29 de noviembre de 2008

¿Y la salud del presidente...?

La excelente revista electrónica Reporte Indigo del 28 de noviembre confirmó lo que todos los mexicanos sospechamos durante muchos años: Vicente Fox tiene serios problemas psicológicos.
"Vicente Fox tiene propensión a fingir, a llamar la atención. Tiene una forma trastornada de ver las cosas, sobre todo las que son importantes para él y su familia". dice la revista.
Todo empezó con la solicitud que Fox hizo ante el Sacro Tribunal de la Rota Romana el 16 de octubre de 2000, para que su matrimonio eclesiástico con su entonces esposa, Lilián de la Concha, fuera anulado.
El tribunal, como parte del procedimiento, realizó varios exámenes psicológicos a Fox y De la Concha, con los que se descubrió que el expresidente padece de: "trastorno de personalidad, ensimismamiento inmoderado, excesiva autoestima y narcisismo, visión trastornada de las cosas, reacciones emotivas inadecuadas, dificultades en las relaciones interpersonales y en el control de las pulsiones". O sea, para la Rota Romana, Fox está psicológicamente incapacitado para volver a casarse por la Iglesia.
Un asunto como este no tendría por qué importarle a nadie más que a los directamente afectados; todos los días hay parejas que se separan y, desgraciadamente, las enfermedades mentales ya son tremendamente comunes. El punto aquí es que Fox fue sometido a esos exámenes psicológicos en algún momento entre 2000 y 2006...justo cuando trabajaba como presidente de la república mexicana.
No es posible creer que Fox sufría de "visión trastornada de las cosas" cuando atendía su anulación matrimonial, y al mismo tiempo gozaba de una excelente estabilidad psíquica cuando cumplía sus funciones como jefe de Estado.
Ahora entiendo muchas cosas relacionadas con el fallido aeropuerto en Atenco, las toallas de 4 mil dólares, el asunto del desafuero y otras más.
Quizá si, antes de votar por él, los mexicanos hubieramos conocido más sobre la salud mental y la vida de Fox, la historia habría sido diferente. El problema está en que, a pesar de los cambios, todavía vivimos en una sociedad en la que hay mucha información necesaria que no está a nuestro alcance.
En México parecía que los presidentes nunca se enfermaban, pero la historia nos muestra lo contrario. Entre los años 20 y 30 del siglo pasado, el Jefe Máximo, Plutarco Elías Calles cancelaba continuamente sus reuniones de trabajo por "enfermedad"; y en alguna ocasión fue paciente de uno de los curanderos más famosos de México: el Niño Fidencio.
Entre 1940 y 1946, el presidente Manuel Ávila Camacho sufrió tres infartos (uno en la campaña y dos en la presidencia), además de que estuvo a punto de morir en un atentado.
Tal vez el presidente mexicano con peor salud fue Adolfo López Mateos: sufría de severas migrañas que con el paso del tiempo se convirtieron en siete aneurismas que le ocasionaron la muerte -luego de una lenta agonía- en 1969.
En una entrevista que le concedió a Jorge Castañeda, Luis Echeverría dice que López Mateos tenía en su escritorio en Palacio Nacional un cenicero lleno de aspirinas, y se las comía como si fueran caramelos. En otro lugar leí -lástima que no recuerdo dónde- que también en Palacio acolchonaron las paredes de una habitación en la que López Mateos se encerraba a sufrir sus migrañas.
Aunque no se queda atrás su sucesor, Gustavo Díaz Ordaz. Él sufría de estreñimiento y problemas estomacales, lo que le impedía saborear la deliciosa y muy condimentada comida poblana. Todo eso, aunado al constante estres en el que vivía, le provocaron el cáncer del colon que lo mató en 1979.
Sobre la salud del resto de los presidentes sabemos poco. Al parecer, Echeverría siempre fue un hombre de hierro, o por lo menos así lo recuerdan sus cronistas. Les maravillaba que el hombre hiciera jornadas de trabajo de más de doce horas, y que pudiera estar sentado en larguísimas reuniones de gabinete sin jamás detenerlas para ir al baño. Está próximo a cumplir 87 años, algunos dicen que padece demencia senil, (que quizá le comenzó cuando nos gobernaba), pero durante su presidencia su salud nunca fue cuestionada.
Algo parecido ocurrió con López Portillo. Fue nuestro "presidente Sport Billy". Lo mismo montaba a caballo que nadaba, levantaba pesas, y practicaba box y karate. Sus problemas de salud comenzaron cuando era expresidente. Sin embargo, quién sabe cómo estaría su salud emocional cuando gritó "¡Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear!"
Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo también fueron presidentes físicamente sanos. Especialmente los dos últimos. Salinas puso de moda salir a correr, y Zedillo era fanático de la bicicleta de montaña. Tal vez con el tiempo nos enteremos de cómo estaban sus cabezas cuando nos gobernaron.
En el caso de Calderón, hay algo que puede llamar nuestra atención. En su nuevo libro "Los cómplices del poder", Anabel Hernández comenta algo sobre un rumor que ha circulado en el país: el posible alcoholismo del presidente. También puede ser que más adelante sepamos más sobre la salud de nuestro actual mandatario.
Fox puede estar contento, porque a pesar del dictamen de la Rota Romana, el Papa Benedicto XVI le dio su autorización para casarse. Pero con este caso nosotros comprobamos una vez más que todavía vivimos en un sistema político en el que los pequeños detalles pueden influir en cosas realmente grandes, y que la batalla por la información -dada por periodistas, analistas políticos e historiadores- está muy lejos de terminar. ¿Y tú qué opinas?

28 de noviembre de 2008

Pseudohistoria 1: 1810, 1910...¿2010?

