyendo que si tapamos el sol con un dedo, las cosas se solucionarán por ellas solas. Hace diez años que el PRI dejó la presidencia, y ese optimismo, esa ligera esperanza que México vivía desde finales de los años noventa con la ilusión de una nueva era democrática, se ha derrumbado gracias a la corrupción de la clase política (sin importar el partido), la brutal concentración de la riqueza, el consiguiente y también brutal crecimiento de la miseria, la violencia, la ignorancia, la manipulación, y sobre todo la falta de una idea de futuro.

Un pequeño ejemplo para ilustrar lo que estamos viviendo: los festejos planeados por el gobierno federal para conmemorar el Bicentenario del inicio de la Independencia y el Centenario del inicio de la Revolución. Inauguraciones, desfiles, ediciones, mesas redondas, coloquios, bailes, actuaciones, monumentos, discursos, programas de televisión, películas y muchas cosas más que están planeadas para que septiembre y noviembre sean meses bastante divertidos para la población mexicana.

Sin embargo, un análisis detallado del programa de festejos, y de lo que se ha realizado hasta ahora, nos muestra que el gobierno federal le está apostando a utilizar las fiestas para reafirmar su lugar ante la sociedad mexicana y no como un aliciente para la transformación de ésta. La exposición de los huesos de Hidalgo y los que lo acompañaban en la Columna de la Independencia es prueba de ello.

Desde el año pasado, muchos historiadores han repetido que estas fechas por celebrar deberían ser un gran pretexto para revisar nuestro pasado con la intención de construir algo que los mexicanos perdimos desde los años 80 del siglo XX: una idea de futuro.

Parecería que a los historiadores no tendría por qué importarles el mañana. Total, ellos lo que quieren es conservar papeles viejos y averiguar cómo eran las cosas antes, ¿no?

Pues no. A los historiadores no nos interesa el pasado. Lo que nos apasiona es ver cómo las cosas cambian con el paso del tiempo. "Cambio" es la palabra más importante para un historiador, y eso nos lleva a interesarnos también en el futuro. Que todavía no exista, no quiere decir que no influya en nosotros.

Tener una idea del futuro es tan importante para una sociedad como construirse una imagen de su pasado. Quién fue y quién quiere ser son dos preguntas que todo pueblo debe hacerse tarde o temprano, aunque los mexicanos de ahora tengamos muchos problemas para responderlas.

Si queremos tener un nuevo rostro, nos dice Mauricio Tenorio, tenemos que cambiar desde adentro. Y para ello tenemos que enfrentar al mayor enemigo de nuestra historia: la injusta distribución de la riqueza. Mientras este país siga siendo propiedad de unos pocos y desventura de millones, su oportunidad de tener un futuro mejor se desvanecerá.

México logró muchas cosas en el siglo XX: la industrialización, la modernización masiva y el desarrollo cultural son prueba de ello. ¿Por qué no entonces imaginar que podemos realmente acabar con la pobreza?

Lograrlo no será nada fácil, es verdad; como señaló hace unos días Macario Schettino en un artículo: "Menos regulación, mejor educación, más infraestructura, más competencia, son condiciones básicas para incrementar la productividad. Hacerlo, sin embargo, exige esfuerzos que rechazamos: pagar impuestos, hacer la reforma laboral, meter en orden a los privilegiados, sean los maestros o los empresarios. Sin eso, no hay mucho que hacer"

Algo parecido propone Mauricio Tenorio: ¿qué pasaría si este país se atreviera a reinventarse a través de experimentos educativos, fiscales, de inversión económica y de políticas en la lucha contra la desigualdad social? Habrá quien pueda decir (y con razón) que todo eso ya se hizo en México durante el siglo XX gracias al PRI, y que muchos de esos experimentos no funcionaron porque o se hicieron mal, o fueron tragados por la corrupción.

Lo cierto es que México necesita reinventarse. Y no lo logrará si sigue refugiándose en su "gran pasado indígena", en "sus maravillas coloniales" y "en sus grandes héroes que construyeron la patria que ahora habitamos". México tiene que ver hacia atrás, pero con la intención de crearse un futuro. Necesita de su historia, la que se lee y la que se vive (como diría Krauze), y sobre todo necesita creer que un mañana mejor es posible, mientras sea capaz de aprender de su pasado y adueñarse de su presente.


19 de junio de 2010

Historia de México, un viaje a la velocidad de la luz.























A la memoria de Carlos Monsiváis.


