29 de marzo de 2010

¿Quién me presta una escalera para subir al madero...?

Ya estamos en esa época del año, que anteriormente era importantísima y hoy es un pretexto para la diversión. Me cuentan que hace décadas todo era silencio en estos días, con las mujeres de luto, las imágenes religiosas cubiertas con paños morados, las multitudes visitando siete iglesias y el mundo católico esperando el renacimiento cíclico de su salvador.
Como señala Jean Meyer en su artículo La experiencia religiosa, (tercer capítulo de la serie "La construcción de México, 1810-2010" en la revista Nexos), el catolicismo ha sido una pieza fundamental en la creación de la nación mexicana. Lucas Alamán e Ignacio Manuel Altamirano coincidían en que era el nexo que unía a todos los habitantes de este territorio. La utilización de imágenes y referencias religiosas tanto en la vida cotidiana como en los acontecimientos más importantes en la historia de México lo demuestran.
Sin embargo, la modernidad llegó a nosotros desde finales del siglo XIX, y de manera paulatina pero constante el catolicismo cedió espacios tanto a otras manifestaciones religiosas como a una sociedad cada vez más interesada en lo secular, más enfocada en su mundo y menos interesada en lo que pueda ocurrir en el Más Allá. Sigue siendo la religión más grande e importante de México, pero hay fuertes razones para creer que el compromiso de un budista, un musulman, un judío o un protestante mexicano con su respectiva fé puede ser más fuerte que la del católico promedio.
Esta Semana Santa de 2010 está marcada por los escándalos religiosos. Un capítulo más se añadió a la truculenta historia de los Legionarios de Cristo, quienes ahora han reprobado las acciones truculentas de su fundador, Marcial Maciel. Por su parte, The New York Times ha demostrado que Benedicto XVI, cuando era arzobispo de Munich, protegió a un cura pederasta, al que trasladó a otra Iglesia en lugar de entregarlo a las autoridades.
Parece que es un momento difícil para ser un católico sincero, tanto en México como en el resto del mundo. O tal vez, de acuerdo a su fé, es simplemente una prueba más, una etapa en ese camino que recorren los cristianos en su vida, con la esperanza de alcanzar la Gloria después de morir.
Así como rechazo a aquellos jerarcas religiosos que abusan de la confianza de su grey y la manipulan; que les interesa más el dinero y el poder que aquello en lo que supuestamente creen y deberían defender; respeto profundamente a quienes viven de acuerdo a una creencia e intentan conducirse de manera bondadosa con los demás.
En estas épocas recuerdo mucho a Antonio Machado, en la voz del gran Joan Manuel Serrat: "no puedo cantar, ni quiero, a ese Jesús del madero; sino al que anduvo en la mar..."




24 de marzo de 2010

¿Quién va ganando?



El 23 de marzo, el monero Hernández publicó este cartón en su página. En Twitter él señaló que primero lo presentó a los editores de La Jornada, pero ellos prefirieron no publicarlo. Fue simplemente una decisión editorial. Afortunadamente, no dependemos de ellos para verlo. Desde ese horrible fin de semana, he escuchado a muchos analistas, he leido muchas notas en periódicos y revisé lo que los amigos del Campus Monterrey escribieron en Twitter sobre lo ocurrido. La nota de hoy en Milenio señala que las autoridades simplemente se están echando la bolita para no afrontar su responsabilidad por la muerte de Jorge Antonio Mercado y Francisco Javier Arredondo, dos estudiantes de posgrado del ITESM, cuyas muertes incrementan la lista de fallecidos en esta loca guerra contra las drogas.
Hay quien dice es injusto acusar a las fuerzas armadas por la violencia que estamos viviendo. Que si hay un verdadero responsable, ese es el crimen organizado, que vende drogas, secuestra y mata a nuestros seres queridos y nos roba la tranquilidad.
No sé qué pensar al respecto. Yo sólo veo en los medios que el número de "confusiones" crece cada día, y que los sicarios, narcotraficantes y malhechores muertos hace unos días, con el paso del tiempo se comprueba que eran víctimas inocentes, gente que simplemente estuvo en el lugar equivocado a la hora equivocada.
Ciro Gómez Leyva le pregunta constantemente a Felipe Calderón: "¿Cuántos muertos más, señor presidente?". Me aterra que la respuesta puede ser: "los que sean necesarios", porque entonces se impone una siguiente pregunta, "los que sean necesarios, ¿para qué?".
"Todos los hombres de la Revolución Mexicana, sin exceptuar a ninguno, fueron inferiores a las exigencias de ésta". Así lo escribió Daniel Cosío Villegas en 1947. Hoy en 2010 la generación que nos gobierna, postrevolucionaria, postneoliberal, postmoderna, postideologizada y postnacional sigue cosechando nuestra burla y nuestro desprecio.
¿Hasta cuándo permitiremos que no exista una verdadera rendición de cuentas por parte de la clase política? ¿Cuánto más aguantaremos como sociedad esta situación, hasta que nos demos cuenta de que nos merecemos algo mucho mejor? ¿Cuánta sangre más se derramará en esta absurda guerra contra las drogas?
¿Cuántos muertos más, sociedad mexicana?

