30 de septiembre de 2009

Los sentimientos de la Nación (a 244 años del nacimiento de Morelos)


  1. Que la América es libre e independiente de España y de toda otra nación, gobierno o monarquía, y que así se sancione dando al mundo las razones.
  2. Que la religión católica sea la única sin tolerancia de otra.
  3. Que todos sus ministros se sustenten de todos y solos los diezmos y primicias, y el pueblo no tenga que pagar mas obvenciones que las de su devoción y ofrenda.
  4. Que el dogma sea sostenido por la jerarquía de la Iglesia, que son el papa, los obispos y los curas, por que se debe arrancar toda planta que Dios no plantó: Omnis plantatio quam non plantavit Pater meus celestis erradicabitur [Todo lo que Dios no plantó se debe arrancar de raíz]. Mateo Capítulo XV.
  5. Que la soberanía dimana inmediatamente del pueblo, el que sólo quiere depositarla en el Supremo Congreso Nacional Americano, compuesto de representantes de las provincias en igualdad de números.
  6. Que los poderes legislativo, ejecutivo y judicial estén divididos en los cuerpos compatibles para ejercerlos.
  7. Que funcionarán cuatro años los vocales, turnándose, saliendo los mas antiguos para que ocupen el lugar los nuevos electos.
  8. La dotacion de los vocales, será una congrua suficiente y no superflua, y no pasará por ahora de ocho mil pesos.
  9. Que los empleos sólo los Americanos los obtengan.
  10. Que no se admitan extranjeros, si no son artesanos capaces de instruir y libres de toda sospecha.
  11. Que los estados mudan costumbres y, por consiguiente, la patria no será del todo libre y nuestra mientras no se reforme el Gobierno, abatiendo el tiránico, sustituyendo el liberal, e igualmente echando fuera de nuestro suelo al enemigo Español, que tanto se ha declarado contra nuestra patria.
  12. Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejandro la ignorancia, la rapiña y el hurto.
  13. Que las leyes generales comprendan a todos, sin excepción de cuerpos privilegiados, y que éstos sólo sean en cuanto al uso de su ministerio.
  14. Que para dictar una ley se haga junta de sabios en el número posible, para que proceda con más acierto y exonere de algunos cargos que pudieran resultarles.
  15. Que la esclavitud se proscriba para siempre y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales, y sólo distinguirá a un americano de otro el vicio y la virtud.
  16. Que nuestros puertos se franqueen á las naciones extranjeras amigas, pero que éstas no se internen al reino por mas amigas que sean, y sólo habrá puertos señalados para el efecto, prohibiendo el desembarque en todos los demás, señalando el diez por ciento.
  17. Que a cada uno se le guarden las propiedades y respete en su casa como en un asilo sagrado señalando penas á los infractores.
  18. Que en la nueva legislación no se admita la tortura.
  19. Que en la misma se establezca por ley constitucional la celebración del día 12 de diciembre de todos los pueblos, dedicando a la patrona de nuestra libertad, María santísima de Guadalupe, encargando a todos los pueblos la devoción mensal.
  20. Que las tropas extranjeras o de otro reino no pisen nuestro suelo, y si fuere en ayuda, no estarán donde la Suprema Junta.
  21. Que no hagan expediciones fuera de los límites del reino, especialmente ultramarinas; pero que no son de esta clase propagar la fe a nuestros hermanos de Tierra-dentro.
  22. Que se quite la ínfinidad de tributos, pechos e imposiciones que mas agobian y se señale a cada individuo un cinco por ciento de semillas y demás efectos o otra carga igual, ligera que no oprima tanto, como la alcabala, el estanco, el tributo y otros; pues con esta ligera contribución y la buena administración de los bienes confiscados al enemigo, podrá llevarse el peso de la guerra y honorarios de empleados.
  23. Que igualmente se solemnice el dia 16 de septiembre todos los años, como el día aniversario en que se levantó la voz de la independencia y nuestra santa libertad comenzó, pues en ese día fue en el que se desplegaron los labios de la nación para reclamar sus derechos con espada en mano para ser oída, recordando siempre el mérito del grande héroe, el señor don Miguel Hidalgo y su compañero don Ignacio Allende.


    Chilpancingo, 14 de septiembre de 1813

    José María Morelos

29 de septiembre de 2009

Agustín...