Existe una ley histórica que dice que todos los procesos vividos por el ser humano son circulares. La humanidad pasa irremediablemente por ciclos de creación y destrucción, los cuales están plasmados en el comportamiento político de las sociedades. No importa si estamos hablando de la dinastía Qin o del imperio Mexica, de las trece colonias o de la Rusia de los Zares; en todas partes ocurre lo mismo. Primero, las sociedades viven una etapa que algunos pensadores han llamado "dorada". Lo que impera en ella es la armonía: la sociedad está bien gobernada, los gobernantes son justos, cumplen con su labor, y el resto de los habitantes cumplen con su función: unos producen alimentos, otros generan conocimiento, y algunos más se encargan de proteger a todos.
Sin embargo, poco a poco esta etapa se desvanece; Los gobernantes empiezan a corromperse, los ciudadanos dejan de cumplir con su labor, y la sociedad en su conjunto entra en la decadencia.
La caída de las sociedades puede tardar siglos o milenios, pero es inevitable. Conforme pasa el tiempo la decadencia es mayor, hasta que se produce una gran crisis política (normalmente bastante violenta) que empuja a la sociedad y la regresa a una nueva etapa dorada.
El motor de la historia está en comportamiento cíclico, en el eterno retorno que hace que las sociedades crezcan, alcancen su esplendor, decaigan, se destruyan y vuelvan a comenzar; es un proceso imposible de cambiar y que se manifiesta en lo que llamo "Los polos históricos".
Éstos, son ciertos momentos en los que se concentra la energía que mueve a las sociedades en el ciclo ya explicado. Normalmente coinciden con el final de la etapa de decadencia. los "polos" destruyen todo aquello que impide el transcurso natural de la sociedad y permiten que el esplendor regrese.
Si llegaste hasta aquí sin dudar de mi salud mental o de mis grados académicos, te lo agradezco. Por supuesto que todo, absolutamente todo lo que leíste al principio es falso. Sin embargo, te asombraría saber cuánta gente tiene una idea de la historia muy parecida a eso que escribí.
Desde hace algún tiempo, he escuchado a algunas personas decir que México vive un ciclo histórico como el que describí arriba. Este ciclo es centenario: en 1810 estalló la Independencia, en 1910 la Revolución, y por ende, en 2010 tiene que ocurrir otra gran explosión social en el país.
La explicación cíclica es muy atrayente. Entre otras cosas porque es un intento de tener en nuestras manos la VERDAD (así, con mayúsculas) de la historia. Da sentido a nuestra existencia en un mundo que normalmente no la tiene, además de que no exige un gran esfuerzo intelectual; sólo necesitas creer en los ciclos.
Lo cierto es que la vida (y la historia) son mucho, pero mucho más complejas como para aceptar una explicación cíclica. Las generalizaciones sirven para establecer un parámetro que nos permita entender lo que estamos investigando; pero no podemos pretender que todas las sociedades son iguales, y mucho menos que una sociedad en específico jamás cambia, sin importar los siglos que hayan transcurrido.
Una de las cosas que hacen tan difícil (y al mismo tiempo atractiva) a la historia, es que nos encontramos al mismo tiempo con el cambio y la permanencia. "En 1810 los mexicanos vivían pobres y reprimidos por los españoles; por eso estalló la Independencia. En 1910 los mexicanos vivían pobres y reprimidos por Porfirio Díaz; por eso estalló la Revolución. Actualmente los mexicanos vivimos pobres y reprimidos por el Estado, por lo que en 2010 habrá otra Revolución". Suena tremendamente lógico, pero no tiene ni un gramo de veracidad.
Lo que acabas de leer se llama entinema, o sea, un silogismo falso. Si todos los hombres son mortales y Pedro es un hombre, entonces Pedro es mortal, eso es un silogismo. Pero es una falsedad decir que como todos los negros son delincuentes, Barack Obama también lo es. ¿En qué puede uno basarse para decir que todos los negros son delincuentes? A eso se le llama entinema.
La generalización no es una buena herramienta para estudiar la historia. Cuando empezamos a ver los detalles de cada proceso histórico, resulta evidente que esa "regularidad cíclica" es simplemente un mito.
Es cierto que en 1810 en México había pobreza y un Estado monarquico, pero también había una gran riqueza económica gracias a la minería y un enorme desarrollo cultural promovido por los criollos. Éstos (y no los "mexicanos" a secas) buscaron la Independencia y lo que obtuvieron fue una guerra civil que creó un nuevo Estado pobre y desunido. La "era dorada" no llegó a México en 1821.
En 1910 la pobreza seguía en México, y el Porfiriato no permitía la movilidad social ni la rotación política, pero los que hicieron la Revolución Mexicana no tenían entre sí los mismos intereses. No era igual Madero, quién quería que la sociedad participara en la política y que hubiera una renovación en la Presidencia, que Zapata, quien deseaba que los campesinos de Morelos tuvieran de nuevo sus tierras para vivir como siempre habían vivido. Lo que hizo el Partido Nacional Revolucionario (antecedente del PRI) fue unir a los revolucionarios que sobrevivieron a la matanza ocurrida entre 1910 y 1929 para que entre ellos se repartieran el poder sin necesidad de usar las pistolas.
En 2008, la sociedad mexicana tiene serios problemas, principalmente porque la estructura priísta que sufrió un gran golpe en 1997 al perder la mayoría en el poder legislativo y luego la presidencia en el 2000, no fue cambiada. El gobierno panista no ha sido capaz de crear un nuevo proyecto nacional y se dedica únicamente a tapar los hoyos que surgen por todo el país. La delincuencia, la crisis económica y la desconfianza en las instituciones podría llevarnos pronto a convertirnos en lo que algunos teóricos llaman "un Estado fallido".
Sin embargo, (y a pesar de todo) el México actual cuenta con recursos e instituciones que serían la envidia de la Nueva España y del México prerevolucionario. Podemos encontrarles muchas fallas y vicios, pero instituciones como la UNAM, el Poli, el Tec de Monterrey, Conacyt y sus centros de investigación (por mencionar sólo algunas) han sido fundamentales para que México haya progresado.
Lo mismo podemos decir del "bono demográfico", somos la generación mexicana mejor preparada de toda la historia de este país. Es cierto que los problemas son enormes, pero tampoco podemos desdeñar los cambios que en todos los niveles se han producido en nuestra sociedad.
La mera existencia de ONG´s en el país es una muestra de que el México en el que vivimos no es igual al de hace 100 años ni al de hace 200.
Desgraciadamente, no dudo que en este poco tiempo que falta para el 2010 la "creencia cíclica" se intensifique, y alguien pretenda hacer realidad una profecía cuyo valor está únicamente en su mente. Por eso es fundamental tener conciencia de la historia; de sus cambios y permanencias, de sus rupturas y continuidades; para entender que el pasado es prólogo, es el piso sobre el que caminamos, pero el gran regalo del presente consiste en que sólo nosotros podemos decidir hacía dónde queremos ir. ¿O tú qué opinas?

