31 de marzo de 2009

La Depresión del 29, ante el tsunami de 2009


Muchos de nosotros tenemos padres o abuelos que vivieron la Gran Depresión de los años 20 y 30 del siglo XX, ¿qué podemos aprender de ellos en este difícil momento económico?

Para responder a esta pregunta, The New York Times ha lanzado una campaña entre sus lectores. Les ha pedido que videograben a sus mayores y les pregunten sobre los años de la Depresión Económica: cómo vivieron esa época, qué pensaban sobre lo que estaba ocurriendo, cuáles eran sus temores y esperanzas y de qué manera transformó sus vidas. Este interesante trabajo de historia oral busca contrastar los recuerdos de la Depresión de 1929 con los tremendos problemas económicos que vivimos ahora. La Organización Mundial del Trabajo declaró ayer que tan sólo en 2009 habrá 50 millones de desempleados en todo el mundo, los cuales tendrán que esperar entre cuatro y cinco años a que su situación mejore (en el caso de que tengan tiempo, o vida, para hacerlo).
Entre los videos que tiene The New York Times en su página está el de Patricia Addis, una señora de 76 quien le platica a su nieta sobre el sufrimiento de las personas durante esos años: ¡Dios!, parecía simplemente que todo el mundo vagaba por ahí sin tener trabajo y sin saber cómo alimentarían a sus hijos y pagarían sus deudas.
La nieta de la señora Addis tiene 25 años, es diseñadora gráfica y lleva meses buscando un empleo. A la frustración por no tener un proyecto de vida, se suma la incertidumbre por no saber cómo saldará los gastos cotidianos.
También está el video de Ernest Kurnow, un profesor de 96 años de la Universidad de Nueva York, quien en 1933 y con sus estudios de maestría, tuvo que trabajar en una fábrica empacadora.
Al principio me dio tanta vergüenza, que simplemente no podía levantar la mirada, ¡pero cuando lo hice descubrí que todos mis compañeros en la maestría estaban trabajando en lo mismo que yo!, eso me tranquilizó.
La historia se hace cuando se recuerda el pasado y se le contrasta con el presente. En este caso, me parece excelente que el NYT recopile las memorias de una generación que se está yendo y que vivió la que nos parece la peor crisis económica de todos los tiempos (por lo menos hasta ahora), con la intención de que sirva de algo a los que ahora enfrentamos tiempos parecidos.
La serie The New Hard Times está en la página del diario, y aquí te dejo su primer video:


26 de marzo de 2009

Echeverría, exonerado por lo ocurrido en 1968.



El diario Reforma informó hace unas horas que un tribunal federal de última instancia absolvió al Expresidente Luis Echeverría de tener alguna responsabilidad por los violentos acontecimientos ocurridos durante el movimiento estudiantil de 1968.
Echeverría, quien era Secretario de Gobernación en ese año (el segundo cargo más importante del poder ejecutivo en México), llevaba más de un año en prisión domiciliaria, en su mansión de la elegante colonia San Jerónimo Lídice.
El abogado de Echeverría, Juan Velázquez, fue quien informó a Reforma sobre la decisión tomada por el Quinto Tribunal Colegiado Penal del DF.
De acuerdo a la decisión del tribunal, en 1968 se cometió un grave delito por parte del Gobierno Mexicano, ya que tuvo el propósito de acabar con un grupo opositor, pero no hay pruebas suficientes para culpar a Echeverría
En su informe de gobierno de 1969, el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz asumió la responsabilidad absoluta por los hechos ocurridos el año anterior y con ello abrió el camino para que Luis Echeverría se convirtiera en su sucesor.
Es indudable que Díaz Ordaz es el culpable absoluto de la matanza del dos de octubre, por la sencilla razón de que, como Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas Mexicanas, sólo a el podían obedecer el Ejército y el Estado Mayor Presidencial para cometer un crimen como ese.
Sin embargo, todavía sabemos muy poco sobre los entretelones del poder durante esos años, por lo que no podemos simplemente descartar la participación de otros personajes, como Marcelino García Barragán, secretario de la Defensa Nacional, y por supuesto, Luis Echeverría.
La noticia sobre su exoneración me sorprendió escuchando una de las arias más hermosas de Giuseppe Verdi: Va, pensiero, que pertenece a su ópera Nabucco.
Es el coro del tercer acto, cuando los esclavos hebreos cantan sobre su desgracia en Egipto, pero también es un canto de esperanza. El pueblo judío le pide al Eterno que les infunda la fuerza necesaria para volver a su patria.
Posteriormente, los independentistas italianos convirtieron a Va, pensiero en un himno por la unidad de su patria.
No tengo más que decir sobre Echeverría. Que otros lo sigan haciendo. Sólo pienso que en momentos como éste, cuando la ley protege a quien debería castigar, la historia se nos aparece para exigirnos que jamás olvidemos todo lo ocurrido.
Que vuele el pensamiento con alas doradas, que el arpa de oro de los fatídicos vates reviva en nuestros pechos el recuerdo y nos hable del tiempo que fue; que cante un aria de crudo lamento al destino de Jerusalem, y que el Señor inspire una melodía que infunda virtud al padecimiento.



23 de marzo de 2009

Luis Donaldo Colosio: el escenario de su muerte.


