29 de enero de 2010

¡Ponte en medio!



El programa de radio Ponte en Medio, que transmite la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de México, me hizo el honor de invitarme a charlar con ellos sobre la historia del periodismo en México y su importancia. El programa es conducido por Elia Baltazar, una periodista con 20 años de experiencia en este oficio, egresada de la ENEP Acatlán, reportera del diario Excélsior, especialista en temas urbanos y periodismo de investigación, además de que es autora de una biografía sobre Julio Scherer que esperamos ver pronto publicada.
Ponte en Medio es un programa sobre todo lo que sucede en el mundo de los medios de comunicación, ya que los medios también son noticia y una sociedad realmente democrática necesita cuestionarlos constantemente. La entrevista se transmitirá hoy 29 de enero a las 6 pm (hora de la Ciudad de México) en la estación
CódigoDF y luego podrá descargarse.

24 de enero de 2010

La memoria como un deber


La revista Nexos en su número de enero de 2010 comenzó una serie de doce reflexiones sobre los 200 años de vida de nuestra patria. La idea de esta serie es pensar en México a largo plazo, como lo exige este aniversario, enfocándose más en la construcción de aquellas instituciones que permiten que nuestro país siga adelante y no sólo en los problemas o en las rencillas provocadas por antiguas intepretaciones de nuestra historia.
El primer texto de esta serie fue escrito por Enrique Florescano, con el nombre Deber de memoria. Florescano comienza su artículo señalando que la sociedad contemporánea tiene la obligación de recordar a todos aquellos que en el pasado contribuyeron a formarla. No podemos vivir como si la historia no existiera; creer que todo lo que somos y nos rodea surgió junto con nosotros y que desaparecerá cuando nos hayamos ido es condenarnos a una existencia pequeña basada en lo inmediato y que se tropezará una y otra vez con aquellas barreras que desconocemos por nuestra ignorancia.
Como señala Florescano: "en la medida en que somos hijos del proyecto colectivo que despuntó en 1810 y fue ratificado en 1910, los mexicanos del siglo XXI tenemos el compromiso moral de recordar esos orígenes y transmitir su legado a los ciudadanos de hoy y de mañana". Para Florescano, los objetivos de nuestros "Padres fundadores" se mantienen vigentes: República Federal, Estado laico, principios democráticos, garantías individuales, igualdad de derechos y opotunidades, la irrestricta participación ciudadana en los asuntos públicos, los derechos sociales, la aspiración de erradicar la pobreza, educación para todos y el imperativo de producir riqueza para todos.
Si bien este conjunto de proyectos no se planteó desde el primer momento de la Revolución de Independencia, sino que se fue armando con el paso del tiempo debido a la suma de múltiples inquietudes por parte de aquellos actores a los que Florescano llama "nuestros padres fundadores", vale la pena considerarlos como fruto de los movimientos de 1810 y 1910. Al final constituyen ese proyecto nacional al que los mexicanos de diferentes épocas le apostaron y por el cual se enfrentaron entre sí en muchas ocasiones.
Señala Florescano que 2010 puede ser una gran oportunidad para infundirle un nuevo aliento al proyecto de construir una nación democrática que pueda satisfacer las necesidades de sus habitantes. Después el autor se dedica a revisar lo que los distintos gobiernos estatales, la clase política y los historiadores están haciendo para conmemorar en este año bicentenario. Luego de deplorar que la Comisión Organizadora de los festejos haya tenido cuatro coordinadores, (lo que llevó a que en repetidas ocasiones tuvieran que desandar el camino), los preparativos de nuestros centenarios aparecen "tardíos, pobres en imaginación y faltos de proyección nacional y perspectiva de futuro". Al parecer esto tiene que ver tanto con la incapacidad del gobierno federal para organizar unos festejos a la altura de su importancia, como a cierta reticencia de origen, por parte de un gobierno que no se reconoce como heredero de lo obtenido gracias a las luchas independentista y revolucionaria.
Lo mismo señala con respecto a los partidos políticos, quienes al parecer no tienen un programa de festejos o piensan que en el fondo "no hay nada que celebrar".
Quienes están realizando muchas labores al respecto son los historiadores, quienes a través de la realización de congresos, coloquios, programas de televisión y radio y la publicación de libros, revistas y páginas de internet están proponiendo revalorar críticamente nuestro pasado, con la perspectiva que nos da el presente.
2010 puede ser un año de muchos festejos y muy poco contenido, (lo que sería lamentable) a menos que podamos usar su peso simbólico para renovar ese proyecto nacional del que Florescano hablaba al principio de su ensayo. Y para lograrlo es fundamental que los actores nacionales se sienten a conversar sobre lo que ha sido y lo que queremos que sea nuestro país. Florescano no habla sobre el programa Discutamos México (quizá porque no estaba enterado de su realización cuando escribió este ensayo) pero ése puede ser un intento por lograr ese diálogo nacional que tanto necesitamos. Sin embargo, no será suficiente con un programa de televisión. Ante la falta de una gran conversación nacional sobre el pasado y el presente del país, hay que realizar miles de pequeñas discusiones en todos los lugares donde pueda hacerse: universidades, instituciones, medios de comunicación, y por supuesto en la red.
Para avanzar hacia el futuro hay que romper con los fardos del pasado, señala Florescano. Para 2010 necesitamos una visión de largo plazo, que nos permita darnos cuenta de que sí hay mucho que celebrar. Ante todo, podemos estar contentos por la simple razón de que México existe, a pesar de sus múltiples problemas, y que en 200 años la sociedad mexicana logró construir un país con una enorme cultura que ahora tiene ante sí el reto de observar su pasado para cambiar su futuro.