27 de noviembre de 2008

La Sucesión Presidencial: 100 años revolucionando México


Conmemora el INEHRM los cien años de publicación del libro de Madero.


A cien años de publicarse La Sucesión Presidencial en 1910, su lectura se vuelve obligatoria ante los cambios que vivimos los mexicanos del siglo XXI.

Esta fue una de las conclusiones del foro "A un siglo de La Sucesión Presidencial en 1910...la visión del cambio", que se celebró en las instalaciones del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, INEHRM.
Moderado por Pablo Serrano, el foro contó con la participación de varios historiadores reconocidos por sus contribuciones a la historia de la Revolución Mexicana.
Santiago Portilla, Josefina McGregor, Alejandro Rosas y Gloria Villegas, coincidieron en señalar la importancia que tuvo el libro, escrito por Francisco I. Madero para analizar la situación que vivía México a principios del siglo XX y proponer alternativas para su cambio democrático.
En su libro, Madero señaló que si bien la dictadura de Porfirio Díaz había traído paz y progreso a México, era necesario que el país entrara a un proceso de transformación para evitar que un régimen militarista tomara el poder luego de la muerte del dictador.
Josefina McGregor abrió el foro comentando cómo Madero escribió su libro y los problemas que enfrentó por ello. "Si bien es un texto apresurado y poco claro -señaló McGregor-, La Sucesión Presidencial... hace un agudo análisis del Porfiriato y los males que le provocó a México".
Ante los estertores del Porfiriato, Madero personificaba a una generación nueva, con deseos de libertad, la cual deseaba participar en la política nacional.
Para ello, dice Madero en su libro, era esencial crear partidos políticos que suplieran al aparato porfirista.
Por su parte, y luego de presumir un ejemplar de la primera edición de La Sucesión Presidencial...Santiago Portilla señaló que Madero era un revolucionario por necesidad que terminó unificando a la nación contra la dictadura de Díaz.
"Su contacto con los Flores Magón y con otros personajes contrarios a Díaz, le permitió crear una red de corresponsales que recibió con mucho interés su libro" dijo Portilla.
Un aspecto que mencionaron Portilla y luego el historiador Alejandro Rosas fue la relación de Madero con el espiritismo, y la influencia de esta disciplina para la elaboración de La Sucesión Presidencial...
Madero conoció el espiritismo en Francia, y en su rancho de Coahuila se dedicaba a realizar sesiones de meditación en las que recibía mensajes del más allá a través de su habilidad como "medium escribiente".
Los espíritus, dijo Rosas, le indicaron a Madero que debía estudiar historia de México e historia universal, además de filosofía, y también le dijeron cuándo escribir La Sucesión Presidencial.
Madero tenía en su hacienda una habitación totalmente hecha de madera, sin un solo clavo, para que el metal no interfiriera con las energías psiquicas, señaló el historiador.
Al final, Madero recibió un alentador mensaje del más allá, en el que le decían que su libro colaboraría a transformar a México. La comunicación estaba firmada por dos iniciales: B.J.
Gloria Villegas, la última participante en el foro, también habló sobre la influencia moral del espiritismo sobre Madero, pero señaló además el peso que su familia tuvo para él, quien a sus 35 años tuvo que pedirle permiso a su padre para publicar La Sucesión Presidencial...
También habló sobre la importancia que la historia de México tuvo para Madero, su admiración por José María Morelos y la necesidad de que los mexicanos estuvieran unidos para construir una verdadera democracia.
Con este foro, el INEHRM cerró sus actividades por 2008, prometiendo sorpresas y nuevos cursos para el año siguiente.
La sala de lectura de la institución, donde se realizó el foro, estuvo totalmente llena, con un público de muy distintas edades que escuchó atentamente las ponencias, a pesar de un apagón que hizo pensar que el espíritu de Madero había acudido también al INEHRM.
Al final, luego de una ronda de preguntas, los asistentes recibieron de regalo un CDRom que contiene la edición facsimilar de La Sucesión Presidencial...y otros documentos.