1994 era el año de la revancha priísta. Luego del descalabro sufrido en 1988, todo parecía indicar que el equipo tricolor había recuperado la cancha. El presidente Carlos Salinas de Gortari tenía un índice de aceptación envidiable, tan así que el eterno líder obrero, Fidel Velázquez se animó a declarar: "Salinas se merece todo, inclusive la reelección".
Sin embargo, ese último año salinista, en el que se esperaban grandes cosas para el PRI y para México terminó envuelto en sangre y en una tremenda crisis económica; y Carlos Salinas, "el hombre que sería rey" terminó convertido en el "villano favorito", en una caricatura de crucero que ha pasado los últimos quince años de su vida como un apestado en su propio país, aborrecido por muchos que en su momento lo idolatraron.
El pasado es prólogo, nos recuerda Oliver Stone en su película JFK, y para entender lo que pasó en un día como hoy hace exactamente quince años, hay que ver hacia atrás, para saber cómo este país soñó una vez más con la gloria, y se encontró con que su camino estaba lleno de sangre.
1976 fue el último año del gobierno de Luis Echeverría. El modelo económico que durante años había aplicado el Estado Mexicano para financiar su crecimiento se había agotado. El "Desarrollo Estabilizador" consistente en impulsar la industria mexicana, urbanizar al país, proteger la empresa nacional y resguardar el tipo de cambio logró que México creciera desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, para los años 60 el crecimiento de la población había dificultado la aplicación de las mismas medidas económicas, además de que el esplendor económico del país no había logrado eliminar el enorme problema histórico de México: la injusta distribución de la riqueza.
José López Portillo, el siguiente presidente, se consideraba a sí mismo como "la última oportunidad de la Revolución Mexicana". Ante el alza de precios y el desempleo que dejó el gobierno de Echeverría, intentó aplicar una rigurosa política económica controlando el gasto público. Sin embargo, el descubrimiento de inmensos yacimientos petroleros en el Golfo de México cambiaron el plan del presidente: si teníamos tanto dinero, había que gastarlo a manos llenas.
Y el gobierno empezó a invertir en todo tipo de empresas. Como alguna vez declaró Jesús Silva Herzog, poseía hasta un cabaret, que seguramente era el único negocio de su tipo en el mundo que perdía dinero en lugar de ganarlo.
El gasto público desmedido, la ineficiencia y la corrupción en el manejo de los recursos colaboraron a que una nueva crisis económica estallara a principios de los ochenta, cuando el precio del barril de petróleo se vino abajo y México se encontró literalmente quebrado. Fueron días en los que los dólares se vendían clandestinamente, y las marías en las calles ofrecían a los capitalinos algunos productos que era imposible encontrar en los supermercados, como shampoo, jabón y pasta de dientes.
Llegó un nuevo presidente, pero ahora con la intención de variar radicalmente el curso del país. Miguel de la Madrid era el primer miembro de una nueva generación que consideraba que México debía incluirse en una tendencia mundial que estaba teniendo éxito en Estados Unidos e Inglaterra, y que pronto se desbordaría por todo el planeta: el neoliberalismo.
Los años 70 vieron el fin del Estado Benefactor que nació luego de la Segunda Guerra Mundial. Los gobiernos de los países eran cada vez más grandes e ineficientes, por lo que el neoliberalismo proponía reducir el tamaño de los Estados liberando la economía y permitiendo que el mercado solucionara los problemas que sufría el planeta.
La libre circulación de mercancías crearía empleos y fortalecería a la clase media, con lo que los Estados ya no tendrían que resolverle todos sus problemas. Pero para lograrlo era necesario desaparecer las trabas comerciales, acabar con el proteccionismo y adelgazar a los Estados. Éstos debían convertirse en reguladores y coordinadores de una sociedad que ahora viviría bajo las reglas del libre mercado.
Miguel de la Madrid y su equipo de colaboradores empezaron a quitarle poderes al Estado Mexicano: en los años 80, México ingresó al GATT, con lo que los anaqueles de los supermercados empezaron a llenarse de productos extranjeros. Sin embargo, los problemas sociales eran enormes y no podían desaparecer en poco tiempo: el desempleo y la inflación crecieron, por lo que la sociedad empezó a favorecer a otras ofertas políticas en la búsqueda de una solución. Fue el momento en que el PAN empezó a crecer en el norte de México, ofreciendo a los electores gobiernos modernos, incorruptibles y democráticos.
Dentro del aparato priísta, no todos estaban convencidos de que las medidas tomadas por De la Madrid fueran convenientes. Para algunos, la apertura al exterior y el adelgazamiento del Estado sin antes solucionar los problemas sociales era una traición a los principios de la Revolución Mexicana. En 1987 un grupo de políticos priístas formó una Corriente Democrática que fue vista al interior del Partido como una indisciplina. Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y otros abandonaron el PRI y crearon el Frente Democrático Nacional: una coalición de partidos que intentó llevar a Cuauhtémoc Cárdenas a la presidencia de la república.
Por su parte, el PRI impulsó a un candidato que representaba la renovación del partido, un joven funcionario hijo de una familia que había sido parte del sistema político durante décadas, y que se proponía continuar con las reformas que De la Madrid había empezado.
Carlos Salinas de Gortari pertenecía a la "generación tecnócrata", que presumía de haberse formado intelectualmente en Estados Unidos y que creía que México debía incluirse en la corriente globalizadora, consiguiendo algún tipo de acuerdo con el vecino del norte para incrementar el flujo de mercancías e inversiones entre los dos países.
Sin embargo, la elección de 1988 no fue nada sencilla. Salinas se enfrentó con un fortalecido Cuauhtémoc Cárdenas, quien contaba con el apoyo de diversos grupos políticos, algunos de ellos al interior del mismo PRI. Salinas y De la Madrid tuvieron que recurrir al apoyo del PAN (a pesar de las quejas del candidato blanquiazul, Manuel Clouthier) y a otras artimañas para ganar la presidencia.
Salinas comenzó débilmente su mandato, por lo que tuvo que enfocarse en acabar con sus adversarios políticos: la izquierda mexicana que se agrupó alrededor de Cuauhtémoc Cárdenas en un nuevo partido, el PRD, vivió un sexenio en la persecución. Joaquín Hernández Galicia, líder del síndicato petrolero y uno de los apoyos de Cárdenas, fue apresado por el ejército mexicano, acusado de tener una gran cantidad de armas en su casa, y pasó el sexenio salinista en una celda.
El nuevo presidente se dio cuenta de que necesitaba recuperar el apoyo de las bases que habían votado por Cárdenas en 1988; por lo que lanzó un enorme programa de asistencia popular llamado Solidaridad. Con un presupuesto de 2 mil millones de dólares anuales, Solidaridad trabajaba en conjunto con las comunidades más pobres y los gobiernos de los Estados para solucionar las necesidades más apremiantes de la población: caminos, agua, servicios de salud y empleos.
Gracias a Solidaridad, el PRI recobró los votos que perdió en 1988; durante las elecciones legislativas de 1991 obtuvo la mayoría con el 61.5%. Sin embargo, Solidaridad no fortalecía al PRI, sino a la Presidencia de la República, por lo que algunos lo vieron como un movimiento para crear un nuevo partido político en México.
En palabras de Lorenzo Meyer, Carlos Salinas, “usó a fondo los poderes del presidencialismo autoritario para recuperar legitimidad, acelerar los cambios económicos y rehacer la coalición gobernante, sin modificar de manera sustancial las formas políticas de gobernar, es decir, sin cambiar la naturaleza íntima del sistema, su autoritarismo”.

Salinas reformó la Constitución para cambiar el régimen legal agrario: lo que permitió que el ejido se privatizara. También reprivatizó la Banca, pero se la entregó a una nueva clase banquera, con la intención de que fueran aliados suyos; reanudó las relaciones con la Santa Sede y se deshizo de empresas estratégicas, como la telefonía.