Pues resulta que Felipe Calderón me escribió una carta. Ya me hacía yo corrido del país por las barbaridades que escribo en este blog, o quizá me estaba avisando que pasara a tomar posesión como nuevo asesor presidencial, embajador en Europa o algún buen puesto dentro del gabinetazo. Ni uno ni otro. En su carta, Felipillo me felicita por cumplir 200 años de Independencia y 100 de Revolución, con eso de que como somos mexicanos, también somos el pito del globero-sin albur- la llanta del mecánico, la desidia del burócrata y no se cuántas tonterías más según la publicidad oficial.
Y como todo buen cumpleaños, se impone un regalazo. En este caso fue un libro de casi 70 páginas llamado Viaje por la historia de México, escrito por el gran maestro y creador del concepto "clionauta" (el cual yo, humildemente me agandallé): don Luis González y González.
Creo que es el tercer o cuarto libro de divulgación que comento en este año (bi)centenario; y me temo que vienen más en camino. Que Herodoto nos proteja...
¿Ahora qué puedo decir de Viaje por la Historia de México? ¿acaso tendré que repetir el mismo rollo que me aventé en otros casos, como el de Historia de México y Arma la Historia?
Pues puedo empezar por el principio, que en este caso es su autor: don Luis González y González, un genio de la historiografía mexicana. Nació en 1925, nos abandonó en 2003, pero antes de eso tuvo tiempo de crear una obra profunda que todavía leemos con mucho gusto. Estudió en El Colegio de México y en La Sorbona, pero su primer gran mérito fue darse cuenta de que este país necesitaba urgentemente que alguien escribiera la historia de San José de Gracia. Un pueblito de Michoacán donde lo único "interesante" en su vida fue una visita que les hizo el presidente Lázaro Cárdenas por la década de los treinta del siglo pasado. Obviamente, muchos pusieron el grito en el cielo cuando don Luis publicó "Pueblo en Vilo", (así le puso a la historia de su pueblo), pero cuando se dieron cuenta de que eran miles las poblaciones parecidas a San José de Gracia, las cuales habían vivido una historia muy diferente a la que cuentan los grandes relatos oficiales, y a que esos pueblos estaban pasando por una etapa de transformación que para bien o para mal iba a transformar la historia de México, se dieron cuenta de que estaban frente a una obra fundamental para comprender de otra manera nuestro pasado y nuestro presente.
Don Luis escribió muchos libros más, como Los días del Presidente Cárdenas, Invitación a la Microhistoria, y un libro al que yo le tengo un enorme afecto, pues fue por él que me convertí en historiador: El oficio de historiar.
Según la introducción de Viaje por la Historia de México, este libro nació de un proyecto dirigido por don Luis, que comprendía hacer una historia nacional en treinta fascículos, que contuvieran muchas ilustraciones. Al parecer, la primera versión de esta obra se llamó Album de historia de México.
Sin pretender rebatir esa versión, a mí me parece que Viaje por la Historia de México tuvo, por lo menos, otro origen. En un libro que se llama Todo es Historia, una antología de textos que escribió en distintos años, don Luis cuenta que en una ocasión fue invitado a dar una microconferencia sobre historia de México al entonces candidato presidencial Miguel de la Madrid. Lo de microconferencia no es exageración. Creo que le dieron como 10 o 15 minutos, máximo para contarle a don Miguel toda la historia de nuestro país. ¡Ya se imaginarán la capacidad de síntesis que tenía Luis González y González!
Y es que Viaje por la historia de México es un recorrido supersónico por nuestro pasado, desde los orígenes de Mesoamérica hasta el Tratado de Libre Comercio de 1994.
En 30 capítulos, cada uno de ellos con un tamaño promedio de 20 líneas (sic) y como siete u ocho microbiografías de los personajes más destacados de cada periodo, don Luis se propuso contar una historia que tuviera muchas ilustraciones y que se leyera rápidamente
La edición actual estuvo a cargo de Editorial Clío (se nota) y de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuito. Tiene un tiraje de ¡3 millones, 100 mil ejemplares! y al parecer es sólo la primera edición, ya que la meta del gobierno federal es que Viaje por la Historia de México esté en cada hogar del país.
Ahora bien, ¿vale la pena leerlo? déjenme les cuento que con mi pasada reseña a Historia de México (de la Academia Mexicana de la Historia) hasta regañado salí por varios buenos amigos, quienes pensaron que fuí muy condescendiente con ese texto.
Sin embargo, como les comenté en su momento a estos amigos, ¿qué esperaban ellos de un libro editado por la Academia Mexicana de la Historia? ¿Un texto que descabezara a nuestros héroes nacionales y que redujera a cenizas cualquier interpretación anterior sobre nuestro pasado? Por supuesto que eso no iban a encontrar en ese libro, y eso no quiere decir que sea malo o que no valga la pena leerlo; quiere decir que es una buena introducción para que aquel interesado lea ese y muchos otros libros que le permitan formarse una imagen lo más certera posible sobre nuestra conflictiva historia mexicana.
Lo mismo pasa con Viaje por la Historia de México. No es un libro crítico, no cuestiona, no pone en la picota a varios personajes que (creo) lo merecen. Pero tampoco es su función. Lo que pretende este libro es que sus lectores, aquellos que saben muy poco sobre el pasado mexicano, puedan hacerse una idea de lo que la nación ha vivido y por qué nos encontramos en esta situación. No les aclarará muchas cosas, seguramente provocará muchas dudas, y ojalá así sea, para que despierte en ellos la necesidad de saber más sobre lo que hemos sido.
Tarde o temprano llegará a tu casa Viaje por la Historia de México. Yo espero que tú y millones de mexicanos lo lean. Si después lo usan para el boiler, para envolver frutas o limpiar manchas, pues adelante. Pero por lo menos, aunque sea una vez, que aquellos que no saben nada de nuestra historia sepan que existió don Luis González y González, y que se enteren de que tenemos un pasado muy conflictivo, pero también riquísimo, y que vale la pena, aunque sea una sola vez, asomarnos a él.