26 de noviembre de 2008

¡¡¡AVANDAROOOOO!!! (III)

Si la juventud mexicana quiere reivindicarse ante sus detractores, organice un festival en el propio Avándaro, invite a ciento cincuenta mil adultos, déjelos deleitarse con Acerina y su Danzonera, Pérez Prado, Los Panchos, Pedro Vargas, el Mariachi Vargas de Tecalitlán; permita la libre afluencia de tequila y cerveza. Luego, a cruzarse de brazos y a ver cuántos sobreviven al tercer día.
José Emilio Pacheco, Excélsior, 18 de septiembre de 1971


Avándaro se había convertido en una afrenta nacional. El Cardenal José Garibi Rivera se declaró profundamente consternado ante lo que había sido un atentado contra la moralidad. Mario Moya Palencia, secretario de Gobernación, decía que la verdadera juventud de México encontraba su ejemplo de vida en los Niños Héroes de 1847 y no en las modas provenientes del exterior. Fidel Velásquez dijo que Avándaro había sido una bacanal de drogas, desenfreno y desahogo para el vicio, y Enrique Olivares Santana, presidente del Senado, se aventó la puntada de gritar ante todos los periodistas “Qué no haya más Avándaros en la república!”
Por su parte, Carlos Hank González buscaba la manera de zafarse del enorme problema que el Festival le había provocado. Luego de darle una entrevista a Excélsior, en la que sólo le dio vueltas al asunto diciendo “no es posible que tantos jóvenes hayan ido a Avándaro sólo a escuchar música. Algo más los motivó a ir”, dio una conferencia de prensa en la que le echó la culpa de todo a los organizadores, quienes supuestamente habían engañado al gobierno del Estado de México ya que sólo le habían pedido permiso para organizar las carreras.
El último en aparecer fue el presidente Luis Echeverría, quien luego de decir que “tenía una enorme fe en la juventud mexicana” (whatever that means…), pidió a los padres de familia que prestaran más atención a lo que sus hijos leían, veían por televisión, y los amigos con quienes se juntaban.
En este ambiente, El Sol de México, Excélsior y El Universal publicaron (además de las notas que ya platiqué) una serie de editoriales y columnas en las que su opinión sobre el Festival quedaba más clara. Te platico primero que un editorial es un artículo sin firma, en el que el periódico expone lo que opina sobre algo. En este caso El Sol de México se interesó sobremanera por el festival. A diferencia de los otros dos, que sólo publicaron dos columnas cada uno, El Sol de México publicó siete.
Y de hecho, comenzó a hacerlo un día antes de que se realizara el festival, señalando que sería muy peligroso ya que mezclaría a los jóvenes con la adicción a las drogas. Días después lo calificó como una "orgía de mugre, droga y degeneración nunca antes vista en México" y dedicó casi dos semanas a echarle la culpa de todo lo ocurrido a los organizadores, al gobernador Hank, a los medios de comunicación y al narcotráfico internacional.
El Universal y Excélsior también condenaron el festival y consideraron que uno de los culpables era la televisión, por su baja calidad y por interesarse únicamente en obtener dinero. Pero Excélsior también señaló que México vivía una profunda crisis de sentido, la cual quedaba manifiesta en ese grito de auxilio que lanzaban los jóvenes al comportarse de una manera “errónea”.
En las columnas publicadas (las cuales se diferencian del editorial en que las primeras están firmadas, así que las opiniones son responsabilidad de su autor), aparecen diversas posturas sobre lo ocurrido. En todas se condena al festival, pero cada autor señala un responsable diferente. Margarita Michelena (de El Sol de México), Roberto Blanco Moheno (El Universal) y Pedro Gringoire (Excélsior) coinciden en que el problema está en que la juventud vive en rebeldía y los adultos no se atreven a disciplinarlos. Y como las escuelas no cumplen con su función, son los medios de comunicación quienes educan a las nuevas generaciones, inculcándoles valores que fracturan las costumbres nacionales. Las familias se rompen y los adolescentes viven a la deriva, cayendo rápidamente en las drogas y la corrupción. La solución estaba en que los adultos retomaran su papel y corrigieran fuertemente a los adolescentes, antes de que el problema fuera irremediable.
Hubo autores que, en su búsqueda de un culpable, lo encontraron en la Iglesia Católica. René Capistrán Garza (El Sol de México) y Antonio Rius Facius (El Universal), dos representantes del ala más conservadora del catolicismo mexicano, culparon a su Iglesia de lo ocurrido, ya que ésta no se había enfrentado a la decadencia occidental personificada por los hippies. Al contrario, ésta había caído en sus garras al permitir que la Teología de la Liberación se adueñara de los templos, cambiara los antiguos rituales y destruyera el orden católico que había permanecido inalterable durante siglos.
Excélsior no estuvo alejado de las posturas anteriores, pero también le dio espacio a otras opiniones. Con Ricardo Garibay, José Emilio Pacheco, Ramón de Ertze Garamendi y otros, la condena al festival se dirige después al intento de comprender a los jóvenes (algo que también hizo Paco Ignacio Taibo I en El Universal).
En general, los autores de Excélsior consideraban que Avándaro era un ejemplo de la crisis que vivía la sociedad mexicana. Con un Estado fracturado luego de lo ocurrido en Tlatelolco y una sociedad interesada únicamente en satisfacer rápido sus ambiciones materiales, los jóvenes estaban a la deriva. Eran víctimas del colonialismo cultural fomentado por los medios de comunicación, seres despojados de un sentido de existencia que vivían alienados, embrutecidos por el rock, el sexo y las drogas.
Estos tres periódicos son una buena muestra de lo que opinaba la “generación adulta” sobre Avándaro. Para ellos fue un error, un momento que no debía repetirse ya que había corrompido a los jóvenes que en el futuro se encargarían de la patria. Sin embargo, esas críticas hechas a los medios de comunicación que fomentaban el colonialismo cultural, a un gobierno que no impidió la realización del Festival, a la Iglesia que ya no evangelizaba, a las escuelas que no educaban y a los padres que se desentendían de sus hijos, al final daba la vuelta y se les estrellaba en la cara. Para ellos, Avándaro no era un festival mal realizado que por fortuna no tuvo grandes pérdidas que lamentar; era un ataque a su modo de vida y sus creencias, el cual se enfocaba en la parte más débil y promisoria de la sociedad mexicana: los jóvenes.
Una sociedad atemorizada por el discurso anticomunista, acostumbrada a la inmovilidad política y al control social que ejercía el clero, no podía entender esos cambios que traía la modernidad. Así como en 1968 y 1971 la respuesta ante lo incomprensible fue la violencia, en Avándaro el rock mexicano fue proscrito. Tuvo que esperar a que llegara una nueva generación con ideas distintas para sacarlo de los hoyos fonky y para comenzar los cambios que todavía no se concretan en nuestro país. ¿Y tú, qué opinas?