El gran proyecto de su sexenio fue el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, firmado con Estados Unidos y Canadá, lo que permitió que el intercambio comercial entre México y la Unión Americana creciera de 60 mil millones en 1991 a 250 mil millones en 1999, además de que fue el inicio de un cambio histórico en las relaciones entre los dos países. Si anteriormente la política mexicana consistía en alejarse lo más posible del vecino del norte, a partir del TLCAN está se transformó completamente.

Salinas llegó a 1993 con un alto índice de popularidad, pero no todo era positivo. El desempleo y la inflación eran cosa de todos los días en la vida mexicana, además de que, en su intento de fortalecer el poder del presidente, había debilitado a la institución, lo que permitió que otros grupos se hicieran cada vez más fuertes, como fue el caso del narcotráfico.

Los cárteles habían inyectado grandes recursos económicos desde el principio del gobierno de Miguel de la Madrid, aprovechando su asociación con los narcotraficantes colombianos. El asesinato de Enrique Camarena, un agente de la DEA en Guadalajara en 1985 tensó la relación con Estados Unidos y demostró que la droga ya era un problema para el Estado Mexicano.

En 1993, el arzobispo de Guadalajara, Juan Jesús Posadas Ocampo fue asesinado en un tiroteo en el aeropuerto de esa ciudad. Aunque el gobierno de Salinas intentó hacer creer que la muerte de Posadas Ocampo había sido resultado de una confusión, lo cierto es que el narcotráfico volvió a mostrar su poder, el cual ya se extendía por el centro y el norte del país: Jalisco, Sinaloa, Chihuahua, y la ciudad fronteriza de Tijuana.

A finales de 1993, el PRI destapó a su candidato para la presidencia en el sexenio 1994-2000. El elegido fue un cercano colaborador de Salinas: Luis Donaldo Colosio. Egresado del Tec de Monterrey y de la Universidad de Pennsylvania, Colosio era Secretario de Desarrollo Social y antes fue presidente del PRI. A él le tocó reconocer el triunfo del PAN en las elecciones de Baja California en 1989, lo que desagradó a muchos priístas.

Colosio era visto como la continuación del Salinismo, lo que desagradó a muchos priístas, algunos de ellos miembros del grupo cercano a Carlos Salinas. Manuel Camacho Solís, colaborador del presidente y amigo suyo desde sus días de estudiante en la Facultad de Economía de la UNAM, se disgustó ante la designación de Colosio, ya que consideraba que él tenía mayores méritos para ser el sucesor de Salinas.

A este problema siguió la sublevación Zapatista en Chiapas el 1 de enero de 1994, el día en que tenía que entrar en vigor el TLCAN. Si bien su etapa meramente violenta duró pocos días, el surgimiento del Subcomandante Marcos en la escena política nacional, y el inteligente uso de los medios de comunicación nacionales y extranjeros permitió que el EZLN se convirtiera en un duro adversario de Carlos Salinas.

El problema zapatista, el alboroto causado por Manuel Camacho y el regreso de Cuauhtémoc Cárdenas a la carrera presidencial impidieron que la campaña colosista creciera. Los priístas no estaban convencidos de la pertinencia de su candidato. Además, Carlos Salinas no daba señales claras de querer detener las aspiraciones de Manuel Camacho.

Salinas tuvo que declarar explícitamente ante la cúpula priísta que Luis Donaldo Colosio era el candidato del partido, lo que en el enrevesado lenguaje político mexicano significaba que Colosio iba a sucederlo en la presidencia de la república.

Colosio mismo buscó alejarse de Salinas para construirse su propia imagen, por lo que el 6 de marzo de 1994 pronunció un discurso en el Monumento a la Revolución en el que hizo serias críticas al Gobierno de la República.

El 22 de ese mes, Manuel Camacho declaró ante la prensa que desistía de su empeño por ser el candidato del PRI a la presidencia. El problema con el EZLN continuaba, pero ya se habían realizado una serie de conversaciones entre la guerrilla zapatista y el gobierno federal (representado por Manuel Camacho), lo que permitía suponer que el conflicto no crecería, y que el proceso electoral se llevaría a cabo sin mayores alteraciones.

De ese modo, Luis Donaldo Colosio viajó a Tijuana el 23 de marzo de 1994, para hacer un mitin en Lomas Taurinas, uno de los lugares más pobres y peligrosos de esa ciudad. Llevaba tras de sí el peso de la historia mexicana, los problemas económicos y sociales, y el sueño de convertirse en el siguiente presidente de México. Lo que siguió cambió para siempre la vida nacional.

19 de marzo de 2009

Mensaje a la nación...

Presidente Lázaro Cárdenas, Palacio Nacional, 18 de marzo de 1938:




Denise Dresser en el Senado de Estados Unidos

Palabras de Denise Dresser durante su comparecencia ante el subcomité de drogas y crímenes del Senado de los Estados Unidos, el 17 de marzo de 2009:

Chairman Durbin, Ranking Member Graham, Chairman Feinstein, and Ranking Member Grassley, members of the Subcommittee and members of the Caucus, I welcome the opportunity to speak about Mexico's efforts to combat drug-trafficking and organized crime. As I reflect on my troubled country, the lyrics of a Bruce Springsteen song come to mind: "We are far, far away from home. Our home is far, far away from us." And that's how it feels to live in Mexico during these turbulent times: far from democratic normalcy; far from the rule of law; far from home and close to everything that imperils it. Always on the lookout, anxious, suspicious of our own shadow. Invaded by the legitimate fear of walking on the street after dark, taking money out of an ATM, hopping into a cab, being stopped by a corrupt policeman, receiving the call of a kidnapper saying that he has taken your child, losing a son, burying a daughter. My home has become a place where too many people die, gunned down by a drug-trafficker, or assaulted by a robber, or shot by an ill-trained law enforcement officer or kidnapped and strangled by a member of a criminal gang, as was the case with the teenage children of prominent businessmen Alejandro Martí and Nelson Vargas.

At the helm of an increasingly active and visible army, President Felipe Calderón has declared a bold war against drug-trafficking and the organized crime networks it has spawned. In a country where over 6,000 people have died over the last year in drug-related violence, insecurity is top-of-mind for most Mexicans. Given the increasingly lawless conditions of the country he inherited, Calderón had little choice but to act, and he is to be commended for doing so.

The former ruling party that governed Mexico in an authoritarian fashion for over 71 years left behind a toxic legacy. During the 1980s, drug-trafficking blossomed throughout the country as a result of political protection; drug-traffickers infiltrated the Mexican government, frequently aided and abetted by members of the Federal Judicial Police as well as state-level officials. The political structure built by the Revolutionary Institutional Party (PRI) provided a shell for organized crime that was able to swell not despite the government but thanks to the blind-eye it often turned.


