26 de abril de 2010

Tres lecturas para un infarto que (afortunadamente) no ocurrió

No estoy para contarlo, pero ustedes sí para saberlo (ya ven como es este adminículo del demonio llamado internet, en el que puedes ventilar tu vida y sentir muy cerca de tí a esas personas que viven a kilómetros de distancia); pues resulta que desde hace unas semanas tuve unos dolores muy extraños en el pecho, a la altura del corazón. A veces era una presión en el pecho, en la espalda o en la axila. Justamente allí sentí una punzada, una fea madrugada de la semana pasada, y el climax vino con otra punzada, más horrible que la anterior, que sentí justo durante mi clase de Kendo (esgrima japonesa).
Nunca se los he platicado, pero tengo una doble vida: por una parte soy un bon vivant, a veces gourmet pero la mayor parte del tiempo un tragón. Me encanta toda la comida, desde la más fina hasta las peores chatarras. Muero por unas angulas en aceite de oliva, un buen jamón serrano o un delicioso queso holandés, y al mismo tiempo mis ojitos brillan al imaginarme unas papitas con salsa valentina, acompañadas de una coca cola bien fría.
Esa es una de mis vidas, la otra es radicalmente distinta: desde mi infancia he hecho mucho ejercicio. La escuela MooDukKwan tuvo el honor (¿?) de contarme entre sus filas desde los siete años, pero antes hice natación; luego me dediqué a otras artes marciales como el Karate, el Judo, el Boxeo Tailandés, las artes filipinas y el Wing Tsun, antes de caer en la esgrima japonesa. Además, durante un tiempo me entró la locura por correr; hice como cinco o seis carreras de 10 km antes de dejarlo por el Yoga.
O sea que, por un lado soy un comelón al que le encantan los tacos de queso fresco y los gansitos marinela, y por el otro soy capaz de levantarme a las seis de la mañana para dar varias vueltas en un parque. Esa combinación no puede ser buena, y siempre tuve miedo de que mi corazón algún día me cobrara la doble vida que llevo.
La punzada que sentí en mi clase de kendo me alertó de que algo no estaba bien, por lo que tuve que cancelar un viaje a Veracruz para que un doctor me revisara. Luego de escuchar mi corazón y tomarme la presión, el médico me dijo que sólo podría darme un diagnóstico certero si me realizaba un electrocardiograma. Con mucha pena cancelé mi viaje y fuí a un "acreditado nosocomio" para que me atendieran. No les contaré más intimidades, sólo diré que tuve que esperar un día para mis resultados, tiempo que me lo pasé en cama (porque además me dio una fuerte gripa) y con miedo ante lo que me pudieran decir.
Ya que sólo me quedaba esperar, decidí hacerlo con una de mis pasiones: los libros; y en un día acabé tres títulos que quiero recomendarles.
El primero es de Rochus Misch y se llama Yo fuí guardaespaldas de Hitler, 1940-1945
. Si alguien espera encontrar en este libro los secretos más ocultos del nazismo, pierde su tiempo. Pero si lo que quiere es conocer la vida cotidiana en Alemania (y especialmente en el núcleo más cercano a Adolfo Hitler), entonces vale mucho la pena. Misch era un estudiante de pintura que por azar se enrola en el ejército alemán y luego forma parte de las SS. En esas vueltas de la vida le ofrecen trabajar en la Cancillería del Reich alemán, donde termina como guardaespaldas de Adolfo Hitler.Misch narra cómo era vivir junto al Führer, al que describe como una persona amable y de fácil trato, a pesar de que su presencia imponía respeto y pavor. Misch lo acompañó durante cinco años y asegura que pudo