25 de noviembre de 2008

¡¡¡AVANDAROOOOO!!! (II)

“El festival de Avándaro contrasta con el acto cívico que acaba de celebrarse. En éste se ha expresado el sentir de la auténtica juventud de México, que es limpia y generosa y que defiende nuestras tradiciones y nuestra idiosincrasia”.
Mario Moya Palencia, secretario de Gobernación, luego del acto para conmemorar a los Niños Héroes. Excélsior, 13 de septiembre de 1971.


El 11 de septiembre de 1971, poco más de cien mil jóvenes se reunieron en un gran campo ubicado en Avándaro, un club de golf cercano al pueblo de Valle de Bravo, en el Estado de México. Fueron a vivir una experiencia hasta ese entonces inédita: era el primer festival de Rock en México, al estilo de Woodstock.
El festival surgió gracias a un grupo de jóvenes que eran fans del rock y que tenían mucho dinero y los contactos necesarios. Eduardo López Negrete, Justino Compeán, Carlos Alazraki y Luis de Llano consiguieron el terreno, los patrocinadores, los músicos, y empezaron a anunciar en radio, prensa y televisión que un gran festival de Rock se efectuaría cerca de la Ciudad de México; sería una gran noche (doce horas de duración), que luego terminaría en una ya tradicional carrera de autos.
El boleto para entrar costaba 25 pesos (una cantidad importante para la época) y aparte habría venta de coca colas, papitas, sandwiches, cigarros y cerveza . El festival fue videograbado para hacer un programa de televisión, y además iban a producir un disco. Lo que nunca se imaginaron los organizadores es que llegara tanta gente (lo que hizo que Avándaro fuera un caos) y que la respuesta institucional fuera tan dura.
Con el 68 y el 10 de junio tan cercanos, era obvio que el ambiente de la época estuviera muy politizado, lo que era uno de los miedos de los organizadores. Sin embargo, durante el festival no hubo ninguna referencia a esos dos momentos difíciles en la historia de México. El desorden imperó, ya que la comida se acabó pronto, la competencia automovilística tuvo que suspenderse, la gente se arremolinaba frente al frágil escenario y luego muchos tuvieron que caminar por la carretera durante horas para salir de allí. Sin embargo, y comparado con otros festivales que se efectuaron después en otras partes del mundo, Avándaro tuvo un saldo más o menos blanco, comparable al de Woodstock.
A comienzos de septiembre de 1971, Excélsior, El Sol de México y El Universal comenzaron a anunciar el festival. Al principio lo hicieron en las secciones de deportes (puesto que el evento mayor era la carrera de coches, y el rock era sólo un agregado). Al acercarse el festival, los diarios mandaron a sus corresponsales, quienes primero mandaban notas de color, en las que enfatizaban el raro, exótico pero alegre ambiente que inundaba a Avándaro: muchísimos jóvenes llegados de todo México, vestidos estrafalariamente, pertenecientes a todas las clases sociales, conviviendo en armonía y compartiendo su comida y las drogas que llevaban. Sin embargo, entre el 12 y el 13 de septiembre la cobertura cambió: pasó al ámbito de la nota roja. Los reporteros enviados hablaron de muertos, de cientos de heridos, de automóviles secuestrados por hordas de hippies hambrientos en la carretera a Toluca, de violaciones, robos y ataques a la moral.
La droga corría libremente, dijeron los tres diarios, a pesar de que el gobierno del Estado de México había mandado policías a mantener el orden. Las mujeres se desnudaban y alguno de los asistentes cometió el gran desacato de enarbolar una bandera nacional que en el lugar del águila tenía el símbolo de la paz.
Durante los siguientes días, Excélsior, El Universal y El Sol de México siguieron la noticia. La cobertura fue muy parecida: entrevistaron a funcionarios públicos, académicos, líderes campesinos y obreros, psicólogos, y en algunos casos a los asistentes para conocer su opinión. Publicaron las declaraciones del Procurador General de la República, del Gobernador del Estado de México, del Secretario de Gobernación y del Presidente de la República. Le dieron muy poco espacio a los organizadores del festival para que dieran su versión de los hechos (y la mayoría de las veces lo hicieron editorializando las declaraciones).
Sin embargo, y a pesar de que los tres periódicos coincidían en señalar que Avándaro era un hecho nocivo en la historia de México que no debía repetirse, cada diario le dio un cariz distinto; lo que se nota en la información publicada y más aún en las columnas y editoriales de esos días. El Sol de México, desde el principio, le echó la culpa de todo lo ocurrido al gobernador de Estado de México, Carlos Hank González, por haberlo autorizado. Excélsior, al contrario, publicó la única entrevista que dio Hank en esos días, y manejó la información para mitigar la responsabilidad que pudiera tener el gobierno del Estado de México. El Universal simplemente ventiló que Hank enfrentaba un serio problema por lo ocurrido en Avándaro.
Los tres diarios culparon también a los organizadores, a los medios de comunicación, a las "influencias culturales provenientes del exterior" y a los traficantes de drogas por "la orgía de Avándaro". Pero al igual que con las notas hubo matices que es importante señalar, y que se manifiestan con evidencia en los editoriales y las columnas que cada periódico publicó. De eso te contaré mañana.