After Mexico's electoral transition to democracy in 2000, when members of the National Action Party (PAN) came into power, they discovered a precarious state of affairs, but did little to confront a festering problem. Years of government inaction under former President Vicente Fox left key institutions infiltrated, hundreds of policemen dead, scores of judges assassinated, dozens of journalists missing. During the Fox administration, Mexico turned into a more violent country than Colombia; his successor's task has been to recover lost ground and clean it up. As President Calderón stated in a recent interview: "we decided to operate on the body politic and discovered that it had cancer."

Dealing with a problem that is more widespread and embedded than President Calderón originally envisioned has not been easy because the surge of drug trafficking in Mexico reflects a painful paradox: the government's drug enforcement efforts are undermined by the corrupting influence of the drug trade, yet the drug trade cannot survive without the protection of compromised elements within the government. Cocaine traffickers spend as much as $500 million on bribery, which is more than double the budget of the Mexican Attorney General's office. As a result, it frequently becomes difficult to distinguish those charged with policing smuggling from the smugglers themselves.

Policemen regularly play dual roles: they act as drug enforcers and as drug-smuggling protectors. Violent conflicts routinely erupt between police operating as law enforcers and police acting as lawbreakers. So it's no wonder that as part of "Operation Tijuana" last year, they were forced to relinquish their weapons; too often their arms are used to commit crimes rather than prevent them. In Tijuana, the army has effectively been brought in to protect the population from the police. Mexico is a place where, if you are the victim of a crime, the last person you call is a police officer.

In the face of police corruption, Calderón has turned to the military to take on the anti-drug effort. But bringing soldiers out of the barracks and moving them around the country at will is a cause for concern. As a result of its expanded role, the military is becoming the supreme authority – in some cases the only authority -- in parts of some states. And greater militarization is also leading to greater corruption within an institution that has turned into the last credible beachhead in Mexico's longstanding battle.

When Sinaloa drug cartel Héctor "El Guero" Palma was arrested in 1995, he was at the home of a local police commander and the majority of the men protecting him were federal police he had bought off. When events such as these have created a national scandal, the official response has been to transfer individual officers or simply suspend them. But mass firings only begin to make a dent in the problem. Many are simply rehired in other regions of the country or reinstated after challenging their dismissals in corrupt courts. So using the military as a roving, cleanup force may solve some short-term image problems, but also create other intractable ones.

President Calderón hopes to overcome the corrupting influence of the drug trade by creating a new national police force – still in the works – as well as a special anti-drug division, similar to the DEA. He hopes that with greater resources and more autonomy, those in charge of combating crime will not end up succumbing to it. But creating a new agency and extending its reach will not be enough, as the arrest of top members of the elite anti-drug unit three months ago underscored. In order to be more effective, Calderón needs to deal with Mexico's culture of illegality.

Over the past decade, Mexico's transition to democratic rule has cast a glaring light on the country's precarious, uneven, and limited rule of law. Saddled by inefficiency and corruption, the Mexican judiciary cannot establish, ensure or enforce the rule of law.

Oftentimes, judges and prosecutors themselves have been unable to withstand the corrupting influence of the drug trade, a $15-25 billion a year business. Cases of official corruption – those of former governors accused of drug-trafficking – abound and the credibility of public institutions has suffered when those proven guilty have eluded punishment. As a result, impunity runs rampant.

Over the past decade, the surge of drug-trafficking and Calderón's unsuccessful efforts to contain its effects are symptomatic of what doesn't work in Mexico's dysfunctional democracy. As George Orwell wrote, "people denounce the war while preserving the type of society that makes it inevitable." Mexico has a political, economic and social structure that makes crime possible. It is a country characterized by politicians who protect drug-traffickers and drug-traffickers who finance politicians; by those who launder money and unregulated financial institutions that allow the practice to occur; and by judges who become accomplices of criminals and criminals who can bribe them. And although Felipe Calderón has declared that the Mexican state is "winning the war" against the drug mafias, the truth is that government institutions frequently shelter their members. Drug-trafficking in Mexico is nurtured by extensive corruption, and persistent impunity. It feeds upon a country where 75 percent of crimes are not reported due to lack of trust in the authorities; where 98 percent of crimes are never resolved or punished.

So while Calderón's efforts are to be applauded, they must also be accompanied by comprehensive measures that entail more than soldiers on the streets, and photo opportunities of the president dressed in olive green. The prospects for a stable, less insecure Mexico will be contingent on Calderón's capacity to enact a major overhaul of the country's judiciary and law enforcement apparatus. It will be dependent on the government's political will to confront corruption at the highest levels – something Calderón has been reluctant do. In other words, the President needs to fight not only drug-traffickers but also the political networks that protect them. Otherwise, Calderón's move to confront organized crime will be tantamount to trying to cure cancer with an aspirin. Otherwise Mexico will continue to combat symptoms while ignoring their causes.

Several months ago, President Barack Obama and President Felipe Calderón met, exchanged points of view, and spoke about the importance of U.S.-Mexico relations. But now it's time to face the hard, cold facts south of the border. Mexico is becoming a country where lawlessness prevails; where more people died in drug-related violence last year than those killed in Iraq; where the government has been infiltrated by the mafias and cartels it has vowed to combat. And although many believe that Obama's greatest foreign policy challenges lie in Pakistan or Iran or the Middle East, they may in fact be found in the immediate neighborhood. Mexico may not be a "failed state" yet, but it desperately needs to wage a more effective war against organized crime, and American collaboration will be required to do so.

President Calderón has told the United States that the heightened level of violence is a result of government efficiency in combating drug cartels; that the rise in executions is evidence of a firm hand and not an ineffectual one. But Calderón's stance – and one he is forced to maintain due to political and electoral imperatives at home – side-steps structural problems that cannot be solved with more weapons, more bullets, more members of the military policing key cities, more blood on the streets, more simplistic solutions to complex dilemmas.

The current strategy – based largely on the increased militarization of Mexico – ignores high-level government corruption that no one really wants to combat. It ignores a police force so weak, so ill-trained, so underpaid and so infiltrated that good apples are spoiled by rotten ones. It ignores that U.S. military training of Mexican troops can end up empowering splinter groups like the "Zetas", who leave the army to start up their own criminal gangs. It ignores that an enhanced military presence will probably result in more human rights abuses in a country where too many of them already occur. It ignores a concentrated, oligopolistic economic structure that thwarts growth and social mobility, forcing people across the border or into the drug trade in record numbers: 450,000 Mexicans are involved in the cultivation, processing and distribution of drugs according to a recent estimate. It ignores the existence of a permanent sub-class of 20 million people who live on less than two dollars a day and view drug cultivation a way out of extreme poverty. Drug-traffickers are becoming more powerful in Mexico due to historic, recalcitrant patterns that recent governments have failed to confront.