Voy a verlo cada vez que paso por el Zócalo. Entro a la Catedral Metropolitana, me dirijo hacia la izquierda y al fondo, en la capilla de San Felipe de Jesús lo encuentro en una urna de cristal, resguardado por una bandera mexicana y una trigarante. Sobre él está un viejo cuadro en el que aparece con la banda imperial (no presidencial) cruzándole el pecho y la mirada puesta en un futuro que jamás llegó. Abajo de la urna está su trono, de color rojo con dorado y un águila en cada descansabrazos. El trono se ve descuidado, como el resto de la capilla. Me cuentan que de tiempo en tiempo alguien ofrece una misa por el eterno descanso de su alma. Yo creo que Agustín de Iturbide es otro de nuestros fantasmas mexicanos, y que jamás encontrará la paz hasta que lo veamos de frente y escuchemos lo que quiere decirnos.
Una historia de buenos y malos produce relatos redondos, incuestionables, pensados para niños a los cuales es necesario instruir en el patriotismo y convertir en buenos ciudadanos. Nuestra historia de bronce tiene muchos personajes creados para ser los mejores ejemplos de esa sociedad mexicana urgida de valores: tenemos al padrecito que nos llevó a la libertad, el indito que salió de su pueblo para ser presidente, el hacendado convertido en apostol de la democracia y la esfinge michoacana que nos liberó de las garras de los usureros extranjeros que lucraban con nuestros recursos naturales.
También tenemos al torvo conquistador español que ultrajó a nuestras mujeres, a los gachupines que nos esclavizaron por trescientos años, al “quinceuñas” que vendió la mitad de nuestra patria y al dictador que por tres décadas nos obligó a obedecerle.
En ese infierno de la historia, Agustín de Iturbide ha ocupado un lugar especial. Es visto como el gran traidor, como el judas de la nación mexicana que la engañó con una falsa independencia para luego imponerle un imperio en el que el autoritarismo y la corrupción ultrajaron (quizá para siempre) a ese recién nacido llamado México.
Como ya he mencionado en otras ocasiones, la historia de bronce sirve para legitimar a los Estados, para darles una razón por la cual pueden gobernar sobre un territorio, pero cuando se le cuestiona fácilmente se viene abajo, como una enmohecida estatua que estuvo abandonada durante años.
Si México quiere tener un proyecto de futuro en el que ponga todas sus esperanzas, necesita entre otras cosas reconciliarse con su pasado. Y para ello es necesario terminar con la visión maniquea de los buenos y los malos y empezar a ver a nuestros personajes históricos como las personas que fueron: con sus luces y sus sombras.
En Agustín de Iturbide se concentra el sueño de una generación criolla por convertir a México en la nación más poderosa del planeta, y la catástrofe por no haber podido construir un país capaz de gobernarse a sí mismo.
Agustín fue un criollo que nació en 1783 en Valladolid (hoy Morelia), en esa región del Centro y del Bajío que fue tan importante para la Nueva España por su producción agrícola y minera. A los quince años administraba una hacienda propiedad de su padre y a los 22 entró al ejército virreinal como teniente alférez.
Cuando Miguel Hidalgo comenzó la rebelión en el pueblo de Dolores, le ofreció a Iturbide que se le uniera como teniente general. Él rechazó el grado debido a que consideraba que la guerra que comenzó en septiembre de 1810 sólo traería desgracias al país. Los Iturbide (como unos vecinos suyos, los Alamán) tuvieron que huir de la región y refugiarse en la Ciudad de México.
El 30 de octubre de 1810, Iturbide tuvo su bautizo de fuego. Ocurrió en el Monte de las Cruces, en donde las tropas españolas fueron derrotadas por las fuerzas de Hidalgo, quien estuvo a punto de entrar a la Ciudad de México. Iturbide descubrió en ese momento que la guerra era su medio habitual. A partir de entonces se distinguió en muchas batallas, capturó a cabecillas insurgentes, tomó fortificaciones y empezó a construir su leyenda.
Sin embargo, este gusto por la guerra generó en él una crueldad desmedida, algo que reconocían con temor tanto sus adversarios los insurgentes como sus aliados realistas. Iturbide fusilaba a sus prisioneros, a la población civil y hasta a sus mismos soldados si consideraba que éstos no se habían conducido valerosamente. Como señala Enrique Krauze, la furia de Iturbide radicaba en el odio profundo que sentían los criollos realistas por los criollos insurgentes y viceversa. Un odio entre hermanos (el más profundo que puede haber) y que marcó a México durante décadas.
Iturbide continuó su campaña de erradicación hasta 1816, cuando salieron a la luz una serie de escándalos por corrupción y comercio ilícito. Iturbide se separó del ejercito virreinal y rentó una hacienda cercana a la Ciudad de México.
Tuvieron que pasar varios años para que Iturbide regresara al escenario. Fernando VII en España fue obligado a reinstalar la Constitución de Cadiz de 1812 (la que había rechazado luego de que volvió al poder, luego de que las tropas francesas salieron de su reino). En ese momento se gestó un nuevo movimiento independentista en México que consideraba que la separación entre los dos países podía hacerse de forma suave, sin derramar más sangre mexicana.
Iturbide fue invitado a formar parte de este movimiento, y en cuestión de siete meses logró convencer a los principales guerrilleros insurgentes y a los jefes del Ejército realista para unir sus esfuerzos y reconciliarse luego de años de lucha.
Iturbide les ofreció tres garantías: la eliminación de las castas, lo que impedía el desarrollo económico y social de México. A partir de entonces ya no habría españoles, americanos, indios ni las múltiples divisiones raciales que caracterizaron al virreinato. Ahora todos serían mexicanos.
También les ofreció que fueran dueños de su propio país, el cual ya no dependería de España, como lo hizo durante trescientos años.
Y para que los habitantes de un territorio tan extenso tuvieran un símbolo en común, les propuso defender la religión católica. Con esas tres garantías Iturbide congregó a españoles y americanos, en un proyecto político que contemplaba la instauración de una monarquía constitucional, la cual estaría bajo el mando de Fernando VII.
El plan de Iturbide señalaba que México y España serían ahora dos naciones separadas, pero que serían gobernados por una misma familia, (los Borbones) para contar con la legitimidad que permitiriera construir un nuevo país. Con la firma de los Tratados de Córdoba el 24 de agosto de 1821, la Independencia de México al fin se convertía en realidad.
El 27 de septiembre de ese año, las tropas del Ejército Trigarante entraron a la Ciudad de México. Fue la primera y única vez que los insurgentes llegaron a la capital del país, ahora hermanados con sus antiguos enemigos. Cubiertos con los colores verde, blanco y rojo. Al día siguiente los jefes del movimiento firmaron el acta de independencia, en la que señalaban:
 