15 de enero de 2010

Nuestras tres águilas.




Lo siento, voy a sonar muy patriotero, pero ni modo: me encanta nuestro escudo nacional. Cuando voy al Zócalo y veo esa bandera monumental, no puedo evitar emocionarme ante el tamaño del águila, cuya posición de perfil crea la ilusión de que en cualquier momento va a levantar el vuelo. Me gusta por poderosa, por brillante, en una palabra, por solar. El escudo nacional es una representación del Sol.
Sin embargo, no tenía claro a qué especie pertenece el águila de nuestro escudo, hasta que leí Dos águilas y un sol. Identidad, simbolismo y conquista del Cuauhtli sagrado, de Miguel Ángel González Block. Y me llevé una enorme sorpresa. Yo suponía que en el escudo estaba representada un águila real, que es una de las aves más hermosas que existen. Pues resulta que no. Nuestra águila mexicana, la del escudo y la bandera, es un animal imaginario. Simplemente no existe.
Antes de que acudamos a Greenpeace para hacer una campaña con la que salvemos a esta especie imaginaria, veamos lo que nos propone Gónzalez Block en su libro.
El autor es doctor en ciencias sociales por El Colegio de México y se ha dedicado a la investigación y análisis de las políticas y los sistemas de salud; pero además es un ornitólogo aficionado (o sea que le encanta el estudio de las aves y lo hace por placer).
Por diversas razones que González Block explica en su libro, se puso a investigar el origen del animal que aparece en nuestro escudo nacional. Él también creía que era la representación de un águila real, pero se dio cuenta de que había varios aspectos en esa ave que no concordaban con la imagen del escudo:
-El "águila mexicana" tiene una cresta en la cabeza (que se puede ver en nuestras monedas). El águila real no tiene ninguna cresta.
-El "águila mexicana" tiene garras lo suficientemente poderosas para pararse en un nopal y no espinarse. A pesar de su fuerza, un águila real no puede hacer eso.
-El "águila mexicana" se para (o "se percha") en una pata, mientras con la otra sostiene a sus víctimas, las cuales pueden ser serpientes (entre otros animales). El águila real tampoco hace eso.
Si el "águila mexicana" no es un águila real, ¿cuál es entonces?
Gónzalez Block empezó a analizar las distintas aves de presa que viven en México desde los tiempos prehispánicos y se encontró con una que cumple todos los requisitos anteriores: el Caracara Cheriway.
Esta ave, dice González Block, "mide entre 53 y 60 cm. de largo. Tiene una longitud de alas de 1.2 m y pesa alrededor de 1.5 kg. Se aparea de por vida y mantiene un área territorial estimada en 20 km. cuadrados (...) el plumaje del Caracara presenta la corona negra, que se continúa con una cresta erectil del mismo color; las plumas del cuello y pecho son blancas y muy hirsutas y esponjadas, formando un disco junto con la corona y con el pico verdoso al centro cuando se le observa de frente. Las partes superiores del lomo, del abdomen y de los flancos están barradas de negro. El plumaje en el resto del cuerpo es negro. En vuelo, las puntas de las alas se observan con parches blancos; la cola es blanca con franjas negras y con la banda terminal negra y ancha. Las plumas en general son largas, delgadas y redondeadas en las puntas".
El Caracara (o como lo llamaban los mexicas, Iztaccuauhtli) aparece en las representaciones chichimecas y mexicas desde mucho antes que llegaran los españoles. Era vista por los pueblos prehispánicos como un compañero del Sol, al que le llevaba la semilla de vida que los hombres le ofrecían con los sacrificios humanos. El Iztaccuauhtli tenía la misión de alimentar al Sol para que éste con su luz y calor mantuviera la vida en la tierra.