17 de marzo de 2010

Erin Go Bragh!

"...su comportamiento merece los mayores elogios, pues todo el tiempo que duró aún el ataque, sostuvieron el fuego con un valor extraordinario. Gran parte de ellos sucumbió en el combate; los que sobrevivieron, más desgraciados que sus compañeros, sufrieron luego una muerte cruel, o tormentos horrorosos, impropios de un siglo civilizado, y de un pueblo que aspira al título de ilustrado y humano"

Apuntes para la historia de la guerra entre México y Estados Unidos.




8 de marzo de 2010

El caso de México en Edmundo O´Gorman.


En 1947, Daniel Cosío Villegas dictaminó que México sufría una crisis moral debido a que la Revolución Mexicana no había cumplido las metas que se impuso. Tres años antes, un contemporáneo suyo marcó la pauta al analizar el gran problema que significaba (y significa) ser un trabajador del pensamiento en este país.

Don Edmundo O´Gorman fue uno de los historiadores más importantes en el México del siglo XX. Sus trabajos sobre el pasado colonial y la filosofía de la Historia determinaron la forma de realizar el oficio historiográfico en el país durante el siglo pasado. Sus traducciones a obras fundamentales como Idea de la Historia, de R.G. Collingwood, y las introducciones que hizo a las ediciones de Herodoto y Tucídides hechas por Porrúa, además de todas las generaciones que pasaron por sus clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, lo convierten en un guía para todos aquellos que nos dedicamos al arte de investigar al ser humano en el tiempo.

1944; Edmundo O´Gorman tenía un pequeño empleo en el Archivo General de la Nación y daba clases en la Universidad Nacional. En ese año envió un artículo a Rafael Heliodoro Valle, directivo de Excélsior, en el que analizaba uno de los más grandes problemas de México: su relación con la cultura.

México, señala O´Gorman al inicio del artículo, tiene serios problemas políticos, económicos y sociales. Pero uno de ellos es enorme, tan grande que quienes nos gobiernan no se han dado cuenta de ello: la forma en que tratamos a la cultura mexicana y a quienes son responsables de crearla.

Ese México de fines de la Segunda Guerra Mundial le apostaba al progreso y la industrialización; a ser "una ciudad norteamericana de tercera categoría" en la que el gran negocio era la especulación con bienes raíces. Los políticos lucraban con el poder, la Iglesia emprendía su reconquista espiritual, los capitanes de las finanzas y la industria luchaban por ser cada vez más ricos, y la clase media se conformaba con seguir su vida de siempre.

En ese mundo mexicano era y es normal, dice O´Gorman, que los citadinos tengan una vida en la que lo principal es la búsqueda del confort y de tener los máximos derechos con las mínimas obligaciones posibles. Y una de esas obligaciones a las que la mayoría se niega a responder es con la cultura. Simplemente no les interesa, y están en su derecho. No todo mundo tiene por qué saber de libros, música, artes o historia. Sin embargo, dice O´Gorman, la situación se complica cuando aquellos "bárbaros modernos" a los que no les gusta la cultura, ocupan puestos en los que deberían defenderla.

Porque la cultura es, nos guste o no, algo vital y necesario para las sociedades. Un gobierno que quiere ser complaciente con todos sus gobernados y que busca garantizar su espacio en el presupuesto en lugar de realmente gobernar (con todos los problemas que ello conlleva), sólo está incubando un pequeño huevo del que con el tiempo saldrán horribles problemas para la sociedad que lo permitió.

Una sociedad que no valora a sus intelectuales está condenada a la mediocridad por siempre. O´Gorman se queja en su artículo de los mínimos sueldos recibidos por historiadores, escritores, pintores y músicos, lo que los obliga a vivir de "chambitas" sin el tiempo para desarrollar su arte en todo su esplendor.