La Nación mexicana, que por trescientos años ni ha tenido voluntad propia, ni libre el uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido.Los heroicos esfuerzos de sus hijos han sido coronados y está consumada la empresa enteramente memorable, que un genio superior a toda admiración y elogio, amor y gloria de su patria, principió en Iguala, prosiguió y elevó a cabo arrollando obstáculos insuperables.Restituída, pues, esa parte del Septentrión al ejercicio de cuantos derechos le concedió al Autor de la naturaleza y reconocen por inajenables y sagradas las naciones cultas de la tierra, en libertad de constituirse del modo que más convenga a su felicidad, y con representantes que puedan manifestar su voluntad y sus designios, comienza a hacer uso de tan preciosos dones y declara solemnemente, por medio de la Junta Suprema del Imperio, que es nación soberana e independiente de la antigua España, con quien, en lo sucesivo no mantendrá otra unión que la de una amistad estrecha en los términos que prescriben los tratados: que entablará relaciones amistosas con las demás potencias, ejecutando, respecto de ellas, cuantos actos puedan y están en posesión de ejecutar las otras naciones soberanas: que va a constituirse con arreglo a las bases que en el Plan de Iguala y tratados de Córdoba estableció sabiamente el primer Jefe del Ejército Imperial de las Tres Garantías, y en fin, que sostendrá a todo trance y con el sacrificio de los haberes y vidas de sus individuos (si fuere necesario) esta solemne reclaración, hecha en la Capital del Imperio a 28 de septiembre del año de 1821, primero de la Independencia mexicana.
 