24 de noviembre de 2008

¡¡¡AVANDAROOOOO!!!

AVANDARO, Méx, 12 de septiembre- Cuando el baterista del grupo "Three souls in my mind" dio el último toque con sus platillos eran las 8 de la mañana. El espectáculo que tenía enfrente al levantar la vista, parecía ser el de un ejército de muertos salido de un cementerio, agitándose sobre su propia tumba.
Alejandro Iñigo, Excélsior, 1971.


Está próximo a cumplir 40 años, y creo que todavía no lo comprendemos del todo. Diversos autores han estudiado el festival de música "Rock y Ruedas", tras el cual el rock mexicano estuvo casi proscrito hasta la década de los 80. Sin embargo, todavía hay mucho que investigar al respecto. Por lo poco que sabemos, la prensa de la época masacró a quienes se atrevieron a asistir a Avándaro a escuchar música y pasarse un rato a gusto en medio del bosque. El problema está en que no queda claro por qué la prensa mexicana se portó asi con los rocanroleros, ni si ésta fue una política adoptada por todos los medios y por todas sus secciones, reporteros y columnistas. Hay quien dice que la prensa simplemente siguió órdenes provenientes de la Presidencia y condenaron al rock mexicano a los hoyos fonky, en espera de un mejor mañana.
Yo lo dudo. A mí me da la impresión de que, a pesar de que en general la prensa condenó al festival, hubo distintas motivaciones para hacerlo. No creo en un complot contra el rock mexicano; pienso que en realidad fue la respuesta de toda una generación ante algo que no entendían y prefirieron condenar.
Para saber más sobre la prensa y Avándaro, analicé tres periódicos de la época: Excélsior, El Universal y El Sol de México. Los escogí porque representan a la prensa de ese tiempo. Los tres eran periódicos muy famosos en 1971, destinados a la clase media y formaban parte del "mainstream mediático" de ese entonces.
1971 fue un año marcado por la década anterior. La Guerra de Vietnam estaba viva y cobrando su cuota de sangre con los miles de jóvenes americanos que fueron llamados a servicio y murieron lejos de su país. Richard Nixon hacía de las suyas en la Casa Blanca, y Joplin, Hendrix y Morrison tenían poco tiempo de haber dejado este plano terrenal.
En México gobernaba Luis Echeverría, quien intentaba curar las heridas que Tlatelolco había dejado, pero para fortalecer al sistema político mexicano. El peso todavía era fuerte y la sociedad se escandalizaba con los hippies, quienes comulgaban con la idea de "Paz y Amor", disfrutaban del sexo libre y experimentaban con las drogas y las religiones orientales.
Hubo cuatro acontecimientos que determinaron la forma en que Excélsior, El Universal y El Sol de México cubrieron el festival de Avándaro y opinaron al respecto: 1968, Woodstock, la Matanza de Corpus de 1971, y la jura de bandera del 5 de mayo de ese año.
En el primer caso, una ojeada a los editoriales y columnas escritas en ese año de Olimpiadas y masacres nos muestra que los tres medios compartían diversas ideas: el movimiento estudiantil era provocado por agentes externos enemigos de México, provenientes de Cuba y la Unión Soviética; quienes se aprovechaban de la inquietud que vivía la juventud mexicana para subvertir el orden y destruir al Estado mexicano.
Con relación a Woodstock, Excélsior y El Universal publicaron varios reportajes que se parecen mucho a lo que hicieron años después con Avándaro: enfocan su atención a las enormes oledas de muchachos y muchachas que se reunen en un campo a oir música, lo que provoca que pasen por diversas incomodidades (lluvia, accidentes, falta de comida y aglomeraciones), pero que son subsanadas por la música, el fraternal espíritu de convivencia y el abierto consumo de drogas. El Sol de México no publicó una nota al respecto. Sólo una foto en la que exponen a esa juventud "hippie y desorientada".
La matanza del 10 de junio de 1971 reavivó los miedos en la población mexicana. Parecía que los horribles momentos de 1968 habían regresado. Quizá por eso los tres diarios coincidieron en un punto en sus editoriales: los jóvenes tenían que actuar con prudencia y madurez, para que los agitadores profesionales no volvieran a utilizarlos.
Cada 5 de mayo (aniversario de la Batalla de Puebla de 1862) los conscriptos del Servicio Militar Nacional juran fidelidad a la Bandera Nacional y liberan su cartilla. En 1971, El Sol de México y El Universal recalcaron que esa era un buen momento para que los jóvenes se reconocieran como ciudadanos en formación con la obligación de conducir todos sus actos hacia el beneficio de la patria. Excélsior sólo publicó una breve nota al respecto.
Estos cuatro momentos forman el antecedente de Avándaro, tal como lo vieron Excélsior, El Sol de México y El Universal: la insatisfacción juvenil se manifestó en el ámbito político y en el cultural. Y tanto el gobierno como los medios veían con preocupación que el proyecto formativo nacional, (o sea, la manera cómo las nuevas generaciones debían ser educadas para que se convirtieran en ciudadanos útiles a México) entraba en conflicto con la educación que los jóvenes recibían a través de los medios de comunicación: música extranjera y nuevas formas de vestirse, de hablar y de pensar.
De cómo esta preocupación ante lo moderno y juvenil estalló cuando más de 100 mil jóvenes se reunieron en un bosque del Estado de México a oir música en 1971, y la respuesta de Excélsior, El Sol de México y El Universal ante ello, te platicaré mañana.