10 de junio de 2010

India Poised y la Iniciativa México

Hace como un año ví un video motivacional de Televisa Monterrey, en el que un tipo cuyo nombre no conozco, vestido de traje oscuro y camisa blanca sin corbata, caminaba por el rio Santa Catarina recitando un discurso motivador en el que decía (entre otras cosas): "México está al borde del abismo. Un México mira hacia abajo y tiene miedo de caer. El otro México mira hacia arriba y tiene ganas de volar".
No lo encontré en You Tube, pero si hallé dos vídeos que me gustaría que vieran. Uno de ellos se ha vuelto muy famoso en México en épocas recientes.
Decía Octavio Paz que el plagio estaba permitido, siempre y cuando fueras lo bastante inteligente como para esconder el cadáver del plagiado. En estos tiempos de internet eso es imposible. Tarde o temprano la verdad sale a relucir.

PD 2011: acabo de encontrar ese video del que hablo al principio del post. ¿Deveras esta gente cree que puede engañarnos?










7 de junio de 2010

¿Pierna, jamón o milanesa?


Artemio de Valle Arizpe fue uno de los más grandes cronistas de la historia de México. Gracias a él no se perdieron para siempre muchas historias sobre el Virreinato, una de las etapas más oscuras y menospreciadas de nuestro pasado. Don Artemio vivió en un país que transitó del esplendor porfirista al esplendor priísta y como tal le tocó sufrir y gozar de los cambios que tuvo México entre esas dos épocas.
Además de escribir sobre la Colonia, don Artemio también escribió sobre su propio pasado. Una de sus mejores crónicas le rinde homenaje a uno de los platillos más humildes y más deliciosos de nuestra cocina: las tortas. ¡Que lo disfruten!

Las tortas de Armando.

Pues bien, para mí -para mí y para muchos, para una infinidad-, ese callejón no era sino la tortería de Armando. "Las tortas del Espíritu Santo", se les decía a las que con tanta habilidad y sabrosura confeccionaba Armando Martínez; después se dijo, ya que tuvieron fama, sólo "tortas de Armando". En un zaguán viejo y achaparrado estaba instalada la tiendecilla; no ocupaba todo el zaguán, no, sino que éste, con un tabique de madera sin alisar, hallábase dividido a la mitad: una se destinaba al pequeño establecimiento, la otra era la entrada al antiguo caserón, que se cerraba con una recia puerta con clavos cabezones. El caserón a que aludo, ya reconstruido, hoy ostenta el número 38.
Era un placer grande el comer estas tortas magníficas, pero el gusto comenzaba desde ver a Armando prepararlas con habilidosa velocidad. Partía a lo largo un pan francés -telera, le decimos-, y a las dos partes les quitaba la miga; clavaba los dedos en el extremo de una de sus tapas y con rapidez los movía, encogidos, a todo lo largo, y la miga se le iba subiendo sobre las dobladas falanges hasa que salí toda ella por la otra punta. Luego ejecutaba la misma operación en el segundo trozo; después, en la parte principal, extendia un lecho de fresca lechuga, picada menudamente; en seguida ponía rebanadas de lomo, o de queso de puerco, según lo pidiera el consumidor, o de jamón, o de sardinas, o bien de milanesa o de pollo, y sólo con estas últimas especies hacía un menudo picadillo con un tranchete filosísimo con el que parecía que se iba a llevar los dedos de la mano, con la punta de los cuales iba empujando a toda prisa bajo el filo los trozos de carne, en tanto que con la otra movia el cuchillo para desmenuzarla, con una velocidad increíble.