México esperaba con alegría que España reconociera su independencia y que Fernando VII quisiera ser su rey, o que le enviara a algún miembro de la casa de Borbón para que los gobernara. La fantasía se vino abajo meses más tarde, cuando España rechazó los Tratados de Córdoba y consideró que México era una provincia rebelde a la que debía reconquistar.
El país se encontraba huérfano. Los lazos que quizo desatar suavemente se cortaron de tajo. ¿Quién podría darle un sentido y una dirección al nuevo país? El nombre de Iturbide resonó con fuerza entre los que pensaban que a falta de un rey con linaje divino, el país bien podría tener un emperador constitucional.
Y es que, en los meses que pasaron entre la declaración de Independencia y el rechazo de España, Iturbide se había convertido en el hombre del momento. Lisonjeado a cada instante, Iturbide no rechazó el canto de las sirenas y consideró que México necesitaba una monarquía para que no se desgranara víctima de la anarquía. La tentación del poder se presentó ante el criollo y la tomó en sus manos sin saber todo lo que provocaría.
El 21 de mayo de 1822 fue coronado como Agustín I, Emperador de México. Fue una coronación extraña, porque como señaló años más tarde Lucas Alamán, parecía más una puesta en escena que la confirmación de un antiguo ritual. El nuevo Imperio nacía sin legitimidad y el nuevo emperador se daba cuenta de ello.
Fue como si al llegar al mayor éxito de su vida, el emperador simplemente no supiera hacia dónde dirigirse. Lo que antes era la dulce tentación del poder se había convertido en una pesada carga imposible de llevar.
A los conflictos que vivia Agustín se juntaron los problemas reales del imperio. El Poder Legislativo competía con el Emperador en la lucha por el poder y las intrigas en las logias masónicas debilitaban cada vez más al nuevo gobierno.
Pero el gran conflicto vino del lado de la economía: luego de una década de guerra las minas y las haciendas estaban destruidas. No había forma de echar adelante al país sin dinero. Y además, México estaba aislado en la escena internacional. Aparte de Estados Unidos y algunos países de Latinoamérica, Europa se alió con España y nadie le prestaba dinero a la nueva nación.
Iturbide disolvió el Congreso y nombró una Junta Nacional Instituyente para redactar una nueva constitución, pero los acontecimientos se desarrollaron con gran rapidez y le fue imposible detener la avalancha que se le fue encima. Sus antiguos camaradas de armas lo traicionaron, considerando que era un emperador de comedia, un líder pelele incapaz de conducir a la nación como lo había hecho apenas dos años antes. El 19 de marzo de 1823, menos de un año a partir de su coronación, Iturbide abdicó y el Primer Imperio Mexicano desapareció.
Siguió entonces el exilio. En Liorna, Italia, Iturbide escribió sus memorias y contempló con inquietud los crecientes problemas de México. Enterado de que la Santa Alianza (una coalición entre los imperios austriaco, prusiano y ruso) planeaba invadir el país, el caudillo criollo decidió regresar a México para defenderlo. Quizá lo hizo porque creía que el país estaba en peligro; tal vez se le ocurrió que la suerte bien podía ponerse de su lado y colocarlo en el sitio que había perdido. Lo que Iturbide no sabía es que el Congreso mMexicano lo había condenado a muerte en el caso de que regresara al país.
Fue apresado en Soto la Marina, de donde lo llevaron a Padilla, un pueblo del estado de Tamaulipas. El 24 de julio de 1824, frente a un pelotón de fusilamiento, murió el consumador de la Independencia de México.
Con el paso del tiempo, sus restos fueron llevados a la Catedral Metropolitana, donde comparte la capilla de San Felipe de Jesús con el corazón de un presidente mexicano que fue uno de sus más cercanos aliados: Anastasio Bustamante. Mientras tanto, su figura histórica sufrió los vaivenes de la política de su tiempo. El 27 de septiembre (el día de la consumación de la Independencia) fue festejado por aquellos grupos cercanos al conservadurismo mexicano durante el siglo XIX, mientras que los liberales impulsaban cada vez más la figura de Miguel Hidalgo y su grito del 16 de septiembre. No importó que una estrofa del himno nacional compuesto en 1854 se refiriera al caudillo trigarante:
 