23 de noviembre de 2008

¿Entonces "Masiosare" no era un extraño enemigo?

Yo creo que es el símbolo patrio menos comprendido que tenemos los mexicanos. Es cierto que no todos saben lo que significan los tres colores de la bandera (Religión, Independencia y Unión; de acuerdo a Agustín de Iturbibe, aunque después cambiaron el primer significado por el de "esperanza"), ni es sencillo entender el significado del escudo nacional (para lo cual, abro paréntesis, te recomiendo que leas Memoria Mexicana de Enrique Florescano, publicado por el Fondo de Cultura Económica, y procedo a cerrarlo).
Sin embargo, como la bandera y el escudo son símbolos visuales, es más sencillo entenderlos, o por lo menos hacerse una idea de lo que pueden significar. Yo, a pesar de que vivimos en una época descreída, no puedo negar que me emociona ver esa enorme aguila que parece volar en la bandera monumental que tenemos en el Zócalo.
Con el himno nacional pasa algo distinto. Ahí si tenemos problemas. Para empezar, no lo conocemos completo (un coro y diez estrofas). Ya no entendemos muchas de las palabras que contiene, como bridón, aprestad, blasones, pendones y horrísonos. Hay quien se ha aventado la puntada de decir que, como es un himno que sólo habla de guerras y los mexicanos las hemos perdido todas, deberíamos cambiar su letra por otra que hable de temas más contemporáneos.
En ese caso, el "nuevo himno nacional" quizá debería referirse al derecho de todos por una vida digna, un empleo, seguridad y un proyecto de futuro. Lo chistoso del caso es que el himno que tenemos se refiere a esas cosas, sólo que no lo conocemos.
¿Por qué los mexicanos no nos sabemos completo nuestro himno nacional? Hay que reconocer que, primera razón, es muy largo. Son diez estrofas cuyo canto puede hacerse muy cansado. También hay que decir que tiene dos estrofas que, para la historia oficial contemporánea, no son agradables:

ESTROFA IV
Del guerrero inmortal de Zempoala
te defiende la espada terrible
y sostiene su brazo invencible
tu sagrado pendón tricolor.
Él será del feliz mexicano
en la paz y en la guerra el caudillo
porque él supo sus armas de brillo
circundar en los campos de honor.

Todo lo anterior se refiere a Antonio López de Santa Anna. La estrofa se refiere a su triunfo ante la invasión española de 1829, pero también sabemos que su participación en la guerra de 1847 entre México y Estados Unidos fue, para decir lo menos, desastrosa.

ESTROFA VII
Si a la lid contra hueste enemiga
nos convoca la trompa guerrera.
de Iturbide la sacra bandera
¡Mexicanos! valientes seguid.
Y a los fieros bridones les sirvan
las vencidas enseñas de alfombra;
los laureles del triunfo den sombra
a la frente del bravo adalid.

Agustín de Iturbide, primer emperador de México también tuvo un lugar en el himno nacional.

Sin embargo, aquellos que dicen que el himno nacional ya no significa nada y tendríamos que escribirnos uno nuevo olvidan algo muy importante: un himno se legitima no necesariamente por lo que dice, sino por lo que con los años llega a representar para la nación que lo acoge. Se les olvida que ese himno fue cantado en Puebla en 1862 cuando la defendieron de los franceses y en Querétaro en 1867 cuando desapareció el Segundo Imperio. También lo cantaron Madero, Villa, Zapata y todos los revolucionarios (del bando que fueran). Se escuchó el 18 de marzo de 1938 cuando Cárdenas expropió el petróleo, lo cantaron los ferrocarrileros en huelga en 1958 y los estudiantes de 1968. Lo hemos cantado en eventos deportivos, pero también en acontecimientos muy serios e importantes para nuestra historia. Es nuestro himno y merece que lo conozcamos mejor.
Todo lo anterior es pretexto para un comercial: Guadalupe Jiménez Codinach, una de las historiadoras más importantes de México, ha escrito algo que sencillamente es un librazo. Se llama La Guía del Himno Nacional Méxicano, pero su subtítulo oculto podría ser: "para ud, que siempre creyó que Masioare era un extraño enemigo".
Es un volumen preciosamente ilustrado, en el que Jiménez Codinach nos cuenta la historia del himno nacional y destruye siete mentiras que han corrido sobre él (como que sólo se refiere a guerras, que lo escribieron extranjeros, y que fue un acto improvisado para adular a Santa Anna). Pero lo más importante, creo yo, es que desmenuza el himno estrofa por estrofa para que el lector comprenda la historia que subyace en ese canto.
Recomiendo ampliamente este libro. Y para todos aquellos que dicen que el himno ya no tiene valor en estos tiempos, les dejo dos estrofas (mis preferidas) que forman parte del texto original de Francisco González Bocanegra, y que se refieren a circunstancias que bien se ajustan a lo que ahora estamos viviendo:

ESTROFA III
Como al golpe del rayo la encina
se derrumba hasta el hondo torrente,
la discordia vencida, impotente,
a los pies del arcángel cayó.
Ya no más de tus hijos la sangre
se derrame en contienda de hermanos
sólo encuentre el acero en tus manos
quien tu nombre sagrado insultó.

ESTROFA VIII
Vuelva altivo a los patrios hogares
el guerrero a contar su victoria
ostentando las palmas de gloria
que supiera en la lid conquistar.
Tornaránse sus lauros sangrientos
en guirnaldas de mirtos y rosas,
que el amor de las hijas y esposas
también sabe a los patrios premiar.