The United States government needs to understand the enormity of the problem brewing in the neighborhood, and the negative role the U.S. has played by largely ignoring it. At first, President George W. Bush sought to engage Mexico on immigration and other issues, but after 9/11, the bilateral relationship was placed on hold by the war on terror elsewhere. As General Barry McCaffrey declared recently: "During the last eight years we witnessed the disappearance of leadership in the area of anti-drug policy". The Mérida Initiative, through which the U.S. provides a small level of financial and military assistance, is a necessary but insufficient step, given the urgency of the situation.

I would urge you to confront what has undoubtedly become a shared, bilateral challenge with honesty, realism and determination. That would entail a recognition of U.S. responsibilities, an understanding of what the U.S. has done or failed to do vis-à-vis Mexico. Mexican drug-traffickers buy arms that the U.S. sells; over 2,000 weapons cross the border on a daily basis, and many of them are sold in an illegal fashion. Mexican drug-traffickers provide cocaine that U.S. users demand; over 35 million American citizens are drug-users. Mexican drug-traffickers have set up distribution networks across U.S. cities because very little has been done to stop them from doing so; according to a recent article in Forbes magazine, drug-trafficker Joaquín Guzmán has turned Atlanta into the East Coast distribution center of cocaine and other drugs for the Mexican cartels. Atlanta's accessibility to key interstates like I-95 and I-85 make it a perfect hub for moving cocaine and marijuana and taking bulk cash back to Mexico. Atlanta's fast-growing Mexican population, lured largely by the region's building boom, has provided excellent cover and resources for the cartels' U.S. emissaries. From there, cocaine is moved to New York, Pittsburgh, Washington, D.C., Miami and Chicago.

In the face of an increasingly dire situation, the U.S. can help by promoting more antinarcotics operations within its own borders, of the sort announced by Attorney General Eric Holder several weeks ago. The U.S. can help by clamping down on money laundering and financial flows that have enabled Mexican drug-trafficker Joaquín Guzmán to amass a billion dollar fortune and enter the Forbes list of richest men in the world. The U.S. can help by addressing the demand for drugs in its own cities, and President Obama's recent remarks in this regard are most welcome. The U.S. can help by cooperating more and not less on security matters; by demanding more and not less accountability for the aid it offers; by insisting that if Mexico wants a helping hand it will have to clean up its own house and accept hard truths the government has tried to obscure.

A strategic partnership is possible and viable, but in order to request it, Mexico must be reformed more profoundly, so that the U.S. feels encouraged to engage more deeply. If Mexico is unable to confront its domestic corruption, it won't matter how many troops are trained, how many weapons are shipped, and how many helicopters are bought. Colombia has spent over $5 billion in U.S. aid with mixed results: more security but no end to drug production. The lesson is clear: the main objective of the "war" that the Mexican government is engaged in should not only be the destruction of the drug cartels, but also the construction of the rule of law.

At the same time, the U.S. government needs to grasp that this is a war that will never be "won"; that will never end with a certain triumph of the forces of good over the forces of evil, if the demand for drugs here is not stymied. To pretend that it can be won without dealing with drug consumption and demand-driven forces in the United States is to believe that one can stop an earthquake or a hurricane. For every drug-trafficker who is caught, another one will emerge in his place. As Detective McNulty says in the final scene of The Wire – the American television series that recreated the futile war against drugs in Baltimore – as he gazes upon his devastated city with a mixture of love and sadness: "It is what it is." His despair is shared by many Mexicans today as we pay a very high price for our inability to construct a prosperous, dynamic, inclusive, lawful country in which citizens aren't propelled into illicit activities in order to survive, and criminals aren't protected by the government itself. But we are also paying a very high price for American voracity. Ours is a shared problem that will require joint solutions. Ours is a joint struggle that will demand if not the audacity of hope, at least the audacity of understanding that the time has come to make the neighborhood safe. So that people like me can feel at home again. So that home does not feel so far, far away.

18 de marzo de 2009

Lucas Alamán, un fantasma entre nosotros.







Hoy estamos en Artes e Historia México

Madoff, ninjas y Plaza Sésamo

Este primer trimestre de 2009 está marcado por la crisis económica global. Todos los días los medios de comunicación nos informan sobre empresas que quiebran, gobiernos que rescatan bancos, y cientos de miles de personas que de repente se encuentran sin trabajo, sin casa, sin dinero y sin futuro.
La burbuja especulativa de los últimos años reventó y millones están (¿o estamos?) pagando ese carísimo pato.
Uno de los episodios de esta crisis es el escándalo Madoff, en el que un próspero y confiable ejecutivo de finanzas de Wall Street (que hasta tenía cara de gente decente), robó miles de millones de dólares a sus inversionistas. Bernie Madoff es uno de los ladrones de cuello blanco más...iba a decir importante, pero no se lo merece, y no creo que este servidor de bitácoras me permita escribir las palabras que lo definen correctamente, así que dejémoslo con que es un pillo, un taimado y descarado ladrón.
Ahora bien, ¿cómo es que pudo robarle tanto dinero a tanta gente? Madoff se basó en un viejísimo esquema llamado Ponzi, en el que los inversionistas meten su dinero con la promesa de grandes ganancias, las cuales nunca llegan.
Sin embargo, mejor recurriré a unos amigos para que nos expliquen bien cómo estuvo la transa. Veamos primero a Leopoldo Abadía, el creador del concepto "crisis ninja":



Y, por si alguien todavía no le entendió, los dejó con la explicación de Plaza Sésamo:



PT Barnum era un hombre muy sabio: ¡nace un tonto a cada minuto!

16 de marzo de 2009

Uno es el hombre...