"Si a la lid contra hueste enemiga
nos convoca la trompa guerrera,
de Iturbide la sacra bandera
¡Mexicanos! valientes seguid
Y a los fieros bridones les sirvan
las vencidas enseñas de alfombra;
los laureles del triunfo den sombra
a la frente del bravo adalid."
El Porfiriato respetó su figura, pero no alentó su recuerdo. Fue hasta principios del siglo XX, con los gobiernos de la revolución, que su nombre, inscrito con letras de oro en la Cámara de Diputados, fue arrancado por una turba que consideraba que no merecía estar junto a Juárez o Hidalgo.
Hasta el día de hoy Iturbide sigue encerrado en la Catedral Metropolitana. ¿Merece nuestra condena y nuestro olvido el consumador de la Independencia nacional? O, por el contrario, ¿Nos beneficiaría analizar honestamente -sin prejuicios- a quien logró unificar a una nación y terminó con una guerra fraticida?
Esas dos preguntas me rondan cada vez que paso a visitar al Emperador. Y salgo de la Catedral convencido de que una nación madura, una sociedad democrática, tiene que revisar constantemente su pasado para que la ignorancia no se convierta en un demonio que la obligue a repetir sus errores una y otra vez. Escuchemos a Iturbide. Puede ayudarnos a entendernos mejor.

24 de septiembre de 2009

El rompecabezas del pasado


El domingo pasado andaba yo por Liverpool (la tienda, no el puerto) reflexionando sobre la posibilidad de cuantificar todos los hechos históricos con la intención de producir una medición incuestionable que por resultado nos dé una versión definitiva e imparcial sobre la historia de México...No es cierto, estaba yo haciéndome pato en lo que entraba al cine.
Total, dando la vuelta por Liverpool me encontré en su sección de libros que tenían una mesa llena de ejemplares sobre historia. El (Bi)Centenario ya nos cayó encima. Encontré biografías, libros para niños, estudios sobre épocas determinadas, mucha "contrahistoria" y otras cosas más. Enmedio de toda esa oferta, encontré un libro del cual ya había oido hablar. Se llama "Arma la Historia. La nación mexicana a través de dos siglos", y lo coordinó Enrique Florescano. Recordé que el sábado anterior en mi programa preferido "Conversaciones sobre Historia", Don Javier Garciadiego lo había recomendado, así que lo compré para disfrutarlo en lo que me acababa un helado y entraba a ver mi película. (Paréntesis cinematográfico: ¡No gasten su dinero en "La Huérfana"!).
Ese día revisé el libro brevemente. Tiene unos comentarios muy positivos por parte del mencionado Garciadiego, de Enrique Krauze y de Josefina Zoraida Vázquez. Alcancé a leer el prólogo escrito por Enrique Florescano y debo confesar que me decepcionó. Muchos lugares comunes, pocas aportaciones, nada a la altura de lo que don Enrique nos tiene acostumbrado.
Dejé la lectura del libro hasta el martes. Pasé las horas metido en un aeropuerto y en mi vuelo a Monterrey leyendo (con desconfianza) "Arma la Historia", y debo decir que mi primera impresión cambió.
"Arma la Historia" es un libro como muchos otros, (y seguramente habrá más conforme pasé este año y lleguemos al 15 de septiembre de 2010): una revisión de la historia de México hecha por un grupo de historiadores reconocidos por su calidad. Los autores son Alfredo Avila, Erika Pani, Aurora Gómez Galvarriato, José Antonio Aguilar Rivera y Soledad Loaeza. El problema de esta clase de textos, en los que a cada autor se le asigna un tema, es que fácilmente se desequilibran: puede haber capítulos muy interesantes y otros que no.
En general, "Arma la Historia" no tiene este problema. La revisión que hacen de la historia de México desde el final del Virreinato hasta el año 2000 es compacta y se sostiene. No tiene esos enormes baches que hacen que el lector se salte capítulos.
Al ser un libro pensado para la divulgación y no para la academia, "Arma la Historia" tiene la cualidad de que quiere presentar al público no especializado una visión de nuestro pasado que no esté basada en los grandes personajes y las grandes fechas, sino en los procesos históricos y la forma en que la economía, la política, la sociedad, la cultura y los acontecimientos internacionales influyeron en nuestro ayer como nación.
El primer capítulo, escrito por Alfredo Ávila, es una buena muestra de ello. Avila se aleja de los lugares comunes sobre la independencia nacional y nos ofrece un amplio panorama sobre México desde que era parte de la Monarquía española, hasta que se encuentra sólo y profundamente confundido en 1823. Con un lenguaje sencillo, Ávila nos habla de las contradicciones en que vivía la Nueva España, los problemas de la monarquía con la invasión francesa, el liberalismo y la Constitución de Cádiz, la Independencia en 1821, el Primer Imperio y su disolución.
En el segundo capítulo, Avila (ahora junto con Erika Pani) aborda los problemas del nuevo Estado desde la formación de la primera república federal hasta el fusilamiento de Maximiliano. A partir del tercer capítulo la lectura no se desliza tan fácilmente como al principio: el texto de Erika Pani y Aurora Gómez Galvarriato sobre la República Restaurada y el Porfiriato ya no tiene el brillo de lo escrito por Avila, pero sí cuenta con el rigor de dos historiadoras muy talentosas. Lo mismo pasa cuando Gómez Galvarriato se encarga de contarnos los primeros diez años de la Revolución Mexicana, y más adelante cuando cede la estafeta para que José Antonio Aguilar Rivera nos explique cómo eran los gobiernos posrevolucionarios hasta 1945.
El último capítulo fue escrito por Soledad Loaeza y para mi gusto es el más flojo: un análisis sobre la construcción del Estado mexicano desde el gobierno de Miguel Aléman hasta el año 2000. De ninguna manera es un texto malo: lo que pasa es que se queda a medias entre un texto académico y uno divulgativo. No se siente a la altura de lo que el libro nos ofreció al principio y por eso la lectura ya no es tan atractiva.
¿Vale la pena que aquellos que no son historiadores lean este libro y no otros que son parecidos? ¿qué ofrece "Arma la Historia" que no tenga, por ejemplo, la "Nueva Historia Mínima de México"? Yo creo que sí vale la pena leerlo, por la simple razón de que le ofrece al público no especializado una visión fresca del pasado de México, en la que cualquier persona puede encontrar algunas respuestas para comprender qué le está pasando a nuestro país y qué deberíamos hacer como ciudadanos para transformarlo.
La lectura de un libro como éste, realizado por grandes historiadores, siempre valdrá la pena, y más si con ello se logra que los conocimientos más recientes lleguen a las manos de aquellos que saben muy poco o nada sobre historia.
El problema viene para los libros que salgan más adelante: ¿qué pueden ofrecer a los lectores para que decidan adquirirlos a ellos y no "Arma la Historia"? Yo creo que todos aquellos que pretendan hacer obras de difusión aprovechando el boom del (Bi)Centenario deben pensar en eso, para que las mesas de las librerías no se llenen de materiales de relleno, que en poco tiempo serán olvidados.