Este texto es uno de los primeros en la carrera historiográfica de O´Gorman, así que obviamente no nos habla de los diversos esfuerzos que con el paso del tiempo surgieron para de alguna manera solucionar este problema, como Conacyt, Fonca, SNI y otros.

Sin embargo, vale la pena leerlo, ya que, a pesar de algunos cambios, vivimos también en una época utilitarista, a la que le importa más la apariencia que el fondo, y que se arrastra en la angustia que le provoca el ansia de poseer cada vez más cosas.

Como señala O´Gorman: "La primera condición para gobernar es tener buen gusto. Enséñame tu corbata y te diré si puedes ser presidente de la República".



2 de marzo de 2010

Detente viajero, has llegado a la región más transparente del aire.

La Ciudad de México en 1942. Un maravilloso documento historiográfico:

El tiempo y su poder


¿En qué momento nació la autoridad del tiempo? ¿cuándo fue que los seres humanos le otorgamos un poder a esa forma de medir el transcurso entre dos acciones? El tiempo siempre ha intrigado al ser humano. Nuestra incapacidad para controlar lo que ya ha sucedido y para saber lo que vendrá ha hecho que en diferentes etapas nuestra visión sobre el tiempo haya cambiado.
El historiador francés Francois Hartog reflexiona sobre el tema en su ensayo "La autoridad del tiempo", publicado en la revista Historia Mexicana. Para Hartog, fue la Roma clásica la que creó una nueva relación con el tiempo. Al recordar las hazañas de los antiguos, los romanos restituían el tiempo pasado hacia su propio presente, con el fin de imbuir a los gobernantes de la legitimidad que les diera el pasado. Los tiempos idos y la imitación de los grandes ejemplos servía a los romanos para sobrellevar las épocas de crisis. El tiempo era circular; el presente existía en función del pasado, el cual regresaba constantemente para renovarlo.
El cambio en la perspectiva del tiempo se dio cuando el Cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano. Si antes el tiempo era cíclico, ahora sería lineal. Los hombres, como creación divina, habríamos pasado por el origen en el Jardín del Edén, la caída, y la llegada de Jesucristo. Su pasión y resurrección inauguraron un nuevo tiempo, en el que el pasado ya no era visto como la fuente de autoridad, sino como una etapa preparatoria en el camino hacia la Parusía.
Las comunidades cristianas primitivas creían que el retorno de Cristo se daría durante sus vidas, pero cuando pasaron los siglos y ésto no sucedió, el tiempo se dividió entre el recuerdo de un nuevo "pasado puro" (correspondiente al instante en el que Jesucristo estuvo en la tierra) y la esperanza de la resurrección. Ese "pasado puro" sería recordado por aquellos que se oponían a la corrupción de Roma, (como Lutero y sus seguidores) y buscaban regresar a una época más sencilla y humilde, mientras esperaban la segunda venida.
El tiempo volvió a cambiar a partir de la llegada de la Modernidad. En un proceso que tardó siglos, Europa se acercó a la laicidad, con lo que la fé en el regreso de Cristo se transformó en la esperanza de un futuro provechoso para la humanidad. Es entonces cuando nació el mañana, visto como un momento en el que, gracias al triunfo del pensamiento, el ser humano desarrollaría todas sus capacidades y viviría en abundancia y armonía. El Positivismo y el Comunismo (cada uno a su manera) auguraron la llegada de esa nueva "era dorada", y el segundo a través de las Revoluciones, intentó hacerlo realidad.
Sin embargo, el fracaso de los absolutismos del siglo XX, junto con el relativismo que caracterizó a la segunda mitad de ese siglo y el inicio de este, han hecho que el presente sea cada vez más el tiempo predominante. El pasado es visto como algo que ya no tiene valor en sí, y el futuro ya no aparece como un espacio de esperanza, sino de temor. El presente es visto entonces como un periodo que se cumple por sí mismo, lo que nos obliga a vivir cada vez más rápido si pretendemos entenderlo. Todo se hace pequeño e instantáneo, porque ya no podemos ver hacia atrás ni hacia adelante.
No sería justo pretender que las próximas generaciones mantengan nuestra forma de ver el tiempo. ¿Pero a qué le apostarán ellas? ¿Volverán al pasado para buscar soluciones a sus problemas, o se atreverán a soñar con un futuro que sea positivo y en el que la mayoría de los problemas sean resueltos? lo cierto es que, mientras exista la raza humana, el tiempo seguirá a nuestro lado y no podremos ignorarlo.