ver el cadaver de Hitler, luego de que se suicidó con su esposa Eva Braun. Poco después lo capturaron los rusos y pasó casi diez años como su prisionero, hasta que pudo regresar a Alemania. Creo que lo más rescatable de este libro es su visión sobre cómo trabajaban aquellas personas encargadas de cuidar de Hitler en todos los aspectos. Como dije antes, no contiene revelaciones espectaculares. Por ejemplo, Misch dice que sólo una vez oyó hablar de los campos de exterminio y fueron nada más algunas palabras. Pero el libro vale la pena por la forma en que nos comparte las experiencias de un hombre al que el destino puso atrás de una de las personalidades más importantes de la historia del siglo XX.
El segundo libro es una preciosa joya de oriente: El maestro de Go, de Yasunari Kawabata. En 1938, Shusai Honnimbo, un importantísimo maestro de Go, sostiene un encuentro con un joven exponente llamado Otake. Será el último encuentro del maestro, quien de esa forma quiere retirarse. El enfrentamiento entre Shusai y Otake es también la desaparición de una época en la historia japonesa, en la que las artes clásicas, como el Go, eran profundamente respetadas por su valor estético y espiritual, lo que se haría a un lado para darle más importancia a la modernidad y su espíritu de competencia. Lo que más me llamó la atención de esta novela es que está basada en un conjunto de reportajes que escribió Kawabata para el diario Nichi Nichi Shimbun, como si (señalan en la introducción), William Faulkner hubiera sido enviado por un diario para reseñar las grandes partidas de ajedréz entre Bobby Fischer y Boris Spassky. En
El maestro de Go, el periodismo se convierte en ficción, pero sigue siendo historia, al preservar un momento en la vida japonesa, antes de que la locura de la Segunda Guerra Mundial destruyera ese mundo en el que se enfrentaban lo antiguo y lo nuevo.
El tercer libro me impresionó por su velocidad y la riqueza de las imágenes construidas por su autor: Temporada de Zopilotes, de Paco Ignacio Taibo II, es una crónica de aquellos horribles días que vivió la Ciudad de México en 1913, que hoy recordamos como La Decena Trágica. El asesinato de Francisco I. Madero por un grupo de generales porfiristas apoyados por la embajada norteamericana en México, es retratado por Taibo II con fuerza y coraje. Madero es un personaje noble, pero muy inocente que no quiso escuchar a todos los que a su alrededor le alertaban sobre el inminente golpe de Estado. Victoriano Huerta, Henry Lane Wilson, Manuel Mondragón, Bernardo Reyes y Aureliano Blanquet canalizan la furia y el desprecio que la oligarquía porfirista siente por esos "advenedizos" que se atrevieron a expulsar a Porfirio Díaz del país, sin darse cuenta de que la muerte de Madero sólo encendería más los ánimos y conduciría al país a un nuevo baño de sangre. Un libro muy recomendable para comprender las marrullerías de la política, y para preguntarnos cómo estará la grilla en este momento en el gobierno de Felipe Calderón.
Los tres libros hicieron más agradable la espera de los resultados de mi electrocardiograma. Afortunadamente, mi cardióloga me dio buenas noticias: mi corazoncito funciona de maravilla. Lo que tuve fue una reacción ante el estress y el exceso de ejercicio, por lo que me recetó un desinflamante y otras cosas. Prometo cuidar mi dieta y medirme con el ejercicio para no volver a pasar por estos sustos. Aunque valió la pena, por los libros que me hicieron más agradable este loco fin de semana...