Uno no sabe nada de esas cosas que los poetas, los ciegos, las rameras, llaman "misterio", temen y lamentan. Uno nació desnudo, sucio, en la humedad directa. y no bebió metáforas de leche, y no vivió sino en la tierra. (La tierra que es la tierra y es el cielo, como la rosa rosa pero piedra.) Uno apenas es una cosa cierta que se deja vivir, morir apenas, y olvida cada instante, de tal modo que cada instante, nuevo, lo sorprenda. Uno es algo que vive, algo que busca pero encuentra, algo como hombre o como Dios o yerba que en el duro saber lo de este mundo halla el milagro en actitud primera. Fácil el tiempo ya, fácil la muerte, fácil y rigurosa y verdadera toda intención de amor que nos habita y toda soledad que nos perpetra. Aquí está todo, aquí. Y el corazón aprende -alegría y dolor- toda presencia; el corazón constante, equilibrado y bueno, se vacía y se llena. Uno es el hombre que anda por la tierra y descubre la luz y dice: es buena; la realiza en los ojos y la entrega a la rama del árbol, al río, a la ciudad, al sueño, a la esperanza y a la espera. uno es ese destino que penetra la piel de Dios a veces, y se confunde en todo y se dispersa. Uno es el agua de la sed que tiene, el silencio que calla nuestra lengua, el pan, la sal, y la amorosa urgencia de aire movido en cada célula. Uno es el hombre -lo han llamado hombre- que lo ve todo abierto, y calla, y entra.

Jaime Sabines, 1926-1999.

13 de marzo de 2009

Independencia; nuevas preguntas para un problema antiguo.


Por Pedro Domínguez.


La guerra de independencia es un momento al que constantemente regresan los historiadores; parecería que a casi doscientos años de haber ocurrido tenemos ya una imagen clara y comprensible de los hechos que comenzaron en 1810. Sin embargo, el descubrimiento de nuevas fuentes y el surgimiento de temas y enfoques distintos hacen que su estudio sea inagotable. El presente nos invita a hacerle nuevas preguntas al pasado y ese es el objetivo que se plantearon Alfredo Avila y Virginia Guedea.

Este libro surgió de la inquietud de revisar los avances en la historiografía independentista. Sus orígenes fueron el seminario Proindependencia y el Coloquio Internacional La Independencia de México; ambos efectuados en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Avila y Guedea coordinaron a un equipo de investigadores conformado por varios de los más importantes especialistas en la revolución de 1810. Christon Archer, Roberto Breña, Johanna Von Grafenstein, Jesús Hernández Jaimes, Ana Carolina Ibarra, Luis Jáuregui, Gerardo Lara Cisneros, Jaime Rodríguez y los mismos Alfredo Avila y Virginia Guedea se dedicaron desde 2003 a analizar, desde variados enfoques, el pasado y el presente de las investigaciones sobre la independencia de México.

Los temas analizados en este libro son variados: tenemos por ejemplo la revisión sobre la historia de las ideas que propiciaron los movimientos de independencia; el surgimiento de los grupos sociales que pelearon desde 1810 y sus diferentes motivaciones para hacerlo; la visión que desde afuera se tenía sobre lo que estaba pasando en Nueva España; un análisis del papel jugado por la Iglesia Católica en los bandos realista e insurgente; la historia propiamente militar de la independencia, y el importante papel que jugaron las finanzas en este periodo; el rol interpretado por el liberalismo español para desencadenar el proceso insurgente; y las nuevas interpretaciones que van más allá de las historias nacionales y buscan analizar todas las independencias como parte del mismo problema.

En esencia, todos los autores se atuvieron al mismo esquema para realizar sus ponencias: esto es, hicieron un repaso sobre lo que en el pasado se había dicho respecto a su campo de estudio, para luego presentar las tendencias más recientes, aunado a sus comentarios y recomendaciones al respecto. Sin embargo, y debido al trabajo desarrollado durante los tres años que se llevó la elaboración de este volumen, los distintos artículos van más allá de ser una mera lista de recomendaciones bibliográficas. En su lugar hay un esfuerzo serio por ofrecer una visión renovada de lo que hasta ahora sabemos sobre el proceso independentista en México.

De entre los distintos comentarios realizados por los autores, podemos rescatar la importancia que Alfredo Avila concede a los diversos contextos vividos por las generaciones que hicieron la independencia en la formación de sus posturas políticas, más allá de considerar que éstas fueron producto de las distintas lecturas realizadas por estos personajes a lo largo de su vida.

Igualmente es necesario señalar la importancia de esos contextos en el surgimiento de las motivaciones que llevaron a la independencia; a diferencia de explicaciones anteriores que homogeneizaban las quejas independentistas, Jesús Hernández encuentra que los insurgentes peleaban por intereses muy distintos y a menudo enfrentados entre sí.

La independencia y el exterior también es un punto que merece comentarse; luego de décadas con una visión centralista de lo ocurrido a principios del siglo XIX en México, existe ya una buena gama de investigaciones en las que se analiza la influencia de otros países en la guerra de 1810; lo mismo podemos decir del aspecto hacendario, de la milicia y del liberalismo español. Independencia…, nos muestra que tenemos ante nosotros un tema ya antiguo pero al que constantemente se le pueden hacer nuevas preguntas, y también es posible reformular las antiguas. Como señalan Avila y Guedea, hace falta (entre otras cosas) volver a biografiar a Hidalgo, Morelos, Iturbide y los demás personajes de esta historia, pero ahora con un cariz distinto, que sea producto de las preguntas que surgen en nuestro tiempo.

Como podemos ver, es muy amplio el espectro bajo el cual se investiga actualmente la revolución de 1810; ante una historia oficial que ha intentado perpetuar un recuerdo casi mitológico de la guerra de independencia, los problemas de nuestro presente nos obligan a contemplar al pasado a partir de ópticas distintas que nos ayuden a entenderlo (y a entendernos) mejor.


Alfredo Avila y Virginia Guedea (coordinadores), La independencia de México: temas e interpretaciones recientes. México, IIH/UNAM, 2007.

9 de marzo de 2009

Seminario de periodismo del Instituto Mora


El seminario "Periodismo, Historia y Sociedad" del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora realizará su tercera sesión de este año con la discusión del ensayo "Lo inmediato y lo probable, historia y periodismo en México", de la Dra. Genoveva Flores Quintero (ITESM CEM). En este ensayo, la Dra. Flores Quintero reflexiona sobre la relación entre lo que se ha llamado "historia reciente" o "historia del presente" y el periodismo, y señala la necesidad de elaborar nuevos conceptos y posturas que nos permitan entender como se imbrican ambas disciplinas y de qué manera abordar a la prensa como objeto de estudio historiográfico. La sesión se llevará a cabo en la Sede Madrid del Instituto Mora el próximo miércoles 11 de mazo a las 17:30 horas. Para más información, puedes escribir a clionautica@gmail.com.

4 de marzo de 2009

Ochenta años del PRInosaurio...y sigue entre nosotros.