Con ese mismo cuchillo le sacaba tajadas a un aguacate, todas ellas del mismo grueso. Para esto se ponía la fruta en el hueco de la mano y con decisión le metía el cuchillo por una punta y al llegar al lado contrario lo inclinaba, con lo que el untuoso pedazo quedábase detenido en la ancha hoja, y luego hacía el movimiento contrario sobre el pan y las iba tendiendo sobre él con una inigualada maestría, hasta cubrir las porciones de pollo, milanesa o lo que fuere, y en seguida las tapaba con rajas de queso fresco de vaca, en el que andaba el tal cuchillo con un movimiento increíble de tan acelerado, que casi se perdía de vista. Esparcía pedacillos o bien de longaniza, o bien de oloroso chorizo, y entre ellos distribuía otros trocitos de chile chipocle; mojaba la tapa en el picante caldo en el cual se habían encurtido esos chiles y con una sola pasada dejábala bien untada con frijoles refritos y la ponía encima de aquel enciclopédico y estupendo promontorio, al que antes le esparció un menudo espolvoreo de sal; como final del manipuleo le daba un apretón para amalgamar sus variados componentes, y con una larga sonrisa ofrecía la torta al cliente, quien empezaba por comer todo lo que rebasó de sus bordes al ser comprimida por aquella mano suficiente.

También preparaba tostadas, que aderezaba igualmente con singular prontitud y esmero y que eran de precio inferior a las tortas magníficas. Estaba con Armando tras el minúsculo mostrador una viejecilla alta ella, enlutada y silenciosa, que ocupábase solamente en servir la riquísima chicha, y cuando no andaba en esa tarea insignificante, tenía las manos cruzadas sobre el vientre, viendo como en perpetuo arrobo la calle. "Juanita, una chicha", decía Armando de tiempo en tiempo con voz tiplisonante, y en el acto la callada mujer servía el líquido amarillento y frío en un vaso de vidrio, y después de esta operación volvía a poner sus miradas vagas en la calle.

Cuando Armando estaba entregado a su tarea con gracia y experta destreza, nadie osaba proferir ni una sola palabra, o si acaso se hablaba era en voz baja, sin quitar los ojos ávidos de los acelerados y magistrales movimientos del cuchillo. Apenas se concluía la elaboración complicada de la torta, cuando ya andaba preparando otra con ligereza, y después otra y otra más, y todas ellas con esmero y prontitud indecibles. En la puerta se aglomeraba, saboreándose, el gentío, y sólo se escuchaba en aquel amplio silencio, como esotérico, la voz que decía: "Armando, una de lomo", "Armando, una de jamón", "Armando, tres de pollo para llevar"; "Armando, dos tostadas"; y así el pedir y el complacer era interminable.

Vivíamos varios estudiantes de leyes en la calle de Santa Catarina No. 3, y desde allá, al anochecer, después de haber estudiado toda la tarde -aclaro: toda la tarde en tiempo de exámenes-, la emprendíamos a pie hasta la lejana calle del Sapo, en donde tenía casa un querido y generoso condiscípulo a quien llamábamos el Campamocha - su nombre de pila es Mario Camargo, que ahora es gran abogado y rico propietario-, para que nos convidase con unas tortas, lo que siempre hacía lleno de gusto- Todo el camino hasta llegar el callejón del Espíritu Santo, hablábamos ya de derecho civil, ya de derecho constitucional o de romano, o de otras materias áridas de las que pronto nos íbamos a examinar ante rígidos jurados. Pedíamos las insuperables tortas, siempre de lomo, que eran las más baratas, costaban diez centavos, y muy pronto llenos de placer, las encomendábamos a los dientes, saboreándolas con inmenso gusto. Comíamos y callábamos como unos santos. Con el sabor detenido aún en nuestra boca, tornábamos a hacer la larga caminata, rumbo a nuestro albergue de Santa Catarina, y al ir caminando, por calles y calles seguíamos repasando lecciones de jurisprudencia que no aprendimos o no entendimos del todo, por lo que mutuamente nos aclarábamos puntos oscuros.