Como señala González Block, los sacrificios humanos eran una representación de las costumbres del Iztaccuauhtli. Los sacerdotes y los guerreros se ponían capas blancas y negras, que representaban los colores del ave, y luego de sacrificar a su víctima comían su carne, en una ceremonia que les confería los poderes que (pensaban) tenía el Caracara.
Pero, si el Caracara es la verdadera "ave nacional", ¿por qué no está en la bandera y el escudo?
Recordemos que la conquista de América se dio en varias etapas: primero fue una conquista militar, pero luego vino el trabajo de suplantar a los viejos símbolos por otros nuevos (como en el caso de la segunda imagen más importante de nuestra historia: la Virgen de Guadalupe). Los españoles también tenían un ave sagrada: el águila real. Este animal era venerado en Europa desde los griegos y romanos, y luego fue incorporado al catálogo simbólico del cristianismo.
Los Habsburgo, que dominaban España y casi toda Europa cuando Cortés venció a los mexicas, usaban el águila como símbolo de su poder. Era una forma de representar la presencia del monarca en cualquier punto de su imperio, sin importar que tan lejos estuviera.
En los códices posteriores a la conquista, el Caracara fue suplantado por el águila real, para demostrar que ahora el poder lo tenían los españoles (y también para darle a los indígenas un nuevo emblema), pero pronto esta "nueva ave" empezó a mexicanizarse. Los pintores indigenas la retrataban de perfil, sobre un nopal, devorando una serpiente, y con una rara combinación de plumas largas y cortas en su cuerpo color café. El águila real y el Iztaccuauhtli empezaron a combinarse.
A los misioneros españoles les agradaba la imagen de un águila y una serpiente, siempre y cuando hicieran referencia a un mensaje totalmente cristiano (el bien -solar- derrotando al mal -terrenal), pero no les gustaba (ni a ellos ni al resto de los venidos del viejo mundo) que el símbolo imperial de la Casa de Austria se estuviera "contaminando" con una imagen que recordaba a los vencidos señores de Tenochtitlan.
Empero, con el paso de los siglos (igual y como pasó con la Virgen de Guadalupe), los elementos españoles y mexicas se imbricaron profundamente creando un simbolismo y una cultura nuevos: la mexicana.
El águila del escudo nacional es una mezcla de Iztaccuauhtli con el águila real.
Cuando los hijos de los españoles -los criollos- empezaron a sentir que merecían ser una nación independiente, recurrieron a los viejos símbolos mexicas, pero ahora con nuevos significados. Tonantzin se había convertido en una dama gentil, madre del único Dios, que había venido a estas tierras a cuidarnos, y la mezcla del caracara y el águila real produjo un animal fantástico que representaba la unión de dos culturas para que surgiera una nueva.
En esta época de (Bi)Centenarios, en la que muchos desearíamos que la historia nos sirviera para imaginarnos un nuevo y mejor futuro, (y no sólo para gritar los ¡vivas! de siempre que al final se reducen a nada), podríamos empezar por revalorar el mensaje oculto de nuestro escudo nacional: tenemos un pasado muy conflictivo, pero también muy rico. Una nueva mirada a nuestro pasado puede ayudarnos a construir un mañana que sea diferente a lo que hemos vivido. Que el Iztaccuauhtli, el águila real y nuestra águila mexicana nos indiquen el camino.