19 de abril de 2010

¿Liberales, liberados, liberadores?

Es uno de nuestros mitos históricos más grandes. De hecho, su tamaño gigantesco lo hace pasar desapercibido, ya que aceptamos sin cuestionar lo que nos han dicho durante décadas sobre él. Estoy hablando de el liberalismo. Durante la primaria, secundaria y preparatoria nos repitieron el mismo discurso: "México es un país liberal, luego de que los conservadores fueron derrotados por Benito Juárez y sus aliados durante la segunda mitad del siglo XIX". Sin embargo, el artículo de José Antonio Aguilar Rivera publicado en Nexos este mes, dentro de su serie "La invención de México", nos ayuda a darnos cuenta de que ni es tan fácil como nos lo han contado, y que si algo tenemos certero sobre el liberalismo mexicano es que todavía lo estamos construyendo.
Empecemos por el principio: ¿qué es el liberalismo? Es, de acuerdo a Aguilar Rivera, una teoría política y un programa que florecieron durante la segunda mitad del siglo XVIII. El liberalismo tiene cuatro pilares: la libertad personal (que el Estado tenga el monopolio de la violencia, pero bajo la vigilancia de la ley); la imparcialidad (esa ley debe aplicarse de la misma manera a todos los miembros de la sociedad); la libertad individual (el derecho a ser diferente, a expresarnos, a perseguir ideales y otros);y la democracia (participar en el gobierno de la sociedad).
A partir de estos cuatro pilares, el liberalismo tiene diversas prácticas centrales, como la tolerancia religiosa, la libertad de discusión, las elecciones libres, el desarrollo de la iniciativa privada y el gobierno constitucional con poderes divididos.
Es claro que el liberalismo tiene variantes y en México se manifestaron durante el siglo XIX. Durante la etapa final del Virreinato, y como parte del rechazo creciente de los criollos hacia los peninsulares, el liberalismo empezó a manifestarse en las clases cultas de la Nueva España. La Revolución de Independencia tuvo expresiones de liberalismo, aunque no podríamos decir que fue un proceso completamente liberal, (una prueba de ello está en Los Sentimientos de la Nación, en donde se establece que México sólo podía tener una religión la católica).
A la caída del Primer Imperio y el surgimiento de la Primera República Federal, el liberalismo mexicano entró en otra etapa, en la que intentó crear un sistema de equilibrio constitucional que no cayera en la anarquía o en el despotismo. Al principio parecía que sólo era necesario copiar el experimento norteamericano para conseguir el desarrollo y la bonanza del vecino del norte. Pero las condiciones económicas, políticas y sociales del naciente Estado mexicano no permitieron que se alcanzaran esos sueños federales.
Para enfrentarse a los poderes que en ese momento gobernaban a México (Iglesia, Ejército y grandes propietarios), el Estado tenía que fortalecerse, lo que también era una contradicción a lo que el liberalismo proponía. Con la Guerra de Reforma y la Invasión Francesa, el liberalismo se convirtió en un credo de combate que, al lograrse el triunfo, se puso en los altares cívicos, como el origen del progreso de México que al fin contaba con un Estado fuerte que podía impulsar el desarrollo nacional.
Sin embargo, ese Estado fuerte liberal había llegado al poder gracias a otra revuelta y bajo el mando del último gran caudillo del siglo XIX mexicano: Porfirio Díaz. Y el liberalismo se convirtió en un símbolo de modernidad, aunque su aplicación en la vida política se limitara cada vez más. El Positivismo ocupó el lugar que debía corresponder al liberalismo, y la sociedad mexicana entró en un molde que limitaba la capacidad de decisión de los individuos.
La Revolución Mexicana ha sido vista como un intento de romper ese molde y darle al individuo el rol principal dentro de la sociedad mexicana. Jesús Reyes Heroles señalaba que la Revolución era la prueba de que el liberalismo seguía vivo a pesar de los años del Porfiriato. Pero si reflexionamos un momento en lo que se obtuvo en los años 30 (un Estado que intervenía en todos los aspectos de la vida nacional, un acuerdo corporativista y el intento de colectivizar a la sociedad mexicana) nos daremos cuenta de que el liberalismo seguía relegado a los márgenes de la historia. Fue hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando México quedó del lado de los vencedores, que el liberalismo empezó a regresar a la vida política y social de México. Y lo hizo no a través de los políticos, sino de los intelectuales. Primero Jorge Cuesta y luego Daniel Cosío Villegas, Octavio Paz, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín y Jesús Silva-Herzog Márquez, el liberalismo ha vuelto a ser una "ideología de combate", a pesar del descrédito en el que lo dejó Carlos Salinas al pretender la creación de un "liberalismo social" que acabara con el nacionalismo revolucionario que fue la bandera del PRI durante años.
"El liberalismo, como filosofía,-dice Aguilar Rivera- ve hacia adelante y no hacia atrás. Cree en el progreso y no en la conservación del pasado". En México el liberalismo ha sido una bandera utilizada por diversos gobiernos para encubrir el autoritarismo, la injusticia y la corrupción. Pero el liberalismo sigue siendo una meta a alcanzar y un proyecto que puede unir a la golpeada y desesperanzada sociedad mexicana de inicios del siglo XXI.