Oh, buen señor, escúchame; a la hora de tu nominación, llámame; entre tus asesores cuéntame; ante otros políticos, salúdame; delante de los periodistas, abrázame; en el presupuesto, inclúyeme; si tienes que renunciar, olvídame; a tus sucesores, preséntame; y ordéname ir a tí, para que con tus demás colaboradores te complazca, te alabe y te trabaje, por los sexenios de los sexenios, amén.

Francisco Martín Moreno y la taza de té alrededor del planeta Venus.





Hoy estamos en Artes e Historia México.

3 de marzo de 2009

Carta abierta para Carlos Slim


Estimado Ingeniero:

Le escribo este texto como ciudadana. Como consumidora. Como mexicana preocupada por el destino de mi país y por el papel que usted juega en su presente y en su futuro. He leído con detenimiento las palabras que pronunció en el Foro “Qué hacer para Crecer” y he reflexionado sobre sus implicaciones. Su postura en torno a diversos temas me recordó aquella famosa frase atribuida al presidente de la compañía automotriz General Motors, quien dijo: "lo que es bueno para General Motors es bueno para Estados Unidos". Y creo que usted piensa algo similar: lo que es bueno para Carlos Slim, para Telmex, para Telcel, para el Grupo Carso es bueno para México. Pero no es así. Usted se percibe como solución cuando se ha vuelto parte del problema; usted se percibe como estadista con la capacidad de diagnosticar los males del país cuando ha contribuido a producirlos; usted se ve como salvador indispensable cuando se ha convertido en bloqueador criticable. De allí las contradicciones, las lagunas y las distorsiones que plagaron su discurso y menciono las más notables.
Usted dice que es necesario pasar de una sociedad urbana e industrial a una sociedad terciaria, de servicios, tecnológica, de conocimiento. Es cierto. Pero en México ese tránsito se vuelve difícil en la medida en la cual los costos de telecomunicaciones son tan altos, la telefonía es tan cara, la penetración de internet de banda ancha es tan baja. Eso es el resultado del predominio que usted y sus empresas tienen en el mercado. En pocas palabras, en el discurso propone algo que en la práctica se dedica a obstaculizar.


Usted subraya el imperativo de fomentar la productividad y la competencia, pero a lo largo de los años se ha amparado en los tribunales ante esfuerzos regulatorios que buscan precisamente eso. Aplaude la competencia, pero siempre y cuando no se promueva en su sector. Usted dice que no hay que preocuparse por el crecimiento del Producto Interno Bruto; que lo más importante es cuidar el empleo que personas como usted proveen. Pero es precisamente la falta de crecimiento económico lo que explica la baja generación de empleos en México desde hace años. Y la falta de crecimiento está directamente vinculada con la persistencia de prácticas anti-competitivas que personas como usted justifican.

Usted manda el mensaje de que la inversión extranjera debe ser vista con temor, con ambivalencia. Dice que "las empresas modernas son los viejos ejércitos. Los ejércitos conquistaban territorios y cobraban tributos". Dice que ojalá no entremos a una etapa de "Sell Mexico" a los inversionistas extranjeros y cabildea para que no se permita la inversión extranjera en telefonía fija. Pero al mismo tiempo, usted como inversionista extranjero en Estados Unidos acaba de invertir millones de dólares en The New York Times, en las tiendas Saks, en Citigroup. Desde su perspectiva incongruente, la inversión extranjera se vale y debe ser aplaudida cuando usted la encabeza en otro país, pero debe ser rechazada en México.

Usted reitera que "necesitamos ser competitivos en esta sociedad del conocimiento y necesitamos competencia; estoy de acuerdo con la competencia". Pero al mismo tiempo, en días recientes ha manifestado su abierta oposición a un esfuerzo por fomentarla, descalificando, por ejemplo, el Plan de Interconexión que busca una cancha más pareja de juego. Usted dice que es indispensable impulsar a las pequeñas y medianas empresas, pero a la vez su empresa —Telmex— las somete a costos de telecomunicaciones que retrasan su crecimiento y expansión.

Usted dice que la clase media se ha achicado, que "la gente no tiene ingreso", que debe haber una mejor distribución del ingreso. El diagnóstico es correcto, pero sorprende la falta de entendimiento sobre cómo usted mismo contribuye a esa situación. El presidente de la Comisión Federal de Competencia lo explica con gran claridad: los consumidores gastan 40 por ciento más de los que deberían por la falta de competencia en sectores como las telecomunicaciones. Y el precio más alto lo pagan los pobres.

Usted sugiere que las razones principales del rezago de México residen en el gobierno: la ineficiencia de la burocracia gubernamental, la corrupción, la infraestructura inadecuada, la falta de acceso al financiamiento, el crimen, los monopolios públicos. Sin duda todo ello contribuye a la falta de competitividad. Pero los monopolios privados como el suyo también lo hacen.

Usted habla de la necesidad de "revisar un modelo económico impuesto como dogma ideológico" que ha producido crecimiento mediocre. Pero precisamente ese modelo —de insuficiencia regulatoria y colusión gubernamental— es el que le ha permitido a personas como usted acumular la fortuna que tiene hoy, valuada en 59 mil millones de dólares. Desde su punto de vista el modelo está mal, pero no hay que cambiarlo en cuanto a su forma particular de acumular riqueza.

La revisión puntual de sus palabras y de su actuación durante más de una década revela entonces un serio problema: hay una brecha entre la percepción que usted tiene de sí mismo y el impacto nocivo de su actuación; hay una contradicción entre lo que propone y cómo actúa; padece una miopía que lo lleva a ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio.

Usted se ve como un gran hombre con grandes ideas que merecen ser escuchadas. Pero ese día ante los diputados, ante los senadores, ante la opinión pública usted no habló de las grandes inversiones que iba a hacer, de los fantásticos proyectos de infraestructura que iba a promover, del empleo que iba a crear, del compromiso social ante la crisis con el cual se iba a comprometer, de las características del nuevo modelo económico que prometería apoyar. En lugar de ello nos amenazó. Nos dijo —palabras más, palabras menos— que la situación económica se pondría peor y que ante ello nadie debía tocarlo, regularlo, cuestionarlo, obligarlo a competir. Y como al día siguiente el gobierno publicó el Plan de Interconexión telefónica que buscaría hacerlo, usted en respuesta anunció que Telmex recortaría sus planes de inversión. Se mostró de cuerpo entero como alguien dispuesto a hacerle daño a México si no consigue lo que quiere, cuando quiere. Tuvo la oportunidad de crecer y en lugar de ello se encogió.