No sólo se asocia la tortería del Espíritu Santo con el amargo tiempo de exámenes, en el cual un padecer inenarrable, una tremenda zozobra nos envolvía, y nos punzaba un constante malestar, sino que el callejón ése está con delicia en el tiempo plácido y festivo en el cual no sólo vivíamos para golosinear y embromar; íbamos a menudo a ver a Armando, tan a menudo como nuestros bolsillos, siempre exhaustos, nos concedían esa magnífica licencia, y muchas veces ni la necesitábamos siquiera, puesto que el buen Armando nos fiaba para que le pagásemos a vuelta de buena fortuna, que era el fin de mes. Entrábamos en su tiendecilla y con mucho donaire y gala embaulábamos nuestras magníficas tortas de lomo; de pollo, sólo cuando estábamos ricos: costaban quince centavos. No había para nosotros en ese tiempo manjar más regalado que ése, que tenía el incomparable aderezo del hambre. En esos felices años el corazón estaba en el vientre, así éramos de gargantones y desaforados golosos. Nuestro bello ideal era comer a pasto y a tabla de patrón, como se dice en el gracioso Estebanillo González.

En mi recuerdo está la tierna gratitud para Armando Ramírez por los instantes que me dio, siendo yo estudiante, de felicidad pasajera, pero felicidad al cabo, con sus tortas suculentas, saboreadas siempre, entre la charla labiosa y cordial de mis excelentes compañeros de estudios, que hasta la fecha nos hemos mantenido henchidos de viva cordialidad, nuestras diferencias a lo largo de la vida únicamente han sido encimeras. Rememoramos a menudo con renovada delicia nuestros venturosos días pretéritos, y convenimos con parecer unánime, que el sabor de las tortas, que ahora se hacen, ya no es el mismo que tenían las de nuestra época, a pesar de tener los mismos componentes. ¡Ay, los años, los pícaros años"

De Calle vieja y Calle nueva, 1949)