12 de abril de 2010

Julio Scherer y Excélsior.


(...) Al fallecer Manuel Becerra Acosta en agosto de 1968, su equipo de colaboradores vio ante sí la posibilidad de convertirse en los nuevos directores del diario. Fortalecidos por su triunfo en 1965, y con un programa de acción propositivo en el aspecto periodístico pero conservador en el cooperativista, este grupo impulsó a uno de sus integrantes más destacados para convertirlo en el nuevo Director General. La historia de Excélsior ha estado tremendamente influida por el periodo 1968-1976, pero no tanto por lo que ocurría al interior de la empresa, sino por la leyenda que sus personajes formaron luego de que salieron del periódico. Da la impresión de que Excélsior pasara a un segundo plano, eclipsado por el brillo de este grupo; pero si nos detenemos a observar la maquinaria de la empresa, podemos ver que, a pesar de ser un equipo muy talentoso y con muchos recursos políticos, hacia adentro no gozaban del apoyo de todos los miembros de la Cooperativa, lo que provocó muchos de los problemas que sufrieron, y que fueron una razón fundamental de la ruptura ocurrida en 1976.

La cooperativa se reunió en asamblea general el 28 de agosto de 1968 y se presentaron dos candidatos para ocupar el cargo de director general. El primero era Víctor Velarde, un viejo periodista miembro todavía de esa generación que había trabajado junto a Rafael Alducin. Velarde comenzó su carrera en Excélsior a los 16 años, en 1920, ayudando en el Departamento de Cables del periódico. Tres lustros más tarde ya era jefe de Redacción de Últimas Noticias, donde se distinguió por su capacidad para “cabecear” las notas. Para 1968, Velarde era uno de los miembros más importantes de la cooperativa, y tuvo a su alrededor un pequeño grupo que consideraba que podría ser un muy buen director general.

El segundo candidato llegó al diario décadas después que Velarde, pero conocía la empresa desde abajo, (puesto que, como una constante en el oficio periodístico, empezó como ayudante y recadero) luego pasó varios años obteniendo información de la fuente legislativa y a él le correspondió “cubrir” el gran festejo realizado en 1956 para celebrar las bodas de oro como periodista de Rodrigo de Llano. Durante sus años de formación cultivó la amistad de otros reporteros y cooperativistas, con los que compartía similitudes ideológicas y edades parecidas. Para 1965 ya era subdirector editorial y fue un cercano colaborador de Manuel Becerra Acosta, desde que el viejo periodista tuvo que enfrentarse a quienes deseaban quitarle el puesto de director general y hasta el día de su muerte.