Sin duda usted tiene derecho a promover sus intereses, pero el problema es que lo hace a costa del país. Tiene derecho a expresar sus ideas, pero dado su comportamiento, es difícil verlo como un actor altruista y desinteresado, que sólo busca el desarrollo de México. Usted sin duda posee un talento singular y loable: sabe cuándo, cómo y dónde invertir. Pero también despliega otra característica menos atractiva: sabe cuándo, cómo y dónde presionar y chantajear a los legisladores, a los reguladores, a los medios, a los jueces, a los periodistas, a la intelligentsia de izquierda, a los que se dejan guiar por un nacionalismo mal entendido y por ello aceptan la expoliación de un mexicano porque —por lo menos— no es extranjero.


Probablemente usted va a descalificar esta carta de mil maneras, como descalifica las críticas de otros. Dirá que soy de las que envidia su fortuna, o tiene algún problema personal, o es una resentida. Pero no es así. Escribo con la molestia compartida por millones de mexicanos cansados de las cuentas exorbitantes que pagan; cansados de los contratos leoninos que firman; cansada de las rentas que transfieren; cansados de las empresas rapaces que padecen; cansada de los funcionarios que de vez en cuando critican a los monopolios pero hacen poco para desmantelarlos. Escribo con tristeza, con frustración, con la desilusión que produce presenciar la conducta de alguien que podría ser mejor. Que podría dedicarse a innovar en vez de bloquear. Que podría competir exitosamente pero prefiere ampararse constantemente. Que podría darle mucho de vuelta al país pero opta por seguirlo ordeñando. Que podría convertirse en el filántropo más influyente pero insiste en ser el plutócrata más insensible. John F. Kennedy decía que las grandes crisis producen grandes hombres. Lástima que en este momento crítico para México, usted se empeña en demostrarnos que no aspira a serlo.

Denise Dresser
Publicado en Proceso el 15 de febrero de 2009

2 de marzo de 2009

Oaxaca y sus líderes revolucionarios.



Por Gloria López Méndez.


La Revolución Mexicana tuvo más personajes que aquellos a los que nos ha acostumbrado la historia patria. Detrás de las grandes figuras y los momentos cumbre hubo pequeños líderes que tuvieron la capacidad de provocar rebeliones en sus regiones y que luego utilizaron su poder para negociar con el nuevo Estado y se unieron a la Familia Revolucionaria. Como señalaba don Luis González, la microhistoria puede decirnos mucho sobre nuestro pasado nacional, ya que nos muestra pequeños ejemplos que se repitieron por todo el país. Los caciques regionales que se aliaron a los vencedores de la guerra civil de 1910 sirvieron como puente entre los intereses locales y federales, y a cambio gozaron de un poder casi absoluto.

Ricardo Ojeda nos ofrece un ejemplo de esta “microhistoria revolucionaria”. Los Cuerudos (llamados así por su costumbre de usar unas elegantes chamarras de cuero), eran habitantes del poblado de Miahuatlán, en el Estado de Oaxaca. Con la caída de Victoriano Huerta y el inicio del enfrentamiento entre Convencionistas y Constitucionalistas, el gobierno de Oaxaca decidió retomar la soberanía de su Estado, lo que enfureció a Venustiano Carranza. Las tropas constitucionalistas ocuparon Oaxaca y esto provocó el surgimiento de guerrillas que no estaban de acuerdo con el Primer Jefe ni con la forma altanera en que se conducía su ejército en la región. Los Cuerudos eran parte de estos grupos armados y mantuvieron una feroz guerra contra las fuerzas del norte durante casi cuatro años.

La muerte de Carranza y la llegada al poder de Álvaro Obregón cambió la situación de Los Cuerudos. La guerrilla oaxaqueña y los vencedores sonorenses lograron reconciliarse, lo que marcó el inicio de una nueva etapa en la historia de Oaxaca. Con el poder que habían logrado durante la etapa armada y el apoyo de sus nuevos aliados, Los Cuerudos se convirtieron en un grupo político que influyó en la conducción de su Estado durante poco más de treinta años.

Los Cuerudos apoyaron al Centro durante la Guerra Cristera, se aliaron con el Cardenismo e impulsaron la Reforma Agraria; pero al mismo tiempo eran un poder autoritario que ponía y quitaba presidentes municipales a su conveniencia e influía en la designación de los gobernadores oaxaqueños. La decadencia de este grupo político comenzó en 1940, cuando prefirieron apoyar a Juan Andrew Almazán en lugar de alinearse con el candidato oficial Manuel Ávila Camacho. Poco a poco el Centro comenzó a cercarlos, lo que no impidió que en 1952 respaldaran a Miguel Henríquez Guzmán para la Presidencia de la República. La caída de este personaje provocó el fin del poder de Los Cuerudos en Oaxaca.

Este libro no es sólo la historia de un grupo de caciques regionales; es también el relato del pasado de la familia del autor. El texto comienza con la narración de aquellas tardes en que su abuela le contaba las anécdotas de su esposo Tereso Ortega, uno de los Jefes Cuerudos de la zona. En este sentido, la descripción es uno de los elementos fundamentales de este trabajo. Miahuatlán y sus habitantes a principios del siglo XX son ampliamente explicados por el autor para que tengamos un contexto del escenario sobre el cual se desarrolló esta historia. También son importantes las relaciones que Miahuatlán y Oaxaca sostuvieron con los gobiernos de Benito Juárez y Porfirio Díaz; su reacción ante el inicio de la Rebelión en 1910; su ruptura con la Convención de Aguascalientes y la época de violencia que sufrió Oaxaca en estos años; la cercanía con Pablo González y la pacificación del Estado; la integración al grupo de los vencedores de la Revolución Mexicana, el esplendor y la caída de Los Cuerudos son ampliamente descritos por Ricardo Ojeda.

Este trabajo no fue realizado por un historiador profesional; se deja ver la falta de algunas lecturas que hubieran enriquecido al libro, y la presentación que hace de documentos y reseñas puede en algunos momentos cansar al lector. Sin embargo, Los Cuerudos…, es un texto importante, porque nos ayuda a tener una imagen distinta de la Revolución Mexicana; alejada de las grandes figuras que dominan el paisaje historiográfico. Los Cuerudos…, es el relato de una pequeña región y de sus líderes, de la forma en que la violencia los marcó y cómo se convirtieron en un grupo político que se volvió parte del nuevo Estado Revolucionario; Los Cuerudos…, esta historia de una pequeña región oaxaqueña, es también un gran texto sobre el caciquismo paternalista que caracterizó a México durante el siglo XX.


Ricardo Ojeda Bohórquez, Los Cuerudos. Una historia de la Revolución Mexicana en Oaxaca. México, Editorial Porrúa, 2007.