18 de septiembre de 2009

¿El Bicentenario, en mi cocina?


Si usted entendió el chiste anterior, lamento informarle que ya no se cuece al primer hervor. Los que no lo hayan entendido (o no quieran hacerlo) quédense con la idea de que el Bicentenario ya nos alcanzó y lo veremos hasta en la sopa durante un largo año.
En eso pensaba hoy en la tarde, mientras manejaba por las lluviosas calles de Ciudad Satélite. Me sentía solo, la Patria me había abandonado luego de la jarra que nos pusimos en su honor el miércoles pasado. Pensé que mi soledad sería mi única acompañante durante esta noche cuando, en un anuncio, me encontré con la "Hot Line del Bicentenario".
"¡Allí está la solución!", pensé. Y seguro de que me contestarían las "Insurgentes del amor" o las "Zapatistas traviesas" marqué el 018007002010.
Lamentablemente, sólo me contestó un fulano para decirme que estaba yo llamando a la línea telefónica del Bicentenario, en donde me informarían de todos los eventos que la Comisión Organizadora realizará durante este año de la patria. Luego de tomarme mis datos, me dijo que la Comisión me daba las gracias por llamarlos, y que próximamente se comunicarían conmigo para invitarme a las fiestas que organizarán. Además me dijo que si quería recibir mensajes en mi cel sólo mandara el mensaje "ALTA" al 221010. Lo hice e inmediatamente me llegó el siguiente texto:
"Bienvenido a MÉXICO 2010. Entérate y celebra de la mejor manera el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución".
"¿Y las zapatistas traviesas?"- pensé. ¡Por lo menos me pudieron haber conectado con la Patria, esa morenaza buenona que salía en los libros de texto de los años 60!.


15 de septiembre de 2009

¡Abróchense los cinturones...