3 de junio de 2010

Los negocios del general Rodríguez

Sí, ya sé que la nota historiográfica de la semana fue el retiro de los restos de los héroes de 1810, que estaban en la Columna de la Independencia y que fueron llevados al Castillo de Chapultepec para que los estudien y les den una manita de gato antes de trasladarlos a Palacio Nacional donde harán una magna exposición. También sé que mucha gente acudió ese domingo al Paseo de la Reforma a gritarle vivas a Hidalgo, Allende, Morelos y demás huesos que iban custodiados por los cadetes del Colegio Militar. Ya me leí un montón de artículos en los que la comentocracia pone el grito en el cielo por esa ceremonia deslucida en la que Felipe Calderón tuvo que retratarse con el cráneo de alguno de nuestros próceres. Para muchos analistas, sacar los restos y rendirles homenaje les parece una costumbre bárbara, primitiva, oportunista y que refleja el nivel tan bajo que tendrán las fiestas del Bicentenario. Además de que a muchos les preocupa (o tal vez les da gusto) que la mentada investigación que se haga sobre los restos nos pueda deparar una que otra sorpresa, como que sobren o falten huesos, que tal vez ni sean de quienes creemos, o que en una de esas tengamos a un canino como héroe de la Patria.
Está bien, cada quien tiene su derecho a opinar. Pero en esta ocasión simplemente no me interesó escribir algo al respecto. No fuí a la ceremonia, pero espero hacerlo cuando lleven los restos a Palacio Nacional. A mí, como historiador, me parece apasionante que existan esos huesos y alguien los haya sacado de su cripta para investigarlos. Hasta el mero detalle de ver las urnas me pareció muy interesante. Si al final resulta que los encargados descubren algo que no sabíamos, mejor para nosotros. El conocimiento siempre es positivo.
Yo quiero hablar de otra cosa. De algo que nos es mucho más cercano: los negocios de la clase política mexicana. Si te interesa la política de mi país (aunque sea a nivel de chisme), por fuerza alguna vez en tu vida has oido un rumor sobre la fortuna de tal o cual político mexicano.
Que si Luis Echeverría es el verdadero dueño de Cancún, que si Carlos Slim es un prestanombres en Telmex porque en realidad pertenece a Salinas de Gortari, que si Fox se hizo de mucho dinero legalizando los casinos, y como esos muchos rumores más.
El problema está en que, en su mayoría, son sólo eso: rumores que no se pueden comprobar. Por eso es muy interesante que José Alfredo Gómez Estrada haya publicado Gobierno y Casinos. El origen de la riqueza de Abelardo L. Rodriguez.
La península de Baja California siempre ha estado muy lejos del centro del país. Es casi un milagro que no sea parte de Estados Unidos, puesto que tiene mucho más que ver con las ciudades de San Diego y Los Angeles, que con Guadalajara o la Ciudad de México.
Apenas durante el Porfiriato, el gobierno mexicano comenzó una campaña seria para poblar la zona y desarrollarla. Pero eso fue muy difícil. A la lejanía hay que sumarle la falta de recursos y la mínima población de la península.
Todo eso llevó a que las ciudades importantes de la zona norte de Baja California estén pegadas a la frontera: Tijuana, Mexicali y Tecate mantienen desde entonces una importante relación con su vecino, lo que determinó su economía, igual hace cien años que el día de hoy.
Si bien la península tenía una industria agrícola y ganadera, sus ganancias eran mínimas. El gran impulso para Baja California le vino del norte, y de una industria que en ese entonces comenzaba a crecer y que se ha convertido en una de las más importantes del mundo: el entretenimiento.
En California estaba naciendo la industria del cine, y sus playas y buen clima atraían a miles de personas con ganas de divertirse, sana o insanamente. Varios empresarios norteamericanos aprovecharon el boom californiano y empezaron a establecer casinos, bares y burdeles de este lado de la frontera. Cuando en 1919 el congreso norteamericano aprobó la Ley Volstead (que prohibía la venta de alcohol en Estados Unidos), el negocio creció, ya que era muy sencillo para los americanos cruzar la frontera para emborracharse, jugar fuerte en los casinos y contratar prostitutas, algo que no podían hacer en su país.
De este lado de la frontera, la caída de Porfirio Díaz y el asesinato de Madero provocó una guerra civil que dio por resultado la aparición de una nueva clase política. Conformada principalmente por sonorenses, este grupo se dedico a crear un nuevo Estado mexicano, y a enriquecerse. Alvaro Obregón y Plutarco Elías Calles se dedicaron a la agricultura, Aarón Sáenz se convirtió en un magnate de la industria azucarera, y Abelardo L. Rodríguez encontró su fortuna en Baja California.
Para ese entonces, la región no era todavía un estado miembro de la federación mexicana, sino un distrito cuyos gobernantes eran elegidos directamente por el presidente de la República. en 1920, Alvaro Obregón envió al general Abelardo L. Rodríguez a terminar con el régimen de Esteban Cantú, un coronel que había sido el hombre fuerte de Baja California y que se había enriquecido permitiendo la existencia de casinos, bares y prostíbulos en la región.
El gobierno mexicano deseaba limpiar Baja California, a la manera de los norteamericanos con su Ley Seca. Cuando Plutarco Elías Calles fue gobernador de Sonora prohibió el alcohol y los juegos de azar. Sin embargo, la península necesitaba de esos negocios para sobrevivir, por lo que Rodríguez se dedicó a negociar con los empresarios norteamericanos mientras fue gobernador de la región, entre 1924 y 1929.
Rodríguez fue siempre un personaje oscuro, de segunda línea. No tuvo grandes méritos militares, pero su capacidad para los negocios fue prodigiosa. Tuvo empresas mineras, de bienes raíces, fábricas de licores y de hielo, negocios pesqueros y hasta una compañía petrolera. Queda también la certeza de que Rodríguez aumentó de modo cuantioso su fortuna al impulsar la construcción del Casino de Agua Caliente, que atraía a los norteamericanos sedientos de alcohol y diversiones.
Tijuana, Mexicali y Tecate crecieron gracias a las ganancias obtenidas con esos negocios, a pesar de que la Ley Volstead fue abolida en 1933. De hecho, uno de sus casinos más importantes, el Molino Rojo, fue usado años después por el servicio de espionaje Japonés para vigilar a los marinos de la base de San Diego que acudían a divertirse.
Abelardo l. Rodríguez dejó el cargo en Baja California norte en 1929 para reintegrarse al servicio público. En 1932 sucedió a Pascual Ortíz Rubio como presidente de la república hasta 1934, cuando dejó el cargo a Lázaro Cárdenas. Volvió a ser gobernador, pero ahora de su estado natal, Sonora. Nunca dejó los negocios, como otros miembros privilegiados de la "Familia Revolucionaria", quienes comprendieron, muchos años antes de que nos lo dijera Carlos Hank González, que "un político pobre, es un pobre político".