Julio Scherer García y sus compañeros formaban parte de una amplia corriente que había participado en la construcción del nuevo Estado mexicano luego del movimiento armado de 1910, pero que se distinguía por su cuestionamiento ante la forma en que se habían establecido las estructuras de poder en el país. No eran un movimiento organizado, sus integrantes no compartían la misma ideología (como Daniel Cosío Villegas y Vicente Lombardo Toledano, o Jesús Silva Herzog y José Revueltas) ni la misma edad, (Como Carlos Fuentes y Cosío Villegas, por poner un ejemplo) pero en el fondo si había una inquietud común. Desde los años 40, con el fortalecimiento del Estado y la toma del poder por parte de los civiles, el posible final de la Revolución Mexicana se convirtió en un tema importante en el debate político de esos años. Ante un Estado triunfalista que señalaba que la Revolución era un proceso vital y constante que debía protegerse, sus críticos consideraban que el impulso transformador con el que había empezado desapareció luego del sexenio cardenista. La corrupción y la distribución inequitativa de los recursos económicos eran prueba de ello. Para algunos integrantes de esta corriente era necesario reformar al Estado y transformar a la Revolución desde adentro relevando a sus cuadros dirigentes y aplicando un modelo económico que permitiera acabar con la pobreza. Para otros, el sistema político mexicano sólo podía renovarse con una mayor participación de otros personajes que estuvieran fuera de la “familia revolucionaria”, fomentando la vida democrática, defendiendo el voto y acabando con los privilegios construidos durante décadas de gobiernos revolucionarios. Esta tendencia influyó en Scherer y sus colaboradores, como quedó patente en agosto de 1960, cuando Miguel López Azuara, Eduardo Deschamps y el futuro director general estuvieron a punto de ser expulsados de Excélsior por haber firmado una carta abierta solicitando la liberación de un grupo de presos políticos. Los colaboradores de Becerra Acosta fueron tachados de “izquierdistas” por sus enemigos en el interior del diario (aunque no necesariamente lo fueran), y ese epíteto se les quedó durante los años que dirigieron el periódico.

Las elecciones para director de Excélsior en 1968 estuvieron fuertemente determinadas por los acontecimientos vividos al interior del periódico desde la muerte de De Llano y Figueroa. Cinco años después de sus desapariciones, Excélsior seguía sin contar con un acuerdo entre los distintos grupos de poder que permitiera un relevo en los puestos directivos sin necesidad de enfrentamientos, además de que las cicatrices provocadas por el conflicto de 1965 aún no habían cerrado. El gerente general José de Jesús García pidió a los adversarios y sus equipos que se condujeran con cordura y tuvieran presente que una elección conflictiva sólo traería más problemas al periódico. Al mismo tiempo, se aplicaron medidas para garantizar la seguridad del proceso, como foliar las boletas y firmarlas por el presidente y el secretario de la comisión escrutadora en presencia de un notario antes de iniciar la votación (...)

Fragmento de mi artículo "El Olimpo fracturado. La dirección de Julio Scherer García en Excélsior (1968-1976)", que puedes leer en el número de este mes de la revista HISTORIA MEXICANA, editada por el Centro de Estudios Historicos de El Colegio de México.


5 de abril de 2010

El capo y el periodista.