... el año del Bicentenario acaba de comenzar!; y sólo por eso CLIONAUTICA les ofrece, como una promoción, dos artículos dos, para que esta noche patriótica y el resto del año celebratorio les sea muy agradable. Primero, una crónica de don Guillermo Prieto sobre la entrada del ejército yankee a la Ciudad de México en 1847, en http://www.arts-history.mx/blogs/index.php?option=com_idoblog&task=viewpost&id=353&Itemid=0, y segundo, una reflexión sobre las cuatro formas en que podemos ver al (Bi)Centenario en CEINPOL, http://www.centrodeinteligenciapolitica.com/2009/09/cuatro-versiones-del-bicentenario-por.html. ¡Anímese! No todos los días su patria está a punto de cumplir 200 años, (whatever that means...)

5 de septiembre de 2009

No queremos un segundo piso en las Torres de Satélite!

México, D.F. Julio de 2008


Al Gobernador del Estado de México.
Al Secretario de Comunicaciones y Transportes.
A la Directora del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.


El monumental conjunto conocido como Torres de Satélite, emblemático de la zona metropolitana del valle de México e hito fundamental en la conurbación del Distrito Federal con pujantes municipios mexiquenses, fue producto del genio de dos grandes creadores, Luis Barragán y Mathias Goeritz, quienes además contaron con la colaboración del pintor Jesús (Chucho) Reyes Ferreira, y constituye la mayor escultura urbana del país, cuyo significado arquitectónico y artístico ha sido reconocido en el mundo entero desde el momento mismo de su construcción.

Por considerar el alto valor estético y cultural de la citada obra, en el mes de septiembre del 2007, al cumplirse el 50º. aniversario de su construcción, un grupo de especialistas en arquitectura, urbanistas e intelectuales se dirigió por escrito a la Lic. María Teresa Franco, Directora del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBA), para solicitarle la correspondiente declaratoria de las Torres de Satélite como parte del Patrimonio Artístico Nacional.

Por ello, para quienes suscribimos el presente documento, es motivo de profunda preocupación el anuncio hecho a los medios de comunicación por el Secretario de Comunicaciones del Gobierno del Estado de México, Lic. Gerardo Ruiz Esparza, en el sentido de que ya ha sido seleccionada la empresa que construirá y operará un segundo piso en el Periférico norte, toda vez que el trazo de esta vialidad elevada afecta de manera severa la perspectiva que actualmente tienen las Torres desde la autopista en cuyo centro se encuentra ubicada.

Estamos conscientes de que la solución de los problemas de vialidad en una arteria tan importante como la que comunica a la capital de la nación con el centro, occidente y noreste del país, requieren ser atendidos en forma apremiante, en un esquema de responsabilidad compartida entre la Federación y el Estado de México. Sin embargo, el progreso y el desarrollo pueden y deben ser compatibles con la protección de nuestro patrimonio cultural nacional.

Hacemos un particular exhorto a la Dirección del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, para que concluya a la brevedad las formalidades para que las Torres de Satélite pasen a formar parte del Patrimonio Artístico Nacional, toda vez que se cuenta con información de que la integración del expediente técnico destinado a la Comisión Nacional de Zonas y Monumentos Artísticos tiene un considerable grado de avance.

No es ocioso recordar al C. Gobernador del Estado de México que las Torres de Satélite son usadas como publicidad emblemática del gobierno que encabeza, como se puede constatar en el número 161 de la revista Examen, lo que evidencia preocupación por la proyección del patrimonio artístico y cultural de su progresista entidad federativa.

En razón de lo antes expuesto, solicitamos a ustedes su valiosa intervención a fin de que en la ejecución del proyecto de referencia se pongan en práctica todas las previsiones necesarias, incluyendo la posibilidad de un paso deprimido del viaducto, para evitar se vea afectada la imagen de las Torres de Satélite y se respete íntegramente su actual presencia.

3 de septiembre de 2009

phdcomics, ¡atrapados en el posgrado!