22 de noviembre de 2008

¿Vale la pena saber un montón de cosas sobre un montón de gente que ya está muerta?

Tarde o temprano me ocurre: puede ser en una reunión o cuando tengo que anotar mi profesión para algún trámite. En cuanto la gente sabe que soy historiador su rostro cambia, adoptan una actitud seria y normalmente sólo musitan un “aaah…”. Lo que sigue también lo conozco. Empiezan los comentarios clásicos, del tipo: “me encanta la Historia, pero no sé nada al respecto” (Nunca he entendido cómo a la gente le puede gustar algo que desconoce), o también me dicen: “oye, ¿es cierto que Juárez vendió México y mató a mucha gente?” En esos casos yo suspiro e intento explicarles que si bien el Benemérito no era un santo, tampoco le gustaban los asesinatos en masa, y que el respaldo que le dio Estados Unidos no significa que les haya vendido el territorio nacional.
Sólo una vez, un excuñado me preguntó directamente: “¿y para qué sirve la Historia, por qué te dedicas a eso?”. No recuerdo bien qué le contesté, pero les confieso que de tiempo en tiempo me hago esa pregunta. Y sé bien que no soy el único historiador que se ha cuestionado por su oficio. De hecho, es práctica común entre los hijos de Clío (la musa de la Historia, aunque suene a cantina) preguntarse si vale la pena perder el tiempo averiguando datos sobre hechos muy diversos que ocurrieron antes de eso que llamamos presente.
Generaciones de historiadores han propuesto diversas respuestas acerca de la utilidad de la Historia. Yo, últimamente, he recordado una de ellas: necesitamos de la Historia porque nos da un referente, nos permite comparar con algo nuestro presente y de ese modo intentamos darle algún sentido. Los hechos del 4 de noviembre de 2008 son buen ejemplo de ello. Por una parte, Estados Unidos recordó intensamente en ese día a figuras de su pasado como Martin Luther King, Malcolm X, John F. Kennedy y Franklin D. Roosevelt; ya que todos ellos le sirven para explicarse el hecho de que su próximo presidente sea un afroamericano. Por nuestra parte, los fantasmas de Colosio, Ruiz Massieu y Ramón Martín Huerta reaparecieron luego de ese horrible avionazo cerca del Periférico. La duda y los rumores ante la muerte de Juan Camilo Mouriño son también parte de nuestra Historia: acostumbrados a que las muertes de personajes políticos nunca son aclaradas por el Estado (todavía estamos esperando los resultados oficiales de la muerte de Venustiano Carranza; y de Tlatelolco, mejor ni hablamos), nuestra sociedad fabrica sus propias respuestas, las cuales perduran durante décadas sin importar si son ciertas o falsas.
Lo cierto es que vivimos rodeados por la Historia: todo nos remite a un tiempo anterior al actual y no podemos deshacernos de ella. Luis González, un viejo y querido historiador, decía que la Historia tenía cuatro funciones básicas: primero, el simple gozo de recordar aquello que ya no tenemos. Luego, el deseo de los Estados de contar con un relato que justifique su existencia y su poder ante sus sociedades. Después viene la Historia que critica a la anterior y nos dice que todo aquello que nos contaron en la escuela primaria es una mentira fabricada para mantenernos esclavizados; por último, existe una Historia que, como dijo otro historiador, Eric Hobsbawm, lo que quiere es explicar por qué los acontecimientos ocurrieron de esa forma, y qué nexo existe entre ellos.
Los mexicanos (aunque quizá también otras naciones), tenemos una relación de amor-odio con nuestra Historia. No recordamos lo suficiente a nuestros héroes nacionales, pero recurrimos a ellos cuando necesitamos un símbolo que nos guíe por el presente (sólo piensen en López Obrador a la sombra de Lázaro Cárdenas, o al Subcomandante Marcos con Zapata). De aquí al 2010 (año de los festejos por el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana, por si alguien todavía no lo sabía) los medios de comunicación nos atiborrarán de programas, comerciales, novelas, radionovelas, mesas redondas, películas y cuánto se les ocurra para que no se nos olvide nuestra Historia nacional. Esa Historia de bronce será criticada por historiadores que la verán como un nuevo intento de imponerle al país una visión del pasado caduca, falsa y maniquea. Y con ello recuperaremos otra vieja tradición histórica mexicana: el enfrentamiento entre diversos grupos que enarbolan sus posturas particulares sobre el pasado de México.
Sin embargo, 2010 puede ser una excelente oportunidad para que los historiadores nos acerquemos a la gente. No sólo para contarles sobre el pasado, sino también para que sepan cómo es que lo investigamos. La sociedad no sólo necesita saber sobre lo ocurrido, sino también sobre cómo los profesionales de la Historia elaboramos ese conocimiento. Navegar por la Historia, (como sugiere el título de este blog) no puede ser patrimonio de unos cuantos. Una sociedad sólo es democrática cuando pone su conocimiento al alcance de todos sus integrantes, y cuando les brinda las herramientas necesarias para cuestionarlo y mejorarlo.
Si la gente sabe más sobre los hechos de su pasado y cómo éste fue escrito; si conoce sobre la existencia de diversas versiones de su Historia y la razón de ello; si cuenta con una idea de quiénes somos esos sujetos raros llamados historiadores y nuestras motivaciones para dedicarnos a este oficio raro pero fascinante; el pasado podría dejar de serle tan lejano y cobraría un nuevo significado para esta sociedad mexicana tan necesitada de certezas ante su pasado y de alternativas para su futuro. Ese es el objetivo de Clionáutica. Acompáñenme a navegar.