Todo comenzó con una llamada. Un gran capo deseaba reunirse con un periodista famoso para conversar. Al principio parecía una broma -no todos los días un delincuente tan importante busca a un afamado reportero para platicar con él-, pero al paso de los días se descubrió la verdad. Luego de algunos arreglos, de esperas impacientes, y de miedo ante lo que pudiera ocurrir, dos entrevistas se llevaron a cabo.
La revista Liberty publicó la primera entrevista el 17 de octubre de 1931. La segunda apareció ayer 4 de abril de 2010 en el semanario Proceso. Los personajes del primer encuentro fueron Al Capone, uno de los mafiosos más importantes en la historia de Estados Unidos, y Cornelius Vanderbilt jr., nieto de un gran magnate y reportero afamado por derecho propio. La otra reunión fue entre Julio Scherer una leyenda del periodismo mexicano, e
Ismael "El Mayo" Zambada, capo del Cártel de Sinaloa.
Entre las dos entrevistas hay 79 años de distancia. Pero en ambas conviven dos poderes, el de los medios y el del crimen organizado.
Cornelius Vanderbilt jr recibió un telegrama en su rancho de Nevada, en agosto de 1931. Al Capone deseaba reunirse con él en Chicago, en el Hotel Lexington -propiedad del Capo. Antes de la reunión, Vanderbilt le entregó una nota a un conocido suyo, para que fuera abierta en caso de que no regresara a una hora preestablecida. La nota contenía la dirección del Hotel Lexington. Sin embargo, la conversación fue tan agradable que ésta se alargó, hasta que una llamada telefónica interrumpió a Al Capone. Éste le pasó el auricular a Vanderbilt Jr, y le dijo: "es la policía, dicen que le he secuestrado".
Un día del mes de febrero de 2010, Julio Scherer recibió un mensaje en el que le invitaban a conocer al Mayo Zambada. Luego de comprobar la veracidad del mensaje, Scherer accedió al encuentro. Aunque no da mayores datos, al parecer hizo un largo viaje para encontrarse con Zambada: un taxi, cuatro automóviles, una camioneta, dos casas de seguridad y muchos guardaespaldas fueron necesarios para que el fundador de
Proceso se encontrara con el líder del Cártel de Sinaloa.
Capone era un sujeto locuaz. durante su entrevista platicó sobre sus orígenes, su familia, sus negocios, y La Prohibición, gracias a la cual había hecho su fortuna. Como señaló a Vanderbilt, gracias a la Ley Volstead, tan sólo el 35 % de sus ingresos eran producto de la venta clandestina de licores.
Capone pensaba que prohibir la venta de alcohol sólo había disparado el crimen en Norteamérica. Le parecía injusto lo que estaba ocurriendo y señaló que pronto sería derogada, lo que le causaría grandes problemas financieros. "
Mientras la ley siga en vigor y quede alguien dispuesto a violarla, habrá un lugar para gente como yo, que descubre que depende de ella mantener la espita abierta".
El Mayo Zambada no platicó mucho con Scherer. De hecho le prometió otra entrevista para después (y quizá junto a su amigo Joaquín Guzmán Loera, "El Chapo", el narcotraficante más buscado de México). Pero sí le mencionó algunos datos interesantes. Quizá el mayor de ellos es el miedo con el que vive ante la posibilidad de que lo capture el Ejército Mexicano. No sabe cuándo ocurrirá eso, ni si tendría el valor para suicidarse en caso de estén a punto de atraparlo. No platicó con Scherer sobre sus inicios en el narcotráfico; en cambio, le reclamó haber publicado una nota sobre la boda del "Chapo" Guzmán y Emma Coronel Aispuro, algo que, dice "El Mayo", nunca ocurrió.
Para "El Mayo" Zambada, el gobierno llegó tarde a la lucha contra el narcotráfico y es imposible resolver en días los problemas que se generaron durante años. El gobierno está inflitrado y el presidente Calderón vive engañado por sus colaboradores, quienes temen decirle la verdad: están perdiendo la guerra. "
Un día decido entregarme al gobierno para que me fusile. Mi caso debe ser ejemplar, un escarmiento para todos. Me fusilan y estalla la euforia. Pero al cabo de unos días vamos sabiendo que nada cambió (...) el problema del narco envuelve a millones. ¿Cómo dominarlos? En cuanto a los capos, encerrados, muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí".
Antes de terminar la entrevista, Capone le dijo a Vanderbilt que era vital que los americanos se unieran para que el país no se resquebrajara. Ante los millones de pobres por la Gran Depresión, el hambre, el frío, y el fantasma del comunismo acechando a América, era obligatorio luchar para ser libres y defender un sistema que le daba oportunidades a todos.
El "Mayo" Zambada le propuso a Scherer que se tomaran una foto. Un sombrero blanco llegó a las manos de Zambada, quien le preguntó su opinión a Scherer: "
El sombrero es tan llamativo que le resta personalidad", le contestó. Por eso, Zambada prefirió tomarse la foto con una gorra. Esa portada vale tanto o más que la entrevista, por todo lo que dice y calla acerca de esa plática.