"Piled Higher and Deeper" by Jorge Cham
www.phdcomics.com


Cuando nació CLIONAUTICA, uno de mis objetivos fue platicar con todos aquellos que no son historiadores sobre cómo los clionautas hacemos nuestro trabajo. De qué forma realizamos nuestras investigaciones, metemos la pata al hacer los proyectos, damos a conocer nuestros resultados y nos apalean en los seminarios de investigación, y al final publicamos nuestros libros esperando que algún despistado caiga en la trampa y los compre.
En México, (y realmente en todo el mundo) hay dos tipos de historiadores: por un lado está el "lírico", alguien a quien simplemente le gusta el pasado y quiere escribir sobre él. No necesariamente son malos o "chafas". De hecho, hasta el siglo XX todos los historiadores eran líricos, por la simple razón de que no existía la carrera de Historia. Entre los líricos podemos encontrar a pequeños investigadores que dedican su tiempo a narrar las historias de sus pueblos, y a esa parejita de griegos llamados Herodoto y Tucídides quienes con sus obras empezaron el camino de la Historia.
Y por el otro lado estamos los "recién llegados" los historiadores académicos que pasamos años encerrados en universidades, centros de investigación, seminarios, bibliotecas, archivos y otros lugares tan extraños para conseguir un título (preferentemente de Doctor, o aunque sea de Maestro) con el cual podamos navegar por la vida con cara de que todo lo que decimos es "profundo y con mensaje".
Pasar por la universidad, y especialmente por el posgrado con la intención de convertirse en un académico, puede ser una experiencia profundamente cimbrante. En el camino puedes divorciarte, caer en la bebida, engolosinarte con las pastillitas vaciladoras, visitar los hospitales por anemia, gastritis o ataques de pánico, y otras cosas más.
No es fácil obtener un doctorado. La presión es mucha, las horas de sueño son pocas, y pasas todo el tiempo con la sensación de que sobre tí tienes una guillotina dispuesta a caerte encima al primer síntoma de flojera que demuestres, o en el caso de que tu investigación no sea tan buena como tu asesor y tu escuela de posgrado esperaban.
Pero, ¡vamos!, tampoco hay que ensombrecer las cosas más de lo que ya están. El doctorado también puede ser una etapa muy divertida, con bastantes fiestas, buen alcohol, algunas aventurillas románticas, y sobre todo la extraña satisfacción que produce el hablar de cosas tan raras como la cliometría y el giro lingüístico con seres que comparten tus mismos gustos.
Si podemos reirnos de todo, también podemos hacerlo de la carrera por el doctorado. Y eso es lo que hace phdcomics.
Mi amiga,la maestra Iliana Quintanar, doctorante en Historia por El Colegio de México (y que bien podría ser un personaje más de esta tira, ¡besos!) me mostró este comic, que narra la vida de un grupo de estudiantes de posgrado de cualquier universidad gringa, (aunque bastantes de las anécdotas contadas podrían ocurrir en México o en otras partes del mundo). Los personajes son variados: por un lado está la estudiante perfecta de doctorado que no puede admitir que en realidad es una ñoña sin vida; un posdoctorante que lleva tantos años en la Universidad que ya lo incluyen en el inventario (eso me dolió); una chica que hace investigaciones sobre ciencias sociales y le encanta andar en todas las marchas, plantones, manifestaciones y luchas sociales que se le crucen por el camino, y un fulano sin nombre que vive permanentemente torturado por su asesor de tesis.
Jorge Cham (http://twitter.com/phdcomics) es el autor de esta joya, en la que nos cuenta sobre la desventura de este grupo de extraños y muy familiares personajes, en su loca carrera por tener algún día de privilegio de presentarse en sociedad como "doctores(as)". Cham es doctor en ingeniería mecánica por Stanford. Ha sido profesor de tiempo completo e investigador en el Caltech y se dedica a hacer phdcomics desde 1997. Ha publicado varias recopilaciones sobre sus comics y, como él cuenta en su página, phdcomics nace del interés de una gran legión de estudiantes de posgrado de todo el mundo que piensan que en la vida hay algo más que estar investigando en un laboratorio o una biblioteca.
No creo que haya otro lugar mejor para que aquellos que son "profanos" sepan cómo es la vida al interior de una universidad o centro de investigación, y estoy seguro de que todos los que estamos "piled higher and deeper" podremos reirnos mucho y angustiarnos bastante con lo que Cham nos muestra en sus cartones.
Y a todo esto yo me pregunto: ¿volvería a pasar por todo lo que viví en esos cincos años que me tardé en conseguir mi doctorado? y la respuesta es: sí. Y mil veces, si fuera necesario.